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La afición de Roland Garros aprende a tratar a Nadal como una leyenda
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ya está en tercera ronda del torneo

La afición de Roland Garros aprende a tratar a Nadal como una leyenda

El tensita manacorí vio como durante muchos años le recibían con frialdad, cuando no con hostilidad. El hecho de haber perdido, y los años en la causa, han hecho que le vean de otra manera

Foto: Nadal sirve en la central de Roland Garros. (EFE)
Nadal sirve en la central de Roland Garros. (EFE)

Guga Kuerten mantiene la teoría de que París ha empezado a tomar cariño ahora que es humano. Cabe la posibilidad de que dentro de un par de semanas se les haya olvidado ese extremo, porque el español, nueve veces campeón en Roland Garros, parece en un momento tan dulce como en todas otras aquellas veces en las que demostró ser el mejor jugador sobre tierra batida que jamás se haya visto.

No, lo de Nadal y París no ha sido nunca el mayor de los idilios. Ahora, con el tiempo, han aprendido a respetarle. El público de Roland Garros es algo estirado y no entendían bien el desempeño de ese chico sin mangas, con el pelo largo, con más pinta de rockero que de violinista. Ellos, por empatía, quizá también por idioma o por cercanía de carácter, preferían a Roger Federer.

o había manera, año tras año el suizo, que es probablemente el mejor jugador de siempre, llegaba a la ciudad de la luz con la idea de revertir el orden establecido y darle una lección a Nadal. Y temporada tras temporada salía trasquilado ante una victoria que más que en un hito deportivo se convertía en una verdad universal. Si es primavera, es tierra y está él nos enfrentamos ante lo inevitable. Como los impuestos y la muerte.

Nadal, un día, perdió

Eso termina por cansar a cualquiera. La afición parisina quería un francés reinando, porque lo del chovinismo en este caso no era una manera de hablar. Les hubiese encantado que Richard Gasquet, compañero generacional siempre a la sombra de Rafa, hubiese conseguido una victoria sobre él en esas pistas, aunque solo una fuese. Pero no, nada de eso, el martillo seguía corriendo.

Foto: Del Potro consuela a Almagro. (AFP)

Poco importaba que al final de cada uno de sus títulos él intentase congraciarse con la grada, diciendo lo feliz que es en París y lo importante que la ciudad ees para él. El público francés respondía con frío mientras soñaba con otros campeones diferentes, que hablasen la lengua de Moliere y fuesen algo distinto a lo de siempre. Hay que reseñar que Nadal ha intentado en varias ocasiones hacer el agradecimiento final en francés, aunque no siempre con excesivo éxito. No son los idiomas su punto más fuerte. Él es más de dominar con la derecha.

El caso es que un día, Nadal perdió. No nos referimos a aquel año aciago en el que la rodilla pidió un respiro y Robin Soderling se le subió a las barbas. Eso no fue más que un paréntesis en el paraíso, casi ni una muestra de debilidad. No, perdió de verdad, contra un rival que fue mejor que él en su partido. Novak Djokovic, se llamaba. Ahí el público se dio cuenta de que era humano y eso, de algún modo, también se agradece. Nunca va a ser el favorito, porque no tiene el perfil para ello, pero el respeto que sin duda se ha ganado con el tiempo ahora es más palpable en las calles de Roland Garros.

La grada llena para verle entrenar

Los franceses, buenos aficionados al deporte, se han dado cuenta de que no pueden pasar sin más ante Nadal y no tener un gesto de reverencia. Porque no solo es el tenista, es la leyenda, y eso ya no hay nadie que pueda torcerlo para el futuro. Cuando hablan de él, los momentos en los que entra en escena, saben que también están viendo a una parte del deporte que aman.

El ejemplo más claro se dio un par de días antes de que comenzase la competición. Rafa ya estaba en París, entrenandose, como siempre, porque entre las claves del éxito siempre estuvo la dedicación plena y el esfuerzo máximo. Le esperaban en la pista 1, la plaza de toros, casi 4.000 personas. Solo por verle practicar, nada más. No encontrarían gritos, ni ánimos, no habría la 'performance' habitual del puño en alto y el vamos. Nada de eso estaba en el guión y, sin embargo, ahí estaban todos ellos, esperando a que saliese el ídolo. Aunque casi no rompiese a sudar.

El lugar del mundo en el que mejor se ha sentido jugando al tenis Nadal es París. Ni siquiera Barcelona o Madrid le han dado tantas alegrías, sobre todo porque nada se compara a un grand slam. Cuando coge el micrófono después de una victoria y dice que a esa ciudad le debe mucho no está nada más que constatando una obviedad. Él, siempre tan educado, nunca ha salido de ese guión.

Es probable que en el resto de los grandes de la temporada haya tenido más afición detrás. Quizá también por afinidad personal. Nueva York, por ejemplo, se rinde cada temporada a su presencia, es uno de los jugadores más queridos allí y llena la cartelería del torneo. Quizá por ser latino, pero también por tener un estilo muy poco envarado, más afín al del norteamericano que, por ejemplo, el que siempre mostró Federer. O Australia, que es tierra de oportunidad y también tiene un concepto más relajado de la vida. Londres es otro rollo, en Wimblendon no hay diferencias porque todo se hace con el más estricto amor a la norma y la tradición. Allí no importa quién caiga mejor, el torneo está por encima de todo lo demás.

El tiempo ha pasado. Nadal demostró ser humano, dejó respirar al público de Roland Garros. Y ahí es cuando se dieron cuenta: hay que honrar a quien lo merece. Y ninguno ha hecho tanto bien a este torneo como ese jugador español que, la verdad, cuando se pone sobre la tierra parece siempre imbatible.

Guga Kuerten mantiene la teoría de que París ha empezado a tomar cariño ahora que es humano. Cabe la posibilidad de que dentro de un par de semanas se les haya olvidado ese extremo, porque el español, nueve veces campeón en Roland Garros, parece en un momento tan dulce como en todas otras aquellas veces en las que demostró ser el mejor jugador sobre tierra batida que jamás se haya visto.

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