el español disputará la semifinal del godó

Nadal se impone a Chung, el penúltimo proyecto del deseado tenis asiático

Desde hace años los rectores del tenis mundial están intentando expandirse por un mercado potencial de miles de millones de personas. Jugadores como el coreano pueden hacerlo posible

Foto: Hyeon Chung, en el Godó. (EFE)
Hyeon Chung, en el Godó. (EFE)

Un nuevo rival siempre es un desafío. El tenis tiene un proceso de adaptación en el que hay que ajustar los golpes y los pasos hasta encontrar la llave que conduce a ganar el partido. Cuando se han jugado decenas de veces antes, como le pasa a Nadal con un buen puñado de rivales, eso es lo fácil. El deportista tiene siempre una excelente memoria. Los días en los que viene uno nuevo, como sin duda era Hyeon Chung, el rival en los cuartos del Godó, ese es el principal problema.

Antes del partido solo sabía que era un coreano, de 20 años, con gafas. Longuilineo, no muy marcado, con poca pinta de jugador de tenis. Un chico que estaba teniendo en el Godó la mejor semana de su carrera deportiva y que tenía un punto exótico para Nadal. Ya no se le olvidará su juego, la próxima vez que se vean en el circuito, y si Chung sigue así no será la última vez, en el ordenador del español estarán recogidos los puntos fuertes y débiles del coreano. Al final se dio la prisa suficiente para ganarle en dos sets. Pero el primero, el de preparación, le costó un 'tie brak'.

Como ese revés a dos manos limpísimo, que pone la bola donde quiere. Preciso y muy estético, un lugar desde el que construir una carrera deportiva. Chung es uno de los asiáticos del torneo de Barcelona, un lugar extrañamente bueno para sus intereses en los últimos tiempos. Como Nishikori, dos veces campeón. Como Sugita, que perdió horas antes, también en cuartos, contra Dominic Thiem. Hay pocos asiáticos en el circuito, y esa es una de las obsesiones de la ATP.

El tenis tiene una vocación universal como pocos deportes, pero en Asia no siempre encontraron el retorno buscado. Y es el mercado por excelencia, el lugar en el que todos quieren estar por una cuestión estrictamente estadística: son miles de millones de personas. La pelea de los deportes europeos es estar allí, quedarse, formar parte de su cultura y, para eso, es necesario también que existan jugadores de esos países.

Los esfuerzos deportivos y de marketing son innumerables. Como ese intento, un poco simplón, de empezar a llamar al Abierto de Australia "el Grand Slam de Asia/Pacífico", una manera como otra cualquiera de buscar incluir en uno de los grandes torneos una región del mundo. Aquello, que sigue presente en todos los carteles del torneo, tuvo algún retorno positivo de inmediato, un patrocinio de Kia, marca coreana. También alguno negativo, como una fe poco justificada en un jugador tan plano como el tailandés Paradorn Srichaphan.

Ese es también el objetivo, cuanto más extiendas el mapa más posibilidades hay de que las grandes corporaciones se fijen en el producto. En el mismo empeño por el desarrollo del deporte empezaron a proliferar torneos importantes en China y Japón. Shangái llegó a ser Masters 1.000, el segundo nivel en el calendario después de unos cuantos años siendo sede de la Copa de Maestros. Pekín un 500, como Tokio, torneos de prestigio y nivel parecido al del Conde de Godó. Y más aún en el campo femenino, donde Pekín es uno de los torneos de mayor calado y hay otros de importancia como Wuhan.

Un sector en competencia

Los rectores del tenis mundial estarían encantados de que la próxima gran estrella de este deporte naciese en China. En realidad, en cualquier deporte es así. Conseguir un ídolo, porque el mundo también se mueve por eso. El deporte es un sector empresarial de una competencia brutal, los gustos de la gente son volátiles y tienen más que ver con la presencia de jugadores concretos que los levanten del asiento que con una regularidad en la afición en sí. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha notado cierta caída en el seguimiento al golf desde que Tiger Woods no da una derechas.

Empieza a haber nombres. El más claro es Kei Nishikori, top-10 desde hace años. Aunque antes de él llegó Li Na, ganadora de Roland Garros y el Us Open, tratada por derecho como una estrella por el circuito y que además llegaba acompañada de cientos de miles de chinos expectantes por sus batallas con una raqueta en la mano.

Las academias de todo el mundo buscan jugadores en los países asiáticos, una buena manera de ganarse favores y atraer patrocinadores. El caso más obvio es el del propio Nishikori, que consiguió labrar su carrera en la prestigiosa academia de Nick Bolletieri gracias al apoyo de la familia Morita, fundadora de la marca Sony. Una vez más, las marcas, el dinero, la capacidad de monetizar un sentimiento.

También las marcas asiáticas han visto recientemente en el tenis un lugar en el que dejarse a ver por el mundo. Djokovic, número 1 durante años, cambió en 2012 de prendas deportivas. Llevaba Sergio Tacchini y los italianos se quedaron casi sin capacidad para pagar los bonus por torneo ganado de un jugador que empezaba a tiranizar el circuito con su derecha. Cuando tuvo que buscar no encontró ni a Nike ni a Adidas, las salidas normales, sino Uniqlo, una empresa japonesa que desde entonces le acompaña. Algo parecido le pasa a Nadal con Kia, con quien tiene años de relación, o Garbiñe Muguruza con la japonesa Mazda.

Hyeon Chung, el chico con pinta de universitario de ciencias y revés de caviar, es la nueva manera de llegar a un mundo nuevo. Asia no es solo un objetivo, es casi una necesidad.

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