se impuso al argentino por un doble 6-4

Nadal tiene la cabeza para sacar adelante los días malos, Djokovic ya no

El español tuvo que trabajar mucho para derribar a Schwartzman, un jugador que no está a su altura. Jugará contra Goffin en semifinales, que eliminó al número 2 del mundo

Foto: Nadal celebra su victoria contra Schwartzman. (EFE)
Nadal celebra su victoria contra Schwartzman. (EFE)

Nadal da un berrido y se quita la cinta después de ganar a Diego Schwartzman. Sí, es cierto, la reacción parece desmedida contra un jugador que, evidentemente, no está a su altura. Pero con lo que le ha costado sacárselo de encima está más que justificada la alegría. El argentino se ha agarrado a la tierra como si la vida entera le fuese en este partido. En realidad, como hay que hacerlo, la idea de que cada partido puede ser el último debería espolear siempre a los tenistas. Nadal ha ganado, no sin sufrir.

Pero ha ganado, y no todos pueden decir lo mismo. Justo antes de entrar a pista se ha dado la gran sorpresa de la tarde, que no es otra que la eliminación de Djokovic. El jugador serbio lleva una temporada dubitativa, aunque quizá el término se queda algo corto para lo que se está viendo. Sobre todo para la comparación entre lo que ofrece ahora mismo y los límites que ha llegado a ofrecer. Es muy bueno, pero como siga así durante mucho tiempo habrá que empezar a decir que era muy bueno, el matiz es importante.

Nadal, que no tuvo su mejor tarde, terminó imponiéndose en dos sets (6-4 y 6-4). El resultado, que parece claro, es engañoso, pues Schwartzman crecía en cada punto y hubo ráfagas de juego en las que parecía estar dominando al español. Es un jugador menos completo, con golpes blandos y buenas piernas, y a ellas se encomendó para ir recuperando las bolas que le caían en su lado de la pista. Se beneficiaba de que, esta vez, los envíos de Nadal no llegaban con la misma carga de profundidad que normalmente.

Quizá fue la noche monegasca, fría y húmeda. En esas condiciones el tenis cambia, la arena se pone correosa y los desplazamientos cambian. La arena pasa a una especie de barro y la pelota se contrae, haciendo más difíciles los golpes en los que Nadal es más diferente, esos liftados imposibles que se precipitan a la altura de la cabeza. Con esa temperatura la cosa es diferente, la pelota vuela menos y eso obliga a los jugadores a adaptarse. Nadal no lo vio del todo claro, él está tan acostumbrado a poner el piloto automático en tierra que a veces le cuesta plantear partidos diferentes. Es listo, así que llegó tarde pero llegó, lo suficiente para recuperar el break que tenía perdido y terminar con las aspiraciones de un argentino que había salido rebelde.

El balear tuvo otro problema en esta contienda, uno que es común pero sobresale más algunos días. El saque de Nadal es como una alergia, está ahí, con sus maldades, y unos días aparece para bien y otros desaparece, con lo que eso supone. El servicio es una herramienta necesaria en este deporte, porque es el que da confianza y ayuda a dirigir los puntos. Bien, a Nadal eso no le sale, necesita de otros recursos para mandar sobre su rival. En los días malos en ese sentido, este sin duda lo fue, se encuentra con frecuencia en situaciones de desventaja. Schwartzman, que no es un jugador excelente, le rompió cuatro veces el servicio.

Montecarlo, una historia de amor

Pero aún así, en un partido en el que el sabor de Nadal es más amargo que otros días, la victoria cayó de su lado. En 12 de las 14 veces que ha participado en este torneo ha estado en las semifinales. En nueve ha sido campeón, aspira a la décima. Una hoja de servicio impoluta, casi intimidante para los rivales. Cuando entra Nadal en la pista, aunque tenga una noche por debajo de la media, está entrado Terminator.

Nadal, además, está empezando el año con una regularidad pasmosa. Ha perdido tres finales, pero eso significa que está jugando bien. No sorprende que en Montecarlo sea el favorito, lo es siempre en tierra, más aún cuando su tenis está fluyendo. En el lado opuesto del espectro se encuentra hoy Djokovic, que ya sobrevivió a Carreño —que perdió por sus propios fantasmas— pero no pudo hacer lo mismo contra David Goffin. El belga es un top-20 aseado, uno de esos jugadores de los que se habla bastante aunque más como una promesa por cumplir que como algo real y verificable.

Goffin, que será el próximo rival de Nadal, tiene un juego variado y bonito, aunque le faltan golpes ganadores para convertirse en un jugador de primerísima línea. Va poco a poco descubriendo su juego y es, en todo caso, un rival muy peligroso. Porque además, es de los que cree, no se amedrentó con los últimos estertores de Djokovic, en los que parecía que el serbio volvía al tercer set para llevarse el partido. Y eso que tener en el otro lado a un número 1 siempre es un lastre para un jugador.

A Djokovic se le espera porque siempre hay que hacerlo con los que han sido grandes. Esta parte de la temporada, en todo caso, no es la más propicia para reclamar su cetro mundial. Es un buen jugador de tierra, porque es un excepcional jugado de tenis, pero no es un sitio en el que su confianza reine, más bien al contrario. El problema de cabeza es evidente, los golpes que tenía automatizados desde que era un niño ahora no salen. También es claro el problema físico, la impresión es que no se lo está tomando tan en serio como en otros momentos de su carrera. Y eso, en el deporte profesional, es la muerte definitiva. Nadie lo consigue sin esfuerzo, por bueno que sea. Nadal lo sabe, él no dejó de esforzarse ni un solo día de su carrera.

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