la retirada de raonic le coloca en lo alto de la lista

Andy Murray, un número 1 al que le falta carisma pero le sobra perseverancia

Llevaba desde los 22 años soñando con una plaza que solo ha logrado cuando linda con la treintena. Para llegar a lograrlo ha necesitado un final de temporada mágico y el bajón de sus rivales

Foto: Tennis - paris masters tennis tournament men's singles semifinals - milos raonic of canada v andy murray of britain
Tennis - paris masters tennis tournament men's singles semifinals - milos raonic of canada v andy murray of britain

El camino de Andy Murray hasta la cima no ha sido tan recto como el de sus compañeros de generación Djokovic y Nadal. Donde ellos dos corrieron, él fue con algo menos de prisa, tanto que, en ocasiones, generó dudas y recibió duras críticas por parte de la inmisericorde prensa amarilla británica. El escocés, que desde muy joven tuvo las herramientas para ser uno de los mejores, tardó algo de tiempo en aprender realmente a competir, a mirar a la cara a sus mejores rivales y derrotarles. Eso es parte del pasado, así lo dice su número 1 del mundo, el que le acompañará en la lista mundial desde el lunes. 

Lo ha conseguido finalmente, por improbable que pareciera hace unos meses. La narrativa de esta temporada en abril y mayo decía que Novak Djokovic era intocable, que el resto podían irse olvidando porque el serbio les iba a dejar solo las migajas. No había más opciones. ¡Ay, el deporte! En algún momento lo que parecía una verdad universal se quebró. Djokovic perdió en tercera ronda en Wimbledon y aquello fue como si la cristalería se rompiese entera de repente. No, no hay nadie intocable y, por supuesto, Novak Djokovic no lo es. 

Ahora se sabe, los datos son los que son, pero realmente esto no parecía posible. Lo único que sí se esperaba, se intuía al menos, era que si ocurría lo imposible quien estaría ahí para recoger el testigo era Andy Murray. Con Federer y Nadal fuera de juego, el escocés era el cuarto grande. Su historial es menos florido que el de sus rivales, solo tiene tres grandes -que son tres más que el común de los mortales- y cierta fama de perdedor, relacionada muy probablemente con sus ocho derrotas en finales de Grand Slam, pero también se sabe de él que siempre está. 

Desde sus inicios ha sido un jugador muy regular de los que aseguran el siete en cada examen. No es el tenista más espectacular del circuito, él tampoco ha luchado nunca por ese cetro, y basa su juego en una buena cabeza, una capacidad táctica notable y el hecho incontestable de que es uno de los mejores restadores que se puedan imaginar. A eso le suma buenos golpes en todas las fases del partido, tiene un saque potente y certero, buena derecha, buen revés...

Es cierto, no es el jugador más bonito de ver. Tampoco el hombre más carismático. Murray es silencioso, contesta con extrema educación pero no da grandes titulares. No hace gracietas es, más bien, un tipo gris. Tiene, eso sí, algunos detalles que le distinguen de la manada, como aquella época en la que fue entrenado por Amelie Mauresmo. Era algo contra el sistema prácticamente, nadie se imaginaba la opción de que una mujer entrenase a un hombre. A él no le importó el qué dirán, fue adelante con sus ideas y aquello le sirvió para ser mejor jugador, una obsesión que debería ser de todos los jugadores pero que en pocos tenistas se ha visto tanto como en el escocés. También su cara solidaria es importante, renunciando incluso a algunas publicidades para lucir en la manga de su camiseta un mensaje contra la malaria. 

Lendl y Murray (Reuters)
Lendl y Murray (Reuters)

El influjo de Ivan Lendl

Importante fue Maursemo, que le ayudó a recuperar el ranking después de una lesión de espalda, pero más aún lo es Ivan Lendl. El checo, como Murray, también tenía problemas al principio de su carrera para ganar a los mejores, se acostumbró a perder finales de Grand Slam, pero le terminó cogiendo el truco. Cuando llegó a su lado en 2011 llevaba cuatro finales ya perdidas Murray, con él ganó sus dos primeros que fueron Nueva York en 2013 y Wimbledon en 2014. 

Una pequeña cuestión sobre ese último trofeo. Ganar en Wimbledon siempre es importante, pero cuando es británico y no gana ninguno desde tiempos de Fred Perry la cosa se magnifica. Cuando Murray lo logró, solo ese día, el público inglés empezó a creer en él. Pasó de ser un escocés a ser uno de los suyos, con media sonrisa y más nervios de lo debido agarró la copa y fue feliz. E hizo felices a muchos, los que creían que se irían de este mundo sin ver a un británico campeón en casa. Que deben ser los mismos que hace unos meses pensaban que nunca verían a uno de los suyos en la cúspide del ranking mundial.

Lendl y Murray lo dejaron unos años después, pero a principios de esta temporada volvieron. La consecuencia, ya se sabe, fue el segundo Wimbledon, este más tranquilo y sosegado y, por fin, el ataque definitivo al liderato de la ATP. Un dato habla de la perseverancia que ha tenido el tenista en su ascenso a los cielos. La primera vez qwue fue número 2 del mundo tenía 22 años, hoy cuenta con 29 velas en su última tarta. Es decir, ha pasado siete años apostando para llegar y, al final, lo ha conseguido.

 Sí, Murray es el número uno como antes lo fueron otros como Muster, Ferrero o Rafter, pero no se le puede meter con tanta alegría en esa lista, sin más, como si llegar al objetivo siempre tuviese la misma dificultad. Murray ha vivido en un época casi imposible, hubo tiempos que llegar era mucho más sencillo pero él se encontró con tres colosos que están entre los diez mejores jugadores de siempre. Ser número 1 hoy significa haber resistido a Nadal, a Federer ya Djokovic, casi la santísima trinidad del tenis. En un tiempo, además, en el que los jugadores son cada vez más duradero, lo que ha provocado que haya una concentración de talento como no se recuerda. De todos ellos, ahora, Murray es el rey. 

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