Logró ante Murray su tercer grand slam

Murray, el campeón de Wimbledon que pasó un tiroteo y rompió las convenciones

El tenista sobrevivió a la tragedia de Dumblane, entrenó en España, es tímido, educado, muy involucrado en causas solidarias y rompió una barrera al contratar a Muresmo

Foto: Wimbledon championships
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Cuando Andy Murray quiso ser tenista cogió las maletas y se fue a Barcelona. De ahí recuerdan que era un chico tímido, ensimismado. Aún lo es hoy. Responde con un inglés difícil, el típico de su natal Escocia, con la cabeza gacha y sin vocalizar demasiado. También es extremadamente educado. Muy 'polite', que dirían en Reino Unido. Murray, el número dos del mundo, ha vuelto a ganar Wimbledon. Es el único británico que lo ha conseguido desde que Fred Perry lo hiciese en los años 30. Tiene fama de blando, de no haber conseguido cuadrar bien su excelente tenis, de haber quedado en menos de lo que podría haber sido. Pero ese menos es un triple campeón de Grand Slam en un tiempo de gigantes en el tenis. Y eso merece un respeto. 

Murray se fue a Barcelona porque prefirió el tenis al fútbol. El Glasgow Rangers le tentó, pero el decidió que lo suyo era la raqueta. Partió al sol español, a la tierra batida y ahí se encontró con el Pato Álvarez. Había sido el entrenador de Arantxa Sánchez Vicario y mandaba como el que más en la academia de su hermano, Emilio Sánchez y su insepearable compañero de dobles -ambos juntos medallistas en Seúl- Sergio Casal. Se tiende a sobredimensionar el paso por España del tenista, como si fuese clave. No estuvo mucho tiempo y allí ya vieron un jugador excelente, de esos que controlan todos los golpes y se defiende con soltura. Eso, lo de saber contrarrestar los golpes del rival, es uno de sus puntos fuertes. Y también la mayor obsesión del Pato. 

Murray, que rompió a llorar cuando supo que había ganado a Raonic y que por lo tanto, repetía como campeón del torneo de su país (venció 6-4, 7-6 y 7-6), no es una personalidad más en el circuito. Detrás de su timidez, de su educación, se esconde un tragedia y un revolucionario. Murray piensa en tenis, pero no solo. En la manga de su blanco polo, durante todo el torneo de Wimbledon, se podía leer "Malaria no more". Lleva siete años colaborando para tratar de erradicar la mortal enfermedad. Tanto que es capaz de ahorrarse una lucrativa publicidad para ponerse ese parche en el brazo. 

El escocés vio de cerca la desgracia. Cuando era solo un niño Thomas Watt Hamilton irrumpió en su colegio y mató a 16 personas, 14 de ellos niños. Nunca habla del tema, pero se sabe por su biografía que conocía al sociópata, que alguna vez su madre le llevaba en el coche. Dumblane, la localidad en la que ocurrió aquello y en la que él pasó su infancia, es hoy conocida por Murray... y por Hamilton. Fue uno de los mayores asesinatos en masa de la historia del Reino Unido. Y eso, para el superviviente, también marca carácter. 

Quizá por eso, aunque no solo, Murray es algo diferente al resto. Sus padres se divorciaron y las primeras clases, antes de marcharse a Barcelona, se las dio su madre Judy, que aún le acompaña por buena parte del circuito. El escocés tiene un historial curioso en lo que respecta a los entrenadores. Primero fue su madre, luego Alex Corretja, con quien aún  intercambia mensajes y consejos antes de sus grandes partidos. Ahora ha vuelto a Ivan Lendl, un histórico que ha probado darle estabilidad. Lo sorprendente, de todos modos, no es que le hayan aleccionado grandes jugadores. Eso es lo normal. 

El efecto Mauresmo

No lo es tanto que Amelie Mauresmo pasase años a su lado, como entrenadora. Su trabajo conjunto fue muy fructífero y positivo. Para eso la buscó Murray, pero de algún modo con sus decisión de contratar a la francesa, también estaba rompiendo muchas de las barreras. Porque era muy común, casi se podría decir lo más común, que los hombres entrenasen a las mujeres, pero lo contrario era inaudito. Al escocés nada le importó, vio que con la campeona de Grand Slam había una vía de salida y no dudó en aprovecharla. 

Cuando el Duque de Kent le dio la dorada copa Murray, como es procedente, empezó agradeciendo a todos los miembros del torneo su amabilidad. Más extraño fue el cariño que volcó en los acompañantes de Milos Raonic, su rival, comandado por el español Carlos Moya. "Raonic tiene un equipo muy educado, con unas buenísimas maneras, siento que hayan perdido", dijo, no sin algo de paradoja en sus palabras. El canadiense de ascendencia montenegrina, que también tuvo una etapa en Barcelona en el desarrollo de su juego, estaba en su primera final de Grand Slam. Fue el propio Murray quien recordó que, en las semifinales, su rival había hecho un partido colosal para ganar a Roger Federer, que si es historia del tenis aún lo es más de Wimbledon. 

El canadiense fue menos frío, más inexperto. Se dio de bruces en dos tie breaks, un arte que debería controlar mejor pues su servicio es colosal. Pero era su primera gran final y en esas ocasiones las piernas tiemblan y las ideas no son tan claras. Murray sabe bien de lo que se habla, ha ganado solo tres de las once finales de grand slam que ha disputado. en la central de Wimbledon se le vio más tranquilo que nunca. "Lo disfrutaré más que el anterior", decía al recoger la copa. Por descontado, su victoria de 2013 es parte de la historia del deporte británico, un momento histórico para el país que veía, por fin, como uno de los suyos ganaba su torneo. Dicen que ese día Murray, no exento de críticos, se levantó siendo escocés y se durmió siendo británico, con el matiz de aceptación general que eso tiene. 

 

En su ristra de agradecimientos y menciones Murray no se olvidó de un invitado que está de salida. Nombró a David Cameron y, en un inesperado acontecimiento, buena parte de la pista central de Wimbledon se puso a abuchearle. No se recordaba a tan distinguido público, de marcado silencio, tan enfadado en años. El tenista, que lo hacía por pura educación, no sabía bien como reaccionar. Se le olvidó, quizá de forma intencionada, nombrar a Nicola Sturgeon, primera ministra escocesa. "Jugar al tenis es duro, pero aún lo es más ser primer ministro. Un trabajo imposible", zanjaba el tenista para pasar a agradecer a su familia el cariño y el apoyo. 

La victoria de Murray le acerca en la lista mundial a Djokovic, aunque el serbio, dominador del tenis actual, aún está lejos. Murray es, probablemente, el mejor jugador de todos aquellos que nunca llegaron al número 1, y aunque aún tiene tiempo para subsanar ese fallo, no parece que vaya a ser fácil que descuelgue de la cabeza a su rival, que es siete días menor que él. La carrera del británico, brillante como es, estará siempre opacada por haber jugado contra gigantes. Él, de todos modos, no parece preocupado. Su vida es el tenis, pero también mucho más que el tenis. 

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