Una garrapata cambió la vida del penúltimo obstáculo de Garbiñe en Roland Garros
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stosur fue campeona de un grand slam

Una garrapata cambió la vida del penúltimo obstáculo de Garbiñe en Roland Garros

Samantha Stosur era solo una buena jugadora de dobles cuando contrajo la enfermedad de Lyme cambió su manera de ver el tenis y terminó siendo una de las mejores en singles

placeholder Foto: Garbiñe Muguruza, en un partido en Roland Garros (EFE)
Garbiñe Muguruza, en un partido en Roland Garros (EFE)

Una garrapata marcó para siempre la vida de Samantha Stosur, rival a la que se ha impuestoGarbiñe Muguruza en las semifinales de Roland Garros.Era una jugadora más, buena en dobles, irrelevante en individuales, cuando se empezó a encontrar mal poco antes del Abierto de Estados Unidos de 2007. "Se me inflamaron las glándulas, empezaron a aparecerme ronchas en la cara y el cuello, un picor en todo el cuertpo y un cansancio extremo. También dolores de cabeza y de cuerpo", rememora la tenista en su página web.

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Tenía un problema y, peor aún, no encontraba ninguna solución. Ella intentaba volver a entrenarse, a competir, pero todo era en vano. El extremo cansancio no la dejaba progresar, perdió peso y ganas de jugar. Se marchó a Nueva York para intentar jugar el cuarto Grand Slam del año, pero no sirvió de mucho. Cayó en primera ronda. Lo recuerda con miedo, a partir del cuarto juego del partido el cansancio no la dejaba pensar con normalidad. Diversas visitas al médico no sirvieron de nada. En el hospital hacían pruebas y pruebas para no encontrar un solo indicio de enfermedad. Los síntomas seguían ahí, pero no había manera de encontrarles causa y, consecuentemente, tampoco remedio. Entre los intentos por recuperarla se dieron intentos dolorosos, como una punción espinal que, como todo lo anterior, tampoco sirvió de nada.

Ella fue a Tampa, donde vivía, y tuvo la ayuda de un amigo para pasar por tan duro trance. Su padre voló desde Australia para hacerle compañía y llevarla a un médico especialista en enfermedades infecciosas. Pasó un par de semanas realizando prueba tras prueba hasta encontrar la causa de tanto dolor: la enfermedad de Lyme. Es un trastorno duro que la obligó a parar completamente su carrera durante medio año, a medicarse y a no poder hacer ningún tipo de ejercicio. La enfermedad lleva recorriendo el mundo años y años, es transmitida por garrapatas y se ha encontrado incluso en hombres prehistóricos como la momia de Ötzi.

El cambio de chip

Stosur se lo tuvo que tomar con extrema calma, entre otras cosas porque los médicos le advirtieron de la posibilidad de recaer si se ponía a entrenar antes de lo aconsejado. La enfermedad de Lyme puede llegar a ser crónica, un cansancio eterno, pero Stosur supo encontrar la calma suficiente para salir del paso. Le cambió la vida y, también, la convirtió en una jugadora nueva.

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La australiana era una muy buena jugadora de dobles y una del montón en individuales. Llegó a ser la mejor del mundo por parejas, pero no le ponía mucho empeño -o no tenía la fuerza mental suficiente- para encontrarse cómoda estando sola en la pista. Tenía ya en el zurrón dos títulos de Grand Slam en dúos, pero en singles no había llegado a pasar siquiera de la cuarta ronda de un Grand Slam. Ya tenía 25 años, no era, a efectos tenísticos, ninguna jovencita. Pero cambió, progresó. Después de un mal año 2008, aún algo abotargada por los ramalazos de la enfermedad de Lyme. Después de aquello se vio una Stosur nueva, una capaz de encaramarse a las diez primeras posiciones del ránking -llegó a ser cuarta, como ahora lo es Garbiñe- y, sobre todo, capaz de ganar un grande.

Fue en el Abierto de Estados Unidos de 2011, un año después de haber sido finalista de Roland Garros, donde perdió con Schiavone. Este año, de hecho, ha conseguido por cuarta vez llegar a la penúltima ronda en la tierra parisina, su torneo predilecto aunque nunca haya sido capaz de ganarlo. Todo eso, el pico de su carrera, se dio cuando ya había pasado la enfermedad. El mayor reto de su vida.

Hoy Stosur no es la jugadora que fue. Tiene los brazos hipermusculados, más que en sus mejores días. Necesita fuerza, es una jugadora bruñida en el gimnasio. Quien no tiene altura, y ella con su 1.75 no es lo suficientemente alta para este juego, necesita encontrar recursos en otros lados. En ella se ve la potencia y un ahinco absoluto por no marcharse del tenis. Se resiste a la edad, pues a sus 32 años, en el tenis femenino, son excepcionales las que llegan en un buen tono. Quizá apellidándose Williams...

Garbiñe Muguruza tiene una oportunidad de oro de entrar de nuevo en una final de Grand Slam. Así como en los últimos años ha habido una gran hegemonía española en París -Nadal, claro, pero antes otros muchos- hacía 16 años que ninguna española se metía en la penúltima ronda de la arena parisina. Sam Stosur, a sus 32 años, quiere tener una tercera resurrección. Volver a ser trascendente. Pero hoy en día es peor jugadora que Muguruza. Si la española consigue mantener la cabeza sobre los hombros tiene que estar en la final. Stosur es la número 24 del mundo, a cualquier top-10 le encantaría jugar un partido de esta importancia contra una jugadora que está tan por debajo en la lista de favoritas. Es cierto que llega en un buen momento, ya hizo final en Madrid, pero la presión está del lado de Muguruza.

Falta hablar del hilo conductor de este caótico torneo durante estas dos semanas: la lluvia. Es obvio que la organización está preocupada por ella, pues los informes meteorológicos no son favorables. Los mandatarios intentarán que todo vaya rápido, y por eso ha mandado al número 1 del mundo y principal candidato para la victoria, Novak Djokovic, a la pista Suzanne Lenglen. Ahí también han ido a parar Stosur y Muguruza, pues entienden los franceses que es más atractivo ver como Serena Williams juega -y probablemente arrasa- a Kiki Bertens, que entre chubasco y chubasco se ha colado en la semifinal cuando partía desde el número 58 del mundo.

Muguruza puede dar un nuevo golpe en la mesa, pensar que no hay reto al que no pueda acceder y demostrar que lo de Wimbledon del pasado año no fue casualidad. Necesitará constancia, porque la fe nunca faltó en su rival

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