el español empieza bien la temporada de tierra

Nadal no se luce, pero hace lo suficiente para ganar su noveno título en Montecarlo

El español no hizo el mejor partido del torneo, se mostró errático en los dos primeros sets, pero tuvo las fuerzas suficientes para resurgir en el tercer set e imponerse a Monfils

Foto: Nadal, tras ganar en Montecarlo (Reuters)
Nadal, tras ganar en Montecarlo (Reuters)

Los más grandes se distinguen porque también saben ganar en los días en los que no se han levantado con el pie derecho. Nadal consiguió en Montecarlo su noveno entorchado, recordó a todos los aficionados que si hay una leyenda en este torneo es él y reafirmó su sempiterna candidatura al cetro de Roland Garros ganando a Gaël Monfils. Y todo eso en una mala tarde.

A Nadal no le entraron los golpes como otros días. Se le notó nervioso, dubitativo, algo apurado para llegar a ciertos envíos. Especialmente grave fue su titubeo en las bolas de break, por las muchas que concedió y las pocas que aprovechó. Es extraño en él, pues siempre fue un jugador calmado, con porte de espía de la Guerra Fría, pero incluso los que más saben de ganar tienen miedo cuando llevan tiempo sin hacerlo. Los pequeños detalles, esos que marcan el tenis, dejaron ver que no era su mejor tarde. Estuvo mucho peor que el día anterior contra Murray, donde sacó la rabia suficiente para dejar de lado al número 2 del mundo. Es posible pensar que contra otro rival de más fuste no hubiese conseguido la victoria.  Y a pesar de todo fue suficiente.

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Nadal, que nunca tuvo el servicio como su mejor opción, necesitó recomponer su juego para enfrentarse al siempre incómodo Monfils, un jugador pegajoso que, como él, se siente cómodo devolviendo pelotas hasta que el rival falle. El saque fue tembloroso, especialmente en la segunda manga, donde solo fue capaz de ganar un 60% de sus primeros servicios. Iban dentro casi todos, el punto se disputaba, pero sacar flojo supone que en las siguientes escenas del partido el jugador va a sufrir para ganar. Monfils se dio cuenta de que los saques no mordían y se metió en la pista para hacer daño. 

Resucitar en el tercer set

Entre las enseñanzas positivas que dejó el partido está el físico. Hacía mucho calor en Montecarlo, pero no el suficiente para hacer desfallecer a Nadal. En los dos primeros sets todo estuvo muy igualado, una pelea a cara de perro en la que se sumaban más errores que aciertos. Todo cambió en la última manga, cuando Rafa se entonó y aprovechó que las piernas de su rival ya no funcionaban en todo su poder. 7-5, 5-7 y 6-0, una nueva victoria que, además, tiene carga de profundidad.

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Porque Nadal jugaba su centésima final y la ganó -68 títulos lleva, solo ha perdido 32 finales-. Porque no había ganado un Masters 1.000 desde el año 2014 y la sequía empezaba a ser alarmante. Porque la victoria recuerda al resto que Nadal, en un cuadro de tierra, sigue siendo un seguro de sufrimiento. En 2015 Nadal fue un desastre. Jugó mucho, pero muy mal, no consiguió hilvanar el juego que le ha distinguido como un grande. Esta temporada aún no está a pleno rendimiento, no se ha mostrado como el coloso que puede ser, pero se parece mucho más a una buena versión de sí mismo que el año pasado. Y Rafa, como demostró contra Monfils, no necesita estar a tope para ser un jugador extremadamente peligroso en tierra. 

Ha llegado la primavera, el tiempo marcado en rojo tierra, en color Nadal. Y de aquí en adelante: Barcelona, Madrid, Roma… y Roland Garros. La escalera anual por la que el jugador español ha labrado su historia.  

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