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Murrayfield, el estadio centenario "con alma" donde el rugby se mezcla con magia y tradición
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LEYENDA ESCOCESA

Murrayfield, el estadio centenario "con alma" donde el rugby se mezcla con magia y tradición

Un repaso a Murrayfield y su mística: de depósito en la guerra a templo 'rugbier', con recuerdos españoles, himnos, récords de asistencia y conciertos multitudinarios

Foto: El Murrayfield Stadium tiene mucha historia. (Reuters/Russell Cheyne)
El Murrayfield Stadium tiene mucha historia. (Reuters/Russell Cheyne)
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Cuando Escocia juega al rugby en Murrayfield, Edimburgo se viste de fiesta. Es algo que ocurre desde hace un siglo, salvo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el centenario estadio tuvo como principal actividad el depósito de suministros para el ejército británico. La ciudad que vio nacer a personajes tan ilustres como el actor Sean Connery, el escritor Robert Louis Stevenson o el economista Adam Smith se engalana cada vez que recibe a un equipo rival y a sus seguidores. Los míticos pubs como Black try, Malones o The Conan Doyle hacen acopio de barriles de cerveza los días previos al partido. No se sabe muy bien por qué, pero el rugby da mucha más sed cervecera que cualquier otro deporte y esa parte del ritual se respeta en Escocia por encima de todas las cosas.

Pisar la hierba de Murrayfield vestido de corto no está al alcance de cualquiera. Menos aún para jugadores de selecciones alejadas de la élite. Uno de esos privilegiados fue el español Fernando Díez, el actual entrenador del Liceo Francés. Ocurrió el 3 de diciembre de 1998. Ese día, España se enfrentaba a Portugal. Era un partido a vida o muerte. Al vencedor le esperaba la gloria de participar el año siguiente en la Copa del Mundo que organizaba Gales. Los Leones lo consiguieron (21-17). El exinternacional jugó de primer centro y hasta se vino arriba tirando un exitoso drop cuando el partido estaba bastante avanzado. "Es uno de esos estadios míticos que veíamos en casa cuando televisaban los partidos del Cinco Naciones y que transmite alma a los jugadores por el momento tan especial que tienes la oportunidad de vivir", afirma. Para la mayoría de sus compañeros también era primera vez que pisaban la hierba de Murrayfield. Solo Alberto Malo y Fran Puertas lo habían hecho antes. Fue en 1993 cuando participaron en la Copa del Mundo de seven que se disputó en Escocia.

A los pocos días de vencer a Portugal, tuvieron que enfrentarse al XV del Cardo en Edimburgo. De las gradas vacías del primer partido, "algo a lo que estamos muy acostumbrados en España", se pasó a un estadio con alrededor de 20.000 espectadores. La Selección llegó al campo a bordo de un autobús con escolta policial para, a continuación, introducirse a pie en las tripas del estadio hasta llegar a los vestuarios. "No son tan impresionantes como los del Principality Stadium de Cardiff, que tienen una sala de entrenamiento de 80 metros cuadrados, pero son lo suficientemente grandes y acogedores como para no perder el calor del rugby", explica Díez. Una de las cosas que más le llamó la atención es que tanto el vestuario de los locales como el de los visitantes fueran exactamente iguales "porque he visto otros casos donde los de los anfitriones son notoriamente mejores".

Saltar al campo y ver el ambiente que se respiraba le impresionó. Para entonces, ya se habían completado las obras de remodelación del estadio con la apertura de la tribuna oeste con capacidad para 12.000 personas que se conectaba con las tribunas norte y sur, lo que le permitió alcanzar su capacidad actual que es de 67.144 espectadores. La tradición dice que al salir de uno de los túneles que accede al campo los jugadores locales tienen que tocar un cardo tallado en piedra para que les dé suerte. Eso sí, hay que hacerlo con la mano derecha. El actual técnico del Liceo Francés recuerda, además, lo emocionante de escuchar el himno español en Murrayfield y a los aficionados escoceses entonar el Flower of Scotland. "Todo aquello fue un auténtico regalo para nosotros", subraya.

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En realidad, para Díez fue un regalo envenenado porque no pudo acabar el partido tras sufrir una conmoción cerebral. "El público nos respetó porque ellos no entienden si somos amateurs o no, solo ven a unos jugadores de rugby que tratan de ganar a su selección y eso es algo digno de respetar", espeta. Al término del encuentro, se intercambió la camiseta con Kenny Logan, un ala con 70 caps que llegó a disputar tres Copas del Mundo, con quien mantenía una relación de amistad a raíz de haber coincidido en la pretemporada con London Waps. La tercera y última vez que pisó el césped de Murrayfield fue cuando España cayó un año más tarde ante los Springboks en la Copa del Mundo.

El estadio donde juega Escocia sus partidos de rugby como local está muy cerca del zoo de Edimburgo que, lógicamente, no existía cuando un tal Archibald Murray, un abogado vinculado a la distinguida familia Murray de Cringletie, compró el terreno en 1733 a la familia Nisbet de Dean en una zona situada al oeste del centro de la ciudad para edificar dos años más tarde la Murrayfield House. Desaparecía así el Parque Nisbe y comenzaba a configurarse la nueva distribución de la capital de Escocia. Durante más de un siglo, Murrayfield fue una zona verde con muy pocas edificaciones a su alrededor, algo que supieron aprovechar los caballeros del Edinburgh Polo Club para disputar allí alguna que otra pachanga, mientras que la afición al fútbol o al rugby adolecía por entonces de seguidores.

Durante el primer tercio del siglo XIX, Edimburgo fue la primera ciudad escocesa donde varias escuelas empezaron a jugar deportes que estaban a mitad de camino entre el fútbol y el rugby. Sin embargo, la Scottish Football Union se estableció en Glasgow. Y allí sigue a día de hoy. La capital de Escocia fue también la que acogió en 1871 el primer partido internacional bajo las reglas del rugby en el que participó un combinado local con camisetas marrones luciendo un cardo como escudo, y otro de Inglaterra, que jugó todo de blanco con una rosa roja en la camiseta. Un ensayo seguido de una transformación dio la victoria a los locales. Al no existir un sistema de puntuación, no hubo un resultado final, sino un ganador.

La rivalidad entre las ciudades de Glasgow, el auténtico motor económico del país, y Edimburgo, la capital política y cultural, también se trasladó al fútbol (Celtic y Rangers frente a Hearts e Hibernian) y, cómo no, al rugby. El primer partido interciudades data de 1872 entre Glasgow District y Edinburgh District. En la actualidad, ambas ciudades están representadas por Glasgow Warriors y Edinburgh Rugby. De esa lucha por convertirse en el epicentro del rugby escocés salió airosa la capital. De hecho, allí se institucionalizó en 1897 el estadio de Inverleith como sede de los partidos internacionales. Como la afición al rugby fue in crescendo en la década de los 20, se impuso como prioridad buscar un nuevo espacio urbano capaz de construir un estadio más moderno y acogedor. La Scottish Football Union se decantó entonces por un amplio terreno ubicado en Murrayfield. Tardó poco tiempo en reunir el dinero y ponerlo sobre la mesa, así que en 1922 se concertó la compra.

Todo iba a una velocidad vertiginosa. La SFU se rebautizó en la Scottish Rugby Union (SRU) un año antes de que Inverleith acogiera el 25 de enero de 1925 su último partido internacional con paliza incluida a Francia (25-4). Dos meses más tarde, el mismo día en que el invierno daba paso a la primavera, el nuevo estadio abrió sus puertas a lo grande. Alrededor de 70.000 espectadores pudieron ver cómo su selección se imponía a Inglaterra (14-11) lo que, a su vez, suponía el primer Grand Slam para el XV del Cardo. Desde entonces, solo lo ha vuelto a conseguir en otras dos ocasiones.

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Una tradición plagada de leyendas

Un país con tantas historias legendarias no podía dejar de tener una de aquel histórico encuentro. Se dice –una expresión que ya denota ciertas dudas sobre su veracidad– que los hinchas lloraban mientras sonaban las gaitas y que el eco de aquel ruido aún sigue latente en el túnel que da acceso al terreno de juego. Aquel 21 de marzo fue un día soleado, todo lo contrario de lo que ocurrió en 1987 con la banda irlandesa U2. Ante el aguacero que caía, Bono espetó al público: "Si Escocia puede cantar bajo la lluvia, nosotros también podemos tocar bajo la lluvia". El resto ya forma parte de la historia reciente del rock and roll. Uno de los ensayos escoceses fue obra de Johnny Wallace. Anotó uno en cada partido de aquella edición del Cinco Naciones, un récord que en Escocia ha estado vigente hasta 1999 cuando lo igualó Gregor Townsend.

Los terrenos de Murrayfield se fueron ampliando con la incorporación de un par de campos en sus aledaños, al tiempo que en sus estancias se empezaban a amontonar los recuerdos de ilustres visitantes. Así, hace poco encontraron una bandera de seda azul oscuro de Sudáfrica fechada en 1932 o una colección de gorras de esas que se colocan sus capitanes en su primera cap cosidas a mano que datan de 1871. Incluso han aparecido un par de botas negras de 1971 que pertenecieron al excapitán escocés PC Brown con la marca tachada con rotulador para evitar que infringiera las normas de patrocinio.

El templo del rugby escocés, por donde han desfilado en estos 100 años los mejores jugadores de rugby de la historia de los cinco continentes, también acogió parte de los eventos posteriores a la ceremonia de coronación de la reina Isabel II. El 23 de junio de 1953, acompañada de su esposo, el duque de Edimburgo, la monarca realizó una visita de Estado que le llevó a presidir un desfile militar en Murrayfield. No se sabe si fue porque la reina se quejó del frío que pasó en el estadio o por las constantes nevadas que caían en la ciudad que impedían la práctica normal del rugby, pero lo cierto es que seis años después de su visita se instaló una calefacción subterránea para lo que tuvieron que tenderse 64 kilómetros de cable.

Un campo centenario siempre guarda batallitas para contar. En 1963 la niebla cubrió el estadio. Los jugadores decían que podían oírse pero no verse mientras un locutor de radio hacía lo que podía para narrar el partido: "El balón puede estar en cualquier parte del campo o en otro partido", bromeaba uno de ellos. Pese a todo, el partido no se suspendió. Hubo espectadores que juraron haber visto un ensayo que nunca se produjo. También hay batallitas relacionadas con el fútbol. 14 años más tarde, los Tartan Army (aficionados escoceses) invadieron el campo tras vencer a Inglaterra 2-1, arrancando los travesaños de las porterías y trozos de césped. Cosas de futboleros que jamás ocurren en el rugby. El castigo de Murrayfield al fútbol duró muchos años.

El estadio escocés, el vigésimo segundo con mayor capacidad en todo el mundo, también tiene su propio récord de asistencia. En 1975 se dieron allí cita 104.000 espectadores, todos ellos de pie, para presenciar el triunfo sobre Gales (12-10). La afición al rugby resultaba ya imparable y con el paso del tiempo se comprobó que el campo se iba quedando pequeño. En 1983, un año después de que el estadio acogiera una concentración juvenil a la que asistieron 45.000 jóvenes que acudieron a recibir al papa Juan Pablo II, la princesa Margarita inauguró la tribuna este poco antes de que el estadio comenzara a utilizarse también como escenario de conciertos de rock. Como primer artista estuvo el británico David Bowie, al que siguieron otros como los escoceses Simple Minds, The Rolling Stones, Céline Dion, Bruce Springsteen, Madonna, Oasis o Bon Jovi. La que se llevó la palma fue la norteamericana Taylor Swift, que batió el récord de asistencia a conciertos, ya que fue capaz de congregar a 220.000 espectadores en tres recitales seguidos que ofreció en junio del año pasado.

Los momentos más emocionantes vividos en Murrayfield coinciden con los dos últimos Grand Slam conquistados por Escocia. En 1984, contra todo pronóstico, los locales derrotaron a Francia (21-12) con el histórico ensayo de Jim Calder. Algo parecido ocurrió seis años más tarde ante la todopoderosa Inglaterra, que tenía el título al alcance de su mano. Los más nostálgicos nunca podrán olvidar aquel decisivo ensayo del ala Tony Stanger. El rubio John Jeffrey, el tiburón blanco, salió de la melé con el balón en la mano, se lo pasó al medio de melé que, a su vez, se lo transmitió a Gavin Hastings. El zaguero atrapó con muchas dificultades el oval entre sus dedos para pegar a continuación una patada que llegó a la zona de ensayo. El 14 escocés fue el más rápido en tocar el balón para que contactara con la hierba. Murrayfield se vino abajo. Falta por llegar el cuarto Grand Slam. Ya queda menos.

Cuando Escocia juega al rugby en Murrayfield, Edimburgo se viste de fiesta. Es algo que ocurre desde hace un siglo, salvo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el centenario estadio tuvo como principal actividad el depósito de suministros para el ejército británico. La ciudad que vio nacer a personajes tan ilustres como el actor Sean Connery, el escritor Robert Louis Stevenson o el economista Adam Smith se engalana cada vez que recibe a un equipo rival y a sus seguidores. Los míticos pubs como Black try, Malones o The Conan Doyle hacen acopio de barriles de cerveza los días previos al partido. No se sabe muy bien por qué, pero el rugby da mucha más sed cervecera que cualquier otro deporte y esa parte del ritual se respeta en Escocia por encima de todas las cosas.

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