Un largo paréntesis de 18 años para el regreso del Liceo Francés a la élite del rugby español
El Liceo Francés de Madrid regresa a la División de Honor de rugby tras 18 años, impulsado por un renovado espíritu de comunidad y el compromiso de jugadores, padres y directivos
El carácter de un hombre tan emprendedor y aventurero como el de Luis Abad, Luisón, un madrileño nacido en el número 2 la calle de La Paloma -en pleno barrio de La Latina-, le llevó en 1968 a culminar una idea que llevaba años rondándole la cabeza. Quería fundar en Madrid un nuevo equipo de rugby. En la capital ya cohabitaban varios con mucha solera como Arquitectura, Cisneros, Canoe o el CAU. Eso no le frenó. Quería más. Llevaba el rugby en las venas desde que se inició a finales de los años cincuenta en el Atlético de Madrid. Tenía el olfato suficiente como para no dejar pasar cualquier ocasión propicia que le permitiera llevar a cabo su sueño. En 1884 la Sociedad Francesa de Beneficencia había creado una escuela que fue el germen de lo que en 1919 pasó a denominarse Liceo Francés.
Pues bien, aprovechando que el centro iba a inaugurar sus nuevas instalaciones en el Parque del Conde de Orgaz, vio la oportunidad de fundar una sección de rugby. Seguro que a Luisón, fallecido hace dos años, le hubiera gustado presenciar in situ el pasado domingo en el Ramón Urtubi en compañía de la ruidosa Marea Azul y gritar junto a ellos a pleno pulmón aquello de "Allez Lycée" cuando su equipo logró el ensayo que le dio la victoria frente al Gernika en el tiempo añadido. Se cerraba un paréntesis de 18 años de ausencia en División de Honor.
Ahora que el club vuelve a tener la oportunidad de codearse con los mejores, su presidente, Javier Goitia, hace balance de todos estos años donde el Liceo Francés miraba con envidia sana todo lo que ocurría a su alrededor. Había cierta frustración mezclada con algo de nostalgia de los tiempos en que el equipo masculino llegó a ser subcampeón de Liga y de donde salieron jugadores como el exseleccionador Santiago Santos, el mundialista Fernando Díez, el centro David Mota, el tercera línea Juan González Goicoechea o los talonadores Juan Anaya y Javier Aguiar, todos ellos con más de 20 caps en el XV de El León. Las chicas lo hicieron aún mejor. Se adjudicaron dos ediciones de la Copa de la Reina (1999 y 2000) con jugadoras también con muchas caps como Elena Díez de Lastra, Olga García, Rocío Martínez o Raquel Socías.
Goitia no es un hombre del club propiamente dicho. Solo había jugado al rugby, "y bastante mal", en las universidades de Barcelona y Burdeos. Jamás llegó a enfundarse la camiseta blanca, azul y roja. Sin embargo, un buen día, su hijo mayor de 4 años de edad empezó a entrenar en el Ramón Urtubi. Fue un flechazo. De la noche a la mañana se convirtió en delegado del equipo sub 6 y desde entonces lleva tres lustros ligado al club.
Hace cuatro años, durante el viaje de vuelta después de que los sub 18 hubieran jugado y perdido un partido en Valladolid, entabló una charla con un grupo de personas. Con ellos compartió en voz alta su amargura por la decadencia de la entidad que ahora preside. "Es una verdadera pena que un club como éste, que ha estado en División de Honor y que somos semifinalistas en todas las categorías en los campeonatos de España, haya perdido su carácter ganador y eso hay que recuperarlo como sea", les dijo.
Los datos le daban la razón. En 1991 y 1993 el Liceo Francés masculino había sido subcampeón de Liga y en otras dos ocasiones (1989 y 2001) finalista de la Copa del Rey. La cantera también funcionaba puesto que en 1992 se adjudicaron la Copa Ibérica. Desde entonces, tan solo algún que otro título provincial.Alejandro Ratier, actual vicepresidente liceísta, explica que en estos últimos cuatro años se ha producido un cambio "muy gordo". Tras dar por concluida su etapa de jugador quiso probar como entrenador. Apostó por llevar el equipo sub 18. "Fue entonces cuando me di cuenta de lo importante que resulta que los padres estén implicados en el proyecto del club". Poco a poco se fue tejiendo un vínculo muy estrecho club-jugadores-padres y todo empezó a tomar forma. "Había que darle una vuelta a lo que habíamos hecho antes para intentar volver a la élite con jugadores de cantera y creo que lo hemos conseguido", indica. Ahora, como señala el propio Ratier, "los padres son nuestros mejores hinchas". Han hecho tal piña que suelen ir a comer juntos "y encima están la mar de felices por ver competir a sus hijos al máximo nivel".
Su implicación es cada vez mayor. De hecho, el club ha subido este año el número de socios hasta los 160. "Uno de ellos -como señala Goitia-, ha elaborado de forma gratuita una oferta de los más atractiva para buscar sponsor, algo por lo que un profesional cobra un pastizal porque es el padre de un jugador y quiere involucrarse". En la actualidad el Liceo Francés cuenta con más de 600 fichas y una veintena de equipos entre chicos y chicas en todas las categorías. En ese proceso de cambio está previsto incluso el estreno de un nuevo escudo para la próxima temporada. Lo que no cambiará es su lema de "el rugby es nuestra patria" ni su sede. El Ramón Urtubi, en recuerdo a un antiguo director del Departamento de Educación Física, es propiedad del centro y no se cobra entrada a los partidos. Lo malo es que los terceros tiempos no se pueden celebrar en el recinto escolar por razones obvias.
La supervivencia del club pasa por nutrirse canteranos "o de gente que viene a trabajar o a estudiar a Madrid", matiza Goitia. Precisamente el pasado mes de diciembre se incorporaron tres universitarios franceses, uno de ellos con experiencia en el Biarritz Olympique, "que al ser francófonos les interesa estar en este equipo donde la mitad de la plantilla habla francés". Y a eso se une el hecho de que al estar ubicadas las instalaciones en la capital, los aspirantes a jugar con la camiseta tricolor no tienen que desplazarse a lugares más lejanos para entrenar. La posibilidad de recalar en otro club de Madrid como Cisneros también se desvanece en algunos casos porque "pese a que hacen un trabajo magnífico están colapsados en lo que a fichas se refiere para gente que quiera jugar a buen nivel".
¿Cómo se les convence? "Aparte de explicarles el proyecto deportivo, me siento con ellos y le digo que van a venir a un club que es una panda de amigos donde se trabaja en serio con un buen equipo técnico y magníficas instalaciones dentro de Madrid y donde tenemos posibilidades de hacer historia subiendo de nuevo a División de Honor", recuerda el presidente liceísta.
Su tono amable se vuelve crítico cuando se alude a la fuga de sus jugadores a otros equipos con mayores ambiciones clasificatorias. "Aquí damos la bienvenida a todo el mundo, pero no tocamos a nadie". Es más, se muestra bastante contrariado con la política de captación de algunos vecinos. "No me gusta cómo lo hacen", replica. Para Goitia, cuando un jugador quiere irse, se abren dos escenarios. "Si es por trabajo o estudios y, por ejemplo, se va a Barcelona, yo mismo llamo a los clubes de allí para ayudarles lo mismo que si quieren seguir su carrera deportiva en Francia o Irlanda". Otra cosa bien distinta es cuando la competencia llama a las puertas de algún integrante de la plantilla liceísta "porque es cuando nos cogemos un rebote del quince". Se queja de que, "sin ir más lejos", el año pasado les dejó su "mejor" jugador, Pablo Guirao. "Había hecho un buen mundial sub 20 y se fue a Alcobendas, e incluso ha debutado con la absoluta en las ventanas de noviembre".
Con el regreso a la élite del rugby español espera que cese esta huida de talentos y que su proyecto resulte atractivo para aquellos con mayores ambiciones deportivas. De cara a la próxima temporada ya miran de reojo el éxito de los dos clubes que van a disputarse el título de Liga repletos de canteranos, aunque más en el caso de Cisneros que en El Salvador.
"Nosotros ya estamos a cuatro o cinco entrenamientos por semana a semejanza de lo que hacen algunos clubes semiprofesionales", apunta Ratier. Eso no implica que para evitar apuros clasificatorios en División de Honor tengan que reforzarse para tratar de hacer frente a los gallitos de la categoría. Para su consolidación cuentan con el apoyo incondicional de su "ruidosa" afición que llena buena parte de las casi 500 localidades que tiene de aforo el campo y que no para de animar durante los ochenta minutos. La historia del Liceo Francés pasa también por su sección femenina. En su mejor época, a finales de la década de los noventa, se formó un grupo "que tenía muy buen nivel", afirma la exliceísta Elena Díez de Lastra, que llegó a ser capitana de la selección española.
"También es verdad que entrenábamos mucho y teníamos muy buenos técnicos", precisa. Su aventura en el rugby comenzó cuando cursaba segundo de Medicina en la Universidad Autónoma de Madrid. Aparcó el baloncesto y se enamoró del balón ovalado. Su compañera en el equipo universitario, Amaya Calbet, fue la que le convenció para formarse en el Liceo. Fue su primer y único club. Allí desarrolló toda su carrera deportiva. "Estuve jugando mucho tiempo hasta que tuve mi segundo hijo y luego lo dejé para volver diez años más tarde", añade.
Más de media vida ligada a un club "que es como una familia" es tiempo suficiente para explicar qué significa ser liceísta. "Siempre se han preocupado mucho de inculcar valores, especialmente el compañerismo, a los niños pequeños y eso es algo que te marca para siempre". Es más, presume de estar convencida de que el paso de los años no ha afectado a sus relaciones con la familia liceísta que conoció hace casi tres décadas porque si llama a cualquier chico o chica "seguro que me ayuda o por lo menos me escucha si tengo un problema". Y es que Díez de Lastra no se cansa de repetir que "la gente que estuvimos allí sentimos aquello como un nexo de pertenencia a un espacio que te lo ha dado todo".
De sus antiguas compañeras habla maravillas. "Éramos un grupo de amigas que nos divertíamos muchísimo y que después de los entrenamientos solíamos ir a tomar algo", espeta. Con muchas de ellas mantiene contacto a través de un grupo de Whatsapp y de vez en cuando se reúnen para compartir recuerdos y vivencias "y descubrir que es como si no hubiera pasado el tiempo". La excapitana de Las Leonas es de las que procura no perderse el típico aperitivo de fin de año. Al último no pudo acudir. Eso le provocó cierta nostalgia. No solo a nivel personal sino por echar de menos los boquerones "súper ricos" que ponen en la taberna Emilio, situada en el barrio de Prosperidad. Tampoco pudo asistir el domingo al partido que devolvió al equipo masculino a División de Honor. "Es lo que tiene ser madre de tres hijos y las guardias en el hospital", asegura.
El carácter de un hombre tan emprendedor y aventurero como el de Luis Abad, Luisón, un madrileño nacido en el número 2 la calle de La Paloma -en pleno barrio de La Latina-, le llevó en 1968 a culminar una idea que llevaba años rondándole la cabeza. Quería fundar en Madrid un nuevo equipo de rugby. En la capital ya cohabitaban varios con mucha solera como Arquitectura, Cisneros, Canoe o el CAU. Eso no le frenó. Quería más. Llevaba el rugby en las venas desde que se inició a finales de los años cincuenta en el Atlético de Madrid. Tenía el olfato suficiente como para no dejar pasar cualquier ocasión propicia que le permitiera llevar a cabo su sueño. En 1884 la Sociedad Francesa de Beneficencia había creado una escuela que fue el germen de lo que en 1919 pasó a denominarse Liceo Francés.