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Perdonar (sin olvidar) y otros motivos para dejarse la voz por España en el lleno de El Central
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España-Países Bajos

Perdonar (sin olvidar) y otros motivos para dejarse la voz por España en el lleno de El Central

El próximo domingo, la selección española de rugby se medirá a Países Bajos en el partido más complicado de la clasificación al Mundial de Australia 2027. Un llenazo para cerrar heridas

Foto: Celebración de la última clasificación, frustrada, de España. (EFE/Sergio Pérez)
Celebración de la última clasificación, frustrada, de España. (EFE/Sergio Pérez)

Hay diez razones o más para que el campo de El Central se llene este próximo domingo bajo la premisa de apoyar a España en el partido más complicado que se le presenta para lograr su clasificación en la próxima Copa del Mundo a disputarse en Australia en 2027. La primera es borrar de un plumazo el mal fario que ha envuelto al rugby patrio estos últimos años. La afición se lo merece. El resto bien podrían ser estas nueve, o cualesquiera otras.

Buscar el impulso económico. Tal vez quede un poco feo colocar el dinero como primer motivo para alentar a la selección pero es que clasificarse para la Copa del Mundo sería un importe balón de oxígeno. Por el contrario, no hacerlo, significaría volver a quedarse a oscuras. El último presupuesto de la Real Federación Española de Rugby (RFER) ascendía a 11,5 millones de euros, de los que 4,3 millones eran ingresos previstos de World Rugby y del Consejo Superior de Deportes (CSD). Aún es pronto para cuantificar los ingresos vía el máximo órgano regidor del rugby mundial.

De hecho, en la RFER lo desconocen aunque, en cualquier caso, cualquier tipo de ayuda sería a partir de 2026. El CSD no contempla más aportaciones, si bien cabe la posibilidad de emprender nuevos proyectos. En el plano deportivo la clasificación supondría el ingreso de España en la nueva Liga de Naciones con rivales que, en teoría, podrían mejorar la recaudación en taquilla. Sin olvidar que a las ventanas de noviembre puede volver otro TOP 10.

Fin a una prolongada ausencia. La última vez que España estuvo presente en la Copa del Mundo fue en el siglo pasado. Como el dato resulta un tanto descorazonador, igual conviene señalar que solo han transcurrido 26 años. Aquella clasificación no fue un camino de rosas. Para culminar el sueño, el XV de El León tuvo que medirse el 2 de diciembre de 1998 a Portugal en Edimburgo con el campo de Murrayfield de testigo privilegiado. Era un partido a cara de perro. No fallaron y eso que la cosa se puso bastante fea con la expulsión en el minuto 25 de la primera parte de José Díaz.

Foto: jon-zabala-seleccion-espanola-rugby-van-den-berg

Aunque el rugby es un deporte de equipo, las crónicas periodísticas de la época hablan de un héroe: Andrei Kovalenko. El apertura de origen ucraniano emuló la eficacia que había mostrado durante más de una década en ese mismo terreno de juego el zaguero escocés Gavin Hasting, que justo se había retirado un año antes. Metió seis de los siete tiros a palo que intentó, y los otros tres puntos vinieron de un drop de Fernando Díez. Resultado final 21-17. Desde entonces, ha llovido mucho.

Meter el primer ensayo. La casualidad hizo que tanto España como Uruguay fueran debutantes en una competición mundialista. Ambos tenían ante sí la oportunidad de hacer historia. El premio de estrenarse y llevarse a casa una victoria no se presentaba todos los días. En aquella época, y viendo que los otros dos equipos del grupo eran Escocia –que jugaba en casa- y Sudáfrica, a poco más podían aspirar. Los leones abrieron el marcador gracias otra vez a un golpe de Kovalenko y ya no volvieron a ponerse por delante. Nunca perdieron la cara al partido. De hecho, en el minuto 77 estaban solo a tres puntos del rival. Los últimos 180 segundos fueron demasiado crueles.

Un error de entendimiento entre Frechilla y Kovalenko puso en bandeja el ensayo de Alfonso Cardoso y cuando atacaban a la desesperada un pase sin mirar de Loubens fue interceptado por Juan Menchaca para dejar el marcador en el definitivo 15-27. Fue un debut sin premio final. Un buen premio sería meter el primer ensayo en una Copa del Mundo y, si se consigue ganar un partido, el tercer tiempo promete.

Recuperar la autoestima. Quienes piensen que las derrotas en aquella Copa del Mundo ante Sudáfrica (47-3) y Escocia (48-0) son síntomas de debilidad es que no entiende muy bien lo que es el rugby. Los Springboks eran los vigentes campeones del mundo, ya que cuatro años antes habían derrotado en la final a los All Blacks de Jonah Lomu. El talonador vallisoletano Diego Zarzosa recordaba en una reciente entrevista que la prensa especializada auguraba que los sudafricanos iban a batir el record de anotación del torneo en manos de Nueva Zelanda en un partido frente a Japón en la Copa del Mundo que se celebró en Sudáfrica (145-17). Los leones aguantaron media hora sin que el rival entrara en su zona de marca y los tres últimos ensayos los encajaron cuando solo faltaban diez minutos para finalizar el encuentro. Una proeza al alcance de muy pocos.

placeholder España, a finales del 2024. (EFE/ R. García)
España, a finales del 2024. (EFE/ R. García)

Frente a Escocia la actitud no cambió. Llegaron al último tercio del partido 48 puntos abajo. El árbitro pitó un golpe de castigo a favor de España que podía servir para borrar el cero del marcador. Lanzaron el balón a touche. Toda una declaración de intenciones. No se logró el objetivo del ensayo, pero el público agradeció el coraje de los españoles con una cerrada ovación. La cosa no quedó ahí, porque los jugadores tuvieron que volver a salir al campo para agradecer aquel inusual gesto en el mundo del deporte. Toda una lección de autoestima.

Salir del ostracismo. Aquellos aplausos pronto quedaron en el olvido. El XV de El León entró en una dinámica autodestructiva que ni dirigentes, técnicos o jugadores supieron ponerle freno a pesar de lo que se había conseguido. Es cierto que muchas de las figuras dejaron pronto la selección como Fran Puertas, que sigue siendo el jugador con más caps en España (93), porque por edad tenían muy difícil acudir a la siguiente cita mundialista. Se cayó en la irrelevancia en el plano internacional sin dar ese salto de calidad que les hubiera permitido no alejarse tanto de las grandes potencias.

Al mundial de Gales acudió como la única selección europea que no competía en el VI Naciones. Un año antes estuvo a punto de vencer a Italia en su propia casa (25-21) y compitió de tú a tú con Fiji (39-20). También era bastante habitual verle doblegar a Portugal. La mano firme de Alfonso Feijó en la dirección técnica tuvo mucho que ver en la bonanza que vivió a finales de siglo el rugby español. Al guipuzcoano le sustituyó como seleccionador las dos siguientes temporadas Tomás García con un saldo de siete victorias en 30 partidos. Había comenzado la etapa del ostracismo.

Devolver la fe en el equipo. La selección parecía un equipo sin alma los primeros partidos clasificatorios para la Copa del Mundo de Australia de 2003. Las abultadas derrotas antes Rumania (67-6), Rusia (36-3) e Italia (50-3) enterraban el crédito de aquel equipo mundialista. La travesía del desierto parecía larga. Cada partido se hacía muy cuesta arriba. Hasta Chequia era capaz de doblegar al XV de El León con todo lo que había costado años antes acercarse, e incluso superar, a otras selecciones como Rusia, Portugal, Georgia o Rumanía. No fue nada sencillo volver a la senda del triunfo y a conformar un equipo de garantías. La llegada al banquillo en 2013 de Santiago Santos surtió el efecto de mejora tan deseado. Bajo su dirección técnica se lograron dos clasificaciones consecutivas para disputar la Copa del Mundo de Japón y Francia. Se había recuperado la fe en el plano deportivo.

Resetear para perdonar sin olvidar. La indolencia y falta de autocrítica de los antiguos responsables de la Real Federación Española de Rugby provocaron la mayor herida que ha sufrido el rugby español en sus cien años de historia. Es más, aún sigue sin cicatrizar. Y no cicatriza porque, a día de hoy, nadie sabe en realidad qué ocurrió. Parece mentira que una juez lleve dos años y medio investigando un asunto tan sencillo como dilucidar quién o quiénes participaron en la falsificación de la fotocopia de Gavin van den Berg porque, además, dos de las personas investigadas ya se autoinculparon en los hechos.

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Los aficionados y los jugadores han tratado de resetear para perdonar el daño reputacional que sufrió el rugby español en dos ocasiones seguidas. Es complicado perdonar, sobre todo porque ni siquiera han pedido perdón por su errática forma de comportarse. Y eso que algún jugador tildó todo aquel teatro que montaron de “traición”. Sobró mucha soberbia y faltó humildad. Más difícil será, por no decir imposible, olvidar aquel despropósito. Hay que resetear a la fuerza.

Sembrar para recoger brotes verdes. Los nuevos dirigentes de la Federación no lo tuvieron nada fácil al comienzo de su mandato. El rugby español estaba en la lona y el árbitro estaba a punto de acabar la cuenta de protección. Con Juan Carlos Martin, Hansen, a la cabeza se tomaron decisiones difíciles y muy poco populares. Era mejor empezar de cero que volar con turbulencias sin ni siquiera saber si había pista de aterrizaje. La apuesta era hacer un cambio tranquilo, esto es, una transición basada en la búsqueda de soluciones más que en encontrar culpables.

El balance es positivo, aunque también se echa en falta algo de autocrítica. De lo que no cabe duda es de que se puede hablar sin tapujos de brotes verdes en el rugby español al ver a las chicas en la Copa del Mundo que se disputa este año en Inglaterra o los éxitos del seven masculino, al punto de liderar por primera vez la clasificación de las World Series junto a Fiji y Argentina. Si a estas hazañas se suma el hecho de comprobar que las nuevas generaciones vienen pisando fuerte, el futuro se antoja optimista. Mientras haya brotes verdes, hay esperanza. Ya están plantados, ahora hace falta regarlos.

Soñar. Sentarse frente al televisor para ver la pasada Copa del Mundo, cuando muchos aficionados ya tenían programados sus viajes, resultó frustrante. El 9 de septiembre estaba marcado en rojo en el calendario. A las 15.30 horas España iba a medirse a Irlanda en el estadio Matmut-Atlantique de Burdeos. En su mismo grupo estaban otras dos viejas conocidas de 1999: Sudáfrica y Escocia. Tan dolorosa como la ausencia fue comprobar con envidia sana cómo Portugal lograba objetivos tan anhelados por España como conseguir contra Fiji la primera victoria en una Copa del Mundo o empatar contra Georgia. También sus derrotas por solo 20 puntos frente a Australia (34-14) y Gales (28-8) fueron muy dignas. ¿Es España capaz de repetir estas hazañas? Por intentar que no quede. De momento lo que hay que evitar a toda costa es que nadie le robe el sueño.

Recuperar prestigio. Si España consigue el objetivo de clasificarse para la próxima Copa del Mundo tendrá la oportunidad durante los próximos dos años de medirse a alguna de las grandes potencias, lo que permitirá a los jugadores darse a conocer en otros países. El nombre de España ya es respetado por méritos propios en el seven. Falta que el XV se le presente un escaparte lo suficientemente potente como para adquirir prestigio e ir consolidándose entre los mejores. No es algo que pueda suceder de un día para otro. Es cuestión de paciencia porque los resultados llegarán tarde o temprano. Eso también será bueno para que se deje de hablar de rugby solo por aspectos extradeportivos.

Hay diez razones o más para que el campo de El Central se llene este próximo domingo bajo la premisa de apoyar a España en el partido más complicado que se le presenta para lograr su clasificación en la próxima Copa del Mundo a disputarse en Australia en 2027. La primera es borrar de un plumazo el mal fario que ha envuelto al rugby patrio estos últimos años. La afición se lo merece. El resto bien podrían ser estas nueve, o cualesquiera otras.

Club de Rugby Cisneros