De las promesas incumplidas al salto deportivo: abandonar tu hogar por jugar al rugby
Cada vez más colombianas se atreven a venir a España para centrarse en el rugby. Son promesas que a menudo se encuentran con promesas rotas por perseguir sus sueños
La historia del rugby en Colombia se empieza a escribir en la década de los ochenta. Durante varios años no hubo ningún club oficialmente constituido hasta que empezaron a surgir en distintos puntos de Bucaramanga, Bogotá y, en especial, en Medellín. En tan breve espacio de tiempo su combinado de seven femenino ha conseguido hitos tan relevantes como estar presente en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Poco a poco, el rugby se ha ido expandiendo en un país que ya roza los 53 millones de habitantes. Sus jugadoras han aumentado su nivel a un ritmo vertiginoso gracias a las oportunidades que han tenido de competir más allá de sus fronteras. Ahora, el sueño europeo hace que algunas de ellas se hayan atrevido a hacer las maletas para venirse a España y vivir una nueva experiencia. O sea, a salir de su zona de confort.
A sus 28 Carolina Naranjo Lendoño, una jugadora internacional con el XV de Los Tucanes, ha decidido probar fortuna en Bilbao con el Universitario Bilbao Rugby. “Me convenció su propuesta porque siempre demostraron que confían mucho en mí”, explica. En realidad, esta joven natural de Pereira, una localidad situada en el departamento de Risaralda, iba para nadadora o jugadora de volleyball hasta que a los 14 años descubrió el rugby. “Sus valores y la idea de unidad en el equipo me convencieron”. Un año y medio más tarde se plantó en Medellín, el auténtico epicentro del rugby en Colombia, para presentarse a las convocatorias previas de jugadoras que iban a formar parte de la selección que acudiría a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. “Siendo muy sincera diré que no se cumplieron muchas de las cosas que me prometieron”, se lamenta. Se supone que la federación colombiana iba a pagar su manutención, estudios y alojamiento. Nada más lejos de la realidad.
Se fue a vivir a casa de una tía suya y sus padres se encargaron de sufragar todos los gastos, incluidos los de la universidad. Solo una beca conseguida años después por sus logros deportivos le sirvió para financiar en parte su estancia en Medellín. Al principio todo fue un poco caótico, al punto de que tuvo que abandonar sus estudios de fisioterapeuta “por el costo” y de profesional del deporte “por los continuos viajes y la demanda física que nos exigían a la hora de ir a entrenar todos los días”. Por eso tuvo que buscarse un trabajo en una empresa que ofrece sus servicios a gente sin empleo y que trata de reincorporarse a una actividad laboral. Así, la todavía jugadora del Gatos Rugby Club de Medellín estaba destinada en el área de deporte y formación.
Carolina Naranjo, desde muy joven, siempre quiso probar suerte al otro lado del charco. Sin embargo, si lo hubiera hecho antes, no podría haber jugado con la selección. “Ya me dirás cómo me iba a presentar en las concentraciones si todo tiene que ser costeado por nosotras”, insiste. La verdad es que ni siquiera reciben “auxilio” para el trasporte, salvo cuando salen a competir fuera. Todo lo hacen “por propia voluntad” si quieren defender la camiseta de su país. Hasta las concentraciones se realizan en Medellín para ahorrar dinero “porque la mayoría de las chicas somos de Antioquia y así no tienen que pagarnos ni comida, ni hotel, ni nada. Es increíble”.
Cuando el año pasado recibió la primera propuesta para venirse a España, la rechazó. La selección era lo prioritario en aquellos momentos. Colombia tenía posibilidades de clasificarse para la Copa del Mundo que se disputará el próximo verano en Inglaterra, “pero lastimosamente no lo conseguimos”. Ahora, “como ya no hay tanta presión”, y sin grandes objetivos a corto plazo, “nos permitimos el lujo de irnos a otros lados porque si fuera por ellos nos quedaríamos aquí sin darnos apoyos como siempre”. Como ella misma dice, “me ha llegado la hora de volar y de hacer una excelente temporada en España”.
En nuestro país tiene varias amigas internacionales que conoció en Dubai como Sidorella Brasic, Marieta Román o María del Castillo “que son súpercheveres” y con quienes piensa contactar en cuanto llegue a Bilbao. Atrás dejará durante un tiempo su querida Colombia donde hay “mucho” talento para jugar a rugby, Le apena que ese talento no se aproveche porque, “a la hora de la verdad”, la política de la Federación “tumba” todos los proyectos importantes. Y eso no es lo peor. Tampoco existe posibilidad alguna de vivir del rugby; de ahí que muchas jugadoras se vean obligadas a abandonarlo a muy temprana edad para trabajar o estudiar.
Menos frío y lluvia va a tener que soportar María Camila Lopera Valle en Valencia. La hasta ahora jugadora del Athalantas Rugby Club de Medellín era una niña gimnasta a la que le gustaba el fútbol y que acabó en el rugby “por su camaradería, las amistades que haces y la motivación de superarme cada día”. En su familia nadie sabía nada de un deporte muy poco conocido por entonces en el país, “y, aun así, todos me apoyaron mucho”. Pese a la situación de penurias económicas que atraviesa el rugby colombiano, ella se considera una “privilegiada”. Es una de las trece atletas que por sus logros económicos con el seven percibe unas dietas del Ministerio del Deporte. Eso le ha permitido estudiar y jugar al mismo tiempo. En España va a tratar de seguir con sus estudios si nada se lo impide.
Maria Camilia Lopera, de 29 años, llega a Valencia sin ataduras familiares y con una gran experiencia internacional acumulada durante estos últimos doce años que le ha permitido viajar por países como Irlanda o Canadá “que son una pura maravilla”. Fue una de las jugadoras que tuvo la oportunidad de disputar unos Juegos Olímpicos, “algo inolvidable para todas nosotras, aunque quedáramos las últimas”. Ya conoce España, en concreto Madrid. En 2018 jugó durante dos meses con el equipo de Majadohonda a raíz de una llamada de su compatriota Ana Aigneren, que llegó a ser capitana de la selección española de rugby durante una época. Esa misma exleona ha sido la que le ha vuelto a llamar para que se enrole el Rugby Turia. Allí piensa disfrutar de una “hermosa” estancia y tratar de aportar a sus nuevas compañeras el aprendizaje adquirido.
Algunas chicas del Athalantas Rugby sí sienten algo de envidia de que Lopera vaya a probar fortuna en Europa. Otras, sin embargo, prefieren seguir en su país. “Es que venir acá implica muchos cambios en la vida y la decisión es complicada”, señala. Se refiere a modificar los hábitos diarios, a trasladarse de universidad o a dejar atrás a su familia y abandonar su trabajo. “La idea es jugar una temporada y luego ya veremos”, precisa. Sabe que solo a base de mucho trabajo y una gran disciplina podrá seguir disfrutando “de los mejores momentos de mi vida”. También necesita estar motivada para no defraudar las expectativas que el club valenciano ha puesto en ella. Para tratar de evitarlo antes de que le conozcan personalmente, se confiesa una amante de la paella valenciana. Con esa declaración de intenciones es muy difícil que defraude a nadie por aquellos lares. Al menos, en el plano extradeportivo.
Con solo 23 años y una sola cap con Colombia, Mariana Londoño Triana no se lo pensó dos veces cuando le llegó una propuesta del equipo sevillano de Las Cocodrilas. Será la única de las tres que juegue en la máxima categoría del rugby femenino en España. En diciembre del año pasado le llamaron por primera para tomar parte en unos entrenamientos con “Las Tucanes” y aquello “me impactó mucho”. La selección estaba inmersa en el proceso de clasificación para acudir a la Copa del Mundo y ella, prácticamente, era una recién llegada al grupo. “Me veía muy amateur y creo que por entonces no daba el nivel”, afirma. Durante el pasado mes de abril surgió la posibilidad de venirse a Europa. El seleccionador le animó. Ahora bien, también le advirtió de que tenía que ser más “disciplinada” y de que podía hacerlo bastante mejor si ponía el empeño necesario. “Vamos, que confiaba en mí pero no a corto plazo”. Ya no lo pensó más. ”Quería salir de mi zona de confort”, apostilla. Como tenía familiares en España, a priori, todo le iba a resultar bastante sencillo. “Siento la necesidad de probar en otros lugares porque eso va a favorecer mi aprendizaje y tendré nuevas herramientas para desarrollarme como jugadora y entrenadora”, añade.
Su equipo actual es el Cabales Rugby Club que entrena y disputa los partidos en la localidad donde vive, Santa Rosa de Cabal, situada a unos 15 kilómetros de Pereira. Lo de Mariana Londoño y el rugby no se puede decir que fuera un flechazo. Al principio no se sintió atraída por el balón ovalado hasta que le convenció una amiga después de insistirle mucho. “Es que en aquella época mi vida era totalmente sedentaria”, recuerda esta jugadora que juega indistintamente de pilier derecho que de segunda línea. Le llamó la atención, sobre todo, “por su carácter inclusivo”. Como ella misma dice, “aquello le cambió la vida”. Y es que aún recuerda con cierto pesar que cuando lo intentó con otros deportes siempre le rechazaron “por ser muy brusca, lenta o gordita”.
La historia del rugby en Colombia se empieza a escribir en la década de los ochenta. Durante varios años no hubo ningún club oficialmente constituido hasta que empezaron a surgir en distintos puntos de Bucaramanga, Bogotá y, en especial, en Medellín. En tan breve espacio de tiempo su combinado de seven femenino ha conseguido hitos tan relevantes como estar presente en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Poco a poco, el rugby se ha ido expandiendo en un país que ya roza los 53 millones de habitantes. Sus jugadoras han aumentado su nivel a un ritmo vertiginoso gracias a las oportunidades que han tenido de competir más allá de sus fronteras. Ahora, el sueño europeo hace que algunas de ellas se hayan atrevido a hacer las maletas para venirse a España y vivir una nueva experiencia. O sea, a salir de su zona de confort.