Ya tenemos nuevos semifinalistas

Por qué los picapedreros del rugby acabaron con los más jugones en el Mundial de Japón

Gales y Sudáfrica impusieron su físico para aplacar el juego divertido y ágil de las selecciones de Francia y Japón. A los galos les castigó una roja en los instantes más apretados de su duelo

Foto: Dos jugadores de Gales celebran su pase a semifinales tras derrotar a Francia. (Reuters)
Dos jugadores de Gales celebran su pase a semifinales tras derrotar a Francia. (Reuters)

"Francia es previsiblemente imprevisible". Este mantra, pronunciado por uno de los iconos más lúdicos de los All Blacks, el gran Andrew Merthens, define lo bueno y lo malo del XV del gallo. Del champagne a la indolencia, de la magia a la intrascendencia. ¿Qué cara tocaba ante Gales? Francia es capaz de lo peor y lo mejor. Y todo en un mismo partido. Desde que llegó Fabien Galthie, ilustre medio melé, al banquillo para secundar al hombre al que va a suceder (Brunel), los gallos son más divertidos.

Protege la esencia del flair la escuela de Toulouse, ilustre club del que venía el anterior seleccionador, Guy Noves, al que hizo la vida imposible el inefable Bernard Laporte. Laporte es el Robespierre del rugby galo. Jugador, entrenador, seleccionador y hasta ministro de deportes. Ahora preside la Federación obsesionado con levantar una Copa del Mundo, cosa que se le ha negado en tres ocasiones a los franceses. De Toulouse llegan los dos miembros de la charniere francesa, Toto Dupont y Romain Ntamack, hijo del legendario Emile. También milita en el Stade Toulousain Gaël Fickou, el mirlo blanco de la línea francesa. Un jugador con un alto sentido evasivo en el que muchos quieren ver la herencia de Serge Blanco.

Y ante Gales, que le había ganado cinco de los últimos seis partidos, había curiosidad por conocer qué versión ofrecería Francia. Los galos, más allá de sus altos y sus bajos, siempre tienen un nivel competitivo. Especialmente en los Mundiales. Y tocó cara. Francia salió divertida, jugona. Pies veloces, manos rápidas y sonrisa en la cara. Los dragones saltaban al campo en shock al ver cómo Jonathan Davies se caía en la última prueba antes del partido. Sin el genial centro, los franceses encontraban espacios para sus malintencionadas carreras. Penaud entraba y salía en la distancia de apoyo, Fickou y Vakatawa volaban fuera del radar galés y los ensayos comenzaron a llegar. Vahaamahina, Ollivon, Vakatawa... En media hora el champagne inundaba el partido con un solo borrón, el ensayo que encajaban por una desatención defensiva.

El codazo del francés Sebastien Vahaamahina a Aaron Wainwright por el que fue expulsado. (Reuters)
El codazo del francés Sebastien Vahaamahina a Aaron Wainwright por el que fue expulsado. (Reuters)

La condena francesa

Gales sufría, pero al descanso la mejor noticia era que estaban en el partido (10-19). Pasaba por los peores momentos del Mundial, pero seguía agarrada al partido. A la vuelta del descanso algo cambió en Francia. Se quedaba fuera Ntamack (lesionado) y entraba Camile López. Un apertura plomizo, jugador de maneras británicas y ritmo quejumbroso. Francia perdía la magia. Y perdía algo más. En el minuto 48, durante el fragor de un maul, Vahaamina perdía el raciocinio y atizaba un codazo a un rival que le suponía una roja más que justificada. Dejaba en inferioridad a los suyos con Gales arañando la renta (13-19) y la cadencia del juego camino del encefalograma plano. Escenario muy del gusto de los galeses.

Francia se mantenía en el alambre con patadas evasivas de Medard y el ímpetu de sus delanteros, por fin a la altura de un partido de nivel. Extrañaba, por contra, la apatía de los dragones, que exhibían una desmotivación impropia de un equipo con ese escudo y ese entrenador, el neozelandés Warren Gatland. Un equipo plano, saturado, sin chispa. Exactamente la misma sensación que ha transmitido Irlanda. Un rugby soporífero, sin colmillo, sin intensidad en los puntos de encuentros. Hasta que se produjo una melé a cinco de la zona de ensayo francesa con un jugador más galés. La pelota salió despedida tras la recuperación de los galeses y Moriarty terminó ensayando para, junto a la transformación de Biggar, poner por delante a una Gales inocua. Un triunfo inmerecido. Resultado que coloca a Vahaamahina como el gran villano del rugby francés.

El final del partido ofreció una sensación extraña. Nadie celebraba. Los galeses, serios, parecían saber que habían ganado por la indisciplina de Vahaamahina. Los franceses condenados por la agresión de su compañero. Y el protagonista sonado deambulando por el campo. Del banquillo al pasillo, del pasillo al vestuario. Una imagen poco gratificante para alguien que quedará marcado para siempre.

Sudáfrica celebra un tanto ante Japón, la gran sorpresa del Mundial. (Reuters)
Sudáfrica celebra un tanto ante Japón, la gran sorpresa del Mundial. (Reuters)

El músculo sudafricano

Japón comparecía ante Sudáfrica. David retaba de nuevo a Goliat, pero el gigante estaba avisado. El llamado Milagro de Brighton, aquel partido en 2015 donde los nipones deslumbraron al mundo con su triunfo ante los bokkes, puso en alerta a esta Sudáfrica más física que nunca. Además Japón ya no era aquella cenicienta amable y educada. Hoy Japón es un equipo dinámico, competitivo, atractivo y, sin duda, la gran aparición del rugby en este Mundial. Su ritmo vertiginoso descose a todos, incluidas potencias como Irlanda y Escocia, víctimas de equipo kamikaze.

Los sudafricanos opusieron músculo. El mismo con el que Mapimpi superó a Tamura en el grosero error de placaje del apertura que dejó ensayar al ala bokke a los tres minutos. Sudáfrica trabajaría el eje a ritmo diesel, Japón los espacios y la continuidad a puro queroseno. Mtawarira se pasó de frenada en una jugada intrascendente, viendo la amarilla. Y los nipones se soltaron a jugar. Fukuoka rompió un par de cortinas y estuvo a punto de habilitar a Matsushima. Pero el primer latigazo no llegó al ensayo. El neozelandés 'ajaponesado' Joseph bramaba desde el palco pidiendo el rugby kamikaze a sus chicos. Erasmus prefería imponer el rock'n'roll de sus gigantes en los agrupamientos. Control contra vértigo. Cabeza contra corazón.

A los 18 minutos Japón se produjo un hecho reseñable. Ganó una melé con introducción sudafricana ante el delirio de la grada de Tokyo. Los nipones se subían a las barbas de su mastodóntico adversario apretando donde más le dolía. El golpe por la melé permitió a Tamura dejar el marcador en (3-5) a los veinte minutos. Los dos buscaban desgastar al adversario. Los japoneses con la velocidad y la humedad ambiental, los sudafricanos castigando a los asiáticos con su potencia y sus kilos. El partido era titánico; el desgaste de ambos, bestial.

Una seguidora japonesa llora desconsoladamente tras la eliminación de su Selección. (Reuters)
Una seguidora japonesa llora desconsoladamente tras la eliminación de su Selección. (Reuters)

Incertidumbre

Con Sudáfrica jugando al ajedrez y Japón al mus, se llegó al descanso. El 3-5 del marcador era elocuente. La pizarra de Erasmus había domado a los galopantes japoneses, pero no había logrado arrollarlos. Y eso dejaba un escenario cargado de incertidumbre. Los japoneses, el equipo más 'achampanado' del Mundial, no terminaban de descorchar las botellas. Pero la arrogancia física de los sudafricanos solo le bastaba para enfriar el ritmo, no para laminar ofensivamente a los nipones.

El trabajo de los picapedreros bokkes en la primera parte comenzó a obtener su recompensa en el inicio de la segunda con dos golpes de Pollard que ampliaron la renta (3-11). El juego era lento, controlado, fases interminables, patadas en el eje, rucks multitudinarios, mauls eternos... El cansancio pasaba factura a los anfitriones que comenzaban a sumar golpe tras golpe, frustración tras frustración. Una tortura que se desarrolló en campo japonés, lo que permitió al pateador bokke seguir sumando puntos en el marcador visitante.

En el minuto 65 el partido quedó roto tras una jugada sintomática. Un maul de más de 30 metros de los sudafricanos en el que desprende una unidad que descarga con Faf de Klerk, quien posa entre palos. Una puñalada en el corazón de los japoneses (3-21). El ensayo de Mapimpi puso el colofón al despliegue bokke y terminó de frustrar a los consternados nipones.

En el rugby siempre ganan los mejores. No los más divertidos ni los más talentosos. Los mejores. Sudáfrica propuso un escenario de partido que la hacía mejor y los japoneses no pudieron cambiar ese entorno para que saliera un partido rápido. Francia no pudo sobreponerse a la expulsión de Vahaamahina y terminó pagando su inferioridad ante el desgaste de los galeses. Ganaron las dos propuestas físicas. Los picapedreros se medirán en una semifinal en la que no estará ni el rugby champagne ni los entretenidos kamikazes nipones.

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