repaso del mundial de rugby de japón 2020

El histórico destrozo de Japón a Escocia (e Irlanda) y cómo son los cuartos de final

Así ha sido la fase de grupos de la Copa del Mundo de Japón que ya tiene cuartos de final: Inglaterra-Australia, Nueva Zelanda-Irlanda, Gales-Francia y Japón-Sudáfrica

Foto: Keita Inagaki haciendo un ensayo ante Escocia. (EFE)
Keita Inagaki haciendo un ensayo ante Escocia. (EFE)

Todo se explica desde una patada que se marchó unos centímetros desviada. Era el partido inaugural de los Pumas en este Mundial de rugby y los argentinos habían entregado la primera parte a los franceses con una sorprendentemente indolencia de la delantera sudamericana. Lo que pasó en el vestuario durante el descanso solo ellos lo saben, pero Argentina salió encendida y fue recortando en el marcador tras anotar 18 puntos seguidos hasta el punto de tener a distancia de golpe la victoria (23-21).

[La polémica racista del Mundial de rugby]

El reloj rondaba los 80 minutos cuando Emiliano Boffelli colocó la almendra en el tee. Comprobó el viento que había en Tokio lanzando una brizna de césped al aire y completó su rutina de pateo golpeando una bola que viajó más de 50 metros para marcharse lamiendo los palos. Entre lágrimas explicaba el zaguero el lance: "Quise asegurarme de que llegaba, pero me tendría que haber concentrado más en la puntería. Cogió efecto y pensé que entraba, pero... Es una lástima, me va a durar mucho la tristeza. Pero no podemos permitirnos bajar los brazos".

De ser titular a ir a la grada

La derrota provocó un desmoronamiento de Argentina, que han vivido esta Copa del Mundo con un clima muy enrarecido. Empezando por la convocatoria del grupo para Japón, en la que el seleccionador Mario Ledesma dejó fuera a jugadores de la jerarquía de Isa, Imhoff o Cordero. Pero lo que es más grave, durante el Mundial hemos visto sorprendidos cómo disminuía el peso de jugadores como Nico Sánchez, que ha pasado de ser titular a ir a la grada, la irrelevancia de un fijo como Ramiro Moyano, los groseros fallos de placaje, malas decisiones en ataque, direcciones de carrera inexplicables, faltas de apoyos... Unos Pumas desdibujados que han sido, sin duda alguna, la gran decepción del torneo. Aunque no la única.

El rock and roll de Japón

Escocia fue un muñeco en manos de los japoneses durante muchos minutos. Después de años de rugby clásico (fases estáticas y pateo) los del cardo rompieron los cánones puristas de su rugby y apostaron por un Rugby Running que proponía un juego vertiginoso atacando desde cualquier sitio. Pero para ello debían trabajar los puntos de contacto, adonde no acaban de llegar sus delanteros, y cuidar la toma de decisiones, que ha convertido a Escocia en un equipo caótico. Y han ido a ser laminados por un equipo aún más dinámico. Por un Japón de piernas rápidas, manos veloces, una delantera ultradinámica y una idea muy clara de juego que lleva balones limpios a los puntos de decisión. Lafaele es el que piensa en la línea y Matsushima el finalizador. Pero tiene jugadores muy solventes como Fukuoka, Leitch, Horie, Nagare, Labuschagne... Japón es electricidad, es rock and roll, son pelotas que no descansan en el suelo, líneas de carreras increíbles, apoyos constantes, melés clavadas, touches creativas... Han salido líderes pintando la cara a los irlandeses, la más sudafricana de las delanteras tras la Springbok, y barriendo a Escocia. Son la mayor aparición del rugby mundial desde la irrupción de aquellos Pumas del 2007 en Francia. Y veremos si son capaces de volver a tumbar a Sudáfrica como en 2015, algo poco probable al no existir ya el factor sorpresa.

Japón dando las gracias a la afición. (EFE)
Japón dando las gracias a la afición. (EFE)

El problema mental de Irlanda

Irlanda, segunda de su grupo tras los nipones, ha vuelto a evidenciar que tiene un problema mental en las citas mundialistas. Los del trébol exhibieron ese síndrome ante Japón, que desnudó las carencias de la delantera irlandesa en defensa cuando tienen que medirse a packs dinámicos como el nipón. Sin oxígeno en los pulmones de sus gordos, sin rugby en las manos de sus centros y con esa debilidad mental inquietante, los de verde se enfrentarán a los All Blacks en cuartos de final por culpa de esa derrota ante los anfitriones. Un camino arduo que les medirá a los neozelandeses y, en caso de ganar, a quien salga triunfador del duelo entre ingleses y australianos.

Los australianos, como los sudafricanos y los franceses, llegan a los cuartos por la inercia de la calidad y la competitividad de sus jugadores. Pero ninguno de los tres ha desplegado un juego resolutivo con argumentos de peso que inviten a pensar que puedan derrotar a neozelandeses o ingleses, equipos condenados a encontrarse en semifinales. Los australianos suelen apostar por las labores de demolición en la primera parte para en la segunda desatar su juego más dinámico con Genia de 9. Pero es un equipo con una delantera deslavazada, un juego provisional y sin un jugador creativo que genere ventajas con la pelota en las manos porque O'Connor y Beale no han tenido continuidad en su juego.

El talón de Aquiles de Sudáfrica

Los sudafricanos son descomunales en lo físico, pero no tienen rugby en el corazón de su bisagra. Pollard vive de su pie y los centros no desequilibran con la pelota en las manos. Mucho de lo ocurre en el juego de Sudáfrica se explica por las pulsiones de su medio melé, el ciclotímico Faf de Klerk, un 9 peculiar al que elogian por cosas que no son de la incumbencia de los 9. Se trata por tanto de un equipo peligrosísimo con la pelota en las manos, de sus delanteros, y en un rival propicio para buscarle las cosquillas haciéndoles correr. En ese punto hay que destacar las contras de un jugador en estado de gracia, Cheslin Kolbe, ala de corta estatura (1,71) al que erróneamente suelen patear arriba para hacerle sufrir, cuando se trata de un jugador fiable en el aire y letal una vez que pone el pie en el suelo. Pero no tiene con quién asociarse en la línea sudafricana. Es un equipo a tener en cuenta por sus monstruosos delanteros (Etzebeth, Mostert, Snyman, De Jagger, Malcolm Marx, Mbonambi, Mtawarira, Malherbe...), pero los All Blacks demostraron en dos estampidas donde está su talón de Aquiles. Como buenos springboks, esas gacelas de la estepa sudafricana, corren mejor cuando les persigue que persiguiendo.

Por qué Francia lo tiene tan crudo

Francia es un equipo mucho más volátil. La llegada de Galthie, que llega para suplir a Brunel tras el Mundial, ha activado automatismos oxidados en su línea de tres cuartos, lo cual han agradecido con jugadores como Fickou, Toto Dupont, Penaud o Medard. Pero tiene dos problemas sangrantes: no tienen 10 y su delantera es vulgar. Dice un axioma del rugby que los delanteros ganan los partidos y los tres cuartos deciden por cuánto. Por eso Francia no tiene opciones reales de tumbar a Gales en su cuarto de final. Porque en su delantera todos hacen la guerra por su cuenta y terminan arrasados por cualquier pack rival que trabaje medianamente organizado.

Gales es un equipo engañoso. No despliega nada con exuberancia, pero se adapta a todos los escenarios. Puede ir a Vietnam con Alun Wyn Jones al frente o al Bolshoi con Liam Williams liderando la línea. Tiene mucho rugby atrás, tanto apostando por la posesión con Jonathan Davies como en contragolpes jugando con pelotas rivales con su back three. Biggar, de apariencia destartalada, es mejor apertura de lo que parece, con más oficio que pedigrí. Tiene gente desequilibrante por fuera (Josh Adams y George North), y si tiene que comerse la pelota, pocas selecciones son más fiables y rocosas. Y si hubiera que señalar a un pivotal player, ese sería su medio melé, Gareth Davies, un jugador trascendental. Los dragones son una selección heterodoxa diseñada hasta el milímetro por el áspero Warren Gatland. Gales no juega al rugby, juega al Warrenball. Y si son capaces de llevar a los partidos a ese contexto entonces pueden ganar a cualquiera. Un semifinalista probable y un finalista en potencia.

La imbatibilidad de los All Blacks

De Nueva Zelanda hay pocas cosas que añadir. Cuando Sudáfrica aumentó la exigencia, los All Blacks desplegaron casi sin esfuerzo la excelencia. Jugando a ese nivel no solo son los favoritos, son imbatibles. Hacen buena cada pelota, cada decisión que toman es correcta y la ejecución es perfecta. Hansen ha propuesto una versión con Mounga de 10 y Beauden Barrett de zaguero que invita a pensar que el gurú kiwi masculla emboscadas a partir de cuartos. Alejar a Beauden de la acción, lejos de ser un contratiempo ha terminado por ser una ventaja, porque le otorga más espacio y tiempo. Por lo demás, inquieta el estado de Retallick y el de Sonny Bill Williams, dos de los muchos jugadores de Nueva Zelanda alrededor de los cuales se generan siempre ventajas. Los All Blacks tienen algo que les diferencia del resto de equipos: cuando ganan la línea de ventaja son capaces de trasladar esa ventaja a cualquier otro punto del campo. Lo que les convierte en el mejor equipo del mundo y en uno de los mejores de la historia. De ahí la importancia de 'fabricadores de ventajas' como Dan Coles, Retallick, Ardie Savea, Read, Aaron Smith, Sonny Bill, Beauden...

Inglaterra está ahí

Al otro lado del pasillo (en semifinales) aparecerá probablemente Inglaterra. La reina del breakdown. Nadie ha trabajado como los de la rosa los puntos de conquista. Nadie acude a las trincheras mejor pertrechado. Curry y Underhill se suman a Itoje, Lawes, Lanchbury, Kruis y compañía. Gran parte de la culpa de ello la tiene el que fuera seleccionador All Black, John Mitchell, actual entrenador de defensa inglés. Si delante están perfectamente ensamblados por Mitchell, atrás han alcanzado un punto de madurez con Owen Farrell operando como una jeraquía quirúrgica y con la presencia de un Tuilagi evasivo y un back three de una versatilidad infinita. En este caso la culpa la tiene un australiano que responde al nombre de Scott Wisemantel, reclutado como técnico de ataque inglés y el primer técnico que propuso jugar con tres zagueros atrás en sus años en los Waratahs. Todo este entramado está dirigido por Eddie Jones, un antihéroe. Una suerte de Joker oval al que muchos denostan, pero que hizo crecer a los japoneses en 2015 y ahora ha hecho lo propio con esta Inglaterra metálica que necesita menos posesión, es mejor en el set-piece y, sobre todo, en especialmente efectiva en transición, de ahí el llamado Transition Rugby que despliega.

Con qué quedarse hasta el momento

Por último, paseando por la clase media y el proletariado del Mundial es de justicia aplaudir el empeño de los uruguayos, con mención especial a su magnífico partido en la victoria ante Fiji y su primera parte ante Gales. Hay que celebrar a Fiji, pese a su derrota con los charrúas, porque ha desplegado el rugby más excitante del Mundial, especialmente en la segunda parte del partido ante Georgia. Y hay que felicitar a Georgia, por esa dignidad con la que trabaja su melé y una defensa que llegó a complicarle la vida seriamente a los desahogados australianos. Larga vida al legendario Gorgodzila, que nos deja después de 15 caps en los Mundiales. No debe ser tan benévola la valoración de los equipos norteamericanos, ya que ni canadienses ni estadounidense han ofrecido versiones convincentes. Equipos grandes, lentos y sin ideas con la pelota en las manos. Hasta los rusos, inferiores a ambos, han demostrado más intención, más determinación, más rugby. Tampoco Namibia tiene muchas cosas buenas que llevarse a casa en el bagaje.

Dicen que el verdadero Mundial comienza ahora, pero hasta el momento hay poco que llevarse al paladar. El descaro de Fiji, unas gotas de champgane de Francia, ratos de excelencia de los All Blacks, la dinámica consistencia de los japoneses (la aparición más rutilante en el rugby en el último lustro) y a partir de ahora veremos qué tienen preparados los británicos.

Enfríen las cervezas. ¡Salud y rugby!

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