el tercer tiempo, a regañadientes

Little Heysel, el día que el sueño del rugby español se convirtió en pesadilla

Fiesta en el vestuario de una Bélgica que nada se jugaba, un árbitro que huyó en un coche que le esperaba, la resignación y la rabia de los españoles... así fue el día más triste de nuestro rugby

Foto: El equipo español se lamenta tras la derrota. (EFE)
El equipo español se lamenta tras la derrota. (EFE)

Santiago Santos es un entrenador que no se suele mostrarse especialmente cómodo ante los medios de comunicación. Sin embargo, este domingo, en el día más difícil de su carrera como entrenador, tuvo un comportamiento ejemplar. Sosegado y pleno de sentido común, el seleccionador español invitó a la prensa a sentarse con él en un vestuario del estadio Rey Balduino, el viejo Heysel, que se improvisó como sala de prensa para los seis medios españoles que acudieron a Bruselas. El triple de los que viajan habitualmente.

Santos estaba tranquilo. "No podemos analizar tácticamente el partido porque no ha habido tal partido. Nos pitaba golpe cuando defendíamos y nos pitaba golpe cuando teníamos la pelota, Creo que nos ha señalado 24 golpes a nosotros y 5 a ellos. Es muy duro asimilar lo que ha pasado ahí afuera. Pero no nos engañemos, hoy no ha perdido España. Hoy ha perdido el rugby", declaró el técnico. A su lado, cariacontecido, el capitán Jaime Nava insistía: "Queremos pedir disculpas por lo que ha ocurrido al final. Eso no representa a este grupo. Quiero insistir en las disculpas porque no me gustaría que se quedasen con esa imagen nuestra".

Afuera, a unos 200 metros, más de un millar de aficionados españoles se frotaban aún los ojos tras el esperpento vivido en Little Heysel, un campo maldito ya para la historia del rugby español. Un campo indigno para un partido de clasificación de un Mundial. Estrecho hasta límites casi ilegales, embarrado y sin espacios de escapatoria en los laterales y fondos. Una caja de cerillas. Mar Álvarez, preparadora física, nos recibía con un sentido abrazo. "Hoy siento que todo por lo que he luchado siempre por el rugby se ha venido abajo. Ha sido una pesadilla. Esto no es rugby Fermín", me decía mientras bajaba la mirada para aguantar unas lágrimas que asomaban a sus ojos.

No era la única. Brad Linklater, el pateador español que tuvo un día complicado con un golpe desviado y otro que tropezó con un palo, estaba destruido. No escondía el llanto que le entrecortaba el gesto. Brad soñaba con jugar este Mundial de Japón y poder dedicarle algún ensayo al hijo que va a tener. Un apretón de mano fuerte y sentido, sin palabras, bastaba para sentir la profunda frustración de uno de los mejores jugadores de la División de Honor española. De fondo se escuchaba la fiesta que se vivía en el vestuario belga, que en este partido no se jugaba nada más que el orgullo. Aunque a juzgar por la euforia y las ganas que pusieron en el campo en la celebración del triunfo uno no descartaría algún aliciente procedente de Rumanía. Quizás del multimillonario presidente de su federación, Alin Petrache.

Minutos después los jugadores españoles cumplían a regañadientes el ritual del tercer tiempo. El panorama era desolador. Jugadores regados por la zona VIP habilitada, sentados en el suelo, en solitario, con la mirada perdida. Impresionaba ver a David Barrera con sus dos metros totalmente ido con una expresión vacía en su rostro. Guillaume Rouet, el blanco de las provocaciones belgas durante todo el partido, lloraba amargamente en una esquina. No muy lejos de allí otra de las estrellas del equipo, Charlie Malie, no se creía lo que había pasado. El zaguero no escondía su enfado monumental, pero Jean Michel Aguirre, una leyenda del rugby francés y un absoluto gentleman de rugby, le insistía en que era fundamental saber comportarse en los momentos difíciles.

Santi Santos y Jaime Nava. (EFE)
Santi Santos y Jaime Nava. (EFE)

Diferentes reglas que el rival

Precisamente con Aguirre y Rafa Infante, el que fuera director de marketing de la Federación, pude compartir una cerveza. "No ha sido un partido de rugby. Cuando juegas con diferentes reglas que el contrario, no se puede considerar así. No es rugby. La ética deportiva no ha sido respetada y es una pena", apuntillaba Aguirre, el hombre que ha peleado con los clubes franceses para poder traer a estos jugadores a jugar con los Leones. Un digno embajador del rugby que siempre te recibe con una sonrisa y unas palabras educadas.

Jesús Moreno agradecía uno por uno su apoyo a cuantos españoles encontraba en su camino que hubieran estado en Bruselas. "Gracias chicos por creer en nosotros. Esto aún no ha acabado y vamos a seguir luchando mientras quede algo de vida. No nos vamos a rendir". Marco Pinto, uno de los más calientes, paseaba como un león enjaulado sin cruzar palabra con nadie. Y Nava, duchado y ataviado con un gorro de lana para combatir el intenso frío de la capital belga (no bajó de -3 grados en toda la mañana), trataba de levantar la moral a su gente: "Nos hemos caído otras veces y siempre nos hemos levantado. Da igual que tengamos que llegar al Mundial por el camino largo. No vamos a cambiar nuestra forma de trabajar. Vamos a intentar dar la vuelta a esto en la medida de lo posible. Ahora a pensar en Portugal".

Alfonso Feijoo deambulaba como un zombie por el exterior del recinto colgado a su teléfono atendiendo a los medios y pidiendo explicaciones sobre lo que acababa de ocurrir ante sus ojos. "Es la actuación más parcial de un árbitro que he visto nunca", repetía taciturno.

El reloj marcaba las 16:30 cuando los españoles enfilaron el camino del autobús. El mismo camino que había recorrido huyendo hora y media antes el árbitro, el triste protagonista de este capítulo negro del rugby español, el rumano Vlad Iordachescu. En una escena de otro tiempo, el colegiado salió corriendo al final del partido perseguido por la turba de jugadores españoles que le increpaban. Un coche le esperaba con el motor en marcha en la puerta de acceso al campo. Ni siquiera pasó por el vestuario para cambiarse. Tenía prisa. Algo se olía...

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