serie igualada con un final controvertido

All Blacks-British Lions: empate salomónico sin vencedores ni vencidos

Nueva Zelanda mostró su lado más humano, sus carencias en partidos laboriosos de resultado poco generoso. Por su parte, los Lions defendieron con orgullo el pabellón británico

Foto: Imagen de All Blacks y Lions. (Reuters)
Imagen de All Blacks y Lions. (Reuters)

Hay que ser muy osado, o tener mucha confianza en uno mismo, para reunir a 40 tipos que han sido enemigos irreconciliables en el campo durante la mayor parte de su vida y convencerles de que pueden formar un equipo a final de temporada, con el cuerpo descosido, para completar un tour infernal por Nueva Zelanda desafiando a los mejores equipos de la mejor competición del mundo (el Súper 15) en su momento de plenitud física. Todo con el pretexto suicida de derrotar dos veces en tres partidos a los All Blacks en su casa. Hecho insólito que sólo ocurrió en 1971.

Describía un columnista del diario 'The Times' las expectativas de los Lions en Nueva Zelanda de forma extraordinariamente elocuente: “La buena noticia es que tienen las mismas posibilidades que tenía el Leicester de Ranieri de ganar la Premier. La mala es que los milagros solo ocurren una vez en la vida”. Ante este desalentador panorama el técnico neozelandés Warren Gatland arrancó el pasado 3 de junio esta guerra desglosada en diez batallas, en la que nadie vaticinaba que la última pudiera convertirse en la madre de todas las batallas.

Sostienen los neozelandeses, con la veneración oval que les caracteriza, que “Dios es apenas dos veces más grande que los palos de rugby”. Algo que sabe bien Gatland, neozelandés que emigró a los banquillos de Europa para regresar a casa 21 años con la intención de empujar a los All Blacks al abismo. Contumaz como pocos, Gats ha conseguido construir una identidad de juego para sus Lions. Poco vistosa, cierto, pero tremendamente pragmática. Sin exuberancias ni arabescos. Britanizando su juego al máximo bajo un componente físico bestial y un rugby que se mueve en unos parámetros tan previsibles como efectivos.

'No scrum, no win'

Gatland ha ido componiendo su XV con el fluir de los partidos. En ese devenir ha encontrado un equipo peculiar. Delante alinea a un 1 que desatiende las melés ('no scrum no win'), los galones los luce un veinteañero lenguaraz y la tercera tiene la innegociable misión de caer siempre al otro lado de la línea de ventaja. En el medio campo la bisagra es irlandesa, los alas ingleses y el zaguero galés. Un rompecabezas que ha terminado por ofrecer una propuesta reconocible con la que cuestionar la excelencia neozelandesa. Rugby cerrado, preventivo y lluvioso, lejos del frondoso despliegue de los All Blacks. Solo se arriesga cuando no hay más remedio.

Precisamente esas situaciones límites han alumbrado momentos insospechadamente bellos como el ensayo de O’Brien en el primer partido, tras la estampida maravillosa de Liam Williams en compañía de Daly y Jonathan Davies. O el ensayo coral que posó Faletau en el segundo Test tras ensanchar el campo a unos All Blacks mermados por la expulsión de Sonny Bill Williams. Brochazos geniales que iluminan un cuadro costumbrista.

Olía a napalm en Eden Park desde bien temprano. Amanecía el partido con los diarios kiwis coqueteando con el nombre de Gatland como sucesor de Hansen al mando de los All Blacks. Una imagen turbadora. Se anunciaba lluvia meteorológica. Y se barruntaba chaparrón de garryowens británicos, esa suerte de patada anacrónica que tanto complica la vida a los zagueros rivales. Lo que no esperaba la muchachada ‘turista’ es que Barrett contragolpease con su aterciopelado kick pass, esas patadas tensas que se filtran bajo el radar de las defensas rivales.

Del 'garryowen' al 'kick pass'

El partido comenzó áspero como la haka. Kapa O Pango, por supuesto. Error de Warburton correspondido por otro de un inestable Beauden Barrett en la patada. Savea se dejaba ver y el ritmo frenético de los kiwis incomodaba a unos Lions diesel. Al cuarto de hora los Barrett desplegaron majestuosamente el manual de pateo, con una tensa de Beauden que Jordie palmeó desde el ala sirviendo el ensayo a Laupame. Los Lions estaban sonados y solo acciones defensivas puntuales les salvaban de encajar un segundo ensayo. Con el partido en el alambre, los visitantes trataban de hacer pesar a su delantera en la línea de ventaja reduciendo la velocidad del partido. El trabajo en la oficina de los gordos british permitía arañar a Farrell dos golpes (7-6).

Johnny Sexton es placado por un 'all black'. (Reuters)
Johnny Sexton es placado por un 'all black'. (Reuters)

La estrategia estaba clara desde que los Lions embarcaron en Londres: evadir frente a percutir. Nueva Zelanda buscaba el KO, los Lions cuerpeaban para ganar los combates a los puntos. Algo que quedó de manifiesto en la jugada de manual del segundo ensayo local. Touch con la línea desplegada. Rotura de la cortina defensiva del primer centro, un Laumape incisivo, descarga al segundo centro y transmisión al zaguero, Jordie Barrett, que completaba la superioridad. La patrulla de los Hurricanes (los Barrett y Laupame) desarbolaban a campo abierto a los mismos Lions que en el segundo Test no les permitieron posar una marca. Finalizaba la primera mitad con una sensación de vertiginosa superioridad de los All Blacks, pero los Lions se marchaban al vestuario a distancia de ensayo (12-6). Primer acto más estético que eficiente en la trinchera neozelandesa.

La segunda parte comenzó con el bazoka de Daly pasando un golpe desde el más allá (12-9). Los Lions sobrevivían aferrados a los insospechados errores de manos de los de Hansen. El Imperio entraba vivo en la fase decisiva de la batalla, justo cuando los All Blacks veían como Keino se marchaba al sin bin por un exceso de celo con Alyn Wyn. Eden Park se llenaba de fantasmas. Los Lions tenían ante sí una posibilidad histórica. El partido buscaba un héroe, pero los de Gatland desperdiciaron un par de balas. Pese a ello, Farrell colocó el empate (12-12) a la hora de partido.

Estaban a veinte minutos de ganar el partido, de coronar la gira, ¡de conquistar Nueva Zelanda! Los All Blacks boqueaban en su campo sin balón (67% posesión británica). Con los pulmones vacíos, sin oxígeno en la cabeza y con las piernas congestionadas, los kiwis se aferraban a la camiseta. En este escenario repleto de improbables los Lions cometieron el enésimo golpe en la melé de la gira. Un equipo británico descuidando la melé. Una obscenidad que rentabilizó Beauden con un golpe que alivió a la parroquia local (15-12). El choque deambulaba entre errores de unos y otros hacia la tragedia final.

Árbitro salomónico

El desenlace con más intriga que excelencia se dirimió de forma grotesca. Farrell empató (15-15) tras una indisciplina, una más, de los All Blacks al bloquear la salida de un ruck. Y cuando el partido parecía que se decidiría con un golpe de Barrett, el árbitro convocó a los capitanes y les informó que se trataba de un fuera de juego accidental, no deliberado. Peculiar reinterpretación de la jugada de la que se escribirán ríos de tinta. 15-15. Punto final.

La madre de todas la batallas concluyó sin vencedores ni vencidos. Histórico resultado. Épico partido. Salomónico desenlace. Nueva Zelanda mostró su lado más humano, sus carencias en partidos laboriosos de resultado poco generoso. Por su parte, los Lions defendieron con orgullo el pabellón británico. Gana Gatland, no pierde Hansen. Pero por encima de todo hay alguien que habrá sonreído mientras acariciaba a su gato en el sillón de casa. Eddie Jones, el hombre que planea robar el Santo Grial a los All Blacks en Japón en 2019. ¡Bendito rugby!

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