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Raquetistas, las mujeres que hace un siglo fueron las primeras deportistas profesionales
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El régimen prohibió las licencias femeninas

Raquetistas, las mujeres que hace un siglo fueron las primeras deportistas profesionales

No se arrugaron y desempeñaron ese deporte en el frontón. Su primera salida fue a Guernica en 1919. De haber existido Twitter, hubieran sido, sin ninguna duda, 'trending topic'

Foto: Las primeras raquetistas posan en la pared. (Cedida por José María Urrutia)
Las primeras raquetistas posan en la pared. (Cedida por José María Urrutia)

La Real Academia Española (RAE) define al 'raquetista' como "pelotari que juega con raqueta". Se antoja un poco vaga la descripción que hacen los académicos sobre una disciplina que hace más de un siglo permitió a las mujeres convertirse en las primeras deportistas profesionales. Un hito que, por ejemplo, se acaba de conseguir en el fútbol femenino. Este grupo de mujeres fueron famosas y tuvieron un reconocimiento inusual en unos años donde el anuncio de un brandi con la reseña "es cosa de hombres" hubiera sido 'trending topic' de haber existido Twitter. Ese reconocimiento llegó hasta en forma de pasodoble. Su protagonista era María Antonia Uzkudun, 'Chiquita de Anoeta', tal vez la mejor raquetista de la historia. Y en la letra compuesta por Amarillo también aparecía el nombre de Manolo Santana. Francisco Umbral llegó a calificar en 1978 a estas deportistas como "las paulvosas cubistas" de la raqueta.

Fue la política censora del régimen la que impulsó el cese de esta actividad cuando prohibió la concesión de nuevas licencias femeninas. Carmen Sarmiento explicó así la decisión en un reportaje emitido en 'Informe semanal' en 1978: "Las razones aducidas fueron que el juego de la pelota era poco femenino y contribuía a la esterilidad". Se desconoce el autor de tan burda excusa aderezada de buenas dosis de machismo o misoginia. Lo que está claro es que no convenció en modo alguno a la mujer que fue la primera corresponsal de guerra en España. Su comentario en la televisión pública, la única que existía entonces, fue bastante elocuente: "Eran los tiempos oscurantistas de la exaltación de la maternidad como única finalidad de la mujer y la potenciación de la fragilidad femenina como uno de los impactos máximos de toda mujer que quisiera ser muy mujer".

Tal vez a alguno se le atragantó en exceso el éxito de las raquetistas. Es evidente que se olvidan de sus esfuerzos. Muchas tomaron la decisión de abandonar sus hogares muy jóvenes para conseguir una vida mejor. Pese a alcanzar una gran popularidad y engordar los números de sus cuentas corrientes, hubo familias que se sentían avergonzadas de sus hijas y explicaban que el dinero lo conseguían como trabajadoras en el servicio doméstico de gente adinerada que vivía en Madrid. En los pueblos, los malpensados sospecharon que los billetes tenían un origen menos ejemplar. Sí, lo atribuyeron a servicios, pero no precisamente domésticos. La mujer, por entonces, estaba destinada en el País Vasco a otros menesteres alejados de los frontones. O sea, a limpiar, fregar, cocinar o a realizar cualquier tipo de actividad vinculada en aquellos años al rol de la mujer.

placeholder Las mujeres esperan en la pared antes de un partido. (Cedida por José María Urrutia)
Las mujeres esperan en la pared antes de un partido. (Cedida por José María Urrutia)

Su fama no tardó en llegar

Fueron mujeres que jamás se arrugaron. La fama y la popularidad no tardaron en llegar. Era frecuente ver en los frontones de México a personajes tan populares como el Jorge Negrete o Mario Moreno, 'Cantinflas'. Faltó solo para dar más glamur a sus historias que las estrellas de Hollywood se fijaran en ellas. Para el recuerdo, una foto de Gary Cooper, que se atrevió a posar junto a Juana Arrillaga Gárate, Arane II y otras raquetistas, no se sabe si antes o después de rodar 'Solo ante el peligro' a las órdenes de Fred Zinnemann. Hubo en España el caso del dueño del frontón de Tenerife que, a su vez, también regentaba un estanco. Lo que hizo aquel hombre fue incluir en las cajetillas de tabaco cromos con imágenes de las pelotaris. En la parte izquierda, aparecía el rostro de la raquetista y en la parte derecha, bajo el encabezamiento La distinguida, que era la fábrica situada en el número 41 de la calle San Francisco, se leía 'Tabacos, cigarrillos y picadura', así como los nombres o apodos de pelotaris como Donosti, Maruchi o Fernanda.

Siempre viene bien dar a la historia un poco de colorín antes de entrar en materia. Un ejemplo. A muy pocos les sonará el nombre de Gracia Lucas Lorente, natural de Tíjola (Almería). Nació en 1901 en el seno de una familia de trabajadores que recogían esparto y la crisis económica originada por la I Guerra Mundial hizo que los padres emigraran en 1915, primero a Barcelona, para años más tarde asentarse en Madrid. Fue el frontón Beti Jai, en el barrio de Chamberí, donde se hizo raquetista profesional. Un viaje a los sanfermines realizado en 1920 cambió su vida para siempre. En la estación de tren de Alsasua (Navarra), conoció a Domingo González Dominguín, por aquel entonces un prometedor torero. El resto de la historia es fácil de deducir. La pelotari fue la madre de Luis Miguel Dominguín, suegra de personajes tan populares como Lucía Bosé o Antonio Ordóñez; abuela, entre otros, de Miguel y Bimba Bosé, o bisabuela de Fran y Cayetano Rivera Ordóñez.

A principios del siglo XX, emerge con fuerza en Madrid para todo lo que tenga que ver con el mundo de la pelota el nombre del empresario y expelotari guipuzcoano Ildefonso Anabitarte Anza. Sobre aquella época guarda infinidad de recuerdos José María Urrutia, que se define como un "coleccionista" de todo lo que se refiere al mundo de la pelota. Explica que Anabitarte, que procedía de una familia relacionada con el espectáculo, recolectó a chicas "por la zona de Ermua, Eibar y Tolosa" para ser pelotaris. Una vez adiestradas por monitoras, que en su mayoría procedían del tenis, y cuando tuvo un grupo "curioso", las envió a Madrid. Antes de que concluyera la primera contienda mundial, algunas mujeres, muchas de ellas con apenas 15 años, o incluso menos, ya habían hecho las maletas para probar fortuna y tratar de ganarse la vida, ya que podían aspirar a un sueldo hasta tres o cuatro veces superior al de un hombre de clase baja. Aquellas pioneras disfrutaron de unos lujos que ni siquiera sabían que existían.

placeholder Aspirantes a raquetistas en la Escuela de Éibar. (Cedida por José María Urrutia)
Aspirantes a raquetistas en la Escuela de Éibar. (Cedida por José María Urrutia)

Las pelotas "neumáticas"

El primer frontón para raquetistas se inauguró el 1 de enero de 1917 en Madrid, en la calle Cedaceros, muy cerca del edificio del Congreso de los Diputados, con un grupo de 16 mujeres ataviadas, según se relata en 'El gran libro de la pelota, con "boina, lazos y corbatas de colores". Al principio, jugaban con pelotas "neumáticas" parecidas a las del tenis que después fueron sustituidas por otras de cuero "de unos 55 gramos". Y las raquetas eran fabricadas en Francia o Gran Bretaña por la firma William & Cia, lo que, además de encarecer el producto, hacía que las entregas se ralentizaran. Aquí aparece en escena un ebanista de Mutriku (Guipúzcoa) llamado Valentín Zumalabe. Optó por curvar la madera de fresno con una técnica al vapor ideada por él mismo y fabricaba aparte los mangos con madera de nogal. Una vez unidos, procedía al agujereado para el encordaje. Según relató Urrutia, el éxito fue tal que Zumalabe llegó a fabricar alrededor de 3.000 raquetas al año.

Las pelotaris lucían en sus partidos una falda blanca lisa o plisada, "que les llegaba por debajo de las rodillas y que se fue acortando según iba dictaminando la moda", recuerda Urrutia. A juego con la falda, su indumentaria se completaba con blusa blanca de manga corta o larga y un 'gerriko' (faja) rojo o azul para que el público distinguiera a las parejas. Solo portaban un número en la parte superior del brazo cuando jugaban quinielas. Como calzado, al principio usaban unas sandalias anudadas al tobillo con doble vuelta y después se pasaron a las zapatillas deportivas blancas.

La primera salida de las raquetistas fuera de Madrid fue en agosto de 1919 con ocasión de las fiestas patronales de Guernica. En el cartel estelar estaban las dos mejores delanteras de la época: Chiquita de Madrid y Eugenia Iriondo (Eibarresa) acompañadas por Antonia y Graciela, respectivamente. Poco a poco, el éxito de las raquetistas se fue expandiendo. Comenzaron a abrirse frontones en buena parte de la península, como San Sebastián, Logroño, Valencia, Sevilla, Córdoba o Salamanca, o en las islas (Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife y Palma de Mallorca). La mayoría eran vascas, pero en pocos meses se fueron uniendo al grupo chicas de otras comunidades.

placeholder La felicitación del Frontón Metropolitano al Frontón Mexicano. (Cedida por José María Urrutia)
La felicitación del Frontón Metropolitano al Frontón Mexicano. (Cedida por José María Urrutia)

Este deporte llegó a otros lugares

Los ecos de esta modalidad deportiva traspasaron fronteras, lo que motivó la apertura de frontones al otro lado del charco, como en La Habana (1921), al que siguieron varios más en México, Brasil o Estados Unidos. En 1929, se inauguró el frontón Madrid que, además de contar con una capacidad de 700 espectadores, tenía su especie de zona vip con restaurante de cocina vasca, bar americano, salón té, guardarropa, servicio de peluquería y hasta limpiabotas. Allí se programaban a diario dos festivales, uno vespertino y otro nocturno. Nunca pasó desapercibida la presencia en las instalaciones del presidente del Gobierno, Miguel Primo de Rivera.

El comienzo de la Guerra Civil obligó a la emigración de muchas mujeres para tratar de hacer fortuna en América con su raqueta, si bien otras regresaron a sus hogares o bien siguieron con su actividad en los frontones que aún permanecían abiertos en algunas ciudades como Barcelona, Valencia, Zaragoza o Valladolid. Al término de la contienda, las raquetistas hicieron de la necesidad virtud. El hambre y la pobreza era una especie de pasaporte a lugares desconocidos, así que, con las 300 pesetas (unos dos euros) mensuales que podían embolsarse como mínimo en Madrid dando pelotazos en un frontón, se podían alimentar muchas bocas. Y es que en muchas ocasiones era el único sustento que llegaba al hogar. Sin embargo, en la misma época, en tierras americanas las ganancias eran mucho más elevadas, ofrecieron 350 dólares (unas 15.000 pesetas) al mes, aunque las primeras figuras podían llegar a cobrar hasta 30.000 pesetas (180 euros). Todo comenzó a ir viento en popa. Tras la guerra, las mujeres pelotaris eran mayoría. Contaban con 734 licencias femeninas frente a las 698 de hombres. Esa proporción respecto a fichas federativas no se ha vuelto a repetir. Además, en España había abiertos 34 frontones y otros 14 en distintos lugares de América.

El encargado de despertar a las raquetistas del bello sueño fue el general José Moscardó, el mismo que abanderó la resistencia en el Alcázar de Toledo. Primero lo hizo con su indumentaria. Las obligó a alargar sus faldas y a vestir con blusas de manga larga. No cesó ahí su misoginia. Corría el año 1946, y el por aquel entonces delegado nacional de Deportes puso como excusa para prohibir esta modalidad deportiva aquello de lo que habló años más tarde la periodista Carmen Sarmiento, esto es, que lo del frontón podía afectar a la fertilidad de las mujeres. Así que decretó el cierre de los frontones. Aquella idea debió de chirriar a alguien con más estrellas que el general y rectificó a regañadientes. Así que, ofuscado, comenzó a dejar de expedir licencias federativas a mujeres. Era su plan B para conseguir la extinción del juego. A medio plazo, le dio resultado.

placeholder Lance de un partido en los años 20. (Cedida por José María Urrutia)
Lance de un partido en los años 20. (Cedida por José María Urrutia)

José Antonio Elola-Olaso, que no era militar sino un político vinculado al falangismo, corrigió al general y, en su condición de delegado nacional de Educación Física y Deportes, derogó ley en 1957. Pero ya era demasiado tarde. La mayoría de las raquetistas habían hecho sus maletas tiempo atrás para jugar en Cuba hasta la llegada de Fidel Castro o en México hasta 1972, donde tuvieron un enorme reconocimiento. Eran auténticas figuras y se codeaban con las clases altas. A ello ayudaba que podían embolsarse al mes unas 30.000 pesetas. De coincidir en fiestas con famosos a salir en las revistas del corazón solo había un paso: noviazgo o boda. Fue el caso, por ejemplo, de Marichu I, que se casó con el torero Curro Caro.

El libro con historias de actualidad sobre las raquetistas dejó de escribirse el 17 de julio de 1980. Habían transcurrido casi siete décadas desde la apertura del primer frontón en la calle Cedaceros. Se puso fin a la existencia de una modalidad deportiva que ahora ha sido sustituida por el frontenis y que se juega con una pelota neumática hueca. Fue, de largo, la especialidad de la pelota vasca que más practicantes tuvo lejos de Euskal Herria. Del edificio solo queda la fachada. Durante años, se utilizó como sala de conciertos de la movida madrileña y, ahora, se ha reconvertido en un moderno hotel. Ellas han quedado inmortalizadas para la historia gracias a la novela de Luis Antonio de Vega Rubio 'Quiquita de Bilbao' y la película de cine negro 'Apartado de correos 1001' (1950) rodada a las órdenes de Julio Salvador.

La Real Academia Española (RAE) define al 'raquetista' como "pelotari que juega con raqueta". Se antoja un poco vaga la descripción que hacen los académicos sobre una disciplina que hace más de un siglo permitió a las mujeres convertirse en las primeras deportistas profesionales. Un hito que, por ejemplo, se acaba de conseguir en el fútbol femenino. Este grupo de mujeres fueron famosas y tuvieron un reconocimiento inusual en unos años donde el anuncio de un brandi con la reseña "es cosa de hombres" hubiera sido 'trending topic' de haber existido Twitter. Ese reconocimiento llegó hasta en forma de pasodoble. Su protagonista era María Antonia Uzkudun, 'Chiquita de Anoeta', tal vez la mejor raquetista de la historia. Y en la letra compuesta por Amarillo también aparecía el nombre de Manolo Santana. Francisco Umbral llegó a calificar en 1978 a estas deportistas como "las paulvosas cubistas" de la raqueta.

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