los estudios hablan de daños inevitables

Un deporte a cabezazos: "Yo solo quiero que puedas recordar que jugaste al fútbol"

Ben Roethlisberger, uno de los mejores jugadores de la NFL, se plantea jugar solo un año más por miedo a las lesiones cerebrales que ocasiona la práctica de este deporte

Foto: Roethlisberger, en un partido de la NFL. (Reuters)
Roethlisberger, en un partido de la NFL. (Reuters)

Ben Roethlisberger terminará en el salón de la fama algún día. Su historia como 'quarterback' es sensacional. Ha dirigido a su equipo, los Steelers, a dos campeonatos, está entre los mejores pasadores de todos los tiempos y en la liga se le tiene un respeto que no todos consiguen. Por talento y por dureza ha sido siempre uno de los hombres a seguir en el fútbol americano.

Esta temporada no jugará casi en la pretemporada, del mismo modo que se salta muchos de los ejercicios de contacto que se realizan en cada uno de los entrenamientos. No es vagancia, es pura precaución. Como estrella que es se lo puede permitir. Le ha comunicado a su equipo que si le quieren, y no hay duda de que en Pittsburgh le quieren, tendrá que ser bajo sus normas.

–Quiero que mis hijos puedan recordarme jugando al fútbol.

–Y yo quiero que tú mismo te recuerdes jugando al fútbol.

'Big Ben' tuvo hace poco esta conversación con su mujer. En la omertá del deporte sigue siendo algo que se comenta en voz baja, pero cada vez son más las veces en las que se escucha a jugadores valorar si merece la pena arriesgar el futuro por seguir disputando partidos. Es un elefante en medio de la habitación, ya nadie es capaz de negar lo obvio, que los daños cerebrales que sufren los jugadores de la NFL tienen muy poco que ver con la casualidad.

Rothlisberger ha decidido seguir y el verano que viene volverá a repensar si le conviene seguir jugando, ganando fama y dinero, una temporada más. De momento continua, pero en sus términos, con más calma, intentando mantener en lo posible su integridad. En 2015 sufrió una fuerte conmoción durante un partido, aunque solo él se dio cuenta. Se levantó y caminó hasta la banda, donde le dijo a sus técnicos que no iba a jugar más. Parece lo lógico, pero en ningún caso ha sido lo habitual en la NFL. Solo en tiempos recientes se ha reforzado la seguridad y los médicos neutros deciden si el jugador está en condiciones de jugar un rato más o no.

"Puedes reemplazar muchas partes del cuerpo, pero no es posible un transplante de cerebro", explica Roethlisberger, 'quarterback' de los Steelers

"Siendo más joven no lo hubiese hecho, pero ahora es así, voy a jugar lo mejor que pueda, pero nada más que eso, puedes reemplazar muchas partes de tu cuerpo, pero no te puedes hacer un transplante de cerebro", analiza el mariscal de campo de los Steelers. "Adoro este deporte, pero definitivamente quiero más a mi familia que al fútbol. Mi mujer y yo hablamos del tema, ella nunca me va a decir que lo deje, pero...", cuenta a 'Sports Illustrated'.

En realidad, lo más probable es que el cerebro de Roethlisberger ya esté dañado para siempre. Que en un futuro tenga depresiones o pérdidas de memoria, que su vida como exjugador de fútbol esté marcada por los golpes que se llevó en su intento primero de ser profesional, de ser el mejor luego y, finalmente, en el mantenimiento de una carrera hasta las últimas consecuencias.

La ciencia, cada día más, cerca el fútbol americano y su brutalidad. En el último estudio conocido se analizaron 111 cerebros de exjugadores de la NFL. En 110 de ellos se encontraron trazas de CTE, la enfermedad degenerativa asociada con los traumatismos cerebrales. Las estadísticas, por lo tanto, dicen que es prácticamente imposible ser profesional del fútbol americano y no terminar, en mayor o menor medida, con el cerebro en mal estado.

El retirado John Urschel. (Reuters)
El retirado John Urschel. (Reuters)

Los que ya se han ido

Roethlisberger, en todo caso, es un privilegiado. Juega en la posición más glamurosa del deporte —no solo del fútbol americano, del deporte en general— y es uno de los mejores en ello. Es tal la escasez de talento para un oficio tan complicado que los pocos que lo tienen están en mejor posición que el resto. Siempre serán agasajados; si para seguir jugando piden rebajar su carga de contactos, la franquicia hará todo lo posible para que así sea.

Son las estrellas, los jugadores más reconocibles del deporte, pero están lejos de ser los que más sufren con la agresividad del fútbol americano. Los jugadores que protegen a ese 'quarterback', los que tienen que atacar esas líneas ofensivas, tienen peores consecuencias y mucho más riesgo. Ellos, o la gran mayoría de ellos, no tienen tan fácil elegir, sus carreras se mueven en menores cantidades de dinero y no tienen vías tan sencillas cuando deciden optar por la retirada, pues en las retransmisiones deportivas, por ejemplo, suelen primar también las grandes estrellas.

Hay ya algunos casos de retiradas prematuras por miedo a terminar con enfermedades cerebrales graves. John Urschel lo dijo en julio, no volvería a ponerse las protecciones y el casco, no le importaba que su equipo, los Baltimore Ravens, le ofrecieran una extensión. Él, que juega como línea ofensiva, es uno de los jugadores más inteligentes de la NFL, algo que se demuestra con un posgrado en matemáticas en el MIT, el instituto tecnológico más prestigioso del mundo. Un golpe en 2015 le dejó noqueado, tanto que, durante unos días, perdió su capacidad de hacer grandes cálculos matemáticos, según confesó en un programa de la NBA. Tiene 26 años.

"Dejo el deporte que amo porque no puede garantizarme la salud en el futuro", explicó A.J. Tarpley en su retirada

Casi igual de impactante es el caso de Chris Borland. Su primera temporada en la NFL fue magnífica, un futuro de éxito seguro le esperaba, pero decidió que ese mundo no iba a ser el suyo. "Si no hubiese posibilidades de riesgo cerebral, yo seguiría jugando", explicaba a sus 23 años, cuando anunció su retirada. Tuvo que devolver buena parte del dinero que le habían pagado como adelanto por ser jugador profesional. Renunció a los casi tres millones de dólares que le quedaban por cobrar en su contrato. Y eso sin contar con lo que pudiese ganar en un futuro. No le mereció la pena. O AJ Tarpley, que también se marchó con la misma edad: "Dejo el deporte que amo porque no puede garantizar mi salud del futuro".

Dice Barack Obama que si tuviese hijos, que no es el caso, tendría muchas dudas de si les dejaría jugar al fútbol americano. Las audiencias televisivas siguen siendo millonarias, es el deporte que más dinero mueve en el país y su fama se ha ido reforzando, no decreciendo. Es un negocio como pocos y una pasión para millones de personas. Las reglas se han ido cambiando, se está tratando de hacer de esta pasión algo compatible con la supervivencia. Los pasos son cortos y los obstáculos muchos, aunque la resistencia a la transformación exista, que existe, la ciencia tiene demasiados datos como para que no ocurra. Es improbable que el deporte desaparezca, pero también que siga igual. Roethlisberger, que puede, se ha dado cuenta, el riesgo es demasiado, el cerebro no se puede transplantar.

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