suma las mismas medallas que mengual

Ona Carbonell ya es leyenda

Con su segunda plata en el Mundial de Budapest, se convierte en leyenda de la sincronizada al igualar la vigésima medalla mundial de su ídolo y amiga Gemma Mengual

Foto: En la imagen, Ona Carbonell durante la final de solo libre. (EFE)
En la imagen, Ona Carbonell durante la final de solo libre. (EFE)

Ona Carbonell se lanzó a la piscina de Budapest con el bañador negro y rosa, diseñado por ella, mientras la inconfundible, inimitable voz de Edith Piaf con la canción ‘Padam padam’ envolvía el ambiente y comenzaba así: “Esta melodía que me obsesiona día y noche”. La catalana supo interpretar rayando la perfección esa obsesión, ese desgarro, ese desamor y obtuvo una nota de 95.0333, logrando así su segunda plata en el solo libre y convirtiéndose en leyenda de la sincronizada al igualar la vigésima medalla mundial de su ídolo y amiga Gemma Mengual. Tan solo la imbatible rusa Svetlana Kolesnichenko la superó, pero por una distancia mínima de un punto y una décima, lo que da medida del enorme mérito de Ona.

Extremadamente perfeccionista, rayando la obsesión, no había mejor canción que la de Edith Piaf, que memorizó palabra a palabra, para pasar a la historia. Su amplitud de movimientos, la ejecución, pero sobre todo el desgarro, y la pasión, la expresión artística con la que interpretó su ejercicio le valió un nuevo subcampeonato del mundo. Desde su primer Mundial, en Melbourne en el 2007 con tan solo 16 años, Ona Carbonell ha sabido evolucionar y perfeccionarse hasta conseguir estar en el mejor momento de su carrera en su sexto Mundial y cumplidos ya los 27. Aquella preadolescente que siempre pedía más cuando llegó al CAR de Sant Cugat es ahora toda una institución, un icono, un mito en la sincronizada.

Amor a primera vista

El primer deporte que practicó cuando era niña fue la gimnasia rítmica, que tanto le ha servido para la sincronizada, pero se recuerda en los veranos con su familia en Menorca como un pez, siempre metida en el agua hasta que alguien le sugirió que probara con la natación sincronizada y fue amor a primera vista porque podía unir sus dos pasiones, el agua y el baile. “Encontré mi sitio”, dice ella. A los 13 años ya fue seleccionada por España, a los 14 participó en su primer Open Internacional. A los 16 en su primer Mundial. Y así hasta ahora, hasta este miércoles en el que sumó su vigésima medalla. Casi nada.

En su biografía novelada, ‘Tres minutos, cuarenta segundos’, que publicó hace un año, Ona Carbonell se desnudaba emocionalmente para explicar lo que significa la sincronizada para ella, que no es ni más ni menos que su vida entera porque a pesar de los sacrificios, del enorme esfuerzo, de la marcial disciplina con la que ha llevado su carrera con clases de ballet, de interpretación, con pesas y ejercicios de cardio, con una estricta dieta, con repeticiones machaconas de las coreografías una y otra, y otra vez hasta que saliera como ella quería y soñaba; el empeine, la flexibilidad, las piernas en línea con la piscina, la expresión del rostro. Todo, todo le ha merecido la pena. Incluso ha sabido acostumbrarse y convivir con su fobia al frío, porque Ona siempre tiene frío y a pesar de ello soporta largas sesiones en el agua.

Ona posa con la medalla de plata. (EFE)
Ona posa con la medalla de plata. (EFE)

‘Coach’ mental

Desde hace cuatro años trabaja, además, con un ‘coach’ mental, así lo llama ella, que además de ayudarla a visualizar las rutinas y ejercicios le ha servido para saber soportar la presión sin que la aplaste y a relativizar, porque su autoexigencia le jugaba malas pasadas y sufría más de la cuenta cuando ella lo que pretendía era disfrutar. Hubo un viaje que también la ayudó a poner cada cosa en su sitio. Después de los Juegos de Londres en el 2012, cuando consiguió la plata con Andrea Fuentes en dúo y el bronce con el equipo, se marchó dos meses a la India para conocer a la niña que había apadrinado durante años de la fundación Vicente Ferrer: “Salí de la burbuja, de mi deporte, y vi que la vida no era solo eso. Me cambió por dentro y me ayudó a priorizar y relajarme por primera vez en mucho tiempo”.

Si el pasado sábado se trasmutó en una serpiente para conseguir la plata en el solo técnico, en el libre, con la mítica Edith Piaf cantando con su voz rota “padam, padam, padam, esta melodía que me señala con el dedo”, Ona Carbonell supo emocionar a los jueces y al mundo mientras la historia le señalaba a ella.

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