las peleas, parte del ADN del deporte del hielo

Los 'matones' del hockey, una especie en peligro de extinción

Las peleas en la NHL se reducen cada año, aunque los dirigentes de la liga no quieren que desaparezcan. La búsqueda de jugadores más rápidos ha hecho que los más rudos pierdan espacios

Foto: La reciente pelea entre Jacob Trouba y Sam Bennet. (Reuters)
La reciente pelea entre Jacob Trouba y Sam Bennet. (Reuters)
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En un partido más de la eterna temporada regular de la NHL el tiempo parece detenerse. Los jugadores, que hasta ese momento se movían gráciles por el hielo, dejan de patinar para mirar lo que pasa junto a una de las porterías. Sam Bennett y Jacob Trouba se acaban de quitar los guantes y están liándose a mamporros. El resto de los jugadores, también los árbitros, se arremolinan a su alrededor pero no se entrometen en el asunto. Es una pelea más que terminará con el árbitro gritando "cinco minutos por lucha" y los dos jugadores expulsados temporalmente.

Unas horas después la página hockeyfights.com declarará vencedor de la trifulca a Bennett después de una votación de los usuarios. Porque así de institucionalizado está el tema, las peleas existen, son parte de la competencia y, de alguna manera, definen a un deporte rudo por naturaleza. ¿Prohibirlas? no se les pasaría por la cabeza ni por un solo segundo. Al fin y al cabo son casi una carta de presentación. Los puñetazos, que no tienen influencia real en el resultado y son solo parte del folclore, sirven para meterse en las noticias y resúmenes del muy competitivo mundo del deporte.

Y, a pesar de todo, cada vez se ven menos. De un tiempo a esta parte el deporte ha ido evolucionando y la propia naturaleza del juego ha conseguido que cambie la tendencia poco a poco. La propia página de hockeyfights, que lleva estadísticas del tema, observa la tendencia. A principios de este siglo un 40% de los partidos tenían en algún momento dos jugadores enzarzándose a puñetazos. Ahora no llega al 25%. La cosa no es nueva, desde los años 70, cuando el hockey era la jungla, las peleas han ido perdiendo frecuencia. El hockey está cambiando y son varios los motivos para ello.

El tiempo va profesionalizando todos los deportes, cada vez es más importante tener una plantilla extensa, llena de buenos jugadores que puedan ser utilizados en todos los momentos del partido. El hockey, además, es extenuante, un deporte en el que solo mantener el equilibrio cuesta trabajo y en el que el contacto físico es muy habitual. La necesidad de que todos los jugadores puedan usar el 'stick', y no solo los puños, ha hecho que se reduzca mucho un colectivo histórico dentro de este deporte.

'Goons' es la palabra inglesa que los nombra, esa que cualquier diccionario de español-inglés traduce como "matones". Y no se puede ser más explícito con tan pocas letras. Los 'goons' son jugadores de tamaño considerable que entraban al terreno de juego con una sola intención: pegarse. No directamente, claro, pero cuando un patinador se dedica a empujar y golpear rivales lo normal es que la cosa termine mal. Unos pocos minutos en el hielo con un solo objetivo.

A menos matones, menos peleas. El deporte como la vida. Pero no van a terminar. "Las peleas son un termostato que nos ayudan a prevenir otras lesiones más serias", explica Gary Bettman, el comisionado de la NHL, la liga profesional de los Estados Unidos. La teoría es curiosa, viene a decir que el deporte es tan agresivo que este tipo de trifulcas, que suelen terminar en nada, consiguen apaciguar los ánimos siempre revolucionados de los jugadores. También dice el comisionado que, cuando les dio por intentar modificar las reglas para reducir las peleas el sindicato de jugadores se enfadó y lo echó para atrás: ponía en riesgo el trabajo de los 'enforcers'

Otra sombra se cierne sobre esta práctica: la salud. Es algo que en el deporte estadounidense se empieza a tomar en serio. Todo empezó con la NFL y las demandas que decían que la liga había ocultado las consecuencia para el jugador que tenían los años de contacto físico de la liga. Las famosas contusiones cerebrales, que terminaron en un millonario arreglo para el campeonato y la modificación de varias reglas para hacer del fútbol americano un deporte menos lesivo para sus deportistas.

Patinadores como Bob Probert o Derek Boogard murieron de forma prematura. Las autopsias de ambos demostraron que tenían CTE, encefalopatía crónica traumática, la misma dolencia que llevó a la NFL a temer que el deporte pudiese estar muriendo. Ambos, por supuesto, eran 'goons'.

Todo esto, que puede parecer cosa del salvaje oeste, está en realidad perfectamente regulado. La NHL contempla exclusiones de cinco minutos para todos aquellos jugadores que se peleen, una mínima pena si se tiene en cuenta que en cualquier otro deporte algo así supondría una expulsión fulminante. Más allá del castigo, las peleas están regladas. Los jugadores tienen que tirar el palo y quitarse los guantes para no hacer más daño del necesario. También tienen que escuchar al árbitro cuando les pide que se detengan y, por descontado, ningún jugador del banquillo puede meterse en el hielo para ajusticiarse con los puños. Quien se salte estas normas puede ser multado por la liga. Un jugador que se pelea tres veces en un partido sí es expulsado.

John Scott, en una pelea. (Reuters)
John Scott, en una pelea. (Reuters)

John Scott, el matón estrella

No hace falta saber mucho de hockey para saber que los matones no son los jugadores con mayor valor para una franquicia. En ocasiones se les ve casi como un mal necesario, pero los que cobran millonadas y tienen espacio en los medios son los jugadores rápidos y hábiles, los que tienen gol, los grandes porteros... los que se dedican, al fin y al cabo, a hacer ganar a un equipo. No sus protectores.

Además, este tipo de jugadores tiene problemas para abrirse hueco en la liga. Es más sencillo demostrar que se patina rápido o que se es elástico que las artes que requiere un combate de puños. Sus nombres quedan solo para los compañeros, que les ven como protectores, y también para el aficionado de cada equipo, pues un aficionado de verdad sabe hasta cómo se llama el utilero.

Hay, sin embargo, un caso curioso, que se sale de la norma: John Scott. Como buen canadiense, quiso ser jugador de hockey desde que era un crío. Cuando empezó a ello un entrenador sentenció que no llegaría. Demasiado lento, demasiado grande. Lo segundo, según él mismo cuenta, no lo podía arreglar. Lo de patinar mejor se iba a convertir en una obsesión, aunque tampoco le sirvió para llegar a una velocidad propia de la élite.

Pero no dejó de intentarlo. Mientras se sacaba una ingeniería fue jugando, por la universidad, por las ligas menores, hasta que un día se fijaron en él. Por matón, claro, que era en lo que se había convertido. Y así empezó la historia de un tipo de vestuario, de esos que tienen cierto aire paternal entre sus compañeros. Y, como es un jugador de la era de internet, llegó el día en el que los aficionados pudieron votarle para entrar en el 'all-star'.

La cosa empezó como una broma, él mismo pidió sensatez y pidió el voto para otros compañeros porque hay muchos jugadores mejores que él en la NHL. Pero nadie pareció hacerle caso. Siguió creciendo en las votaciones hasta que, el día en el que se cerraban, alguien le dijo que era parte del gran partido. La liga, sin embargo, no estaba muy dispuesta a ello. Un extraño traspaso dio con él en Montreal, lo que en principio le alejaba de poder jugar el encuentro. Él mismo escribió todo esto, y su deliciosa peripecia vital hasta cumplir su sueño, en un delicioso artículo publicado en The Players Tribune.

No podía jugar, pero la reacción popular fue enorme. Querían a John Scott en el gran partido, que no se lo quitasen. La liga reculó, el matón estaría entre las estrellas. Y no solo estuvo, sino que terminó marcando dos goles y nombrado MVP del encuentro. Ya hay proyectos para rodar una película con su vida.

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