Tania Lamarca: "Se puede ser campeón olímpico o tener éxito a la vez que se cuida a la persona"
Fue una de 'Las niñas de oro' que se proclamaron campeonas olímpicas en modalidad de conjunto en Atlanta 96. Después de ese éxito, fue expulsada de la Selección
Ser deportista de élite implica una serie de obligaciones y un nivel de responsabilidad alejado del habitual de un adolescente. Puede conllevar éxitos. Pero también hay margen para conocer el lado más amargo. Tania Lamarca (Vitoria, 1980) vivió ambas caras de la moneda durante su etapa como gimnasta.
Aquella niña que veía a las gimnastas por televisión empezó a hacer el pino y sus padres tomaron una decisión: apuntarla a hacer gimnasia. Fue campeona júnior de España en 1994, antes de trasladarse a Madrid, al célebre chalet de Canillejas donde se gestó el oro olímpico de Atlanta 1996 en modalidad de conjunto. Aquel grupo de seis chicas fue bautizado como Las niñas de oro.
El oro vino sucedido por numerosos eventos y un gran recibimiento. Aquella, sin embargo, fue la única experiencia olímpica de Tania. Un año antes de los Juegos Olímpicos de Sídney, fue expulsada de la selección por exceder en dos kilos el peso marcado por la seleccionadora. Regresó a Vitoria y cayó en depresión.
Aquella etapa cargada de sombras ya está en el olvido. "No sabía ni quién era", resalta en El Confidencial. Consciente de la importancia de la salud mental, Lamarca quiere dejar un legado en los más jóvenes. Ahora trabaja en la Fundación Blanca Fernández Ochoa, donde lidera proyectos. Y también se dedica a la presentación de eventos y a la formación.
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PREGUNTA. ¿Qué recuerdos guarda de aquella niña de oro?
R. Todos. Como me dedico a la formación y doy clases de alto rendimiento, recuerdo mi etapa deportiva muy a menudo. A pesar de los años que han pasado, sigo teniendo todo lo que esa niña poseía para alcanzar lo que consiguió.
P. ¿Qué tipo de enseñanzas les traslada a los más jóvenes?
R. De todo se aprende. Ahora lo que intento es que nos preocupemos de verdad por la salud; es lo que hace la fundación. A mí me ayudaron mucho y ahora buscamos la ayuda a los demás. Busco que el deportista no se dedique solo a conseguir resultados, sino que cuide todo el proceso hasta el llegar al objetivo para que la vida después del deporte sea más amable de lo que suele ser.
P. ¿Usted trabajaba la salud mental cuando estaba en activo?
R. No, en mi época no. Teníamos un psicólogo deportivo, pero estaba enfocado totalmente al resultado, no al cuidado y al bienestar de la persona.
P. ¿Lo notó cuando dejó el deporte?
R. Sí, porque pasé por una depresión cuando me retiré. No la superé al 100% y años después volví a caer en una. Tuve que trabajar en terapia toda esa etapa que viví como gimnasta para aprender, aceptarla y superarla.
P. ¿Cuándo se percató de que había caído en esa depresión?
R. El primer año tras dejarlo, pero no sabía que había caído en depresión; me di cuenta con el tiempo. Sentí lo mismo que muchos deportistas cuando se retiran. Volví a estudiar, me encontré con una diferencia de edad respecto a mis compañeros y tuve un poco el sentimiento de pérdida de identidad. Venía de un sitio en el que había sido la mejor y no sabía dónde me podía ubicar. No sabía quién era y echaba en falta a todos los agentes deportivos que estaban en su momento. Eso hizo que me sintiera sola y triste.
P. ¿Cómo fue ese proceso de búsqueda interior?
R. Con mucho trabajo, dejé atrás a la Tania gimnasta para convertirme en Tania a secas. Ahora, muchos años después, soy Tania, la profesional, como cualquiera. Soy una persona que cuenta con un bagaje y que ha tenido mucha suerte en todo lo que ha hecho.
P. ¿Con qué llenó el hueco de la gimnasia?
R. Pasé por un proceso bastante largo. Primero estudié y me dediqué al deporte desde la enseñanza porque pensaba que era lo que tenía que hacer. Sin embargo, me percaté de que mi vida no estaba ahí, aunque yo había sido deportista. Con esa búsqueda de la que hablabas, entendí que quería estar en la parte más emocional, más de la persona y no del deportista. Entonces me formé para trabajar en el coaching y entrar en la fundación.
P. ¿La experiencia en primera persona ha sido más importante que la formación que recibió?
R. Sí, total, aunque todo ayuda. Hace poco, he terminado un máster en Gestión que me ha venido muy bien. Las experiencias vitales son las que hace que podamos transmitir las cosas con realidad. Lo que yo viví como deportista lo puedo trasladar.
P. ¿Qué tal llevó el regreso al colegio tras dejar la gimnasia?
R. Fatal, porque había mucha diferencia de edad, además de vivencias. Yo tenía 19 años y mis compañeros de clase, 16. Mi experiencia de vida era diferente porque llevaba cuatro años viajando por el mundo y me sentía una extraña en el pupitre. Para mí, era muy fácil estar en un tapiz y salir a competir ante miles de personas. Pero era muy difícil salir a decir la lección delante de 30 compañeros.
P. ¿De qué manera te ayudaron para que aquello resultara más fácil?
R. Me costó, pero salí gracias a mi entorno. Las personas que estaban a mi lado resultaron fundamentales, al margen de que rescaté esos valores que tenemos como deportistas y que nos cuesta identificar. Los atletas tienen unas competencias de las que ellos mismos ni siquiera son conscientes. ¿Cómo iba a ser capaz de competir y no de estar en un aula y llevar la vida de una estudiante?
P. ¿Qué competencias del deporte ha podido aplicar en la vida civil?
R. Hay muchísimas, pero siempre destaco la capacidad de adaptación. Es fundamental en la vida y eso me lo enseñó el deporte. El trabajo en equipo y las relaciones personales te sirven para trabajar en una empresa. Y ni hablar de la capacidad de sacrificio, porque en el deporte te caes. Pero no te rindes.
P. Hábleme de sus inicios en la gimnasia rítmica.
R. Fue pura casualidad.
P. ¿Por qué?
R. Porque yo veía a las gimnastas por televisión e intentaba imitarlas. En casa hacía el pino y siempre estaba con la pierna para arriba. Mis padres me apuntaron al colegio y, en realidad, las medallas se las tengo que agradecer a ellos. En un momento, preguntaron en el cole si había gimnasia rítmica y allí me dejaron.
P. Tres de Las niñas de oro eran de Vitoria. ¿Ha sido el paradigma de la gimnasia rítmica en España?
R. Nosotras tuvimos mucha suerte porque éramos tres de Vitoria y actualmente hay una vitoriana en el equipo nacional. Tuvimos unas grandes entrenadoras que supieron gestionar la materia prima y sacar lo mejor de nosotras.
P. Una de ellas fue Emilia Boneva. ¿Qué tal era el trabajo con ella?
R. Primero tuvimos una entrenadora en Vitoria y luego estuvimos con Emilia en la selección. Ella venía de Bulgaria y era muy exigente. Cuando me retiré, me di cuenta de que era una persona muy cercana y amable que se preocupó mucho por estar con nosotras cuando dejamos el deporte.
P. ¿Imponía Emilia la disciplina soviética?
R. Sí, totalmente. Recuerdo que cuando la conocí no me la quería cruzar por los pasillos porque me generaba un respeto que pasaba la línea del miedo. Era una entrenadora muy exigente, con horarios muy marcados, porque venía del régimen soviético. Teníamos una exigencia con la comida que ahora no se podría hacer.
P. ¿Era una disciplina muy superior a la de hoy?
R. No es que sea superior, sino que ha cambiado la exigencia, por suerte. Yo abogo por que la confianza y la exigencia vayan de la mano. Se puede ser campeón olímpico o tener éxitos deportivos a la vez que se cuida a la persona. En mi época solo se cuidaba al deportista; la persona quedaba en segundo plano. Ahora hemos avanzado y hay que seguir en esa línea. La mejor embajadora en esto es Andrea Fuentes, actual seleccionadora de natación sincronizada.
P. ¿Era inevitable la influencia del Este en la gimnasia rítmica en esos años?
R. Sí, ahora se van a cumplir 30 años de la medalla. En ese momento, cogimos como referencia la exigencia de los países del Este. Tuvimos los resultados porque hubo muchísimo trabajo y sacrificio detrás.
P. Las bautizaron como Las niñas de oro.
R. La selección femenina de hockey logró el oro en Barcelona 92 y ellas eran Las chicas de oro. Cuando nosotras nos proclamamos campeonas olímpicas, éramos más niñas, teníamos entre 15 y 17 años, y nos llamaron así.
P. ¿Cómo fue vivir unos Juegos Olímpicos como menor de edad?
R. Yo ahora veo a mi hija y recuerdo que con 14 años viajaba a Tokio y me dejaban pasear sola por la ciudad; ahora sería impensable. En los Juegos Olímpicos estábamos en la villa olímpica y teníamos la misma libertad que cualquiera que fuera mayor de edad. Nosotras estábamos muy controladas con la dieta, pero no por ser menores. Nos acompañaban a todos los sitios para que comiéramos lo que correspondía.
P. ¿Cambia mucho la preparación de unos Juegos Olímpicos a cualquier otro torneo?
R. No, para nosotras la preparación era exactamente igual que para un Mundial o un Europeo. Veníamos de ser campeonas del mundo y los Juegos Olímpicos no se diferenciaban a nivel de equipo.
P. ¿Confiaban en ser campeonas olímpicas?
R. Nosotras íbamos con el objetivo claro de una medalla y teníamos la seguridad de que si competíamos bien, nos la llevábamos. Pero no sabíamos el color. Aunque teníamos el sentimiento del deportista de ir a por el oro, enfrente teníamos a dos potencias muy fuertes como Bulgaria y Rusia. Si competíamos bien, íbamos a subir el podio, pero no sabíamos si el oro iba a ser posible.
P. En el banquillo estuvieron incrédulas ante el éxito.
R. Sí, total, total. Estábamos pensando si de verdad lo habíamos hecho, si estábamos en lo alto del podio. Tuvimos ese factor suerte que todo deportista tiene, porque Rusia tuvo una pequeña caída y nosotras lo clavamos.
P. ¿La celebración se fue de madre?
R. Sí [risas]. Éramos menores para salir y cogernos una borrachera, cosa que haces si eres mayor. Nosotras lo celebramos en el comedor de la villa olímpica comiendo hamburguesas; no paramos de comer en general.
P. Sería la primera vez que comerían grasa en mucho tiempo.
R. Comimos de todo: chocolate, cereales… Y todo eso con la entrenadora delante, sin tener que hacerlo a escondidas [risas].
P. ¿Esa medalla les cambió la vida?
R. Nada más volver de Atlanta nos cambió, porque tuvimos unos meses en los que íbamos a hacer exhibiciones por todo el mundo, existía un reconocimiento por aquella medalla. En cuanto volvimos a la rutina de los entrenamientos, a preparar el siguiente Mundial, la vida volvió a seguir igual.
P. ¿Fue dura esa vuelta a la realidad?
R. Esa parte no me resultó dura porque influyó mucho el entorno que tenía. Mi familia y mis entrenadoras siempre me han inculcado los valores de tener los pies en el suelo y saber de dónde venimos. Disfruté muchísimo del éxito, pero sabía que en algún momento se iba a acabar. Y las personas reales iban a estar en mi ciudad, donde las había dejado.
P. ¿Por qué se habla tanto de los Juegos Olímpicos y tan poco de otros éxitos?
R. Porque son el evento por excelencia, nos igualan a todos los deportes. A nivel mundial, hay deportes de primera y de segunda porque algunos son más mediáticos que otros. La clave es que los Juegos Olímpicos nos dan ese lugar a los menos visibilizados. Todos luchamos por la misma medalla, sin importar de dónde vengas y la parte económica que generes.
P. La genésis de esa medalla estuvo en el chalet de Canillejas. ¿Qué tal fue la convivencia?
R. Bien. Al principio fue dura porque no dejábamos de ser adolescentes que teníamos un objetivo en común, pero no todas éramos titulares. Al principio había mucha rivalidad y costó la convivencia. Pero luego nos convertimos en familia. Entrenábamos juntas, competíamos juntas y queríamos el mismo objetivo.
P. ¿Le costo dar el paso de venirse a Madrid?
R. Cero, cero. Me llegó una carta a casa y dije que me iba a Madrid. Con el tiempo pensé que para mis padres tuvo que ser difícil porque su niña se fue de casa.
P. ¿Cómo llevó no ir al colegio? Era algo poco habitual para una niña de 16 años.
R. No lo llevaba mal porque entonces no me explicaron las consecuencias; esa era la clave. Si te dicen con 16 años que no estudies y que te dediques a hacer lo que más te gusta, es un sueño. Pero luego las consecuencias fueron demasiado grandes. Me costó mucho más aislarme de mi familia y salir de mi entorno, de Vitoria.
P. En los días malos su padre se ofrecía a recogerla, pero usted quiso seguir hacia delante.
R. Eso es. Cuando me marché, les dije a mis padres que, si en algún momento no me veían bien, me llevaran de vuelta a casa. No quería que mi sueño provocara que cruzara líneas que no tocaban.
P. Las pesaban a diario. ¿Es recomendable para una gimnasta hacerlo con tanta frecuencia?
R. No, qué va, qué va. Eso ya no se hace, por suerte, porque no es bueno ver todos los días un número. Es uno de los indicativos para luego caer en un trastorno de alimentación; se puede convertir en una obsesión y no es saludable.
P. ¿Ha cambiado la dieta de su época a la actual?
R. Sí, también. El problema que había entonces es que se hacían las cosas porque sí, sin una explicación y sin una formación. Es decir, comes esto y no puedes comer otra cosa porque tienes que estar delgada. Ese es el error. Ahora el deportista sabe por qué tiene que comer bien, sabe lo que le viene bien, lo que le viene mal y, además, no es una cuestión como sectaria.
P. ¿Hay margen para algún capricho?
R. Exacto. Un deportista se tiene que cuidar, pero también se puede permitir el lujo de irse un día de cena y no pasa nada. Nosotras no teníamos esa regulación, teníamos la disciplina, la obligación, y la imposición de tener que llevar una dieta alimenticia simplemente por una cuestión estética. Ahora cualquier deportista entiende que la parte nutricional es tan importante como la física.
P. ¿Era frecuente que comieran a escondidas en ese momento?
R. Total, total. Nuestro día a día era ser contrabandistas de comida, esconderla y pedirla a quien fuera.
P. A usted la expulsaron de la selección por pesar dos kilos de más cuando tenía 19 años. ¿Cómo fue aquello?
R. En su momento tuve que aceptarlo, pero fue el peor momento de mi carrera. Para un deportista retirarse siempre es muy difícil, pero si además es por algo que no no decides tú, te cuesta muchísimo más. A mí me costó aceptar primero la decisión y luego eso derivó en unas consecuencias hacia mi salud mental. Yo no me sentía válida por mi cuerpo, porque me habían echado por pesar dos kilos de más. Identifiqué que era buena o mala, mejor o peor persona o gimnasta, por mi aspecto físico.
P. ¿La seleccionadora no se planteó que, de haber cedido, usted hubiera estado próxima a la anorexia?
R. No, nunca. Creo que tampoco ellos tenían formación en ese momento y ella decidió expulsarme del equipo. Nunca se planteó que eso me podía llevar a un trastorno de alimentación. Entiendo y quiero pensar que nunca se lo plantearon porque, de lo contrario, no lo habrían hecho.
P. ¿Cómo se gestiona dejar el deporte de élite a los 19 años cuando un deportista está comenzando su carrera?
R. En nuestra etapa deportiva era como muy habitual, porque las gimnastas no aguantaban muchos años. Entonces era algo que sabíamos y yo era consciente de que no me iba a retirar muy mayor. A mí me costó mucho fue por el motivo que decíamos antes. Pero es cierto que sabía que otro ciclo olímpico era muy difícil aguantarlo porque no teníamos una vida paralela a la gimnasia. Vivíamos de una manera muy sectaria y aisladas de la vida real. Habría sido casi imposible.
P. ¿Qué tal eran los ingresos de una gimnasta en ese momento?
R. No había ingresos. Nosotras teníamos la beca ADO, que nos reportaba un ingreso mensual, pero no lo tuvimos hasta que no disputamos un Mundial. Cuando llegamos al equipo primero tuvimos que demostrar resultados y luego nos vino la beca. Trasladado a euros, nos daban 600 o 700 euros.
P. También estaban los premios, pero incluso con eso tuvieron problemas.
R. Eso es. El premio por la medalla de oro de Atlanta lo tuvimos que pelear con unos abogados porque no nos la habían pagado y nos dimos cuenta cuatro años después.
P. ¿Cómo se dieron cuenta?
R. Fue gracias a Cristina Gallo, periodista del equipo de José María García. Descubrió que la Federación había firmado un acuerdo por el que se nos tenía que pagar un dinero si conseguíamos el oro. Ese acuerdo no lo había visto nadie y no se nos pagó. Cuando se nos informó, contratamos unos abogados y cuatro años después nos lo pagaron.
P. Valentín Massana me dijo que lo peor del deporte son las federaciones por su parte inhumana. ¿Coincide?
R. No en todas. No generalizaría, porque creo que eso está cambiando ahora. En mi caso también fue así. El presidente de aquella época de la Federación solo se preocupó de ganar dinero a nuestra costa, pero no nos cuidó en ese sentido. No nos trataban como profesionales, nos escondían cosas... En realidad, nuestro presidente no estuvo a la altura. Pero no generalizaría porque a día de hoy hay federaciones y hay presidentes que han sido deportistas y eso se nota a la hora de luego gestionar.
P. ¿Ha cambiado el cuidado a los deportistas respecto a su época?
R. Vamos en el camino, pero creo que todavía tenemos mucho que trabajar porque yo estoy hablando de que mi medalla fue hace 30 años. Y a día de hoy todavía tenemos deportistas que sufren depresión cuando se retiran. Por ejemplo, Blanca [Fernández Ochoa] murió por suicidio y todavía es una pata que tenemos que cuidar. Tenemos que preocuparnos por el deportista durante y después de su etapa deportiva.
P. ¿Cuántas llamadas ha recibido de la Federación en estos 30 años?
R. De la primera parte de la Federación, ninguna. Ahora tengo muy buena relación con la Federación porque el presidente es un exgimnasta y estoy para cualquier cosa que necesiten.
P. ¿Su autobiografía, Lágrimas por una medalla, fue una manera de desahogarse después de todo lo que pasó?
R. Sí, fue un cierre de etapa. Y fue terapéutico también, y eso que empezó como una broma. Fue terapéutico para mí y para que cualquier persona que lo leyera y que se viera en una situación parecida. Cuando publiqué el libro la Tania gimnasta cerró su etapa y lo tuvo todo superado.
P. ¿Compensó todo el esfuerzo?
R. Es una pregunta que me han hecho muchas veces y, según va pasando el tiempo, la voy madurando. Antes te hubiera contestado que sí 100%. Yo lo que te diría ahora, con el aprendizaje que tengo, es que compensa si realmente no conociera otra vida. Tal y como conozco la vida, ha compensado porque he vivido cosas preciosas. Sin embargo, si me dieran a elegir entre una vida de haber seguido mis estudios y haber iniciado mi vida profesional de otra manera, pues entonces igual tendría una duda. Pero con la vida que me ha tocado y lo que he vivido, sí que me ha compensado.
Ser deportista de élite implica una serie de obligaciones y un nivel de responsabilidad alejado del habitual de un adolescente. Puede conllevar éxitos. Pero también hay margen para conocer el lado más amargo. Tania Lamarca (Vitoria, 1980) vivió ambas caras de la moneda durante su etapa como gimnasta.