NUEVO DOCUMENTAL DE NETFLIX

'Gimnasta A', o cómo el sistema permitió los abusos sexuales en la gimnasia

Mientras Biles y otras gimnastas de EEUU emprenden acciones legales contra su federación, Netflix estrene 'Gimnasta A', que profundiza en el escándalo sexual de la gimnasia

Foto: La exgimansta Aly Raisman es una de las afectadas (Reuters)
La exgimansta Aly Raisman es una de las afectadas (Reuters)

Simone Biles presentó hace una semana una demanda formal contra el Comité Olímpico (USOPC) por abuso sexual. La mejor gimnasta de todos los tiempos, la líder, la estrella, una de las deportistas más reconocidas mundialmente ha decidido no volver a callarse nunca más y junto a las también olímpicas Madison Kocian, Aly Raisman, McKayla Maroney, Kyla Ross, Jordyn Wieber y Jamie Dantzscher -más otras 140 víctimas de agresión sexual del médico del equipo nacional estadounidense Larry Nassar- se han querellado para solicitar el testimonio de directivos olímpicos actuales y pasados.

Porque Nassar no es el único responsable de lo que les sucedió cuando la mayoría eran menores de edad y el médico les introdujo la mano por la vagina, el ano y las manoseó durante años. Él fue condenado a 175 años de prisión, pero las deportistas quieren que los responsables del Comité Olímpico admitan que fallaron, que no las protegieron y que sabiendo que había denuncias contra Nassar no hicieron nada por ellas.

El pasado mes de febrero los abogados que representan a la Federación de Gimnasia Estadounidense, USA Gymnastics (USAG), propusieron una oferta de solución de 215 millones de dólares. La oferta fue rechazada por las más de 140 víctimas de Nassar, ya que estaba supeditada a que estas libraran al USOPC de cualquier reclamación actual o futura. El acuerdo significaba no solo que el USOPC no sería responsable financieramente de compensar a las víctimas de abusos de Nassar, sino también que los directivos actuales y anteriores de la organización no tendrían que ofrecer declaraciones judiciales. Y ellas, las deportistas, quieren que reconozcan que también son culpables por lo que les pasó y las secuelas que arrastran.

Larry Nassar, el médico estadounidense que abusó sexualmente de muchas deportistas. (Reuters)
Larry Nassar, el médico estadounidense que abusó sexualmente de muchas deportistas. (Reuters)

Biles, por ejemplo, ha reconocido: “Es complicado defender en las competiciones a una organización que nos ha fallado tantas veces. Nosotras teníamos un objetivo e hicimos lo que nos pidieron, incluso cuando no queríamos, y ellos no pudieron hacer su maldito trabajo, que era protegernos. Es muy triste porque ahora cada vez que voy al médico o a entrenar, me tienen que tocar. Me tocan, y yo no quiero que lo hagan, pero me duele el cuerpo. Es duro, intentamos superarlo, pero llevará un tiempo”.

La querella contra el Comité Olímpico ha coincidido con el estreno en Netflix del documental ‘Gimnasta A: El médico depredador', que explica cómo si se hubiera atendido correctamente la denuncia de la Gimnasta A que denunció a Nassar en el 2015, se podrían haber salvado a muchas niñas de él. Ella, la A, era Maggie Nichols, una gimnasta de élite que ni siquiera formó parte del equipo americano en Río ni entre las suplentes después de que denunciara los abusos del médico. Se lo dijo a su entrenadora, ésta a la responsable de la Federación, que se lo comunicó a Steve Penny (el presidente de la USAG) que a su vez se lo hizo saber a Scott Blackmun, (responsable del USOPC). ¿Y qué hicieron? Esconderlo, enterrar el escándalo, esperar hasta cinco semanas para denunciarle y pedir a los padres de Maggie Nichols, que aparecen en el documental, que no dijeran nada para no interferir en la investigación del FBI, una investigación que se paralizó y de la que no tuvieron noticias.

La vergüenza de las víctimas

Nassar dejó el equipo de gimnasia bajo el pretexto de una decisión personal, pero siguió con su trabajo en la Universidad de Michigan (que también tenía constancia de denuncias desde 1997 y las tapó). Continuó tratando a niñas, continuó abusando de ellas hasta que en el 2016 Rachael Denhollander, una exgimnasta a la que Nassar agredió sexualmente en el 2000, vio un artículo en el Indianapolis Star y decidió no callarse más. Se puso en contacto con el diario a través de un correo electrónico contando que ella había sufrido abusos por parte de Nassar, que le había denunciado y que estaba dispuesta a salir, con su cara, nombre y apellidos.

En una entrevista en agosto de 2016 apareció su testimonio, con vídeo incluido. En el documental de Netflix, a la pregunta del periodista sobre por qué había decidido dar el paso contestó: “Cuando tenía 15 años no sabía mucho, pero sabía que a las víctimas de abuso sexual se las trata mal. Se burlan de ellas, se las cuestiona, se las culpa, se las avergüenza. Y eso es un daño increíble para el proceso de curación. Ojalá hubiera podido denunciarle hace 16 años cuando me ocurrió, pero creo que no lo habría soportado. Ahora sí”.

Rachael Denhollande ofrece una declaración durante un juicio en Michigan, Estados Unidos. (EFE)
Rachael Denhollande ofrece una declaración durante un juicio en Michigan, Estados Unidos. (EFE)

Rachael Denhollander lideró a un ejército de supervivientes colocándose en la diana. Fue la primera en aparecer públicamente y con su gesto, con su voz, encorajinó al resto a pesar de que al principio, efectivamente, intentaron desacreditarla, hurgaron en su vida privada y la acusaron de buscar fama y fortuna. Para entonces ella tenía 31 años, había estudiado Derecho, se había casado y tenía dos hijos. Ya no era una niña de 15 años y se sentía preparada para enfrentarse a Nassar y señalar con el dedo a todos los que le encubrieron. Porque precisamente esa es la cuestión: el fallo del sistema en cadena. Durante 30 años Larry Nassar campó a sus anchas en la USAG y la Universidad de Michigan y nadie protegió a las menores que le denunciaron. Las silenciaron, las presionaron, las convencieron de que habían malinterpretado al buen doctor, la eminencia, el tipo simpático y respetado por la comunidad, las obligaron a seguir viéndole.

La metodología de la crueldad

En ‘Gimnasta A’ se cuestionan además los métodos para conseguir el éxito. Los Karolyi, Bela y Martha, eran los artífices, los descubridores de Nadia Comaneci, la primera gimnasta en conseguir un 10 en los Juegos de Montreal en el 76. Cuando se afincaron en Estados Unidos fundaron un rancho en Texas donde organizaban campamentos una vez al mes. Las normas eran estrictas y las deportistas estaban aisladas, no podían recibir la visita de sus padres ni hablar con ellos por teléfono. El abuso emocional era constante y Nassar era el ángel de la guarda que las cuidaba, las trataba de sus lesiones y les daba chocolate a escondidas. Él era el único amable. Así se ganaba su confianza. Así abusaba de ellas.

“La metodología era la crueldad, podían ser tan crueles como quisieran”, afirma en el documental la exgimnasta Jennifer Sey, que remata: “La línea entre el entrenamiento duro y el abuso infantil se desdibuja”. Ellas eran niñas en un entorno hermético persiguiendo su sueño que ni siquiera tenían experiencia sexual. Maggie Nichols (la ‘A’), se sintió incómoda cuando Nassar le introdujo los dedos en la vagina y le preguntó a su compañera Aly Raisman (la que después sería capitana del equipo en los Juegos de Londres) si a ella también le había ocurrido. La respuesta fue que sí y que era normal. Nichols se lo contó a su entrenadora y presentó una denuncia. Ahí comenzó la rueda, el fallo en cadena. Se fueron pasando la pelota unos a otros y el objetivo principal fue encubrir al buen doctor, tapar el escándalo.

La gimnasta Simone Biles. (EFE)
La gimnasta Simone Biles. (EFE)

En 'Gimnasta A' se pueden ver también las reuniones en la redacción del periódico The Indianapolis Star, que publicó las pruebas del encubrimiento por parte de la Federación y del Comité, correos electrónicos en los que Nassar les preguntaba si debía decir que el motivo de su marcha era que estaba enfermo. La entrevista con Rachael Denhollander fue la clave y su denuncia propició que Nassar tuviera que ir a declarar a la comisaría. Hay imágenes también en las que él le suelta a la policía que le interroga: “Lo que no me cuadra es por qué no me dijeron que no estaban cómodas con el tratamiento”. Después negó que les introdujera los dedos en la vagina.

Esa fue su perdición porque cuando otras víctimas leyeron las declaraciones de Denhollander y las de Nassar, entendieron que a ellas también les había pasado lo mismo y decidieron dar un paso adelante; los periodistas del Indianapolis Star relatan en el reportaje de Netflix su sorpresa, su horror, cuando cada día aumentaban las llamadas, los correos de deportistas que también habían sufrido abusos.

El juicio al monstruo

Nassar fue detenido en septiembre del 2016 después de que la policía encontrara 37.000 imágenes en su casa de pornografía infantil. Ahí cesaron las voces contra Denhollander y las otras víctimas. De repente la comunidad que le consideraba un buen hombre, voluntario en la parroquia y en el instituto, un buen médico, que le conocía desde hacía años, a él y a su mujer, que dudaba del testimonio de las deportistas, entró en shock. ¿Cómo era posible?

Nassar era un manipulador, un agresor sexual en serie de manual: encantador, amable, extrovertido, que encontró el entorno ideal para actuar impunemente. Una piraña en una charca. Desde la denuncia de Maggie Nichols hasta que fue detenido en el 2016 había pasado un año en el que siguió abusando de menores en la Universidad de Michigan. La USAG no les advirtió, aunque en el centro educativo ya lo sabían también porque desde 1997 algunas niñas hablaron con los responsables sobre los tocamientos. No solo no las creyeron, sino que incluso las presionaron para que no denunciaran.

En el juicio en el Condado de Ingham donde fue condenado a 175 años por la jueza Rosemarie Aquilina testificó una adolescente de 15 años recién cumplidos, Emma Ann Miller, que cree que fue una de las últimas de las que abusó Nassar cuando tenía 13 años. ¿La última vez que la trató? En agosto de 2016, cuando se publicó la entrevista de Denhollander en 'The Indianapolis Star’. El tiempo era oro. Al principio del juicio sólo iban a testificar 88 víctimas, pero terminaron haciéndolo 156. Se dieron fuerzas unas a otras, se arroparon, se consolaron.

Rosemarie Aquilina, la jueza que decretó 175 años de presión para Nassar. (EFE)
Rosemarie Aquilina, la jueza que decretó 175 años de presión para Nassar. (EFE)

La última fue Rachael Denhollander. Y dijo: “Nadie quería escuchar y esto es lo que necesitamos aprender. Miren alrededor de la sala, recuerden lo que han presenciado estos días y que sirva de advertencia. Cuando los adultos con autoridad no responden ante las denuncias de abusos sexuales, cuando las instituciones alimentan una cultura de protección al agresor, esto es lo que pasa. Tenemos una sala llena de supervivientes heridas, mujeres y niñas marcadas de por vida y, a pesar de ello, unidas para luchar por sí mismas porque nadie más las apoyaba. Mujeres y niñas que ya no sienten vergüenza y culpan al único culpable: el agresor. Espero que las atrocidades relatadas durante los últimos siete días sirvan para que si alguien, alguna vez, no ha protegido a un niño, asuma la culpa y que entienda las negligencias que han propiciado lo sucedido y aprenda de sus errores. Que lo hagamos mejor la próxima vez, porque eso es lo que las supervivientes merecemos”.

Simone Biles, que justo antes de que empezara el juicio reveló que ella también había sufrido abusos por parte de Nassar, ha decidido no volver a callarse nunca más. Y no le basta con la sentencia al médico, sino que apunta al sistema, a la cultura de protección al agresor, al Comité Olímpico en última instancia. Porque lo sabían.

Juegos Olímpicos
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
8 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios