Las lecciones que deja Río: de la retirada de Bolt y Phelps a la organización a la brasileña

Iban a ser los Juegos del zika, de la inseguridad, del caos, del boicot de Rusia o del dopaje, pero, como siempre, terminaron siendo de las estrellas del deporte que se van y de las que están llegando

Foto: Bolt volvió a ser la cara del olimpismo con tres oros. (EFE)
Bolt volvió a ser la cara del olimpismo con tres oros. (EFE)

El departamento de 'marketing' del Comité Olímpico Internacional tiene cuatro años para estrujarse las meninges. No les vale la publicidad de Río porque los dos nombres sobre los que ha pivotado el olimpismo en la última década no aparecerán por la capital nipona, no al menos para competir. Brasil ha tenido la oportunidad de ver el último desempeño de dos titanes, Michael Phelps y Usain Bolt, que tienen buenos argumentos para reclamar el trono del mejor deportista de la historia. 

Estos fueron, una vez más, sus Juegos. Ya ninguno de los dos está en el nivel de antaño, pero en ambos casos su talento les ha dado para encontrarse entre los mejores del evento. No hubiesen ganado a su yo de Pekín, ocho años antes, cuando se dieron un festín de récords y medallas, pero sí a los que compiten con ellos. Eso es un tributo a sus carreras y, también, un mal síntoma para sus deportes, que desde el momento en que dejen de competir se encontrarán huérfanos de las mayores estrellas posibles, las que realmente atrapan al espectador, que es también de lo que se trata. 

Los dos representan también la evolución del deporte. Hoy, las carreras de los competidores duran más tiempo, no son solo cuestión de un par de Juegos Olímpicos, se pueden alargar más. Cuando Phelps ganó su primera medalla en estos Juegos, en el 4X100 libre, se convirtió en el primer nadador de más de 30 años en conseguir un oro en la gran prueba. El de Baltimore es un caso único, por supuesto, su talento ha estado por encima de todos los demás siempre, lo que le ha hecho terminar su periplo olímpico con 28 medallas, 23 de ellas de oro. Por poner en contexto, la siguiente persona con más medallas olímpicas se encuentra a 10 de distancia, es Larisa Latynina, una gimnasia soviética. Es también la segunda con más oros, nueve, aunque en ese caso con el mismo número de campeonatos que otros grandes como Paavo Nurmi, Mark Spitz, Carl Lewis y, cómo no, Usain Bolt.  

Bolt entró en estos Juegos convencido, al menos en su discurso, de que iba a batir el récord de los 200 metros. Las piernas no le dieron para eso, y de algún modo es lógico, las marcas que tiene el jamaicano están destinadas a sobrevivir en el tiempo, al resto de atletas les queda aún un buen trecho para acercarse a lo que llegó a verse del relámpago. No lo logró pero, a pesar de eso, fue probablemente el deportista que más conectó con las gradas del Estadio Enganhao. Es de otra pasta, el tipo de deportista que trasciende de todo lo visto y convierte el silencio en estruendo con su simple caminar. 

Sobre las gradas de Río, se podría hablar largo y tendido. En buena parte de la competición se llenaron de asientos vacíos, como si la ciudad no hubiese terminado de meterse en el evento. El problema no era ese sino los excesos económicos a que se suelen someter los boletos. El Comité Olímpico Internacional sabe que su opción de sacar réditos es solo cada cuatro años, y actúa en consecuencia, sin recordar que las entradas que menos dinero dan son las que no se venden. Esto, en un país como Brasil, es aún más sangrante, pues los precios altos lo son aún más para quienes tienen sueldos ínfimos. Si ya pasó eso en Londres, lo lógico era pensar que en Río la cosa no iba a mejorar.

Phelps y el relevo estadounidense dio las gracias a Río.
Phelps y el relevo estadounidense dio las gracias a Río.

Desastre organizativo

La organización de los Juegos no fue, ni mucho menos, la mejor, pero tampoco se esperaba la eficiencia británica, capaz de cubrir con dinero los errores más pequeños. Quedó el resultado por debajo de los miedos previos, que eran casi infinitos, pero probablemente por encima de lo que sería óptimo en un evento de esta envergadura. En el COI sabían bien lo que significaba elegir Río para estos Juegos Olímpicos. Era un gesto con Hispanoamérica, una manera de extender la marca a lugares donde no llegaba y de dejar un legado olímpico para una ciudad en pleno desarrollo. El riesgo tiene luces y sombras.

En estos Juegos Olímpicos han sucedido cosas que hubiesen sido impensables en cualquier otro lado. Hubo balas perdidas, autobuses de prensa atacados y una piscina verde que nadie parecía capaz de devolver a la normalidad. También una grada que, por momentos, se convertía en una pesadilla que haría retorcerse en su tumba al barón Pierre de Coubertin, el hombre que empezó esta locura. La sensación, a pesar de todo, es que el deporte puede con todo, lo cual no debería sorprender mucho, porque es costumbre. 

Siempre que llega un gran acontecimiento, ora Mundial de fútbol, ora Juegos Olímpicos, hay riadas de tinta previendo el desastre. Pero cuando empieza la competición, y a pesar de que esas cosas siguen de fondo, todo pasa a un segundo plano. Es preciso recordar que estos Juegos se hicieron en un país con un Gobierno interino porque el anterior está anegado de denuncias de corrupción, preso de la desigualdad e inmerso en una cantidad de crisis que son casi imposibles de desgranar una a una. Con unos ratios de violencia altísimos y la amenaza de un mosquito tropical, que se convirtió durante unos meses en el insecto más célebre del planeta. Pero nadie se acordó de eso cuando la llama fue prendida y empezaron a pasar cosas. Los Juegos, además, tienen un ritmo casi inhumano para quienes quieren seguirlos, un continuo de competición que dura 15 días y no deja un solo respiro. Por eso, cuando salieron a escena Ledecky, Biles o Phelps, el perfil informativo cambió. Los deportistas, además, parecen contentos. Solo hay que ver a los más grandes agradeciendo al pueblo brasileño el cariño mostrado.

Phelps, decíamos, volvió a ser la luz más llamativa, aunque junto a él se esbozaron los que en el futuro más cercano tienen que recoger la antorcha. La historia del de Baltimore, que coqueteó con la retirada y se dio a la vida disoluta, es una de superación y éxito. Un cuento ya narrado, con zonas de luz y de sombra. Los que vienen aún están por trazar su camino, aunque en algunos casos lo hacen desde gloriosos puntos de partida. Es el caso de Katie Ledecky, reina de la natación, que sale de la piscina de Río de Janeiro con cuatro oros, una plata y, sobre todo, la sensación de que con ella se está viendo algo especial. Es aún joven, determinada y un huracán en la piscina. También es cierto que en los Juegos hay tendencia a sobredimensionar las percepciones, la Ledecky de hoy es la Missy Franklin de cuatro años antes, y la otra americana no ha conseguido sobrevivir a su propia figura cuatro años después. 

Las jóvenes estrellas

El mismo perfil que marca Katie Ledecky es el que se ve en Simone Biles en la gimnasia. El tercer deporte del olimpismo, antaño dominado con mano férrea por deportistas de la Europa del Este, ahora tiene, en el campo femenino, genuino sabor americano. Ya se vio en Londres, pero la evolución de estos cuatro años hace pensar que en aquel país se están haciendo las cosas mejor que en ningún otro sitio. En el rancho de los Karolyi se ha gestado un equipo de leyenda y, especialmente, una gimnasta que hace lo nunca visto. Sus puntuaciones se disparan, sus propias compañeras de equipo han asumido que la plata es el límite, pues es ese el ámbito en el que se mueven los mortales. Biles es la más artística, la más elástica, la más potente, la que mejor aterriza después de las más difíciles cabriolas. La natación y el atletismo han conseguido alargar la edad de jubilación: está por ver hasta dónde podrán aguantar esas niñas que hoy impresionan al mundo. 

La importancia de estos deportistas, la capacidad de desviar la atención, es tal que ni siquiera una decisión deportiva de importancia máxima es capaz de incrustarse en la competición para colocar bruma en ella. Los días previos a los Juegos, esos que ahora están ya casi en el baúl del olvido, fueron monopolizados por la sanción a Rusia, la exclusión de muchos de sus deportistas. El COI, eso sí, se atrevió solo a medias, y solo en el atletismo y la halterofilia la ausencia de deportistas del país ha tenido importancia real. La IAAF, que tiene mucho pasado por purgar, tomó la bandera de la limpieza y decidió no transigir nada con el enorme país euroasiático. Presionaron en lo posible para que su visión se impusiese en el resto de deportes, pero no lo consiguieron. Rusia acaba los Juegos con 56 medallas, 19 de ellas de oro, en el mismo lugar (cuarto) que en Londres, aunque, eso sí, con bastante menos metal en sus cuellos. 

El dopaje, que es el centro de esa película, sigue siendo el principal problema del deporte mundial. Una vez apagada la llama de Maracaná (¿por qué Maracaná y no el Enganhao?), el medallero es definitivo, pero solo teóricamente, el tiempo hará que algunas de las preseas salten a ritmo de controles que están por venir y analizar. 

Hay, en eso, algún síntoma que invita a pensar que las cosas están cambiando. En la natación, Efimova tuvo que ver cómo sus rivales la despreciaban y la grada se mostraba hostil contra ella. Aunque la cuestión tiene más fondo para analizar, lo cierto es que en el pasado el dopaje no tenía consecuencias en el día a día. Si eso cambia, el deporte, por primera vez en mucho tiempo, irá ganando a la trampa. Aunque sea solo en una porción minúscula de la realidad. 

Volviendo al medallero, Estados Unidos sale de Río con una ventaja mayor de lo acostumbrado, consecuencia de la sanción de Rusia, de la caída de China, a la que ya se le ha pasado completamente el efecto de sus Juegos Olímpicos y la inversión aparejada a ellos. En ese sentido, sorprende el buen hacer del Reino Unido, que se puso como objetivo no perder poderío después de ser anfitrión y se van de Río con solo dos medallas menos de las obtenidas en su capital. La predominancia de Estados Unidos es, en buena medida, lógica. Es un país con potencial demográfico, mestizaje, un sistema deportivo envidiable y una capacidad para monetizar el deporte que hace que sea realmente rentable plantearse una vida en torno a él. 

Ya solo quedan cuatro años para que llegue Tokio y la rueda vuelva a andar. En este periodo, lo que es realmente la olimpiada, volverán a existir otros objetivos para los deportistas, metas intermedias hasta el objetivo final: el sueño olímpico. Allí estarán Biles, Ledecky y nombres que hoy no sabemos pero tendrán tiempo para sumarse. No estarán ni Phelps ni Bolt. Y eso sí que será un cambio, ellos han hecho de sus carreras algo tan reconocible en el olimpismo como los aros olímpicos. La transición siempre llega

Juegos Olímpicos
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