los de río son sus terceros y últimos juegos

La gesta de Carolina Rodríguez: a la final con 30 años emocionando al mundo

Es la gimnasta más veterana en participar en unos Juegos en su modalidad. Se retira de la rítmica consiguiendo meterse en la final individual por primera vez en su carrera

Foto: Carolina Rodriguez durante la prueba de cinta (Ruben Sprich/REUTERS)
Carolina Rodriguez durante la prueba de cinta (Ruben Sprich/REUTERS)

Hoy, Carolina, salvo monumental sorpresa, no estará en ninguna portada de tirada nacional, los informativos no abrirán con su imagen en Río y, sin embargo, consiguió una proeza. La suya es una de las actuaciones más memorables de la delegación española en los Juegos. De esas que no caducan con el paso de los años. No, no me refiero a la hazaña de la campeona olímpica Carolina Marín, sino a la de otra, Carolina Rodríguez (León, 1986), la gimnasta más veterana en participar en unos Juegos en su modalidad y que este viernes consiguió meterse en la final individual por primera vez en su carrera. Carolina logró lo impensable para muchos y de manera brillante, fue séptima. En su adiós, su retirada, compitió mejor que nunca y hubo especialmente un momento, en la segunda rotación, en la que lo imposible fue no emocionarse.

En pelota, uno de sus elementos preferidos junto a las mazas, sonó la preciosa voz de Diana Navarro en el pabellón y las primeras frases: “Imaginando que tú estuvieras. Aquí a mi lado, aquí a mi vera”. Carolina había escogido con mimo la canción porque quería dedicárselo, en sus últimos Juegos a su hermano Santi, que falleció en un accidente de tráfico. “Fue él quien me dijo que algún día sería olímpica”. Y mientras acariciaba la pelota seguía la música suave y la voz: “Imaginando, que tú estuvieras aquí a mi lado, aquí a mi vera. Imaginando, que yo estuviera a tu lado, si tú quisieras”. Cuando llegó a esperar la nota de los jueces al lado de Ruth Fernández, su entrenadora desde que tiene siete años, esta se abanicaba nerviosa el rostro intentando desesperadamente no echarse a llorar. Y lo logró, tiene su mérito.

Lo de Carolina y Ruth fue un flechazo, amor a primera vista. Carolina tenía siete años y acompañó a su hermana Loli que era 'cheerleader' del equipo de baloncesto en León. En una esquina una gimnasta se entrenaba. Era Sandra Castillo, entonces campeona de Castilla y León. Carolina, con desparpajo, soltó que eso lo sabía hacer ella. Y Ruth, la entrenadora, le invitó a demostrárselo. “Y en cuanto la vi lo supe, tenía algo especial. Era un diamante en bruto”. La expresividad de la niña era inusual. Y tenía un por qué: “Mis padres, Tomás y Pilar, son sordomudos. Ella se dio cuenta de que adornaba mucho los gestos y buscó aumentar mi potencial ahí. Había gimnastas que eran muy buenas técnicamente, que tenían tipo, muy flexibles, pero cuando yo hacía un rodamiento de pelota lo adornaba un poco más. Ruth supo que yo podía contar una historia con mi cuerpo. Me ponía delante del espejo y me decía: tienes que sentir que te da pena. Y entonces fruncía el ceño, cosas así. Para mí era relativamente fácil, yo ya hablaba con las manos”.

Carolina Rodriguez en los Juegos de Río (Mike Blake/REUTERS)
Carolina Rodriguez en los Juegos de Río (Mike Blake/REUTERS)

Con 10 años se proclamó campeona de España y recuerda ver sus primeros Juegos, los de Atlanta, en los que España en conjunto se proclamó campeona olímpica. Y el deseo, furioso, expresado en voz alta: “Yo voy a ser como ellas”. A los 12 ya la convocó por primera vez la selección júnior y el sueño creció hasta que llegó el momento de marcharse a vivir a Madrid, dejar a Ruth y a su familia. Fue doloroso porque era difícil comunicarse con sus padres, ya que por entonces no existían las vídeoconferencias. Un año antes de los Juegos de Atenas, en septiembre del 2003 el horror: Santi sufrió un accidente de tráfico y murió: “Sucedió diez días antes del campeonato del mundo clasificatorio. Y fue horrible, horrible. Yo no sabía qué hacer, si quedarme con mis padres o irme. Anímicamente estaba destrozada, pero entonces me acordé de que él siempre me decía que yo llegaría a ser olímpica. Fui e hice lo que pude”. Con el equipo en Atenas, en su primera participación en unos Juegos con 18 años fue séptima.

Ruth la sacó del pozo

Con 20 años, en mitad del curso escolar y después de ocho en el equipo nacional le comunicaron que no contaban con ella y el mundo se le vino encima: “Me dijeron que no cumplía con los objetivos y que me reemplazaban por otra gimnasta. Todas mis amistades, mi vida, incluso los estudios estaban allá. Decidí abandonar la gimnasia, volví a León y no quería ni salir de casa hasta que mi madre me empujó: ‘Tienes que hacer algo, no te puedes quedar cerrada aquí, vete al gimnasio, haz nuevos amigos”. Y poco a poco, Carolina se dejó caer de nuevo en el Club Ritmo, el gimnasio de Ruth, que la acogió con todo el cariño y la sacó del pozo, “Prepárate un aparato por lo menos para el campeonato de España, no te vayas así de la gimnasia con ese mal sabor de boca”, la convenció.

Un año más tarde volvieron a llamarla de la selección, pero se negó en redondo a acudir: “Tenía clarísimo que yo no volvía a irme lejos de mi familia para llevarme disgustos. Yo me quedo en León entrenando y si consigo los resultados bien, y si no fuera. Y mira, a partir de ahí es cuando conseguí los mejores”. Con sus padres, con su hermana Loli, con Ruth en el Club Ritmo. En casa. No estaba dispuesta a volver a hacer ‘cualquier cosa’ por ganar. No era una máquina.

Clasificarse para sus segundos Juegos, los de Londres, fue una proeza. Tenía roto el ligamento lateral externo del tobillo derecho y seguía compitiendo. Ella recuerda como en un europeo Ruth la tuvo que sacar del aeropuerto metida en el carrito de las maletas porque no podía ni andar. Su primera opción para clasificarse era en el campeonato Mundial de Montpellier, pero no lo consiguió. Se le fue el aro, se desconcertó por completo y no fue capaz de reaccionar; falló. Solo le quedaba una oportunidad: el preolímpico en Londres, 24 gimnastas y solo cinco plazas. La presión era máxima, pero lo consiguió.

La última oportunidad...o no

Solo el hecho de poder acudir a los Juegos de Londres era un regalo dadas las circunstancias. Carolina quedó decimocuarta y al mes de regresar a España se operó: “Yo pensaba que era el final, no sabía cómo iba a quedar porque me pronosticaron seis meses de baja y tenía 26 años, que son muchísimos para una gimnasta, pero en cuanto me empecé a recuperar noté que me sentía bien y fui poco a poco, a ver qué pasaba. La idea era, si me encuentro en forma ¿por qué no continuar un año más?”.

El pasado mes de septiembre, a los 29 años, una edad prácticamente prohibida para una gimnasta, se presentó en el Mundial de Stuttgart dispuesta a sacar el billete para Río. Y logró quedar novena, ¡el mejor puesto de su carrera!: “Fue un momento de tensión horrible. El primer día de competición me levanté y no podía dejar de llorar. Me daba cuenta de lo que me estaba jugando. Llamé a Ruth y me tranquilizó, templé los nervios y logré el Mundial de mi vida. Cuando vi que era novena, pegué un grito... Es que no era el trabajo de cuatro años, sino de toda una vida”.

Y así, con 30 años, compitiendo ante chicas de 17, 20 o como mucho 25, Carolina se jugó este viernes el pase a la final. “Me toca disfrutar de este momento después de todo lo que ha pasado. Soy una privilegiada y podré decir que me retiraré en el momento óptimo, en el mejor de mi carrera, ojalá pueda meterme en la final porque eso ya sería la bomba”, decía tres meses antes de viajar a Río. Pues ahí lo tiene, la bomba. Está en la final de esta noche. Sus padres, Tomás y Pilar, que llegan a "sentir" la música mirando los movimientos de Carolina, vieron la gesta de su hija pequeña desde su casa de León. Ella, sentada junto a Ruth, que no paraba de abanicarse para evitar las lágrimas, empleó el lenguaje de signos para comunicarse con ellos. Sí. Lo ha conseguido.

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