Gatlin fue segundo y de grasse, tercero

Usain Bolt gana el oro olímpico en 100 metros en una noche en la que fue humano

El velocista consiguió su tercer oro olímpico consecutivo en la prueba de los 100 metros. Su marca, 9.81, es excelente para cualquier atleta y solo normal para él, que es el más grande de siempre

Usain Bolt fue humano, pero como humano también es el mejor. Fue campeón olímpico de nuevo, por tercera vez en los 100 metros, y demostró la superioridad absoluta que se espera del coloso. El atleta más majestuoso de la tierra hizo 9.81, una marca buenísima para la gente normal y solo correcta para quien ha sido el más rápido velocista que se ha visto. El jamaicano, que dice que en Río quiere bajar de nuevo el récord de 200, se quedó algo lejos de sus mejores tiempos y, a pesar de todo, le fue más que suficiente para recordarle al mundo que no conocen uno mejor que él. 

Bolt, además de la velocidad, tiene el carisma. Cuando entra en escena y empieza a gesticular la gente se derrite. No se puede gritar más de lo que lo hizo el Estadio Olímpico cuando vio al ídolo. Es un atleta sin fronteras, el más admirado, el reverenciado. Todo el público está atento de él, no necesita siquiera que las cámaras le enfoquen para reaccionar. El aficionado le busca y deja de lado al resto de competidores. Primero Bolt, luego Bolt y finalmente Bolt

Del mismo modo que a Bolt se le jalea, a Justin Gatlin se le pita. Por sus diversos positivos, quizá, aunque muchos otros también estuvieron fuera de competición por tramposos y los parroquianos no recuerdan su pasado turbio. Lo más probable es que los aficionados silben porque, cuando aparece Gatlin, lo que ven en realidad es a un villano de película. Todo héroe necesita un contrario, el adversario que le pone las cosas difíciles y hace la historia más interesante. Se ha intentado en diversas ocasiones con Gatlin, también con otros como Gay, pero nunca se encontró un rival a su altura. Es que Bolt es más que el resto, y por más que se intente dar una vuelta a ese concepto la realidad es que se pueden soñar rivales, pero no encontrarlos. Una tarde mala del jamaicano sigue siendo una lección de vértigo. 

La salida de Usain en la final de 100 fue algo mejor de lo que acostumbra. El jamaicano mide 1,94, y mover ese corpachón, ponerlo a rodar, es más complicado que con una carcasa de menor tamaño. Eso hace que le cueste más levantarse y que, por lo tanto, parezca que su inicio siempre es malo. Lo que pierde en ese momento lo recupera con creces en las siguientes fases de la carrera. Eso lo hace todavía más emocionante. Bolt siempre parece estar remontando.

Hay un instante en toda carrera del jamaicano, incluso en las que impresionan algo menos, como fue el caso de la de Río, en el que llega la fantasía. Han pasado algo más de diez metros y el velocista ya está completamente incorporado. Ahí empieza una aceleración a tope, con una frecuencia de zancada rapidísima para esas larguísimas piernas que tiene. Es el momento en el que parece que se está moviendo con facilidad pero, en realidad, está sometiendo a su cuerpo a las leyes de la física. Se mueve más rápido de lo que es imaginable. 

 

La velocidad mantenida

La clave está en la velocidad punta, pero más aún en la manera de mantener ese ritmo. Los sprinters, una vez llegado cierto punto de la carrera, ya no son capaces de acelerar. Las piernas han dado todo lo que podían dar y ya solo se espera perder lo menos posible en lo que les falta de recorrido. Eso a otros les pasa en el metro 50 o 60, pero Bolt es capaz de correr unos cuantos más sin el limitador puesto. Es ese momento en el que el mundo más se asombra, cuando ve que el resto se empieza a crispar y él, como si no costase, se mantiene volando raso sobre el tartán. 

Con Bolt siempre queda la sensación de que ha terminado regulando. También en la final olímpica. Ese 9.81, esa marca buena pero no sobrehumana, podría haber sido más baja si alguno de sus rivales hubiese tenido el día. Porque Bolt hubiese ganado en cualquier caso, eso no se duda. Lo normal es pensar que si Gatlin hubiese hecho un marcón solo le hubiese servido para, como le ha ocurrido también en Río de Janeiro, ser segundo. El primer puesto tiene una valla en la puerta con un cartel en el que pone "prohibido". No hay más gloria que la plata si en la carrera está el más grande. 

Cuando cruza la meta, Bolt mira a su izquierda. Un vistazo al marcador, aunque él bien sabe que el crono esta vez no es fascinante. También tiene claro que es de nuevo campeón olímpico, él no baraja una opción que no sea el oro. Cuando ya ha comprobado esas dos formalidades vuelve el show. Las sonrisas, el arquero. Esa bandera de Jamaica que cae desde la grada para que de la vuelta. Todo este proceso, desde que se clava en los tacos hasta que empieza a girar alrededor del estadio, dura menos de 20 segundos. Instantes en la vida de un ser humano, la nada para un día y, sin embargo, un tiempo de enorme significado. La grada, que se ha desgañitado desde que le ha visto salir por la puerta del vestuario, que le ha coreado hasta que se ha puesto en la línea de salida. La que ha estallado en el momento en el que ha sonado la pistola y ha quedado satisfecha porque, al final, ha pasado lo que estaba en el guión: el campeón es el de siempre. La gente se siente cómoda sabiendo que el mundo sigue moviéndose en la misma dirección de siempre. 

Estuvo diez minutos dando la vuelta al estadio, más de lo que le dejarían a cualquier otro. A nadie, ni por un segundo, se le ocurriría dejar de mirar en ese rato, mucho más largo de la carrera, en el que el ídolo solo camina y agita las manos para agradecer el apoyo de los que allí están presentes, esos afortunados que han podido ver la última carrera de 100 metros olímpica del hombre que demostró que nada era imposible. 

El récord de 400

Bolt es la gran estrella, el atleta al que todos quieren fotografiar, pero en la jornada de Río de Janeiro, por una vez, no fue el mejor. Nadie se le acercó en el 100, pero cuando empezó a correr ya se había dado la pista carioca un momento para la historia. Llegó en el 400, con un récord que nadie esperaba, de un atleta bueno pero con pasado limitado. Un sudafricano llamado Wayde van Niekerk voló hasta dejar en el pasado una marca de Michael Johnson. Ni más ni menos. Ya no tiene más plusmarcas el estadounidense, pues su otra joya, el 200, se lo batió Bolt ya hace unos cuantos años.

Se esperaba una carrera rápida porque había galgos, peor nadie tenía en los cálculos que Van Niekerk fuese a reventar el cronómetro. El sudafricano, que fue campeón del mundo en Pekín hace un año, no es el típico atleta musculoso, todo lo contrario. Ni especialmente alto. Su zancada, eso sí, es poderosa. Corría en la calle ocho y nadie pudo acercársele. Ni el gran Kirani James ni LaShawn Merritt. Desde el primer metro fue acelerando, con el motor en marcha hasta detener el tiempo en un 43.03 que no parecía posible. 15 centésimas menos que el récord vigente de Johnson. 

La marca anterior databa de 1999. Fue lograda  en Sevilla, en una tarde de calor, como suelen serlo en el estío en la capital de hispalense y en el contexto de un campeonato del mundo, pues Johnson, como Bolt, como Van Niekerk, como los grandes, no dejaba su mejor versión para los mítines que dan más dinero, sino para los días en los que todo el mundo estaba atento a lo que pasaba en el atletismo.

Johnson corría de una manera heterodoxa, con el cuerpo echado para atrás, casi como un pato. Un pato, eso sí, de zancada poderosa y, sobre todo, de frecuencia excepcional. Era muy efectivo y siempre se pensó que podía bajar de 43 segundos, que su cuerpo daba para más de lo que se veía. Nunca lo llegó a hacer, dejó una marca sensacional que ahora se ha esfumado. Van Niekerk parece más normal, tiene un correr más académico, pero engaña. No parece ir tan rápido como realmente va. 

La prueba de los 400 metros es una de las más duras del atletismo, si no la más. Los deportistas que en ella corren llegan a la meta con los músculos retorcidos de dolor y el ácido láctico disparado. Los 100 y los 200 son la velocidad, los 400 son la resistencia de esa velocidad, decirle a las piernas que no solo tienen que ir rápido sino que, además, tienen que mantenerse rápidas, sin bajar un segundo el ritmo, durante una vuelta completa al estadio. Eso es lo que Van Niekerk hizo, robándole algo de protagonismo a Bolt y planteando una duda para el resto del mundo: ¿cuándo se bajará de 43 segundos?

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