En Londres, por primera vez, se quedó sin medalla

Garbiñe Muguruza, la abanderada del tenis español en Río ante la baja forma de Nadal

El tenis español depende tanto en su presente como en el futuro del juego de la hispanovenezolana. Después de los problemas de 2012 el equipo quiere recuperar la senda de la victoria

Foto: Garbiñe Muguruza celebra una victoria (Reuters)
Garbiñe Muguruza celebra una victoria (Reuters)

Garbiñe Muguruza es joven y eso, en los Juegos Olímpicos, es un valor en sí mismo. Los jugadores de tenis tienen un importante tute de viajes partidos y torneos, pero rara vez se enfrentan a calendarios tan exigentes como los que verán en Río de Janeiro. Los buenos de verdad, y la española lo es, descartan los dobles, no digamos ya los dobles mixtos, de su menú habitual. Pero cada cuatro años, sabiendo además que las opciones olímpicas son fugaces, se arremangan y entran en unas rutinas asfixiantes. 

En eso ser joven es clave. Porque los músculos, con menos kilometraje, se asientan con más facilidad y necesitan menos descanso. La adrenalina está en puntos más altos que cuando ya se ha visto y jugado mucho. Nadal, ya todo un veterano, no puede afrontar la gran cita con la misma postura que su compañera de dobles mixtos. Hasta el último momento ha estado sopesando quitar alguna de las pruebas, pero por unos motivos u otros ha terminado aceptando el reto completo. Quizá no llegue a Tokio, y en todos los cuadros él, que es una estrella, tiene opciones de agrandar su leyenda. Aunque el tiempo no pasa en balde. Nadal llevará la bandera de la delegación española, pero en tenis el emblema, en esta ocasión, será su compañera en el mixto. 

Garbiñe y Rafa, Nadal y Muguruza, son las puntas de lanza del equipo español de tenis. Se encuentra entre los deportes predilectos del equipo nacional, una de las pruebas descontadas para conseguir medalla. Al menos así lo fue hasta hace cuatro años, pues la Armada había conseguido en todos los Juegos desde el 1988 al 2008 al menos una presea. La racha se truncó en Londres y eso, ahora, hace que la responsabilidad sea mayor. 

Una serie de catastrofes hizo que España no encontrase un solo podio en los últimos Juegos. La primera de ellas fue la salida del cuadro de Nadal, a quien una lesión quitó la bandera del desfile inaugural e impidió competir contra los mejores en un momento en el que él era parte de los mejores. También dolió lo ocurrido en el doble masculino, donde Ferrer y Feliciano vieron como se les escapaba una final que tuvieron a un punto de alcanzar. Después, en la lucha por el bronce, les pudo el cansancio y la pesadumbre de no haber logrado estar en el gran partido. 

El doble mixto que nunca fue

Más extraño aún fue el caso del doble mixto. España no logró siquiera tener un equipo en el cuadro, a pesar de ser uno de los muy pocos países que había logrado representación plena tanto en la competición masculina, como en la femenina y en la de dobles. No se entró por puestos, pero en la federación se esperaba un gesto de la ITF, una de las tres plazas de regalo de la organización. Se planteaba que fuesen magnánimos por la baja de Nadal, que reconociesen un tenis que, en ese momento, era el mejor del mundo con bastante diferencia, la última Copa Davis que habían ganado meses antes... nada.

Las excusas de la federación internacional fueron pocas, las elecciones son regaladas y los presentes no necesitan argumentos. Entró Rusia, por grande y fuerte. Australia, porque llevaba dos jugadores carismáticos (Stosur y Hewitt). Reino Unido, por locales. También Suecia, con un planteamiento más peregrino aún. El país escandinavo solo manda representación de jugadores que aspiren a conseguir diploma, y en el lado femenino no había nadie. Con la inclusión del doble femenino se conseguía también que Arvidsson se apuntase al cuadro femenino. Los suecos no ponían pegas, veían posible el diploma que, en un cuadro de 16, se consigue con solo ganar un partido. Tampoco lo lograron, pero les valía con la ilusión de que pudiese existir. 

El caso es que España se quedó sin metal y eso, ahora, acrecienta la presión sobre los tenistas españoles. De algún modo tienen que demostrar que siguen siendo la vanguardia del deporte nacional, que ellos aportan al equipo tanto como la vela, por poner el ejemplo del otro deporte en el que España está realmente en la élite mundial. Los tenistas no lo pensarán mucho, pero entre los mandos habrá cierta inquietud, dos ciclos seguidos sin éxitos serían un problema, más aún cuando el presente no es tan halagüeño como llegó a ser y el futuro es menos claro de lo que gustaría. 

El hambre de Garbiñe

El antídoto de todo eso, del presente y del futuro, es la misma persona. España consiguió que Garbiñe Muguruza optase por competir bajo bandera rojigualda, una inversión que ya arroja resultados. Su Roland Garros fue un triunfo para el tenis nacional, un logro importante pues, con Nadal dando tumbos, el potencial real para ganar grandes se achica. Es cierto que la jugadora, que aún es joven, no termina de asentar del todo su tenis. Que lo mismo hace una obra de arte que un borrón entre llantos. Pero también hay algo de normal en eso, en la historia del tenis, del deporte en general, son más los que suben y bajan que los que se mantienen toda su carrera en la suma excelencia. Por más que, vistos los últimos años, esto pueda parecer la norma. 

La preparación para estos Juegos de Muguruza ha sido algo extraña. Ganó con honores en París y, desde entonces, ha competido muy poco. Jugó y perdió un partido en Mallorca, un torneo que tenía comprometido pero en el que acudió más por imagen y celebración que pensando en la temporada. Lo notó en Wimbledon, cuando perdió un partido de segunda ronda contra una rival menor. Ahora, en Canadá, no ha estado alegando gastroenteritis. Estas últimas semanas ha estado en Miami, entrenandose pensando en Río. Así lo ha contado en su twitter, su instagram y su aplicación. Dice estar muy ilusionada con la cita y eso, en su caso, es importnate. 

Porque el problema de Garbiñe no está en verse superada por los acontecimientos sino en todo lo contrario, en no ser capaz de valorar lo que se está jugando. A lo largo de su aún corta carrera ha tenido más problemas para afrontar partidos contra rivales menores que cuando se enfrentaba a las reinas del circuito. La falta de hambre es el rival principal, ese que la amordaza y empequeñece. Ese rival, el que le impide la regularidad, es el que no tiene que aparecer en Río. Si lo hace, las posibilidades de que el tenis español vuelva a ser el que fue se reducen considerablemente.

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