el de barrika falló estrepitosamente

Jon Rahm pierde los nervios: todavía no ha aprendido a jugar en grande

Jon Rahm no fue capaz de pasar el corte en el Open Británico. Tres hoyos aciagos consecutivos le hicieron desplomarse en la clasificación. Se tiene que replantear su juego en los 'major'

Foto: Jon Rahm , en Carnoustie. (EFE)
Jon Rahm , en Carnoustie. (EFE)

Lucía el sol en Carnoustie, pero a Jon Rahm se le hizo de noche. Tres hoyos seguidos, el siete, el ocho y el nueve, para tirar a la basura todo el trabajo previo en este torneo. La sangre caliente del de Barrika, a veces gran aliada, se confabuló esta vez para quitarle cualquier opción de ganar. Y ya no remontó, solo empeoró más hasta quedarse fuera del corte. No, tampoco será esta vez, el grande de Rahm tendrá que seguir esperando.

La explosión fue brutal, casi como si una central nuclear hubiese saltado por los aires. Triple 'bogey', 'bogey' y doble 'bogey', seis sobre el par en tres los hoyos, suficiente para mandarle muy lejos de cualquier posibilidad. Y eso que iba bien, o más o menos bien, porque desde el principio se vio que no estaba todo lo fino que podía. Se iba agarrando al terreno, más o menos, hasta que el castillo de naipes se derrumbó.

No, hacer un triple-bogey no es normal en un golfista de su talento. Sin embargo, a Rahm le pasa más a menudo de lo que debería. Le sucedió en Irlanda, también en Francia, y es más síntoma que casualidad. Porque cuando Rahm se atasca no es muy capaz de serenarse y recuperar. Un mal golpe duele siempre, pero las heridas que salen en el juego del vasco son mayores que las de sus compañeros.

Tiene todo el juego posible, le pega fortísimo, es capaz de aproximarse al hoyo con precisión y talento y no es malo con el 'putt'. Es, por lo general, un buen competidor, pero le será complicado encontrar su mejor versión en un grande si no es capaz de parar esas reacciones excesivas. Cuando falle, que fallará, porque está en la condición humana, no puede dejar que su juego se deshilache permanentemente. Un 'putt' de dos o tres metros, algo que convertiría casi sin pensarlo en un entrenamiento, se convierte en un enigma que el vasco ya no consigue interpretar.

Es paradigmático el segundo hoyo de los tres errados. La tira al 'bunker' de primeras y, con bastante mala suerte, la pelota queda muy clavada en la arena, casi cubierta. El siguiente golpe, el difícil, es muy bueno, coge vuelo, despega la arena de su alrededor y lo logra meter en el 'green'. Lo más complicado estaba ya hecho, quedaba solo embocar, serenarse, un tiro recto y seguro. No es tan sencillo, claro, porque el césped siempre tiene ondulaciones y no ayuda, pero en esas condiciones se convierte en una losa que no se puede franquear. Golpe a golpe, Jon se hunde.

La mala reputación

Hay otro punto que el golf difícilmente le va a perdonar a Rahm, y es que su reacción en estos momentos no es solo perder la mira y los golpes, también es perder los nervios. Tirar el palo al suelo con virulencia, como hizo en el segundo hoyo de su tríptico del terror, no es aceptable en el deporte en general y en el golf, tan lleno de códigos y sobreentendidos, en particular. Se puede tratar de amortiguar, hablar de la sangre caliente y de su juventud, cuestiones ciertas que explican algo la situación pero no la justifican. Rebajar su mal carácter le ayudará como jugador pero, por encima de todo, le hará coger la senda que recorre la deportividad.

La ansiedad es evidente y tan vieja como la condición humana. Jon Rahm sabe que tiene el juego para ganar un grande, pero cuando llegan los 'major' las rodillas tiemblan y la responsabilidad le pesa en exceso. Hay una nube encima de su cabeza que no le deja pensar con normalidad ni desplegar el talento que se le supone. La pasada temporada solamente se quedó fuera del corte en tres torneos de los 30 que jugó. Entre ellos, el US Open. Esta temporada no ha llegado al fin de semana dos veces, en este British Open y en el US Open de hace un mes.

Toda la facilidad que tiene para poner la directa en los torneos del circuito, donde termina casi siempre entre los diez primeros, desaparece en los días en los que todo el mundo del deporte mira al campo de golf. El problema, cada vez más evidente, está en la psicología, necesita desdramatizar las grandes ocasiones, pensar que la jarra de clarete que convierte a un golfista en campeón del Open es solo un torneo más. 18 hoyos, cuatro días, los mismos palos... todo es lo mismo y así tiene que asimilarlo. Ni siquiera los campos son necesariamente más difíciles, el juego es el mismo en el que él es una estrella. Pero no lo ve.

Con solo 23 años, es muy destacable lo que ya ha conseguido, pero para ser lo que él sueña, alguien que se recuerde con el paso del tiempo, necesitará dar ese salto en su carrera. El juego lo tiene, la mañana se levantaba, después de un prometedor inicio, con dos favoritos para ganar este British Open: McIlroy y Rahm. Ellos dos, por encima de su competencia, estaban señalados con las cuotas más bajas de los apostadores. McIlroy jugó con el campo y se mantiene en la pomada, con las posibilidades intactas para vencer este torneo. Rahm se despeñó.

El resto de los españoles ni siquiera esperaron al segundo día, ellos ya se quedaron sin opciones en la primera jornada. García hizo el par del cuatro, pero ya no tenía opciones y Rafa Cabrera, con uno bajo par en el día, al menos podrá jugar lo que queda que torneo. Sin opciones reales de hacer nada importante

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