Golf - Masters de Augusta: Jon Rahm sabe jugar el día clave, aunque en Augusta se quedase corto
quedó por detrás de reed, fowler y spieth

Jon Rahm sabe jugar el día clave, aunque en Augusta se quedase corto

El jugador español Jon Rahm quedó cuarto, su primer 'top 10' en su carrera. Un fallo en el hoyo 15 lo alejó de una victoria en la que soñó, pero terminó quedándose en manos de Patrick Reed

Foto: Jon Rahm mira uno de sus golpes. (Reuters)
Jon Rahm mira uno de sus golpes. (Reuters)

Jon Rahm en algún momento ganará un grande. En sus manos hay el juego necesario para ser uno de los mejores golfistas del mundo durante las próximas décadas, y si quedaba alguna duda así lo demostró en este Masters de Augusta de 2018, su primera vez, la primera vez que de verdad está en la brecha en un 'major'. No lo consiguió, falló por poco, se quedó en un meritorio cuarto puesto con -11, por detrás del campeón Patrick Reed, Rickie Fowler y Jordan Spieth. El objetivo estaba ya cumplido en todo caso, pues la idea del español era encontrarse por primera vez en la situación de poder aspirar a lo más grande. Y en esas estuvo. Un poco más: de hecho, ahora sabe que tiene juego para ganar y que también puede tener calma para hacerlo. Eso, por encima de todo, era la duda.

Porque el Rahm que conocíamos no había tenido estas sensaciones, siempre parecía nervioso en exceso cuando llegaba la gran oportunidad. A pesar de no ganar, el primer 'top 10' de su carrera en un torneo de esta envergadura es un salto adelante. Uno más en un golfista que no tiene aún 24 años, lo que le convierte casi en un niño en términos de este deporte. Jon es de maduración pronta y juego exuberante. El jueves jugó muy mal, hizo tres por encima del par y todo apuntaba a que, de nuevo, no iba a ser esta la suya. Pero él mismo, sabedor de que es en la gran escena donde hay que dar el do de pecho, cambió la dinámica el resto de los días para lograr resultados mucho más meritorios y meterse en la pelea.

¿Por qué no ganó Rahm? En el golf, un mundo de detalles, no hay una sola explicación, aunque sí se pueden encontrar algunos agujeros por los que mirar los puntos que se debieron cambiar. El más evidente, porque fue el certificado final, la derrota —dulce, pero derrota— en el hoyo 15 de este último día. Era uno de los mejores hoyos de su repertorio, un par 5 no excesivamente largo que controlaba con gracejo con su extrema potencia. El segundo golpe parecía bueno, muy bueno, apuntaba al 'green' y a sacarle un poquito más al campo. Pero no, se fue hacia atrás y terminó nadando en la ría.

Hizo el golpe que tenía que hacer, pues en ese momento para optar de verdad a la victoria necesitaba un golpe de mano. Tenía que ser agresivo e ir a por el 'birdie', si no el 'eagle'. Llegaba bien de ánimos, después de dos 'birdies' seguidos, pero en ese punto, por poco más de un metro, se quedó corto. En ocasiones, quedarse un poco ligero de fuerza no supone nada en absoluto, simplemente quedarse con una opción algo peor pero aún válida. No era el caso, en absoluto: en su caso, se marchó al agua con mala suerte y eso le gravó para lo que quedaba.

Le faltó algo de fuerza

Es la suerte un componente necesario, porque en una vicisitud similar Patrick Reed, finalmente campeón, se encontró cómo su bola se clavaba en la hierba sin llegar a caer al agua. Y eso ya sí que no es controlable, porque es un juego de milímetros y es imposible relatar lo que hubiese supuesto cualquier cambio. Por ejemplo, si hubiese estado ligeramente más blando el 'green', es posible que hubiese atrapado la bola. Es un lamento que no merece la pena, ese fue el punto final, pero no el único motivo.

Rahm jugó toda la jornada del domingo a un nivel altísimo, pero falló algunos 'putts' que le pudieron acercar más aún a la chaqueta verde. Fallar igual es excesivo como término, porque ninguno de ellos fue un escándalo por su error. Eran golpes que podían entrar igual que no, que tiró con buena dirección y que dejó rondando el hoyo. En tres ocasiones le hubiese valido con un poquito más de fuerza para embocar, recortar distancia al campo y meterse todavía más en una lucha que le fue propia.

Todo esto hablando del último día, porque es evidente que el mayor error de todos estuvo en el jueves. Esa tarde no estuvo atinado, sin más. Se perdió en un campo, el Augusta National, que es ingrato con el fallo. Y eso le ha penado para lo que quedó de semana. Desde que se hizo profesional, se apuntó que este es un campo que le puede ir bien, tiene los golpes suficientes, especialmente para aproximarse a los 'greenes'. Dejó claro el viernes, el sábado y el domingo que puede mirar a la cara a los mejores a pesar de tener mucha menos experiencia que ellos. Aunque hay unos cuantos golfistas que luego no lo lograron, lo lógico es pensar que a Rahm algún día le llegará el turno. Su golf es extraordinario.

Patrick Reed, campeón en el Masters de Augusta. (Reuters)
Patrick Reed, campeón en el Masters de Augusta. (Reuters)

El muy regular Reed, chaqueta verde

Como lo es el de Patrick Reed, el campeón, la chaqueta verde, el sucesor de Sergio García. Su mayor éxito, no fallar ninguno de los dos días. Todos los que le persiguieron estaban lastrados por un día malo, sobre par. Él no, entendió al campo desde el principio y fue sacando tarjetas notables todas las noches, hasta quedarse con -15 en el total. El texano no es el jugador más atractivo, no suena tanto como Spieth, McIlroy o Fowler, que en un momento u otro parecieron acecharle, pero se mantuvo firme en todo momento, agarrándose a unas opciones que acabaron siendo las buenas.

Lo mejor de su juego está en la cabeza. En tres ocasiones falló, hizo un 'bogey' y nunca tardó más de dos hoyos en rectificarse. Estuvo muy lejos de desfallecer, al contrario, cuando los mejores del mundo le apuntaban con sus rifles él sacaba pecho y dureza para mantenerse firme. Segundo fue Fowler, que va camino de ser el Sergio García de la modernidad. Es muy bueno, pero no gana los grandes. Ha sido segundo en el Masters, segundo en el US Open, segundo en el British y tercero en la PGA. Cuando alguien tiene esas posiciones en su carrera, no se duda de su potencial para llevarse el gato al agua, pero sí de su capacidad para lograrlo.

Un apunte más sobre dos jugadores tremendos que también lo rondaron. Jordan Spieth, que con 24 años tiene tres 'majors' en su carrera, demostró una vez más que su juego es sobresaliente. Puede ser un pedazo importante de la historia de este deporte, y así lo demostraron sus nueve 'birdies' en la ronda final, solo manchados por un 'bogey' en el último que le quitó todas las opciones que pudo tener. Hubo ratos en la tarde de Augusta que parecía inevitable lo suyo, que Spieth iba camino de hacer la mayor remontada de siempre en el torneo georgiano y que iba a dejar a los demás aspirantes a la altura del betún. No fue para tanto, pero igualmente asombró su capacidad para encadenar golpazos todo el recorrido.

El apunte negativo es Rory McIlroy, que hizo un buen torneo y una muy mala ronda final. Después de hacer 65 el sábado, se fue a 74 el domingo. Entraba segundo en la clasificación y eso le daba buenos números. Él, que es un ganador, aspiraba a cerrar todos los 'majors'. En una entrevista en el 'Guardian' de esta semana decía que no le obsesiona la chaqueta verde, que si viene bien y si no, pues nada. Le han dicho toda la vida que ese campo parece diseñado para su éxito, pero se le resiste. Esta vez tampoco fue la suya. El heredero de Sergio García se llama Patrick Reed.

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