Más de tres años sin jugar

Zapater, el capitán coraje que volvió a Zaragoza tras vivir un infierno en Rusia

El hijo pródigo regresó a La Romareda convencido de que no había ningún sitio como la casa propia para recuperar las sensaciones perdidas tras una dolorosa experiencia vital

Foto: Alberto Zapater, ante el Estadio Lokomotiv (FOTOS: David Ruiz).
Alberto Zapater, ante el Estadio Lokomotiv (FOTOS: David Ruiz).

“Lo que más ilusión me hace es hablar en el campo. No he venido a pasearme”. En el mercantilista y cada día más desapasionado mundo del fútbol, toparse con un tipo de la catadura profesional y moral de Alberto Zapater (Ejea de los Caballeros, 1985) es como retrotraerse en el tiempo cuatro o cinco décadas, cuando el balompié era simplemente eso, un juego que se regía por una serie de códigos y comportamientos que todos los que formaban parte de su gran familia respetaban de manera sacrosanta. Fiel a su lema de “hechos, no palabras”, el hijo pródigo regresó a La Romareda convencido de que no había ningún sitio como la casa propia para recuperar las sensaciones perdidas tras una dolorosa experiencia vital en Rusia que le tuvo al borde del abismo deportivo. Su tesón, que no sabe de fronteras, y esa madera de prócer que le llevó en su día a capitanear a la Rojita en sus versiones Sub-20 y Sub-21, tienen mucho que ver en el buen arranque liguero del Real Zaragoza en la categoría de plata. 

Que Luis Milla decidiera darle mando en plaza y galones sobre el verde disparó la adrenalina del volante ejeano, de quien nadie diría que entre la tarde de su reentré oficial con el equipo de su corazón, y la última vez que compitió por tres puntos habían pasado tres años y 43 días en los que una concatenación de lesiones (hernia inguinal, pubis, rodilla y espalda) y operaciones llevaron a su cuerpo a flirtear con el Everest del dolor, mientras su mente se resistía a renunciar al oficio que siempre se ha esmerado en dignificar y, sobre todo, a la entonces lejana posibilidad de calzarse nuevamente la blanquilla.

Zapater, en la Romareda ante el Huesca esta temporada (Real Zaragoza).
Zapater, en la Romareda ante el Huesca esta temporada (Real Zaragoza).

Tres partidos íntegros de la Liga 123 después, la afición maña alucina con esta versión más madura del canterano, pero igual de imbatible al desaliento. “Siendo sincero, no esperaba estar así. Podría decirte que está todo olvidado, pero no soy de sacar pecho. Eso es para cuando has jugado 40 partidos, no cinco. Y ni aun así lo haría. Sé que cuando firmé fue un poco una locura, pero las circuntancias mías y del club me decían que era el momento de volver. Mis amigos y mi familia me decían que para qué me iba a complicar la vida. Asumí un riesgo importante, pero pude empezar haciendo una rueda de prensa y mirando a los ojos a los periodistas, sin miedo de nada porque sabía que estaba muy bien. Luego pasará lo que tenga que pasar. Ese riesgo va a estar siempre ahí, de lo que esperan de ti y las expectativas. Pero murió mi padre, pasé lo que pasé en Rusia, y te preguntas, '¿puedo jugar en el Zaragoza?' Entonces piensas que la vida es una y que jugar con el Zaragoza, ponerte otra vez esa camiseta, es algo único. Y me dije, a por ello. Si todo fuera tan fácil, todo el mundo lo haría”, reconoce ‘Zapa’ a El Confidencial con su elocuente franqueza. Marca de la casa. 

Las hábiles manos de Andrés Ubieto, su particular gurú, tienen una importante dosis de culpa en su renacer futbolístico, labrado en seis durísimos meses en los que ha realizado una especie de miniolimpiada, combinando trabajo de gimnasio, de campo, en la piscina e incluso sesiones de pilates. “Es una sensación difícil de explicar. Que tu cabeza y tu corazón ordenen y el cuerpo responda es algo con lo que no podía ni soñar yo en diciembre. Llevaba tres años sin jugar, podría decirse que estaba ya retirado, que era un exfutbolista, pero no lo era. No he dejado de competir un solo día de mi vida de esos tres años en Rusia y me han hecho muy fuerte psicológicamente. He competido cada día conmigo mismo. En la vida hay que tener objetivos e ilusiones. Y yo tenía uno: jugar al fútbol donde quiero y porque quiero, sin pensar nada más. Volver a ser jugador del Real Zaragoza”, confiesa el flamante capitán de los maños. 
 
El cariño y respeto que está recibiendo a orillas del Ebro contrasta radicalmente con los tres años y medio de pesadilla vividos en Rusia, adonde emigró en el verano de 2011 para defender los colores del Lokomotiv de Moscú después de haber brillado en el Genoa y en el Sporting de Lisboa. El viento de su desgracia llegó en forma de hernia inguinal bilateral sobre el final de su primera campaña en la Premier rusa, la única que pudo disputar de las cinco que firmó. Tras dos operaciones de pubis que no lograron condonar sus terribles dolores, el mítico club de los ferrocarriles perdió la paciencia e instó a Zapater a bajarse del tren en marcha, pese a los tres años de contrato aún pendientes. Su negativa a dejar Moscú y su firme determinación por volver a sentirse futbolista fueron la antesala de su particular vía crucis. 

El 'Loko' le incluyó de inmediato en su lista de ‘rebeldes’, y junto a Obinna, Boussoufa, Sichev y el ex madridista Lass Diarra, le obligó a ejercitarse durante varios meses seis días por semana en una cancha de hierba sintética y en doble sesión: por la mañana con el juvenil y por las tardes en solitario. Semejantes condiciones de trabajo no sólo hicieron inviable su recuperación, sino que dieron pábulo a nuevos problemas físicos y más dolores. “He pasado momentos que no se los recomendaría ni a mi peor enemigo. Llegué a tener miedo hasta de cruzar la calle”, resume, mordiéndose la lengua, de una manera sumamente explícita el todocampista ejeano.

Zapater firma un autógrafo en su época en Rusia.
Zapater firma un autógrafo en su época en Rusia.

La esencia del fútbol

Como buen corredor de fondo, el pulmón maño sabe bien que ser colíder en la tercera jornada es apenas un dato que sirve para alegrar la semana a esa afición a la que respeta como un buen hijo a su padre. Es precisamente el calor que le transmite esa masa social con su “Zapater, te quiero” lo que le obliga a tener los cinco sentidos puestos en dar el 120% cada día en su trabajo. Otra vez vuelta a los códigos. “Que la afición disfrute con el equipo está muy bien. Es lo ideal. Por eso mi objetivo es centrarme en la propia esencia del fútbol, en jugar, en el verde. Eso es lo único que me interesa. Ser un ejemplo para todo, estar al pie del cañón de todo lo que rodea al fútbol. Si sabes que vas a ser competitivo, estás bien contigo mismo. Te vas a la cama con la conciencia tranquila porque puedes mirar a la gente a los ojos. Eso es lo que yo quería cuando firmé”, dice.

La capitanía ha sido un acicate más que le obliga a redoblar sus esfuerzos sobre el terreno de juego y en el vestuario. “Ser capitán es la pera, por no decir algo más gordo. Me gusta esa responsabilidad, pero ojo: hay que dar ejemplo, tomarte en serio todo. Tengo que hacer las cosas bien por los más jóvenes. Eso me ha motivado para volver a entrenar como a mí me gustaba, con intensidad. Debes pensar siempre en el grupo, en sumar, en ayudar. Lo único que quiero es que el equipo vaya bien”, señala. Su espontánea sinceridad vuelve a asomar la nariz cuando escucha el nombre de su nuevo jefe. Dice lo que siente al tiro y no oculta lo cómodo que le hace sentir dentro del vestuario blanquillo. “Trabajar con Milla es una gozada. Es una persona normal, sencilla, dialogante. Un buen tipo, vamos. Luego, como técnico, trata siempre de plasmar sus ideas de juego”.

'Zapa' es su brazo armado en el manto verde, ese capitán que dirige a su tropa en primera línea en un campo de batalla que conoce como la palma de su mano. Porque hasta en eso el exinternacional Sub-21 es un 'rara avis' en el acaudalado y lujoso mundo del balompié contemporáneo: mientras la mayoría sueña con triunfar en los grandes escenarios, el suyo siempre estuvo cerquita de casa. Siete años de ir y venir por los campos de media Europa le han servido para reafirmar sus viejos deseos. “Para mí jugar en La Romareda, cuando pensaba que tal vez no iba a pasar más… lo saboreas como nunca. Es mi lugar en el mundo, pero conlleva una responsabilidad. La presión existe, claro, pero menos que hace 10 años. Lo importante para mí ahora es que cuando salgo me veo con fuerzas y pienso que lo voy a hacer bien. Lo único que pido es que me respeten los problemas”, cierra.

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