SOLO DOS JUGADORES DE LA SELECCIÓN JUEGAN FUERA

De Dasaev a Gazprom: cómo los amigos de Putin compraron el fútbol ruso

Los dueños de la energía han recuperado los jóvenes talentos para la liga rusa, que entre 1988 y 1996 perdió a más de 1.000 jugadores

Foto: Rinat Dasaev jugó tres temporadas en el Sevilla. (Reuters)
Rinat Dasaev jugó tres temporadas en el Sevilla. (Reuters)

Rusia ha participado en cuatro mundiales de fútbol desde la disolución de la Unión Soviética. En 1994, en Estados Unidos, el equipo presentó doce jugadores que militaban en equipos de fuera del país, más de la mitad de la convocatoria, la mayoría en clubes españoles y alemanes. En 2002, en Corea y Japón, los expatriados se redujeron a nueve, si bien eran la columna vertebral de los seleccionados. Doce años después, en Brasil, el patrón se vino abajo: Rusia acudió con 23 jugadores, todos ellos de la liga rusa. Por último, en esta edición, solo Cheryshev, jugador del Villarreal, y el tercer portero Gabulov, del Club Brujas, son extraños para el aficionado local.

¿Qué ha pasado desde 2014 para que la mayor parte del talento del país se quede en la liga rusa, nunca entre las primeras del mundo, y rechace sistemáticamente las ofertas de España, Italia e Inglaterra? La respuesta es la misma que sirve para explicar Rusia en los últimos años: Putin y sus amigos oligarcas.

No tiene sentido estudiar los casos de la era soviética por una sencilla razón: los jugadores no podían irse a clubes extranjeros. Figuraban como trabajadores de sus respectivos clubes, que a su vez pertenecían a entidades clave del Gobierno como el ferrocarril, el ejército o los sindicatos de estudiantes. Así, los únicos traspasos que se registraban estaban pactados —sin intercambio económico— entre altos cargos del Kremlin, que a su vez funcionaban como dirigentes de los equipos, siempre a espaldas del jugador, al que se camelaban con privilegios como hacer la vista gorda para meter productos del extranjero o un abrigo de pieles para su mujer. Los pocos que levantaban la voz eran inmediatamente reprendidos.

Khidiatullin en un partido de la Euro 88.(Reuters)
Khidiatullin en un partido de la Euro 88.(Reuters)

Muy famoso en el país fue el caso del defensa central Vagiz Khidiatullin, del Spartak de Moscú, gestionado por el Ministerio de Aviación, que en 1981 rechazó fichar por el CSKA, el club del ejército. A resultas, Khidiatullin fue alistado inmediatamente, dejándole solo dos opciones por delante: dejar el fútbol o jugar en el CSKA, el único club donde podían jugar los militares. Fichó por el CSKA y jugó tan mal que a los dos años regresó al Spartak.

La apertura del mercado no llegó hasta finales de los 80. Para ilustrarla conviene recordar el caso de Rinat Dasaev, portero y capitán de la Unión Soviética durante la década y nombrado mejor guardameta del mundo en 1988. Dasaev fue la punta de lanza cuando el presidente Gorbachov implantó las medidas aperturistas de la 'perestroika'. El Kremlin utilizó este traspaso, en este caso al Sevilla, para apaciguar a los miembros de la selección, quienes, después de ganar la medalla de oro en Seúl, derrotando a una Brasil en la que jugaban Romario, Mazinho, Taffarel o Bebeto, estaban recibiendo ofertas de los mejores equipos de Europa que multilpicaban por cien sus salarios.

Los primeros jugadores rusos que salieron fueron los peor pagados de Italia y España

El mensaje de Moscú era claro: los jugadores rusos pueden fichar por equipos occidentales, pero se ha de hacer de forma ordenada y siempre con el beneplácito del Gobierno. Durante años, Dasaev fue la zanahoria que persiguieron los jóvenes talentos del país, el héroe nacional de origen tártaro que había conquistado Occidente. Nada más lejos de la realidad: años después se supo que Dasaev, quien por cierto tenía afición a caerse con su coche en una zanja camino del Pizjuán, era el jugador peor pagado de Primera División. El soviético apenas recibía 1.300 dólares al mes; el resto de su nómina, así como los 2 millones de su traspaso, fueron directamente a las arcas del Estado ruso. Tras retirarse y vivir siete años casi en la indigencia en Sevilla, la federación de fútbol rusa le puso un avión y lo contrató como ayudante de porteros en 1998.

Algo casi idéntico sucedió con Alexey Zavarov, el talentoso mediapunta soviético que fichó en 1988 por el Juventus. Zavarov tenía otra oferta del FC Barcelona, que prefería por motivos deportivos, pero las relaciones del aparato soviético con Turín eran mejores y no se dejó al jugador escoger. Zavarov jugó durante tres años cobrando 1,2 millones de liras, el equivalente a 600 euros al mes ahora, una contraprestación menor de la que se pagaba en la Juventus a los juveniles. Todo se iba a Moscú, que solo pedía para los jugadores un apartamento, un coche (un Fiat Tipo en este caso) y tratamiento médico gratuito.

Zavarov, el día de su presentación en Turín.
Zavarov, el día de su presentación en Turín.

Así, los jugadores soviéticos interiorizaron que, aunque podían marcharse, era preferibe permanecer en Rusia con sus familias. Allí, al menos, eran reconocidos por la calle y respetados por los poderes fácticos. La mayoría esperó al colapso del comunismo para salir, justo cuando el estado perdió el control del mercado. Entonces llegó la gran diáspora: según explica el profesor del King's College Karl M. Veth en su tesis doctoral 'Football's transition from Communism to Capitalism in the Soviet Union and its Successor State', entre 1988 y 1996 salieron del país más de mil jugadores, casi todos con destino a países occidentales, aunque también con destinos exóticos como Australia, China y Estados Unidos.

Los rusos conquistan Europa

En España nunca se tuvo tanto contacto con el fútbol ruso como en los años 90, cuando disfrutamos de jugadores como Oleg Salenko (Logroñés, Valencia, Córdoba), Aleksey Mostovoi (Celta, Alavés), Valeri Karpin (Real Sociedad, Valencia, Celta), Dimitri Radchenko (Racing, Celta, Deportivo, Rayo, Compostela), Viktor Onopko (Oviedo, Rayo), Vladimir Beschastnykh (Racing) o Dimitri Cheryshev (Sporting, Burgos, Aranjuez). Gracias a ellos, equipos como el Celta o el Racing de Santander, hasta entonces poco conocidos fuera de España, lograron participaciones inusualmente exitosas en competiciones europeas. A nivel de selecciones, si Rusia hubiera conseguido clasificarse para el Mundial de Francia 98, solo los porteros habrían procedido de su liga nacional. Quedaron eliminados en la repesca, por un solo gol, en favor de Italia, que posteriormente perdió en cuartos de final.

Karpin y Mostovoi durante sus años vigueses. (EFE)
Karpin y Mostovoi durante sus años vigueses. (EFE)

A comienzos de la década de los 2000, la nueva aristocracia rusa y ucraniana, que flota en torno a los recursos energéticos, comenzó a hacerse con el control de clubes y desató un gasto salvaje con el objeto de atraer talento extranjero a la liga. Era, por una parte, una respuesta despechada al constante goteo de sus jugadores y, por otra, el primer paso hacia el objetivo final, que no era otro que crear una liga fuerte que incentivase el retorno.

Se hizo como se hacen las cosas en Rusia, sin muchos miramientos. En 2005 el Dinamo de Moscú gastó 60 millones de euros en fichar a nueve jugadores, algunos de ellos en el momento más caro de su carrera, como Tiago, Maniche y Costinha, que acababan de ser subcampeones en la Eurocopa 2004. Esa misma temporada, el Spartak fichó al argentino Fernando Cavenaghi por algo más de 10 millones de euros, quitándoselo de las manos a grandes clubes españoles e ingleses que lo prentendían.

Balances de los principales equipos rusos a mediados de la década pasada. (King's College)
Balances de los principales equipos rusos a mediados de la década pasada. (King's College)

Para la temporada 2005/2006, los clubes rusos tenían una media de 12 extranjeros por plantilla, la más alta de todas las ligas de Europa. En consecuencia, como se puede comprobar en los cuadro superiores, los balances de los equipos se acostumbraron a vivir en rojo. Cada uno con su estilo de gestión, aunque normalmente todos se centran en conseguir a promesas sudamericanas a cualquier precio. Es aquí donde se nota la mano del Estado, ya que prácticamente ninguno de los grandes clubes pareció preocuparse por la sostenibilidad financiera. No hay freno: en 2011 el Anzhi, un desconocido equipo de Daguestán, pagó a Samuel Eto'o la increíble cifra de 20,5 millones de euros netos por temporada, lo que le convirtió en el futbolista mejor pagado del mundo. Los impuestos, como no podía ser de otra manera, corrieron a cargo del club.

Durante esa década, la que va de 2002 a 2012, se sentaron las bases del actual fútbol ruso: las pérdidas acumuladas de los clubes no tienen parangón en ningún deporte hasta la llegada de los jeques al fútbol: el Zenit de San Petersburgo perdió 233 millones de euros, el Anzhi 141, el Dinamo de Kiev 94 y un rosario de clubes entre los que están el CSKA, el Spartak o el Rubin quemaron más de 75 millones cada uno. Deportivamente el balance fue pobre: en toda la década solo ganaron tres copas de la UEFA entre el Shaktar, el Zenit y CSKA, casi las mismas que el Sevilla, que se hizo con dos títulos al tiempo que mantuvo sus cuentas en negro.

Pérdidas acumuladas de los clubes ex soviéticos entre 2002 y 2012. (King's College)
Pérdidas acumuladas de los clubes ex soviéticos entre 2002 y 2012. (King's College)

La factura, claro, la pagaron los oligarcas, espoleados por Moscú, que pasó a considerar a los futbolistas en la misma categoría que artistas o panaderos, haciéndoles tributar al 13%, el mismo tipo que las demás clases laborales. Para esta nueva aristocracia el fútbol no solo es un divertimento, sino también una autopista para ganar poder entre los ciudadanos y acercarse a Vladimir Putin, centro neurálgico del poder en Rusia.

Los principales clubes ex soviéticos quemaron más de 1.000 millones de euros en la primera década de siglo

Las relaciones pueden verse a simple vista en las camisetas de los equipos, a menudo en forma de patrocinios que son, en realidad, controles encubiertos. LUKoil, la mayor empresa de petróleo del país, se hizo con el Spartak de Moscú; Sibneft, otra petrolera que era propiedad de Roman Abramovich hasta que en 2005 la vendió a Gazprom, con el CSKA, que además recibe otro importante monto de Russian Aeroflot, la principal línea aérea del país. El Zenit recibe en torno a 19 millones anuales de Gazprom, solo en concepto de patrocinio, que palidecen ante los 30 que le da RZhD, la adjudicataria de los ferrocarriles rusos, al Lokomotiv. Por poner las cifras en contexto, 30 millones es la cantidad que paga Fly Emirates al Real Madrid, campeón de las tres últimas Champions League, por lucir su nombre en la camiseta.

A partir de 2009, el 'fair play' implantado por la FIFA obligó a estas empresas a poseer al menos un porcentaje de las acciones del club, al ser siempre la principal fuente de ingresos de los clubes. En algunos casos, como el del Zenit, incluso ha adaptado sus colores clásicos (blanco y azul) a los de Gazprom (azul cielo) para completar la mimetización entre club y empresa. Gazprom, que acaba de contratar como 'número 2' a un sobrino del presidente Putin, no solo se limita al ámbito ruso: también ha financiado algunos de los fichajes más caros del Chelsea (Hazard, Oscar) y salvado de la quiebra al Schalke 04 alemán. Por si fuera poco, es uno de los patrocinadores principales de esta Copa del Mundo.

Rigoni, del Zenit, celebra un gol mostrando la publicidad de su camiseta.
Rigoni, del Zenit, celebra un gol mostrando la publicidad de su camiseta.

Así, los jugadores rusos han perdido el interés por salir del país. Consideran que la Premier rusa es una liga en crecimiento y se les ha vendido que después de este Mundial se reactivará el interés de los aficionados por el fútbol local. Además, varios integrantes de la selección cobran sueldos por encima de los 3 millones de euros anuales (la media en la liga española es de 1,5), con algunos rozando —​y superando— los 4 millones, como es el caso del delantero Artem Dzyuba, estrella emocional entre los aficionados, que ingresa directamente de Gazprom. En el país también se da por hecho que la mayoría de estos jugadores cobran, como complemento, otros montos no especificados para evitar la tentación de marcharse a equipos extranjeros.

Es elocuente el caso del lateral derecho de la selección, Mario Fernandes, nacido en Sao Paulo y nacionalizado ruso en solo cinco años. Fernandes no solo ha renunciado a jugar con Brasil, donde ahora probablemente sería titular, sino que ha hecho oídos sordos ofertas de Real Madrid, Barcelona y Manchester United para quedarse en el boyante CSKA, que le paga 1,8 millones al año a través de VS Energy. O Yuri Zhirkov, que salió del Chelsea siendo un hombre importante en el equipo para recalar en el Anzhi. En realidad solo queda Cheryshev, criado en España y todavía en el Villarreal, para convencerle del regreso. Los aficionados están volcados con él y Putin le hacía ojitos desde el palco después de marcarle dos goles a Arabia Saudí. Este verano se encontrará con una buena oferta.

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