sampaoli defiende a la estrella del equipo

Una charla de Messi con su esposa evitó que, hundido, dimitiera de Argentina

Leo Messi le confesó a su esposa, Antonella Roccuzzo, estar harto de las infamias que se estaban derramando sobre su persona y piensa con seriedad en alejarse para siempre de la selección

Foto: Leo Messi, en el último partido contra Argentina (Reuters)
Leo Messi, en el último partido contra Argentina (Reuters)

La magia del amor derriba murallas, o eso debió pensar Leo Messi cuando la mañana del 22, horas después de la catástrofe de Argentina frente a Croacia (3-0), le confesara a su esposa, Antonella Roccuzzo, que estaba harto de recibir palos desde todas las esquinas y que no merecía la pena seguir en el barco de la selección argentina. Leo Messi se desahogó con su mujer, rio con sus dos hijos mayores (Thiago y Mateo) y, tras colgar con su familia, el 'diez' se vino arriba. Al menos de momento, porque después del Mundial tienen que cambiar muchas cosas para que Leo siga inmerso en la espiral loca en que se ha convertido la bicampeona del Mundo.

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A duras penas trata Messi de hacer oídos sordos de los infundios y rumores injuriosos que durante los últimos días se vierten sobre su persona. Resultó premonitorio pero cuando Argentina plantó los pies en suelo ruso, el crack sintió un apretón intestinal, aunque apenas prestó atención. Llegó el debut ante Islandia y Jorge Sampaoli, que esa mañana se movió por los pasillos del hotel como un puma con el rabo quemado, miró a los ojos de Leo y el pelado de Santa Casilda no logró entrar en conexión. Argentina tropezó de bruces contra una muralla de lava volcánica y granito. Leo lo intentó todo. Y tuvo en sus botas la posibilidad de dinamitar aquella pared. Messi ante Halldorsson, el meta de Islandia, semiprofesional que juega en un equipo discreto de la liga danesa, disponía de una posibilidad entre mil veces de atrapar un penalti lanzado por Leo. Halldorsson se arrojó al lado bueno y adivinó las intenciones del genio.

Desde entonces hasta la fecha, los oídos de Messi no dejan de pitarle. Su nombre, multialabado tantas veces, pasó a ser la cabeza del muñeco y blanco de todos los tartazos. Un osado periodista aseguró sin inmutarse en una televisión porteña que Messi imponía a Sampaoli los jugadores que debía llamar para integrar la selección, que prefería a los bajitos y descartaba a los gigantes y talludos. Los memes en su contra inundaron las redes sociales de medio mundo.

Las críticas se multiplican

Pero lo peor quedaba por llegar. Croacia. El marcaje mixto que los croatas realizaron impidió que a Leo le llegaran los balones necesarios. Y Messi quedó aislado gran parte del tiempo. “Para ganar hicimos el partido perfecto”, declaró Ivan Rakitic, una de las estrellas croatas y compañero de Leo en el Barcelona. A Leo Messi no le salió nada y él, como capitán del equipo y estrella-guía de la albiceleste, sufrió un histórico apagón. Las críticas contra el 'diez' se quintuplicaron. Voces prestigiosas como Carlos Bianchi no se explicaban cómo Leo sufrió la quema de sus fusibles. El mago apenas pudo zafarse para ir al baño. Argentina era un prado silencioso y Leo el guardián de una funeraria. Desde todos los lados llovieron ladrillos incendiarios sobre su persona. El Flaco Menotti, seleccionador y campeón del mundo, encendió algo de luz: “Messi quedó atrapado bajo el fuego enemigo y también bajo el fuego amigo. Croacia también juega”.

Otros no fueron tan generosos y dispararon a discreción sobre la figura del genio, incluso hubo quienes le acusaron de traidor a la patria; algunos llegaron más lejos y le pidieron que defendiese los colores de Cataluña. Jorge Sampaoli, que en su día se tiró de bruces y rompió el contrato que tenía con el Sevilla “por el privilegio de dirigir a Messi”, el domingo fue uno de los primeros en felicitar a Leo por su cumpleaños (31 años cumplió). Un par de días antes, el seleccionador de Argentina salió a defenderlo a capa y espada: “Cuando hace un gol con la camiseta de Argentina, gritamos y lo celebramos todos. Y cuando perdemos, parece que Leo es el único culpable. Es injusto. Porque es imposible que un solo jugador te permita cambiar la realidad de un partido”.

Messi sopló la tarta con el 31. Sonrió. Sus compañeros le abrazaron. Hace viento fuera de su casa. Truena en clave de tango. No son los mejores tiempos para el crack, que piensa en su esposa, en sus hijos y en dejar el brazalete albiceleste para otro. Leo intuye que su tiempo está pasando. Messi jamás elude la responsabilidad, pero no tiene sangre de mártir.

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