demostró su capacidad y su fuerza

El día que Diego Costa dio muestras de su españolía a los no creyentes

Diego Costa demostró con dos goles que es un delantero de clase mundial y la solución más lógica para la falta de gol de España. Hierro le eligió también porque tiene los galones para ser el 9

Foto: Diego Costa, en pelea constante con Pepe. (Reuters)
Diego Costa, en pelea constante con Pepe. (Reuters)

La de cosas que ha tenido que escuchar Diego Costa hasta llegar a marcar dos goles en el debut mundialista de España. De todo tipo, desde las dudas sobre su españolía, como todos los nacionalizados, hasta su adaptación a un estilo de juego claramente definido como el que tiene en la Selección. Lo bueno que tienen los delanteros es que el camino más corto a la redención en el mundo del fútbol es el gol, y si los marcas despedazas las críticas y acallas a aquellos que tanto hablan.

Diego Costa no es un violinista, no hace las cosas de Silva o de Iniesta o de Isco, parece un ser de otro planeta, tan alto, tan peleón, siempre dispuesto a salir amoratado del campo de juego. El hispanobrasileño deja en todos los partidos una escena en la que le recuerda al mundo quién es y cómo se toma el fútbol y la vida. En esta ocasión ese acto, llegó en el minuto 24, cuando España ya perdía y la sombra sobre el equipo empezaba a espesarse.

Era un balón perdido, de esos que llegan sin fe desde el medio del campo, en un campo de minas lleno de defensas portugueses. Nunca pasa nada en esas ocasiones, salvo que haya un artillero con ganas de dinamitar la secuencia. El balón botaba tontorrón y Costa, más que a él, se fue primero a por Pepe. Es un duelo clásico, lo hemos visto todos muchas veces antes. Son duros, no siempre limpios, son de esos jugadores que nunca darán una posesión por perdida.

El central tocó el balón con la cabeza, pero con eso no había logrado sacarla de la zona en cuestión, en el borde del área. Por el camino se había llevado un pescozón de Diego Costa, que no se va a cortar las manos porque ahora haya VAR y le puedan llegar a pillar. Quedó muerto el balón, pidiendo un nuevo empuje, y de esos Costa tiene créditos ilimitados, controló, o algo parecido, y se fue con ella a por Fonte. El temblor del otro central se sentía a leguas, si acababa de morder a Pepe, ¿qué no haría con él?

Un toque sutil, el suficiente para abrirse un hueco decisivo. Costa no necesita tiempo de preparación, el puñal está dispuesto siempre para ser clavado en el costado del rival. Es, además, un buen rematador, así que encontró el lugar correcto de la portería, cruzó un derechazo y ¡gol! Cedric hizo un esfuerzo estéril por cazarle. La sonrisa se le dibujó en la cara, porque Diego Costa, a veces tan serio, tiene algo de niño que disfruta de jugar con la pelota. No le importa demasiado estar en un Mundial, él en un campo de tierra se emplearía igual porque no sabe hacerlo de otro modo que no sea al cien por cien.

Tener el respeto ganado

En ese momento hubo un suspiro grande en España, que ha vivido unos días que difícilmente olvidarán. Son profesionales, sí, pero no deja de ser anómalo todo lo acontecido. Y el caso es que, a Diego Costa, igual no le ha venido mal del todo. No tanto por él, que no parece de esos que se preocupan por cualquier cosa, como por sacudirse el debate continuo en el que estaba inmerso su puesto, el del ariete de España. Mientras el mundo hablaba de Lopetegui, de Florentino, de Rubiales o de Hierro, se escondían lo que antes eran los dramas nacionales, véase quién jugará de 9 y dónde están los goles de la Selección.

La decisión de Hierro fue conservadora, pues para un entrenador lo más sencillo en todo caso es poner a Costa. Es el delantero más clásico de los tres que maneja, sabe jugar de espaldas, es muy fuerte y es capaz de cuerpear con cualquier central del mundo. Tiene gol, mucho gol, que eso es clave. Porque es cierto que el delantero atlético puede pasar rachas malas, hay algunos partidos suyos algo desesperante, pero en cifras absolutas es el 9 que más pólvora tiene en España.

También hay de por medio un tema de responsabilidad. En el fútbol mundial el estatus cuenta, aunque en ocasiones pueda ser injusto. Costa tiene galones, se ha peleado en Inglaterra y ha logrado la admiración de las islas, ha jugado dos finales de la Champions League siendo clave en todo el proceso previo hasta llegar hasta ahí. En el Atlético del Cholo, que es un equipo muy respetado, es una referencia. Aspas y Rodrigo, que son dos excelentes jugadores, tienen una hoja de servicio algo más reducida. Con esta zozobra lo más seguro para un entrenador, más allá de las disputas futbolísticas, era apostar por la experiencia y el estatus. A Hierro le salió de diez.

No se puede jugar a los universos paralelos, es imposible saber qué hubiese pasado si alguno de los otros delanteros de España, y aquí hasta se puede incluir a Morata, hubiesen estado en su puesto. Pero sí sabemos que Diego Costa estuvo perfecto, que cuerpeó, que marcó dos goles, el segundo típico de ariete, un remate siendo más listo del defensa. Sabemos que después de tantos años y tantas dudas encontró por fin con España su partido perfecto. No soñado, claro, porque España no ganó, pero sí suficiente para comprar un camión de confianza. Esto último lo necesitaba casi más el aficionado, el entorno. Costa no es de esos que duda, eso no les pasa a los que se divierten tanto jugando con la pelota.

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