rusia-arabia saudí, el primer partido

Putin saca músculo y artificios en la inauguración del Mundial de Rusia

A Vladimir Putin no le gusta el fútbol, pero su lugarteniente Vitaly Mutko le convenció de que este Mundial reverdecería las viejas glorias del país. La corrupción y las dudas dan paso por fin al fútbol

Foto: Robbie Williams. (Reuters)
Robbie Williams. (Reuters)

Y, de repente, llegó el Mundial. Todos los protagonistas, menos probablemente Fernando Hierro, llevan meses pensando en lo que va a ocurrir en Rusia. Los futbolistas, los técnicos, los directivos y, por supuesto, el país organizador. Antes de nada, la ceremonia de inauguración. Globos, niños y fervor patriótico, el estadio de Luzhniki esperando un partido soso. Rusia no ganará el Mundial, pero tiene que demostrar su poder. Y eso empieza por la ceremonia de inauguración. La estrella principal, en todo caso, no es rusa, ellos mismos saben que Robbie Williams, con sus cosas, es más llamativo para toda esa gente que está pegada a la televisión. La carga rusa viene con la voz de la soprano Aída Garifullina, que ahora canta con Williams el mítico éxito Feel. Un auténtico 'showman' que viste chaqueta roja con animal print.

Acoger un evento que congrega a miles de millones de personas es una responsabilidad, pero también una gran oportunidad. Solo desde esa óptica se entiende que un país se meta en una empresa así, que cuesta millones de euros y nadie asegura que vaya a tener un retorno. Ocurre en todos los grandes acontecimientos, pero en el caso de Rusia se da una vuelta más a este concepto. No es por turismo o por economía, es una cuestión de geopolítica.

El 'Independent' británico aseguraba en un artículo sobre la organización de este Mundial que nunca antes hubo uno tan político. Y tiene mérito, en la historia del fútbol están marcados en rojo el campeonato del 34, en la Italia de Mussolini, y el del 78, con la dictadura argentina en pleno apogeo. Aquello, en todo caso, tenía mucho de conflicto local. La Rusia de Putin, un sistema autoritario, ha utilizado el deporte como instrumento para encontrar su hueco en el mundo, no uno intermedio o gregario, sino un lugar preponderante. El caso más claro, antes de este Mundial, eran los Juegos de invierno de Sochi. Los organizaron y, ante la necesidad de ganar, crearon un sistema de dopaje que ha dado con la Federación Rusa fuera del concierto olímpico.

Esos escándalos, esas investigaciones, no fueron suficientes para que la FIFA perdiese su confianza en el organizador. Las tormentas pasan, piensan, y una vez se ha tomado la decisión más vale aferrarse a ella. En esta escena aparecen personajes como Vitaly Mutko, expresidente de la federación de fútbol rusa y ministro de deportes, vetado por el COI por sus malas artes. Perteneció al Consejo de la FIFA, el máximo órgano de la institución, pero no pudo presentarse a la reelección por un mandato del comité de ética. Oponerse frontalmente a esa reelección llevó a Miguel Maduro, el presidente de ese comité, fuera de la FIFA, como explicaba esta semana ESPN en un largo reportaje de investigación.

A Vladimir Putin no le gusta el fútbol, pero Mutko le convenció de que organizar este evento pondría de nuevo a Rusia en el mapa. La cultura rusa y sus dirigentes son difícilmente descifrables desde occidente, pero sí que hay en todo el tiempo de Putin al mando un hilo conductor, que es intentar devolver al país la posición en el mundo que perdió con el derrumbe de la Unión Soviética en los años 90. Y para eso valen desde los 'hackers' informáticos hasta acoger los eventos deportivos de mayor relevancia. Incluso ser acusados de interferir en las elecciones de otros países soberanos.

La corrupción de fondo

Uno de los principales problemas de Donald Trump, las relaciones oscuras con Rusia, se conocieron en parte por el fútbol. Christopher Steele, un espía del MI6 retirado, primero fue contactado por los ingleses para que descubriesen cómo un Mundial que ellos pensaban que iban a ganar terminó en Rusia. De esa misma investigación aparecieron los casos de corrupción de la FIFA que posteriormente derivaron en la caída de decenas de antiguos dirigentes y, también, algunos de los problemas a los que hoy se enfrenta el presidente de Estados Unidos. Todo esto lo ha contado el 'New York Times' en un artículo de esta semana que tiene todos los componentes que necesita una película de nivel.

En todo este proceso, a Rusia le ha fallado claramente una cuestión: su equipo. El poderío del país se notará en los estadios, en la seguridad y en la reafirmación nacional del país, pero difícilmente en el campo de juego. La estrella del equipo es Akinfeev, el portero, que es bueno pero nadie le colocaría entre los cinco primeros del mundo. Eso habla de un conjunto cuya mayor esperanza es que sus rivales no son tampoco nada del otro mundo. Ser cabezas de serie, otra de las consecuencias de organizar el evento, les colocó junto a Uruguay, Egipto y Arabia Saudí, y a pesar de lo benévolo de las bolas sería bastante sorprendente que superasen la primera fase.

Eso también hace que el partido inaugural, que siempre cuenta con el anfitrión, sea uno de los más flojos en el calendario del campeonato. Rusia y Arabia Saudí suena a lo más bajo que puede ofrecer un Mundial de 32 equipos, pero es lo que ha deparado el calendario. En el estadio Luzhniki, a las cinco de la tarde, los dirigentes rusos y de la FIFA verán el pistoletazo de salida del evento. En sus oraciones, que los ultras no tengan incidencia y que las cosas transcurran con la mayor normalidad posible.

Es también el primer campeonato del mundo con Gianni Infantino como presidente. Llegó el suizo con la idea de romper con todo lo anterior, de ser transparente, moderno y demás, pero todo era más complicado cuando había que meter de por medio a Rusia, un país que no destaca por ninguna de esas cualidades. Infantino ha navegado como ha podido por sus contradicciones, que son muchas, y el Congreso de este miércoles, que era un examen para él, no le ha salido del todo mal. Aunque el presidente deba ser neutral, lo cierto es que ha empujado para que el Mundial 2024 fuese en Norteamérica. Y lo ha logrado.

El tráfico en Moscú. (EFE)
El tráfico en Moscú. (EFE)

El dopaje

Si de escrúpulos se habla, igual hay que mirar para otro lado durante unos días. El informe McLaren sobre el dopaje en Rusia aseguraba que más de cien futbolistas estaban implicados en el tema. La relación del fútbol y el dopaje es digna de estudio, no es el deporte que más en serio se toma esta amenaza y la FIFA ha despejado balones cuanto ha podido cuando ha sido preguntada por este asunto. Asegurar que este Mundial será completamente limpio es más una cuestión de fe que otra cosa.

Claro que tampoco ese escándalo hizo que cambiase la sede. La FIFA no depende de Rusia, pero entre sus patrocinadores principales está Gazprom, la compañía gasística. Los organizadores tuvieron problemas para encontrar financiadores privados del evento, aunque finalmente sumaron tantos como necesitaban. No haberlo conseguido hubiese sido un fracaso que la Federación Rusa tampoco estaba muy dispuesta a asumir.

Empieza el Mundial más política, pero incluso la política se irá a descansar cuando ruede el balón por el césped. La calma impera en todas las selecciones menos en España, es momento de estar concentrado. Termina el runrún político, pero no acaban ahí las conversaciones, ahora vienen otros líos, como el estreno del VAR en la más alta competición, que a buen seguro marcará la actualidad durante el próximo mes. Es Rusia 2018, el Mundial de Vladimir Putin, por más que no le guste el fútbol.

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