el mundial no encuentra patrocinios ni televisión

La Rusia de Putin ahora recela de organizar un Mundial que no le saldrá a ganar

Desde la concesión las condiciones sociopolíticas mundiales han cambiado y han hecho que lo que tendría que ser una alegría se convierta en una carta. Preocupan el dopaje y los derechos humanos

Foto: Infantino y Putin, en el sorteo. (Reuters)
Infantino y Putin, en el sorteo. (Reuters)

A Vladimir Putin no le gusta el fútbol y eso es un problema. Sí es un apasionado del deporte, lo demostró sobradamente en los Juegos de Sochi, pero el fútbol ni fu ni fa. En otro país sería lo de menos, al final que un Mundial sea un éxito o no depende muy poco de la querencia del líder por el deporte. Pero claro, Rusia es otra cosa, y la importancia del líder en el país más grande del mundo no es comparable a la de un mandatario en otros países.

Se ha celebrado en el Kremlin, ni más ni menos, el sorteo del Mundial, y la sensación es que al gigante euroasiático no le va del todo bien que dentro de unos meses se vaya a organizar allí el segundo evento deportivo más grande que existe. La ilusión el día de la concesión fue similar a la de cualquier otro país, no deja de ser un gran reconocimiento y un motivo de orgullo, pero en los ochos años transcurridos desde entonces, la situación mundial, y especialmente la rusa, ha dado un giro radical.

'The Independent' afirma que este será el Mundial más político de la historia. Argumenta que el de 1978 en Argentina tuvo también una serie de connotaciones de ese tipo, con la Junta Militar en una oleada de represión histórica, pero en aquella ocasión los nexos con el exterior eran más bien escasos. El problema del país sudamericano era interno, con Rusia de por medio todo se internacionaliza.

En el momento de la concesión el gigante vivía una época más o menos buena —en los estándares rusos— en sus relaciones exteriores. Desde entonces, y especialmente tras la invasión de Crimea, el ambiente se ha enrarecido y se ha extendido en el país la sensación de que el mundo entero está en su contra. Las acusaciones contra el régimen de Putin son de lo más diversas y alcanzan desde su posición en Siria hasta su influencia en las elecciones de Estados Unidos.

Aficionados rusos en el estadio Krestovski de San Petesburgo. (EF)
Aficionados rusos en el estadio Krestovski de San Petesburgo. (EF)

"Que esto pase rápido"

"El sentimiento general de las autoridades es pedir que esto pase rápido", explica el experto en Rusia Sven Daniel Wolfe al 'Financial Times'. La petición rusa, por supuesto, tuvo mucho que ver con el orden mundial. Una candidatura para un evento de este tipo es una manera de reclamar un espacio en el universo, y la enorme federación quería recordar el suyo en un momento de bonanza. Ucrania, Siria o el dopaje, además de una situación económica empobrecida, han hecho que lo que era una fiesta se haya convertido en un trámite.

Un estudio reciente de la facultad de Economía de la Universidad Moscú aseguraba que la mitad de los rusos se consideran ahora mismo pobres, una cifra altísima que ha ido creciendo en los últimos años. Esa percepción que tienen de sí mismos genera cierto desconcierto social cuando se conocen cosas como que el estadio de San Petesburgo, una de las joyas arquitectónicas del evento —cada vez más suntuosos los mundiales—, es siete veces más caro que la estimación original y ni siquiera se ha terminado a tiempo. La sensación de que se ha ido de las manos es importante y no ayuda a la imagen interna del país.

Eso, en Rusia, es capital. Putin se dirige, fundamentalmente, a su público interno. Sabe que nada de lo que pueda hacer va a cambiar la idea que hay sobre él en los Estados Unidos, que además ni siquiera se han clasificado, lo que hace que probablemente muestren poco interés en el evento. Y en Europa, donde sí será muy seguido, tampoco transformará la idea que se tiene de él.

Pero en clave interna Putin sí que puede beneficiarse. Asegurar que ha llevado a cabo con éxito el evento a pesar de las sanciones que pesan sobre Rusia. Quizá dar un mensaje de vida sana a los jóvenes, una preocupación reciente del mandatario. También puede demostrar su fortaleza si consigue detener las previsibles muestras de violencia de los 'hooligans', pues una de las obsesiones del presidente de la federación siempre ha sido demostrar que es un dirigente duro contra el crimen.

El sorteo del Mundial. (EFE)
El sorteo del Mundial. (EFE)

Sin patrocinios

La desafección rusa sobre el evento se ve en pequeños detalles. La FIFA abrió 20 espacios para que compañías locales pudiesen asociar su nombre al Mundial, unas plazas que normalmente a estas alturas del año ya están más que vendidas. Solo el Alfa Bank ha optado a una de ellas. Además de Gazprom, la compañía petrolífera, que decidió esponsorizar a la FIFA entera, no solo al evento. Quedan, por lo tanto, 19 puestos libres que nadie sabe si se cubrirán finalmente. "Si vas a poner dinero en algo así ya llegas tarde, normalmente tu campaña de publicidad debería empezar en enero o febrero y se suelen tardar seis meses en pensar una estrategia así", explicaba esta semana un consultor al 'The New York Times'. A nadie se le escapa que un poco de presión gubernamental, que no ha debido de existir, hubiese dado la vuelta a esta curiosa situación.

Ni siquiera la televisión rusa parece muy contenta con tener un evento así en su país. La FIFA pidió 100 millones de euros por los derechos y las cadenas respondieron con extrema frialdad. Ya en la Copa Confederaciones no se supo quién iba a emitir el evento hasta seis días antes de que empezase. En España, por cierto, se supo durante el sorteo que será Mediaset quien se encargue.

Hay, por supuesto, otro problema importante para Rusia. El equipo nacional es realmente malo, como demostró en la última Eurocopa. Es una generación de la que se espera más bien poco, y la falta de éxito deportivo es una carga para el organizador. En Sochi 2014, el gran evento de referencia reciente, Rusia se hizo con la primera plaza en el medallero. Es cierto que es improbable que haya habido unos Juegos Olímpicos más sucios que aquellos y que hoy se sabe que el dopaje y la corrupción camparon a sus anchas. Pero, en el momento, el aficionado ruso tuvo un motivo para enorgullecerse y sacar pecho, algo con lo que también jugó el régimen de Moscú.

Mutko e Infantino. (EFE)
Mutko e Infantino. (EFE)

Mutko y el dopaje de Estado

El dopaje es otro de los términos que van a entrar en juego en este Mundial. El escándalo de Sochi fue mayúsculo, hasta el punto de que es probable que el país sea vetado de los Juegos de invierno de Pyeongchang. El documental de Netflix que encara el tema y las investigaciones independientes son lo más crudo que hay en el mercado sobre la corrupción generalizada en el mundo del deporte. Y ese país que tramó todo aquello es el mismo que acogerá en su suelo este Mundial.

Es llamativo el caso del viceprimer ministro Vitaly Mutko, durante muchos años presidente de la Federación Rusa de fútbol y ministro de deportes. Estuvo en la FIFA y a él se le atribuye buena parte del sistema de dopaje de Sochi, además de estar detrás de la concesión de este Mundial, otro proceso en el que las sospechas son elevadas. Estaba en el sorteo sentado al lado de Gianni Infantino, que como pretendido reformador de la FIFA igual tendría que calibrar qué fotos quiere hacerse. Mutko fue preguntado esta semana por un hipotético dopaje de la selección rusa y él señaló con sorna que si de verdad se estaban dopando cómo podían ser tan malos.

Mutko aún sigue negando cualquier conexión de su país con el dopaje de Estado, por más demostrado que parezca todo. Claro que él está en su papel, suena un poco peor que Fatma Samoura, la secretaria general de la FIFA, no sea tajante al respecto y solo se limite a recordar que es la AMA la que se encarga de los planes antidopaje, como si el fútbol pudiese ser ajeno a lo que ocurre en esta cuestión.

De fondo y como preocupación, los derechos humanos. En su último informe, Amnistía Internacional señalaba fuertes conflictos en la libertad de expresión, persecuciones a la oposición, torturas, problemas en la justicia, actividades ilegales en el Cáucaso, en Siria, de hostigamiento a los homosexuales... Rusia no es, en absoluto, el primer país que organiza un evento de este estilo con un problema importante en el ámbito de las libertades. Pero que no sea el primero no quiere decir que el elefante no siga dentro de la habitación.

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