Fútbol: Del utillero falangista al positivo de Calderé: nuestro Mundial 86 en diez episodios
CRÓNICA DE UNA CONCENTRACIÓN DESASTROSA

Del utillero falangista al positivo de Calderé: nuestro Mundial 86 en diez episodios

España se llenó de esperanza después de las buenas sensaciones de la Eurocopa de 1984, pero en México, dos años después, todo salió mal desde el principio

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La gloria de la selección española de fútbol llegó 22 años tarde. En 1986, después de hacer una Eurocopa brillante, perdiendo solo en la final contra el anfitrión, España lo tenía todo para alcanzar su primer Mundial. Al correoso bloque de 1984 se le unía una buena dosis de talento joven, encarnado en Míchel y Butragueño, que venían de tener un papel destacado en las victorias del Real Madrid en la Liga y la Copa de la UEFA. La Furia Roja, al menos esta vez, tenía un cerebro con el que orientar el músculo.

Sin embargo, como ya sucediese en 1982, la concentración del equipo nacional fue un desastre desde el primer día. La altura, las gastroenteritis, el calor, el aburrimiento de los jugadores, los positivos por doping... todo lo que podía mellar la concentración de los jugadores sucedió en algún momento. Estas anécdotas, extraídas del libro Cuando éramos los mejores -pero no ganábamos nunca- (Editorial Debate, 2014), de los periodistas Santi Giménez y Luis Martín, explican por qué, en vez de la gloria, de México solo nos trajimos el fantasma de los cuartos de final.

Las dos Españas de Miguel Muñoz

El seleccionador Miguel Muñoz siempre será recordado, como su homólogo Díaz Miguel en baloncesto, por poner a España en el mapa del deporte internacional. Si bien es cierto que su trayectoria como seleccionador nunca cristalizó en un título, su figura pocas veces se cuestionó desde la prensa, que le veía como una opción más apetecible que Emilio Santamaría, que avergonzó al equipo nacional en 1982, o que Miera y Luis Suárez, que sonaban sistemáticamente para la terna de sucesores junto a Luis Aragonés. Los tres acabarían dirigiendo a España con éxito dispar.

Sin embargo, en 1986 los anticuados métodos del entrenador causaban urticaria en muchos jugadores. Concretamente en la mitad que supo, desde los primeros días de concentración, que su puesto como reserva no tenía vuelta de hoja. Quique Setién, Poli Rincón, Ablanedo o Lobo Carrasco expresaron de diversas formas su frustración en público, desoyendo los consejos de los capitanes, que les recomendaron mantener sus cuitas alejadas de la prensa.

Alineación de España contra Irlanda del Norte (Cordon Press)
Alineación de España contra Irlanda del Norte (Cordon Press)

Un día Carrasco, en el comedor, se levantó durante el almuerzo y lanzó su plato de espaguetis contra la mesa del seleccionador y sus ayudantes. Aunque la excusa es que a los jugadores les servían tarde por priorizar el cuerpo técnico, Lobo reconoce en el texto que el arrebato respondía más a su impotencia que sentía por no poder ayudar a sus compañeros. "Ahora lo pienso y no volvería a hacer lo mismo, pero en aquel momento no entendía por qué me habían llevado engañado, porque nadie me dijo que iba allí a figurar", confiesa el entonces delantero del FC Barcelona.

Ninguno de los cuatro jugó un minuto en el Mundial, como tampoco lo hicieron Urruti, Chendo y Julio Alberto. De hecho solo Eloy, Francisco, Calderé y Señor entraron en juego desde el banquillo.

La maleta de Poli

Hubo un jugador que llevó la suplencia incluso peor que Carrasco: Poli Rincón. El delantero del Betis, más espontáneo que reflexivo, había formado en punta con Butragueño durante la clasificación y se veía titular en México. No obstante, ya sobre el terreno se vio adelantado por Julio Salinas de partida y, más tarde, descubriría que Eloy Olalla, el menudo extremo del Valencia, era el primer recambio para Miguel Muñoz. En ese momento Rincón, que figuró en capítulos dorados de la Selección como el 12-1 a Malta, comprendió que no iba a pisar el césped.

Así que ni corto ni perezoso, una mañana Poli se presentó en el desayuno vestido de calle con la maleta en la mano. “Llamad a un taxi que me vuelvo a España. Aquí no pinto nada”, gritó en pleno comedor. Mientras se creaba un gabinete de crisis, con el capitán José Antonio Camacho al frente, para retener al jugador y esquivar el escándalo mediático, los jugadores se quedaron petrificados del susto. Todos menos Gordillo, perro viejo en estas lides, que se levantó para comprobar que sus sospechas eran ciertas: la maleta de Poli, aún apoyada en el mostrador de la recepción del hotel, estaba vacía. “Ya sabía yo que este solo quería montar el numerito”, dijo a la expedición muerto de la risa.

Camacho y los ayudantes de Muñoz convencieron a Poli para que se quedase. Su frase al volver al comedor se convirtió en una anécdota recurrente en México: “Me quedo, pero vuelvo en un minuto, que tengo que subir a deshacer la maleta de nuevo”.

Butragueño remata en los cuartos contra Bélgica (Cordon Press)
Butragueño remata en los cuartos contra Bélgica (Cordon Press)

La humillación del Atlas

Muchos de los protagonistas señalan a los partidos de preparación, en concreto al que enfrentó a los suplentes de la Selección ante el Atlas mexicano, como el momento en el que Muñoz se agarró a los Butragueño, Míchel, Camacho y Gordillo como a un clavo ardiendo. El 21 de mayo de 1986, en la Guadalajara mexicana, la España B cayó humillada 2-1 por el Atlas, un conjunto de relativa entidad que, sin embargo, tendría que haberse ido derrotado. Cuentan los que asistieron al partido, no emitido por televisión, que se evitó la goleada gracias a una soberbia actuación de Ablanedo en el primer tiempo y de Urruti tras el descanso. 

Al día siguiente la prensa centró la crítica en el seleccionador y sus dos Españas. En teoría el sistema debía fomentar la competencia interna, pero la actitud de Muñoz evidenciaba favoritismo por los titulares, que se sentían intocables, y hundía en la depresión a los demás. Como resultaba obvio que los reservas carecían de estímulo competitivo el seleccionador, antes de replantearse el sistema, prefirió no contar con ellos.

El utillero falangista

Antonio García, responsable del material de la Selección, fue uno de los personajes que marcó a la expedición mexicana. "Más falangista que José Antonio" y seguidor acérrimo del Real Madrid, García había estado en todos los Mundiales desde Chile 62 defendiendo el material deportivo como si su vida fuese en ello. A los jugadores no les daba ni la camiseta que habían usado en un partido para sus conocidos y, si osaban intercambiarla con el rival, se llevaban una bronca en el vestuario.

Míchel, durante el partido contra Irlanda del Norte (Cordon Press)
Míchel, durante el partido contra Irlanda del Norte (Cordon Press)

Antonio era visto como un ogro por los futbolistas, menos por los del Real Madrid, por los que tenía predilección. En una ocasión, relata Míchel, él y Butragueño asaltaron la sala de material y colgaron todas las camisetas y pantalones por los árboles del jardín del hotel. García enloqueció de furia y preguntó por los culpables: "Han sido los vascos y los catalanes, que te tienen manía", le engañó Míchel, "y me decía que eran unos malos patriotas, no veas el descojone". 

Bilardo el belga

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Sostiene Valdano, compañero en el ataque argentino de Maradona durante el Mundial, que la mayor preocupación del seleccionador Bilardo era enfrentarse contra España, un equipo al que adjudicaba un potencial latente por encima de las expectativas.

Por eso, en los cuartos de final, Bilardo se convirtió en el primero de los belgas, a los que llegó a poner unas velas para que eliminasen a España y se encontrasen con ellos en semifinales. Cuando la Selección cayó en los penalties, Bilardo por fin pudo respirar tranquilo: "Ahora sí que seremos campeones del mundo". 

Calderé, el maldito

Ramón Calderé fue, sin duda, el peor parado de la expedición española. A los pocos días de concentración descubrió, a través de los testimonios de sus compañeros, que no solo era el jugador peor pagado del F.C. Barcelona y la Selección, dato que ya conocía, sino que probablemente era el jugador que menos dinero percibió por jugar el Mundial de 1986. “Es una circunstancia que aún hoy me avergüenza”, reconoce en el libro el centrocampista de Tarragona.

Para subirse el sueldo, al menos en el Barcelona, utilizó el mismo truco que su compañero Julio Alberto: filtrar a la prensa ofertas falsas. “El Mundo publicó que me quería la Fiorentina y Sport, la Sampdoria. Al regreso de México Núñez me subió el sueldo”.

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Los problemas serios estaban por llegar. Rocío Jurado visitó a la Selección unos días antes del partido inaugural con Brasil y, no se sabe bien cómo, algunos jugadores acabaron afectados por la Venganza de Moctezuma, una afección intestinal causada por una bacteria que suele adquirirse al beber el agua de México. A Calderé se le juntó la cagalera con una neumonía y tuvo que ser ingresado en un hospital de México D.F. No volvería a rendir igual. “Había venido hecho un auténtico toro, llegando a todos los balones y yéndose de todos, pero salió del hospital a medio gas”, explica su compañero Poli Rincón.

Calderé tenía 27 años, estaba en su mejor momento de forma y sabía que quizá fuese su último Mundial, de modo que luchó y logró recomponerse en tiempo récord. En la victoria contra Irlanda del Norte, en el segundo partido de la competición, jugó 26 minutos solo para llevarse el tercer revés en veinte días: dio positivo en el control antidoping.

Finalmente todo se quedó en un susto, ya que la sustancia detectada en el organismo de Calderé era el principio activo del jarabe Bisolvon Compositum, que le fue administrado temerariamente por los doctores del hospital. El incidente se solventó con una multa para los servicios médicos de la federación y Calderé, por fin, se reencontró con la suerte marcando dos goles en el siguiente partido contra Argelia. 

Alcohol sí, azúcar no

Cuenta Poli Ricón en el libro que un día el médico de la Selección le pilló tomando una cerveza junto a Camacho en la cafetería, que se dirigió al seleccionador para informarle de que unos jugadores estaban bebiendo en una concentración: "¿Cómo no van a poder tomarse una cervezanbsp;¡Y hasta siete chicos, las que queráis!" le respondió Muñoz.

Curiosamente los jugadores podían beber alcohol, pero no azúcar. Muñoz, de carácter hierático, se mostró inflexible en este punto, llegando a prohibir a los camareros del hotel de concentración dar Coca-Colas a ninguno de los jugadores. Por mucho que les insistían hombres como Julio Alberto, adicto entre otras sustancias a la cafeína, la respuesta siempre era la misma: "El señor del pelo blanco no me deja".

La foto del gol de Míchel

El gol de Míchel a Brasil en el primer partido, que el árbitro no concedió, desató una ola de victimismo en el país. Entre los periodistas destinados en México corrió la voz de que un fotoperiodista había conseguido una instantánea perfecta en la que se ve que el balón rebasa la linea de gol. Todos se movilizaron para encontrarle y pagarle lo que fuera necesario, pero llegaron tarde: Interviú le había localizado antes que nadie y había comprado la imagen por 10.000 dólares.

La foto de la discordia
La foto de la discordia

Al poco, durante una cena, Manolo el del Bombo apareció con la fotografía impresa en papel satinado. "La vende un tipo ahí fuera", dijo. El tipo resultó ser un empresario español con sede en Miami, con fama de advenedizo, que se dejaba ver en las concentraciones de la Selección no se sabe bien para qué. El caso es que había sido él el primero en encontrar al fotógrafo y, no contento, consiguió que le regalase la foto. Posteriormente se la vendió a Interviú y, una vez hubo recibido el pago, imprimió varias copias y se puso a venderlas, a 10 dólares, a la entrada de los restaurantes. Todos los jugadores de la Selección se hicieron con una. 

La casa de putas

La Selección se trasladó a Querétaro para jugar los octavos de final sin conocer a su rival. Aún quedaba por jugarse el último partido del grupo de la muerte entre Alemania y Dinamarca; quien venciese sería primero de grupo y se enfrentaría con España. El plan original consistía en alojarse en Ciudad de México y trasladarse a Querétaro en autobús, pero Muñoz cambió de planes sobre la marcha y exigió alojarse en Querétaro cuando desembarcó la Selección del avión, en una decisión destinada a que los jugadores no pudieran verse con sus mujeres, circunstancia que tensionaba al seleccionador, muy chapado a la antigua.

La Federación tuvo que escoger un hotel a ciegas, sin referencia alguna, y resultó ser un desastre. Había cucarachas, ruido en las habitaciones y humedades. "Esto es una casa de putas llena de cucarachas", le dijo Míchel a Butragueño, "yo aquí no me quedo". A las tres de la mañana, después de un vuelo interminable, los jugadores de la Selección se amotinaron en la recepción del hotel. Se negaron a pasar la noche allí. Otros, como Lobo Carrasco, ya esperaban subidos al autobús el traslado de hotel.

Del utillero falangista al positivo de Calderé: nuestro Mundial 86 en diez episodios

Lo único que encontraron a esas horas fue un ala del hotel donde estaba alojada Dinamarca. Al seleccionador danés la noticia le sentó como un tiro, ya que llevaban tres semanas en el complejo y lo consideraban su fortín. "Hablábamos a gritos, nos hacíamos bromas... teniendo por allí a Míchel, Gordillo y Camacho, te puedes imaginar que los daneses tenían motivos para enfadarse", explica Butragueño. Una invasión en toda regla que fue preludio de la avalancha hispana que recibirían días después sobre el terreno de juego.

El penalty de Eloy en primera persona

No tengo ninguna excusa. Le pegué mordido al balón y fallé. Lo paró Pfaff. 

Lo primero que pensé fue en la posibilidad de que se abriera el campo y desaparecer del mundo. "Tranquilo, niño, que estos fallan alguno, no pasa nada", me decía Camacho. Cuando marcaron los belgas el quinto me quería morir. La reacción del equipo fue espectacular. Camacho, Míchel, Calderé... estaban todos tan jodidos como yo, porque nos habíamos hecho muchas ilusiones, nos lo habíamos merecido y estábamos en la calle. Solo recibí ánimos por parte del equipo. El vestuario era un drama. Me acuerdo de Urruti, que no me dejaba, y de Camacho que, llorando, me decía: "Vamos niño, que no pasa nada".

 

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