Es noticia
Gonzalo y Alexander-Arnold dan vida a Arbeloa antes del Benfica: el Real Madrid encaja sus piezas
  1. Deportes
  2. Fútbol
Ángel del Riego

Por

Gonzalo y Alexander-Arnold dan vida a Arbeloa antes del Benfica: el Real Madrid encaja sus piezas

El Real Madrid engrasa su maquinaria antes del momento de la verdad en la Champions League. Los blancos liquidaron a la Real Sociedad y recuperaron la fluidez en ataque

Foto: El ariete agradece la asistencia del inglés. (AFP7)
El ariete agradece la asistencia del inglés. (AFP7)
EC EXCLUSIVO

Imaginen que tienen que contarle lo que es el Madrid a un extraterrestre. Imaginen eso. Imaginen que ellos ya vinieron hace tiempo y están entre nosotros. Los gobiernos lo saben, las grandes corporaciones lo saben, los sacerdotes de todo tipo de cultos.. lo saben. Han sido testigos y actores principales en todos los grandes momentos de la humanidad de los últimos milenios. Las catedrales, las pirámides, el Valle de los Caídos. Todos esos monumentos fueron levantados como grandes conectores de la energía patafísica que necesitan esas criaturas.

Son iguales que nosotros, puesto que en su civilización, increíblemente avanzada, la forma material —incluso la tecnología— ha sido superada por la ductilidad del espíritu. El Greco era uno de ellos y captó su propia agonía: estar encerrado en un mundo espiritual, en un eslabón entre la vida y la muerte que los humanos solo podemos intuir. Ahora esos extraterrestres le abren la puerta a otros recién llegados de su mundo. Un mundo cuya estrella se ha convertido en una enana blanca que gira a velocidad inimaginable, produciendo destellos de muerte y resurrección. Eso lleva tiempo siendo así, y todas las religiones se han hecho a ese compás.

Pero esas gentes del espacio están hartas de la inestabilidad de su estrella y han emigrado en masa buscando el calor de un nuevo sol. Uno de esos nuevos extraterrestres, llamémosle Manolo, llega de novato a la Tierra y se descarga toda la información de un golpe. Aburrido por la simplicidad de las reacciones químicas de las vidas basadas en el carbono, decide ir a ver un partido de fútbol. Uno del equipo más refulgente, más estético, más piadoso; incluso con una voluta mística a su alrededor que decididamente le atrae. Es el Fútbol Club Barcelona. Solo escucha parabienes de su entrenador, de su estilo (algo trascendente que íntimamente compara con su propia existencia), de sus jugadores que flotan sobre el campo.

placeholder El Atlético aplastó al Barça en la ida de las semifinales de la Copa. (Reuters/Albert Gea)
El Atlético aplastó al Barça en la ida de las semifinales de la Copa. (Reuters/Albert Gea)

Un extraterrestre que no quedó conforme

Manolo va a ver el Barça contra el Atleti. Lleva dentro toda la información en su interior, sabe de fútbol más que Menotti y lo siente tanto como un argentino del Río de la Plata. Pero todavía no es un hincha. Su civilización fue primero empírica antes de ser espiritual. Necesita comprobar la verdad ante sus ojos. Se acerca al Metropolitano para ver al que cree será su equipo. Lo que sus ojos ven es un conjunto de jugadores sin norte, con una estrella que se comporta como un pequeño dictador infantil y una línea defensiva ridícula, con futbolistas mediocres que intentan paliar sus carencias fingiendo delante del árbitro.

placeholder Cubarsí y Julián Álvarez luchan por una pelota. (AFP7)
Cubarsí y Julián Álvarez luchan por una pelota. (AFP7)

Mira y analiza. Toda la zona central del Barcelona es un despropósito. Sus jugadores son incapaces de correr hacia atrás. Tienen un físico que a él le recuerdan a los Gyzmos, un cruce entre peluches y esclavos que los niños de su planeta utilizan para sus juegos más crueles. Manolo se va contrariado del partido. Se siente engañado. El otro contrincante, el Atlético, le ha gustado, pero no así su público. El ruido excesivo, los insultos, la pasión desaforada. Ese caudal le hiere íntimamente. Todavía no se ha hecho al nuevo planeta y lleva por dentro otro lenguaje. El silencio de la materia inerte, la elegancia en la desintegración del átomo, la belleza inestable y letal de un púlsar. En el Metropolitano no encuentra nada de eso.

Se acerca al Nuevo Bernabéu con precaución. Ha oído cosas extrañas sobre él. El Santiago Bernabéu fue construido sin la autorización de los ausentes (nombre con el que se conocen entre ellos) en un terreno —Chamartín— cuya energía psíquica condensada lo hacía peligroso y voluble para el asentamiento humano. El hombre que lo construyó tuvo una infancia en El Escorial que moldeó una visión del mundo dura, trascendente y peligrosamente libre que pergeñó al Real Madrid desde los cimientos. Su actual presidente, Florentino Pérez, sigue esa misma senda y, por tanto, es mirado con precaución por los nuevos amos.

Descubre el Bernabéu

Esa energía psíquica de Chamartín convierte la neurosis de las clases medias en una serie de apocalipsis con los que el Madrid apuntala su dominio sobre el fútbol. Los ausentes no son capaces de descifrar ese enigma —aunque sí de ponerle nombre— y por esa razón, tienen prohibida su entrada al templo. El Nuevo Bernabéu, además, les recuerda a los últimos vestigios sólidos de su civilización, "el Crepúsculo de los Metales", considerado el paraíso e infierno a un tiempo. Y no desean entrar en esos recuerdos, ya casi inaccesibles por la cercanía de un cuásar y su tensión gravitacional sobre la memoria.

Manolo entra en el recinto y se sienta al lado de un socio compromisario. Es un hombre de provincias que habla con marcado acento del sur. No se encaja bien en los asientos, todo es un poco incómodo, hay griterío y cierta desconsideración hacia los jugadores del equipo. Manolo no ve nada especial en el lugar. Los humanos siempre exageran sobre sus hazañas. Es irritante eso. Viajan a velocidades muy inferiores a la luz, pero lo hacen con una propaganda fenomenal. Y ahora tiene que aguantar a un pesado que invade su asiento para ver un partido de segunda categoría dentro de ese estadio al que sus congéneres le tienen tanto miedo.

placeholder Güler, en acción. (AFP7)
Güler, en acción. (AFP7)

Suena el himno, todos lo cantan, siente un pequeño oleaje en el alma. De repente, el silencio. Eso le gusta. La atención. La gente ya no habla entre ellos. Todos escrutan lo que pasa en el césped. Hay un equipo de blanco y otro equipo que viste de un color indefinible: la Real Sociedad. Se oyen gritos de guerra al fondo, pero el silencio lo ahoga todo. No hay belleza sobre el césped, pero sí orden. Se fija en el hombre de la banda. Álvaro Arbeloa. Es idéntico a uno de los personajes del Greco. Un hombre consumido por la angustia misma del ser, con un sentido de trascendencia que se plasma en su mirada. Escueto y duro, pero con un fondo humano. No logra ver si tiene un halo alrededor que resplandezca. Eso lo dejará para las noches europeas, piensa en voz alta.

"Ahí es donde se le juzgará. De momento, vamos echando el rato. Porque estos partidos son como darle de comer a los perros. Una obligación como masticar la carne antes de tragarla. Pero el espíritu está en otro lado". El hombre que está a su vera ha hablado. Deja caer sus palabras como si fueran sentencias. A Manolo le gusta eso, sus propios pensamientos son así, y le pregunta con timidez si es del Madrid.

—Hombre, si te parece voy a ser del Rayito. Yo voy con estos hijos de puta de blanco porque tengo el cutis muy fino y no quiero envejecer. Pero últimamente no me dan más que disgustos. ¿Y tú, de qué planeta has salido, majo?

Manolo está a punto de decirle el nombre de su planeta, pero recuerda que el chasquido de su lengua podría producir una deflagración nuclear. Y los humanos tienen una carcasa frágil, no pueden resistir temperaturas de más de un millón de grados sin desintegrarse. Una pena.

—Soy de fuera y me han dicho que este es el mejor equipo de la ciudad. Pero no entiendo mucho de fútbol…

El hombre le mira con suspicacia. Realmente, el aspecto de Manolo no puede ser más normal. Parece un oficinista en horas bajas.

—Mira. Los de blanco son los nuestros. El único equipo del que se puede ser. Ahora acaban de echar al entrenador porque al parecer les hacía presionar, correr y dar pases con sentido. Y el nuevo míster, Arbeola, les ha puesto un espejo delante. Les ha dicho que ellos son los dueños de la función y que si la cosa sale mal, la culpa será suya. Ahí anduvo listo. Mira ahora cómo por lo menos meten la pierna.

El rugido del estadio blanco

Manolo visualiza el silencio y se da cuenta de que por detrás hay un pequeño rugido, como un ralentí, que va subiendo de tono. En su cerebro asoma un crepitar. La coge Vinicius y el estadio alterna fases de silencio absoluto cuando el brasileño se libra con elegancia de un contrario y empieza a deslizarse sobre el césped, con fases de intensa algarabía, cuando Vinicius acaba perdiendo el balón por una última decisión cuestionable. Manolo se da cuenta de que el Bernabéu produce pulsos de energía que van y vienen entre largas explosiones de vacío en las que se encuentra muy a gusto.

Percibe un orden en el equipo blanco. En defensa, se resguarda en un 4-4-2 que deja pocos resquicios a los visitantes y, en ataque, ese orden se desintegra con los jugadores situándose en roles muy definidos. Algo le falta al equipo para cuajar, piensa Manolo, cuando de repente, un pase de rosca del lateral blanco, Alexander Arnold, es desviado con delicadeza a la red por Gonzalo. El delantero centro. El puesto que ordena a todo el equipo a su alrededor.

placeholder Vinícius tiró del carro. (AFP7)
Vinícius tiró del carro. (AFP7)

Su acompañante bracea desaforado.

—Claro, hombre, claro. Con un delantero centro todo es más fácil. Y con alguien que tenga pies y no pezuñas, el mundo se ve de otra manera. Repiten el gol en el videomarcador. La geometría variable del pase de Trent le produce a Manolo un pinchazo de melancolía. Recuerda el dominio que tenía su padre sobre la lava incandescente y se le dibuja una sonrisa. ¿Cómo puede ser que en este estadio, bajo esta luz amortiguada, todo se convierta en símbolo?

No hay respuesta a esa pregunta. Y el partido sigue ya despojado del precinto de los principios.

—Pero, ¿no era el Madrid un desastre, no eran los blancos el peor equipo de Europa? Pregunta Manolo con precaución a su compañero.

—Bueno, amigo, esto siempre ha sido así. El Madrid es el origen de todo, así que se le juzga con armas diferentes al resto.

Suelta el hombre del sur mirando al campo, como si escrutara una verdad mayor que el fútbol.

—El otro equipo, ya sabes, esos de la Generalitat y el pan con tomate, tiene mucha propaganda. Nosotros no. Nosotros somos la realidad. Cuando jugamos bien, cantamos al alba un rato y luego nos da por criticar a los nuestros porque buscamos una perfección que no se dio ni en el Renacimiento. Y cuando nada funciona, le damos al botón del Apocalipsis y que sea lo que Dios quiera. Que para eso pagamos y somos los dueños del desastre. Si somos crueles es porque estamos vivos, y si estamos callados es porque tenemos la boca seca de tanto ganar.

En ese momento, Huijsen hace un penalti un poco absurdo a un jugador de la Real. El campo se amotina contra el hispano-holandés.

—Pero inútil, más que inútil. Vete a jugar a las casitas a Flandes. No me jodas con el rubito este. Que todos los rubios son igual de blandos, hombre. Seguro que este se lee los manuales de instrucciones. Dame mi Fernando Hierro que miraba a los rivales y los convertía en estatuas de sal.

El jugador de la Real anota el gol. El Bernabéu es un glaciar, excepto cada vez que Huijsen la toca. Entonces, arrecian los pitos.

placeholder El central español cometió un penalti absurdo. (AFP7)
El central español cometió un penalti absurdo. (AFP7)

—Así que no te gusta el tal Huijsen, dice Manolo muy serio.

—Claro que me gusta. Ese chico va a ser el mejor en su puesto. Pero está tierno como el niño ese que dibuja Goya. El de Saturno devorando a su hijo. Pues bien, un central no tiene que ser el devorado, un central del Madrid tiene que ser Saturno y que los rivales se lo tatúen en la cara.

En ese momento, Huijsen saca el balón con la cabeza alta y se planta en dos zancadas en el medio campo. Los pitos se convierten en aplausos.

—¿Ves? Ahí hay material. Pero nos va a dar muchos disgustos antes de que se haga un hombre. En fin. Poco a poco.

El juego del Madrid ha perdido la cualidad apelmazada de días atrás. En ataque, Tchouaméni hace de pivote único, tan posicional como una estatua. Camavinga barre los restos y Fede asalta por la derecha el área rival. Aunque ninguno de los tres destaque por su imaginación, tienen tanta energía que Güler parece un poco consumido entre medias, sin sitio y sin un rol claro más allá de embellecer algunas jugadas. Pero lo poco del turco es importante. Cuando él entra en contacto con la pelota, todo gira más rápido, todo cobra más sentido, todo encaja mejor.

La grandeza de Gonzalo

Gonzalo le sienta bien a todos, quizás excepto a Güler, que pierde la posibilidad del último pase interior a la carrera de Mbappé. El canterano siempre está a la distancia que exige la jugada. A la distancia precisa del balón, de los contrarios y de sus propios compañeros. Nunca se pisa con los demás y su deambular por el campo es más sutil de lo que parece. Es el jugador de la liga española con mayor porcentaje de balones aéreos ganados. Su fenomenal dominio del espacio es, junto al gol, la principal cualidad de un delantero centro.

El juego del Madrid fluyó a ratos de una manera inédita en la última temporada. Los delanteros eran solo dos, constante histórica en los blancos, y se movían con sentido. Los tres medios intercambiaban posiciones y Güler ocupaba las casillas que los demás no querían. Y además estaba Trent. El inglés paliaba con el terciopelo de su pie derecho los déficits técnicos del Madrid. En pase en profundidad o en pase horizontal, fue de repente como si un cachito de Kroos hubiera vuelto al hogar.

placeholder El brasileño, en acción. (AFP7)
El brasileño, en acción. (AFP7)

En la segunda parte salió Carvajal. Se le vio al principio un poco tosco en movimientos, pero en los últimos 15 minutos demostró que es el de siempre. El Madrid ha pasado de tener una banda derecha que era un castigo a que sea el mayor activo para la victoria. Fede, Trent, Carvajal más el apoyo de Güler. Y por el otro lado, asomando Vinicius, que no necesita de amistades para hacer arder la jungla. Provocó dos penaltis. El segundo de ellos con un caño que fue casi un trampantojo del Barroco. Una alegoría. Esas cosas que solo hace ya Vinicius, el único salvaje en un fútbol controlado por las academias. Esas cosas por las que se le detesta.

Cuando Manolo gritó desaforado el segundo gol de Vinícius, a sabiendas del odio que produce en toda España, comenzó a entender muchas cosas sobre el Madrid, sobre ese equipo al que parece que las leyes del cosmos no le afectan. Que vive dentro de su propio código secreto, imposible de descifrar por procedimientos como la razón, la matemática o la moral. Es necesario abrir el espíritu y dejarse inundar. Lo que hizo José Mourinho. Que espera a mitad de semana con la media sonrisa de quien no tiene nada que perder. Y eso lo hace mucho más peligroso.

Imaginen que tienen que contarle lo que es el Madrid a un extraterrestre. Imaginen eso. Imaginen que ellos ya vinieron hace tiempo y están entre nosotros. Los gobiernos lo saben, las grandes corporaciones lo saben, los sacerdotes de todo tipo de cultos.. lo saben. Han sido testigos y actores principales en todos los grandes momentos de la humanidad de los últimos milenios. Las catedrales, las pirámides, el Valle de los Caídos. Todos esos monumentos fueron levantados como grandes conectores de la energía patafísica que necesitan esas criaturas.

Real Madrid Álvaro Arbeloa Vinicius Junior
El redactor recomienda