Arbeloa descubre la naturalidad: los chicos son felices, corren, juegan y presionan
Arbeloa ha entrado con sigilo en la escena. Ha hecho una genuflexión ante el escudo, el presidente y las estrellas. Así es como ha conseguido recuperar el vestuario madridista
Arbeloa y Vinícius se abrazan en Champions. (Reuters/Violeta Santos Moura)
Al madridista se le tiene como a un soldado de la normalidad. El aficionado blanco tiene el estigma de no ser un aficionado de verdad. No sufre (o no parece sufrir), no está a las malas con los suyos (o eso se dice), lo que lo niega como hincha. Para el resto de las aficiones, el madridista es el hombre normal, gris, el hombre-masa que es del equipo que hay que ser por pura inercia.
Hace unos días, el equipo blanco sufrió una gran pitada en el Bernabéu. Muchos no lo entendieron. Algunos aficionados blancos torcieron el gesto. Fueron Vinícius y Bellingham los agraciados con el premio gordo, especialmente el brasileño, que desataba una tormenta cada vez que rozaba la pelota. Después de esa tarde agria, han venido dos partidos. Dos victorias. El encuentro europeo contra el Mónaco; el mejor del curso. El encuentro liguero contra el Villarreal en su campo (un estadio imposible para el Madrid), el partido más serio y comprometido de la temporada.
Ha habido una concatenación causa-efecto entre la aspereza del coliseo blanco y el rendimiento de los muchachos. Es hermoso. A veces ocurre. Existe la lógica en el mundo. El mejor Madrid suele ser como la naturaleza: un ente depredador en el que solo sobreviven los más aptos. Y el Bernabéu, encarnado en su afición más castiza, es su mandato Darwinista; el que separa el grano de la paja, el que empuja, el que es cruel pero justo y el que a ratos es caprichoso con el jugador que no hincó la rodilla delante de los únicos señores existentes, los de la nación madridista. El pueblo elegido.
Subiendo por la Castellana va apareciendo la enorme catedral de metal. Parecen los restos de una antigua civilización alienígena. En medio de un barrio de altos funcionarios, Chamartín, emerge un monstruoso caparazón brillante. Así es el Madrid. Una ruptura con lo real. Una fantasmagoría.
En el interior del Bernabéu, el ambiente se enfría, se condensa en un tiempo histórico o en un aburrimiento propio de una novela existencial donde todo se prepara para lo que está por venir. Mientras, la gente rumia su desencanto con el presente. Aunque el ambiente de hace una semana sea el propio de una guerra civil, la normalidad del estadio, incluso en los mejores momentos del equipo, es la de un dragón con un ojo entrecerrado, vigilante y con ganas de lanzar una llamarada a la mínima que sus pupilos se despisten. Eso no lo hace un aficionado que sea el apóstol de la normalidad, como parecen creer los de fuera. Eso lo hace alguien que se siente un príncipe y que proyecta su narcisismo sobre su pasión, sobre su equipo, al que juzga de manera inmisericorde por puro orgullo. Un orgullo que no le permite mostrar su abatimiento tras las derrotas (na, yo paso del Madrid, tengo otras cosas en la vida antes que preocuparme por unos millonarios…) y que busca sentir que se le hace caso, mandar tanto como el presidente y saber más que el entrenador.
El Real Madrid surge en la España de principios del siglo XX. Era un país anciano y, a la vez, por estrenar. Y era Madrid una capital colgada del cielo que concitaba un poder político más aparente que real, sin industria, sin apenas burguesía, con escasa vinculación con su madre Castilla, y alejado de la España próspera y periférica.
Los jugadores del Madrid celebran un gol contra el Villarreal. (AFP7)
En Madrid serpenteaba el veneno de la antigüedad entre instituciones que querían ser modernas y no llegaban a cuajar. La capital estaba fuera de los caminos de Europa, pero no era una ciudad cualquiera. Madrid fue sede del primer imperio del mundo moderno. Felipe II instala en 1.561 su corte en una pequeña villa fundada por los árabe: Mayrit. En los alto de una vasta meseta llena de un aire frío y claro, deslenguada e inmóvil y con tendencia al apocalipsis, Madrid estaba en el centro geográfico de la península. Esas eran sus cualidades que aún permanecen: centro e imperio. Ninguna parte y todas a la vez. Como el Real Madrid: su marca, su signo y su destino.
La capital era algo extraño, arrinconado, lleno de paseantes ociosos con ademanes principescos sumidos en la más absoluta pobreza; destino que aceptaban sin pestañear. Eran hidalgos, aristócratas en harapos con delirios de grandeza cuyo gesto se había congelado en el tiempo. Ese espíritu abierto, infinito, como los horizontes de la misma ciudad, y también grandilocuente y absurdo, digno de quienes viven en una ensoñación, está en las gradas del Bernabéu y sobre el propio club como una presencia cósmica.
Nadie más tiene ese público, esa cosmogonía, esa afición extática e insufrible, mandona, irrespetuosa e injusta. Callada y poética como los místicos. Insensible y cruel como los tiranos. Rencorosa. Altiva. Ignorante. Sabia. Absurda. Pequeña. Universal. Que no soporta a Vinícius por sus excesos de opereta a sabiendas de que es su único jugador diferente. Uno de esos que es capaz de ganar contra natura, máximo placer del madridista.
Esa afición solo puede engendrar equipos monstruosos, paranoicos y geniales. Equipos cegados por su propio resplandor e inmunes a las leyes del fútbol. Es un club que se rige por mandamientos muy concretos y, a la vez, imposibles de definir. Por eso son necesarios los entrenadores tranquilos que siempre parecen mirar al horizonte. Villalonga, Miguel Muñoz, Del Bosque, Ancelotti y Zidane. De cada uno se dijo que su libreto estaba oxidado y que los grandes estilos vivían en otras partes. Helenio Herrera, Marcelo Lippi, Guardiola, Klopp. Estos eran los admirados. El entrenador del Madrid era translúcido ante los deseos de sus estrellas. Se iba fosilizando en el banquillo, pero misteriosamente las Copas de Europa seguían cayendo del lado merengue.
A Xabi no le compraron a Zubimendi. Ahora es quizás el mejor futbolista de la Premier. El juego del Madrid sin mediocampistas que sepan pensar el partido parece tener fecha de caducidad. Pero Xabi no supo dejar atrás ese contratiempo y enmendarlo con las cualidades naturales del equipo. Cuando se encomendó a sus estrellas, ya era tarde. La máscara había caído y eso solo se recompone con un título. Contra el Barça, en la Supercopa, hubo mala suerte, la justa, la que tienen los entrenadores obsesivos y tácticos en el Madrid (Mourinho también la sufrió). Y se acabó su tiempo.
Arbeloa ha entrado con sigilo en la escena. Ha hecho una genuflexión ante el escudo, el presidente y las estrellas. Así, ha recuperado el vestuario. Y con el vestuario ha venido el compromiso, la presión y que cada uno asuma su propia responsabilidad. Todas las incógnitas que dejó la última temporada de Ancelotti, siguen abiertas. ¿Vinícius y Mbappé pueden coexistir fuera de un contexto de transiciones continuas? ¿Cómo se maneja un partido sin peloteros de alcurnia, sin que nadie sepa perder tiempo con la pelota, sin un mediocentro que dicte las normas? ¿Cuál es la posición de Bellingham, la mediapunta, el interior, la confusión nocturna o el banquillo?
Arda Güler, el único jugador diferente del Real Madrid. (AFP7)
De esas preguntas, el entrenador salmantino solo tiene capacidad para responder la última. Vinícius y Mbappé van a jugar siempre. Los cambios serán políticos, sale Franco y entra Brahim. Sale Güler y entra Ceballos. Camavinga por el que sea. Un central por otro central. Arbeloa sería feliz si los cambios estuvieran prohibidos. El caso Xabi ha dejado claro que para cambiar a una estrella consagrada como Vinícius, el entrenador necesita el plácet del presidente, una llamada del Vaticano y el sí de las niñas.
En estos dos partidos, Vinícius ha marcado, ha presionado (también con Xabi lo hacía) y ha vuelto a su piel de siempre: el jugador más desequilibrante del mundo. Está algo resentido con el Bernabéu pero ya sonríe en público. Abraza a Arbeloa y se guiña con Mbappé. Es como un niño, casi todos los genios son así, pero solo un espíritu burlón y caprichoso, ligeramente inmortal, puede violar los códigos de la Champions para volver a ganar sin merecerlo.
Arbeloa dijo que no podía ir contra la naturaleza de sus jugadores. Ese es un concepto fundamental. La táctica de Ancelotti o de Zidane, consistía en poner andamios donde no llegaban los futbolistas, nunca en cambiar su concepción del juego. Casemiro le cubría la espalda a Marcelo. Fede era la extensión mental de Kroos. Vinícius y Rodrygo estaban muy abiertos para aprovechar las llegadas de Bellingham. Era lo sencillo abriéndose paso. No se automatizaba el talento, algo ruin y que pocas veces funciona en el altísimo nivel. Cuando lo hace —el año pasado con el PSG— parece que se nubla el mundo, pero el mundo sigue moviéndose y el Madrid sigue férreo habitando un universo con unas normas que él mismo ha creado.
"Los chicos son felices", dijo el entrenador. Y cuando son felices, se expresan sobre el césped, cogen confianza y dan su máximo. Camavinga, contra el Mónaco, hizo un gran partido desde el lateral. Él no siente que esa sea su posición pero la naturalidad del futbolista se debe dar en los que entienden el juego de un vistazo; no es el caso del francés. Camavinga necesita leyes a su alrededor para no perder balones en el centro, su cruz, y para que sus conducciones fulminantes y su versatilidad defensiva se aproveche. Es como un perro persiguiendo su presa. Pero debe saber cuál es su presa.
En el fútbol, como en el amor, las cosas o son sencillas o son imposibles. La complejidad la pone quien mira. A Mastantuono le sale natural triangular en banda para recibir en el interior del área. Para la mayoría de nuestra plantilla eso es un imposible. El argentino es rápido, pero no tanto. Tiene un regate aceptable, pero no histórico. Su zurda todavía padece de cierta timidez. Es potente. Su disparo está en fase embrionaria. Es lo contrario de un extremo actual. Pero sabe jugar al fútbol. Entiende lo que pasa en el campo. Se asocia y busca el interior del área con delicadeza, sin forzar. Ayuda a su banda sin aspavientos, presiona con inteligencia y añade algo de espesor al raquítico medio campo merengue. Quizás sea la diferencia entre un equipo que funcione y otro que no lo haga. Esa suma de detalles.
Huijsen vuelve a su momento de principios de temporada. ¿Lo mejor que tiene es su lectura del juego? Pues que se dedique a la anticipación y la salida de balón. Entre él y Asencio están construyendo una defensa. El nivel no lo sabemos. Contra el Villarreal tuvieron la ayuda de Camavinga en el mediocentro. Los de Castellón tienen jugadores como Parejo y Gerard Moreno, de una finura extraordinaria para encontrar esos vértices en campo ajeno donde se abren las puertas del gol. Solo lo hicieron una vez, a balón parado, y la pelota se fue a las estrellas.
Mbappé sigue marcando goles. Se desploma sobre los campos de una manera irreversible. Sólo Cristiano, Messi y Pelé han tenido dentro más gol que él. Lo confuso, incluso ortopédico que es cuando baja al mediocampo, se convierte en sencillo y quirúrgico en el área. Pero tantos años en el PSG siendo el final del párrafo han hecho que lo natural en él sea esperar agazapado en la frontal. Y en esa discreta cuestión puede estar el futuro del Madrid de Arbeloa.
Al madridista se le tiene como a un soldado de la normalidad. El aficionado blanco tiene el estigma de no ser un aficionado de verdad. No sufre (o no parece sufrir), no está a las malas con los suyos (o eso se dice), lo que lo niega como hincha. Para el resto de las aficiones, el madridista es el hombre normal, gris, el hombre-masa que es del equipo que hay que ser por pura inercia.