Xabi Alonso compra tiempo en el Real Madrid, pero el equipo sigue desaparecido
El Real Madrid firmó una victoria de mínimos contra un Sevilla sin determinación en las áreas. Los blancos no solucionan sus problemas y el Bernabéu pierde la piedad
El técnico tolosarra, este fin de semana. (Reuters/Juan Barbosa)
El juego del Real Madrid sigue sin aparecer. Esto ya no es noticia. La noticia fue que al Bernabéu se le abrió un ojo en medio del desierto. Y tras ese ojo vendrá el gusano. Y el gusano abrirá sus fauces y ahí, Florentino, deberá convertir el agua en vino o las cañas se volverán lanzas. El Sevilla es un equipo extraño, a veces fino y otras absurdo. Jugó en el Bernabéu al filo de la goleada y, sin embargo, pudo ganar. Es un equipo español y eso quiere decir que tiene carencias en puestos de combate, pero sabe hilar con inteligencia y exactitud el balón por el ojo de una aguja: cuando el oponente pierde los papeles en el medio campo
Contra ese equipo abierto y lleno de aire, los jugadores madridistas tenían grandes autopistas para correr y gritar su verdad a los cuatro vientos. Pero no fue así. De ninguna manera. La salida del balón era como la huida de un after a primera hora de la mañana. Sin simetría, sin ritmo, sin convicción. Cuerpos dubitativos y espacios sin rellenar. El Madrid transitaba fácil, pero no le servía de nada. Cada uno construía su jugada atropellándose casi siempre en el momento crucial: a la hora de dar continuidad a la pelota, en el desmarque, en el pase previo al desmarque, en el inexistente juego sin balón, en los disparos inocentes hechos casi por el qué dirán.
Xabi ha vuelto a los cuatro delanteros de Ancelotti. Es una forma de honrar a su maestro. Y para aumentar la desazón del espectador, pone a Arda de interior y le da la llave del equipo. Una medida voluntariosa que la endeblez del turco pone en evidencia en cada lance. Xabi busca un equipo partido y que encuentre su sino corriendo. Quiere un equipo agónico con finales hollywoodenses y grandes espacios abiertos para que Mbappé, Rodrygo y Vinicius puedan deslizarse cuesta abajo por el tobogán y lleguen a casa felices y despeinados. A falta de táctica, Xabi ha decidido echarlos a rodar y que ellos solos encuentren su posición.
Vinícius, Bellingham y Mbappé. (Reuetrs/Pankra Nieto)
Cuando el Sevilla juntaba dos pases se ponía en la frontal del área con una facilidad inesperada. ¿Inesperada o desesperante? No es fácil encontrar los adjetivos para este Madrid. El Real es lo extraordinario, un enorme portaviones que cada lustro busca un iceberg para hundirse de forma operística. Los adjetivos deben reflejar en palabras lo que resuena en el imaginario del hincha. Este equipo tiene jugadores fantásticos que juegan con una torpeza desesperante. Así que uno se puede contradecir de un partido a otro o incluso en el mismo párrafo, porque Vinícius es capaz de alcanzar la genialidad en un suspiro para, a continuación, dar el pase de la muerte a un sitio donde no hay nadie.
Huijsen tuvo grandes dificultades. (AFP7)
Una y otra vez sus ocasiones pasan de lo triunfal a lo banal sin parada en el sentido común. En realidad, la facilidad del Sevilla para asaltar el área del Madrid era desesperante. Con un solo interior -Güler- que además sigue durmiendo en la misma habitación que sus padres, y con dos centrales como Rüdiger y Huijsen, el uno fuera de ritmo y el otro fuera de foco, era muy sencillo para los jugadores andaluces quedarse a las puertas del gol.
Los centrales, en graves problemas
Pero Courtois ya estaba avisado.A Huijsen que le encarguen cuidar un jardín con flores: petunias, amapolas y rosas sin espinas para que no se manque. Se le pone en una esquinita del campo, donde el césped esté más lucido y así nos quedamos todos tranquilos y él sería más feliz, porque no nació para la represión, para el duro destino de un central. Él está en el mundo para llevar la pelota en conducción con la cabeza erguida y cara de prócer. Eso sí le gusta. Es una estrella en ciernes. Todavía no es futbolista, pero su mirada es la de una supermodelo.
Debería vivir una posguerra o tener de compañero de habitación a Fernando Hierro. De otra manera, se perderá. Estas pequeñas catástrofes del Madrid han causado un pequeño mohín de disgusto en el Bernabéu. Hubo pitos tras cada oportunidad del Sevilla. Luego silencio, un clima destemplado, sin cielo ni infierno, pero sin paz; y al final, salió Vinícius y la hinchada le hizo saber que si tiene otros intereses aparte del Madrid, como el arte contemporáneo o las figuritas de Lladró, quizás sea el momento de partir hacia otro universo más complaciente.
Güler va de más a menos. (AFP7)
Hubo un gol del Madrid a balón parado y el comentarista Morientes hizo saber la importancia del balón parado cuando los partidos están atascados. Lean ustedes este párrafo con cierta precaución. Es un párrafo feo, mal escrito, con una repetición en medio que convierte su lectura en un acto parecido a beber gintonics en el desierto. La boca seca, la ausencia de imaginación, la repetición de los lugares comunes que convierten la narración futbolística en un paseo por un cementerio. Para eso se inventó a Jorge Valdano. Pero cuando no está el argentino, conviene bajar el volumen de la televisión y enfrentarse a los partidos del Madrid a cara de perro.
El Sevilla se cerró y provocó un atasco de los blancos. Un balón largo de los andaluces era suficiente para provocar el error en la defensa merengue. Huijsen y Rüdiger corren hacia atrás como figuras de un videojuego averiado. Son lentos, se giran mucho después de que el balón haya pasado, como si fueran los protagonistas de un mal sueño. Así que acompañan al delantero en su aventura en solitario hasta que Courtois se hace gigante y ahí se acaba la película.
Güler no es una brújula
En el centro del campo Güler se hace diminuto. Ni siquiera es trasparente. Es solo un punto de una sola dimensión que aparece en los sitios fijados a la hora señalada. Pero da igual. Nadie repara en él, los rivales se lo quitan de encima sin percatarse de su presencia y cuando el balón le llega por casualidad, es incapaz de avanzar. No tiene la potencia ni la velocidad tras el regate. Le queda el pase y para que eso sea eficaz, los delanteros deben desmarcarse. Pero nadie se desmarca. Siguen enclaustrados en la cofradía del balón al pie. Masonería final de la estrellita madridista cuando ha decidido que el Madrid gire a su alrededor y no al revés, como pasa en los equipos ganadores.
Rodrygo ha despertado. (AFP7)
Aun así llegó el gol de los blancos. Fue un penalti muy claro a Rodrygo. Zancadilla en el área. No hay dudas. Pero en los bares hubo un motín. ¡Penalti a favor del Madrid! La gente se llevaba las manos a la cabeza. Los comentaristas expresaban sus dudas con rostro severo, como si hablaran de los asuntos graves de la nación. Los atléticos sonríen y hacen la señal universal del dinero con la mano. En algún lugar del mundo, Saúl, vuelve a ser feliz. Saúl es un chaval que solo quiere jugar al fútbol. Estuvo unos años en la cantera del Madrid y se fue de allí por aspectos extradeportivos. Quien sabe lo que significará eso.
Recaló en el atlético y desde entonces el antimadridismo es una de sus pasiones. Saúl es ese tipo de jugador que mete golazos y no tiene un rol definido sobre el campo. Algo así como Asensio, aquel cisne de juego hermético y disparos asombrosos. Esos jugadores sirven para la élite lo que les dura el rastro de sus goles de dibujos animados. Cuatro o cinco años, no más. Sin encaje y con fantasías de grandeza, suelen ir bajando escalones hasta recalar en la liga turca o en Sudamérica. Saúl anda por allá, en el Flamengo, y el otro día dijo que el equipo brasileño era mucho más que el Madrid, porque el Madrid era un equipo sin afición.
El mayor peligro del Santiago Bernabéu
Es la negación del Real hasta sus últimas consecuencias. Para un atlético o para un antimadridista, y antimadridista es todo aquel que no sea del Madrid, el equipo blanco ni siquiera es un club de fútbol. Llevan toda la vida enfrentándose al Madrid y son incapaces de entenderlo. Saúl llega al Bernabéu y no siente nada. Cree que el silencio es el de una habitación vacía. No es así. Ese silencio es el de los grandes salones plagados de obras de arte de incalculable valor; es la reverencia y es el hincha escrutando el juego de su equipo. Y de vez en cuando, el silencio se rompe, como en la pitada a Vinícius, con el público haciendo saber a un jugador -el capitán- cuál es su destino si no se despoja de ese manto de armiño que atrofia sus movimientos.
Mbappé aplaude al Bernabéu. (EFE/Javier Lizón)
Hay un peligro y es el mismo que atenaza a la civilización occidental. No es la decadencia. La decadencia es una dimensión más de la realidad. Europa lleva conviviendo con ella desde que Roma cambió su realismo crudo por la cristiandad. Ese peligro es el turismo. Los ojos que hay dentro del turistaconvierten toda experiencia en banal. Toda edificación en un decorado. Cualquier verdad en una representación. Y la mitad de los espectadores en el campo del Madrid, del Barcelona y de casi todos los grandes equipos de Europa, son turistas.
Gente que paga y no siente, que solo busca la emoción del gran escenario y la fascinación por el ritual. Los galácticos se volvieron banales cuando empezaron a jugar para ese público. Luego, llegó Raúl y los ahuyentó a todos. Fue necesario. Ahora vuelven a tomar el templo. Y así, la estrellita madridista convierte su fútbol en una simulación capaz de ser subida a intervalos de treinta segundos en una plataforma. Lo hace para ellos. Para los turistas, para los que no son aficionados, para los que no ponen su corazón en la marcha de su equipo. Ese es un peligro mayor que el de una mala temporada. Al fin y al cabo, eso abre el apetito al hincha, lo reconcilia con la mediocridad de su vida. Es algo necesario, como las posguerras o las resacas. Como el mal trago que está pasando Xabi. Un buen tipo en una película que no es la suya. Feliz Navidad.
El juego del Real Madrid sigue sin aparecer. Esto ya no es noticia. La noticia fue que al Bernabéu se le abrió un ojo en medio del desierto. Y tras ese ojo vendrá el gusano. Y el gusano abrirá sus fauces y ahí, Florentino, deberá convertir el agua en vino o las cañas se volverán lanzas. El Sevilla es un equipo extraño, a veces fino y otras absurdo. Jugó en el Bernabéu al filo de la goleada y, sin embargo, pudo ganar. Es un equipo español y eso quiere decir que tiene carencias en puestos de combate, pero sabe hilar con inteligencia y exactitud el balón por el ojo de una aguja: cuando el oponente pierde los papeles en el medio campo