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Crónica de una muerte anunciada: si Guardiola no lo remedia, Xabi será fusilado al amanecer
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Ángel del Riego

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Crónica de una muerte anunciada: si Guardiola no lo remedia, Xabi será fusilado al amanecer

Desde hace un mes, se está cavando un hoyo en las afueras desérticas de la ciudad. Falta saber quién será el Joe Pesci que ejecutará la sentencia

Foto: Xabi Alonso, en el partido contra el Celta de Vigo. (AFP7)
Xabi Alonso, en el partido contra el Celta de Vigo. (AFP7)
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Hay largos momentos donde el Real Madrid no juega a nada. Un tiempo de duración indeterminada donde sus jugadores piensan en sus cosas mientras fingen estar atareados para que el público no les llame la atención. En ese tiempo monstruoso, el aficionado blanco nota el sinsentido del universo como una dimensión más de la vida. Una dimensión semi oculta que se va abriendo hasta ir tragándose todo lo existente: el césped del Bernabéu, la directiva, el mismo estadio, un camión cisterna, la ciudad de Madrid, la sexta flota, la civilización occidental, el sistema solar. Todo lo que hay, excepto tu ex. Ella sobrevivirá con la media sonrisa de quien siempre tuvo razón.

Es el minuto 35 y los contrarios ya se han dado cuenta. El secreto ha sido desvelado. El Real Madrid es una basura. Nada existe. El balón se desliza sobre el tiempo como en una pesadilla antigua. El Bernabéu sigue dormido. Su silencio es el de un glaciar, el de un desierto. Su silencio heredará la tierra. En esos momentos finales de una civilización, hay algo hermoso, aunque usted no sea capaz de verlo. No es una turba asaltando el palacio, no son los bárbaros manchando de mierda la pintura renacentista. Los bárbaros somos nosotros. Los rivales ponen luz en lo que ya solo era caos y un surtido bien empaquetado de pequeñas mezquindades.

El Celta disparó una geometría contra la defensa blanca. Fue un pequeño compendio de la ilustración. No de esa altanería que rebaja al hombre a la idea mediocre de ciudadano. No, fue algo más discreto, algo que convirtió la severidad de un glaciar en una pista de patinaje para niños. El Celta jugó al fútbol, juego maravilloso que el Madrid ni siquiera es capaz de imaginar. Tiró líneas contra el desorden, escondió sus intenciones y cerró los ojos en mitad del área para que el demonio que guarda la portería blanca, cayera en el engaño. Luego, los vigueses gritaron el gol y se fueron felices a su provincia, un sitio secreto que también será engullido por la nada. Pero de momento le han robado tiempo al destino.

El Madrid es una religión porque convierte a sus hijos en hijos de Dios. Basta un gesto para trasmutar esa orfandad del coliseo blanco en una catedral llena de luz. A veces es una injusticia arbitral, otras un control hecho con el pensamiento; aquella vez fue Modric robándole la pelota a Messi. El Madrid es un enorme ejército de la imaginación y solo concibe el fútbol como una sucesión de detalles. Todo es símbolo y en esos gestos está contenido el mundo.

Foto: real-madrid-arbitros-xabi-alonso-vinicius

Pero el genio, lleva dos años sin hacerse presente. Quizás se frotó demasiado la lámpara y en el libro de los cambios están contadas las veces que se debe invocar a los espíritus.

El Madrid surgió en un país sin mar. Un país con un cielo tan alto que ahí cabe un trasatlántico con las luces encendidas. No hay un espejo donde mirarse, como el mar, como en otros cielos más cercanos. Un vacío enorme, que es de lo que están hechos los interiores, los salones de invitados y las zonas más confusas de la imaginación. Pasean fantasmas allí, verdades inabarcables y convicciones imposibles de explicar. Con los ojos tan abiertos del niño desorientado, el madridista mira y no entiende. Murmura y espera que aparezcan los ángeles que desordenaron su habitación. Vinícius está hecho de ese material. Flujo infantil y un alquitrán espeso que se pega a las paredes. Vinícius es ahora nuestro Casillas. Le surgen unas alas justo en el momento en que se paran los relojes y algo más: un fuera de campo siniestro que se traga lo que se oponga a su virtud.

Pregúntenle a Xabi. Desde hace un mes, se está cavando un hoyo en las afueras desérticas de la ciudad. Falta saber quién será el Joe Pesci que ejecutará la sentencia. Guardiola es un buen candidato.

Nos esperan malos tiempos. Ver a Bellingham pasearse por el campo como una señora con dos bolsas de naranjas mirando un accidente de coche, es una señal. Lo han visto ustedes en las películas. Pájaros que se estrellan contra el parabrisas, canteranos repeinados de gran interés humano, la mirada de Endrick, el peso sobre los hombros de Fran.

Cuando el Madrid no gobierna los destinos del fútbol, se parece mucho a la estela de su mito. Esa España cruel y desértica de antes de ayer. Un hombre en el medio de la nada que se creía un emperador. Y su palacio era de adobe. Dormía con las mulas, pero tenía modales de rey. Nada había como su nación. La primera entre las demás, creía. Su altivez, su arrogancia boba, le salvaba de la mediocridad de lo burgués. Una acritud cantante. Ese era el espíritu. Aristocrático y barriobajero. Nunca democrático. Nunca racional. Las remontadas de la UEFA. Luego la Quinta, enseñando los límites de la belleza en un lugar que desprecia la tecnología. Cuando la desesperación estaba a punto de prender en los ojales de las mocitas madridistas, llegó Raúl. 1994. La España autonómica la había cogido contra el club central, la Quinta era un naufragio de caras conocidas y en Tenerife habían dispuesto unos hornos crematorios. Pero llegó Raúl y ese gran ejército de la imaginación vivió colgado del príncipe del adobe hasta que Mijatovic volvió a poner al Madrid en la corriente central del fútbol.

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En el 2005 fue Ramos. Sentimental y furioso, absurdo y con ese tipo de crueldad exquisita necesaria para colonizar un continente. Con Ramos, los restos de Raúl y la maza primigenia de Capello, el Madrid sobrevivió un lustro. Raúl había salido del Lazarillo de Tormes, era esa inteligencia seca y silenciosa que prospera en la meseta. En una mano tenía todos los secretos del fútbol y, en la otra, un ojo donde el gol se dibujaba dos segundos después.

Ahora el Madrid se ha descapitalizado en lo emocional y lo que ha comprado es como esa chatarra que da vueltas alrededor de la Tierra y brilla de forma insólita cuando el Sol la atraviesa una vez cada mil años. Mbappé caerá en el mar sin hacer ruido. Entrará en la atmósfera con su último fogonazo y luego dará vueltas y vueltas hasta ser enterrado en el agua. No hay nada que haga presagiar que es un jugador del Madrid. Y menos que sea un delantero centro. Lugar que Xabi le reservó, una vez que Vinícius se quedó con el extremo izquierdo. Esa decisión inocua selló el destino del vasco.

Puede que contra el City, donde quizás el Madrid sepa correr, todo sea diferente. No parece que este equipo tenga un corazón atómico, ni la inteligencia precisa para construirse más allá de las órdenes de su entrenador. Son un montón de jugadores salidos de excolonias que no tienen ningún arraigo con la ciudad, ningún arraigo con el país y no han construido un vínculo con el club como el que convirtió a Modric en un apóstol de la camiseta blanca. Y en el club de Chamartín, las órdenes de un entrenador nunca serán seguidas. Este es un Madrid que ha ganado dos Champions y eso convierte a la mitad de la plantilla en gárgolas burlonas que adornan los aleros de la catedral. Observan el tiempo con la pasividad de quien ya se sabe en la historia. Para conmoverlos haría falta una espada flamígera o la mirada llena de muerte y resurrección de Zidane. Alonso ni siquiera los ha rozado.

Foto: real-madrid-mbappe-bellingham-guler-tchouameni

Xabi abandonó su idea, esa que probó en el Mundialito, con Gonzalo y una percusión perpetua como si todo el equipo fuera la piel de un tambor; y al abandonar su idea, se convirtió en un náufrago arrinconado en su propia isla. Los futbolistas, cuando se convierten en estrellas, son alimañas que se besan en el escudo. Xabi amenazó ligeramente el estatus de Vinícius y se cargó a Rodrygo sin contemplaciones. Valverde estaba cansado de ser el chico de los recados y Bellingham observó que Güler y su mayor entendimiento de las zonas medias lo dejaba en evidencia. No fue mucho, pero fue suficiente.

A Xabi le negaron a Zubimendi y a Wirtz. El primero era (y es) insustituible en un Madrid que quiera funcionar. Un interior/mediocentro que sepa mover el equipo desde atrás para que la jugada llegue limpia a los delanteros. El segundo hubiera anulado a Bellingham. El vasco no confiaba en el inglés y sus palabras, algo sobreactuadas sobre él, lo dejaban claro. El club le negó ambos jugadores y le fichó un argentino del que ya nadie se acuerda. Guardiola decía que en el Barça o eras poder o no eras nada. Y el Madrid le demostró a Xabi que no era nada. Era un instrumento para la consecución de un fin. No iba a imponer un estilo ni a darle la vuelta al portaaviones. Ni siquiera le iban a dejar mover los muebles de sitio. No era Mourinho y, si no eres el portugués, tienes que incrustarte en la teoría general del club.

Y eso es algo que Xabi no ha sabido hacer. Los Ancelotti o Del Bosque no intentaban imponer una visión, tenían la sabiduría decantada de los refranes, de los arquetipos, de la intuición más trasparente. La que no se explica más que por los hechos. Pero queda un partido. Al final siempre es Guardiola quien dicta sentencia. Y, el miércoles, el mundo comenzará de nuevo, pase lo que pase.

Hay largos momentos donde el Real Madrid no juega a nada. Un tiempo de duración indeterminada donde sus jugadores piensan en sus cosas mientras fingen estar atareados para que el público no les llame la atención. En ese tiempo monstruoso, el aficionado blanco nota el sinsentido del universo como una dimensión más de la vida. Una dimensión semi oculta que se va abriendo hasta ir tragándose todo lo existente: el césped del Bernabéu, la directiva, el mismo estadio, un camión cisterna, la ciudad de Madrid, la sexta flota, la civilización occidental, el sistema solar. Todo lo que hay, excepto tu ex. Ella sobrevivirá con la media sonrisa de quien siempre tuvo razón.

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