El Real Madrid es el mar de la fe. Ha tenido jugadores cosidos a la mitad, otros muy sobrevalorados, un puñado de ellos queridos por la afición que en cuanto salían por Europa eran escupidos en los márgenes; alguno era grandioso y otros estuvieron toda la vida fingiendo serlo. Pero si querían ser jugadores del Madrid, debían poseer una sola cualidad: la fe. Todos esos futbolistas con la camiseta blanca creyeron que en cualquier momento, en cualquier minuto de cualquier partido, iban a ganar.
Durante 30 años, el Madrid anduvo fuera de los caminos de Europa. La prensa convertía el deseo de la afición en mentiras piadosas. Cada uno de esos 30 años, el club creyó que la Copa de Europa era suya y que ese año iba a ser el año que la gran dama volvería a su legítimo dueño. Lo creían los jugadores, lo creía el club y lo creía la afición. Quizás por eso, la táctica siempre ha sido despreciada en el club de Chamartín.
Hay un elemento previo al fútbol, una orfandad aprendida en la infancia, que necesita ser pulsado por los futbolistas en los momentos donde se abren y cierran las competiciones. Y la táctica anega eso, lo automatiza, le quita arte, desgarro y mística, convirtiéndolo en un lugar común, en algo que se puede explicar. Y las victorias del Madrid deben pertenecer al terreno de lo que no se puede contar con palabras. El éxtasis y el diablo. Esa es la forma que toman los blancos en el minuto 70. Eso es lo que se ha perdido. Ya nadie cree.
El proceso de descompresión de la plantilla ha sido rápido y cruel. Bastó que se fuera Kroos y que a Modric le costase respirar. Todos esos jugadores llamados a ser tiranos en el Madrid, han demostrado estar hechos de cenizas, Instagram y músculo. No tienen dentro la condensación de los grandes ni saben manejar las corrientes de los partidos. Son muy buenos jugadores sin sombra. Se les puede explicar a través de la estadística. Prueben a intentar explicar a Kroos o Ramos con los números en la mano. Siempre faltará una dimensión, algo cercano a lo espiritual, que todos notaban en los finales del partido.
Ni Vinícius, ni Fede, ni Mbappé, ni Bellingham parecen tener eso. Podría ser cuestión de tiempo, pero algunos llevan ya mucho en el Madrid y deberían haber aprendido de esa gente antigua que tiene más victorias en Europa de las que nadie tuvo. Tampoco están atravesados por la ansiedad de otros equipos blancos. La mayoría de la plantilla ya ha levantado la Champions. Pero no creen en sí mismos, no creen de la manera deliberada y obscena con la que un ganador se adueña del tablero. Son jugadores de los bordes, grandes futbolistas de complemento. Y lo peor es que lo saben.
Sobre el minuto 35 del partido contra el Liverpool, los jugadores se dieron cuenta. El equipo inglés era pura intensidad, algo que en primavera no suele ser sostenible. El ritmo, la fuerza, es la marca de agua del fútbol británico desde su origen. El Madrid siempre corre menos y, en los inicios del partido, suele perder los duelos contra los ingleses. Históricamente ha sido así. Aguanta y va subiendo escalones como una marea. Es algo pegajoso y sutil, digno de ver. Iguala el ritmo inglés con clase, con inteligencia, con un talento que nace de otra sensibilidad. Ese talento se ha construido en el Bernabéu: dos placas tectónicas presionando hasta destruir al jugador o convertirlo en un diamante. Raúl, Redondo, Kroos, Benzemá. Esos jugadores fueron cocinados lentamente hasta conseguir el punto de espesor ideal.
Alexander-Arnold, en la Champions ante el Liverpool. (EFE/EPA/Adam Vaughan)
Ellos sabían lo que eran y sabían lo que representaban. Cuando jugaban fuera en Europa, tomaban la forma de un ideal. Contra el ritmo, pausa. Contra la tormenta, razón. Contra la fuerza, imaginación. Recuerden aquella jugada de Redondo con ese taconazo aristocrático que nace en los márgenes mientras Raúl surgía de la niebla ante los atónitos ingleses. Recuerden a Benzemá pidiendo calma con un 2-0 en contra, posando el balón en el suelo y mandando con un gesto a Vinícius contra las trincheras. Recuerden a Kroos razonando tan cerca del sol y sin quemarse. Todos jugando con lo sinuoso que tiene el fútbol, haciendo como que no pasa nada para ir abriendo heridas en la frontalidad británica.
Esa era la forma que tenía el Madrid de enfrentarse a los ingleses. Partidos preciosos que retumbaban por mucho tiempo. Cuando el Real estaba por debajo en ritmo y calidad, era deglutido por unas mandíbulas de hierro hasta dar una impresión lastimosa, como de estar fuera de su tiempo. Pasó aquella vez contra el Liverpool de Benítez. Un 4-0 que enterró una época, aquel Madrid menor del Raúl que aplaudía a la grada.
Pero el otro día no pasó eso. No había jugadores fuera de fecha o que corrieran menos que los del rival. El Madrid está en su época y tiene chicos propios de su época. Grandes, rápidos, de origen africano. Y un entrenador moderno. La puesta en escena parecía perfecta. Pero la función no acaba de despegar. A partir del minuto 35, los jugadores dejaron de creer en el plan. Se vieron a sí mismos como figurantes de una obra que no era la suya, siendo la suya un Madrid supremo que construyó un imperio que duró mil años y ha desaparecido con las primeras lluvias del Otoño.
El Real necesita media docena de jugadores que sepan moverse por un mundo sin reglas a punto del derrumbe. Eso no lo da la táctica. Además, la pizarra se la lleva el malhumor del Bernabéu y las jerarquías medievales que laten bajo el estadio. Cuando esos jugadores se van encontrando sobre el campo, hay algo que cristaliza dentro de ellos y en el mismo club. Son conscientes de que son favoritos y es entonces cuando el Madrid acaba extendiéndose hacia los bordes monótonos del infinito como un reino celestial que todo lo maneja con sencillez.
El momento de la dura realidad
Estamos todavía en el minuto 35, en Anfield, contra el Liverpool, y los jugadores ya saben que les va a ser imposible ganar ese partido. No hay excusas. Llegan en el mejor momento de la temporada. La táctica de Xabi ya ha sido asumida. El punto físico es el idóneo. El ritmo no es inferior al de los ingleses. La presión y la temperatura de la grada debería haberles despertado de ese sopor de gran animal en letargo. Se ganó al Barça, Mbappé quiere hacer historia, Vinícius reivindicarse, Huijsen y Carreras demostrar que todavía hay españoles con carácter para jugar entre los blancos.
En ese momento, al final de la primera parte en Anfield, el Madrid fue consciente de que no ganaría la Champions. Fue consciente de que el Liverpool era un equipo superior. Y el Liverpool es un buen equipo, bien armado y moderno, un acorazado sin armas de destrucción masiva. Lejos del PSG, con Gakpo y un Salah menor como estrellas del ataque, y con muchos jugadores que nadie recordará en 5 años, llevando el plan hasta sus últimas consecuencias. Jugadores sin imaginación, sin pausa, sin sentido musical alguno. Un equipo de cuartos o semifinales, no un ganador de Champions.
Durante media hora de gran intensidad, el Madrid fue incapaz de llegar a la playa de los centrales del Liverpool. El área siempre le quedaba lejísimos, pésima señal, y esa sensación fue cocinando una impotencia entre los blancos que les llevó a destruir minuciosamente el partido que Xabi había tejido desde la pizarra.
El Real no jugó mal, simplemente no tenía talento suficiente para quitarse de encima el ritmo inglés. No había pausa, no había razón, no había nadie que tranquilizase el juego, que razonase con la pelota, que atrayese rivales. Nadie tenía un plan, solo acarreaban la bola disciplinadamente mirando con el rabillo del ojo al entrenador.
Güler era el único que lo intentaba. Es un jugador que tiene el espíritu y la inteligencia precisa, pero le falta algo fundamental para que su juego cristalice cuando el rival es duro y presiona de verdad: ¿Físico? ¿Talento? ¿Condiciones para ser interior? Qué mas da. Sea lo que sea, ahora mismo no puede jugar en la base contra los grandesy apenas si es capaz de dar algún pespunte cuando se acerca al área y finje ser mediapunta. En un partido así, Güler sólo puede ser Özil, un mediapunta de caída de ojos, todo detalles. Nunca un interior que teja el juego y haga que la pelota gire en un sentido contrario al que quieren los rivales.
El Madrid tampoco pudo ganar ante un buen Rayo Vallecano. (AFP7)
Camavinga, Fede y Tchouaméni iban y venían, atareados e inmunes. Parece que así se pueden quitar la responsabilidad, pero sin Kroos, nunca han sabido imponerse a un mediocampo de calidad Champions. Y a veces tampoco a un mediocampo cualquiera, de los que te encuentras en un extrarradio de una ciudad de provincias.
Mbappé, el supuesto delantero centro, es alguien de quien hay que hablar. Sus virtudes son por todos conocidas. Pero tiene un defecto: odia su posición. No quiere luchar contra los centrales, detesta el remate de cabeza, no va a por los los goles tontos y, en los finales del partido, ni siquiera se desmarca. Espera que el balón ronde su zona para hacer su jugada del fin del mundo. En un partido así, quizás convenga cambiar su posición con la de Vinícius, porque sin nadie cargando el área, las defensas rivales se comerán los restos de centrocampismo que tenga el equipo. El centro está prohibido para Kylian cuando el sol calienta de verdad. Contra el Barça no fue así porque su defensa adelantada es una invitación obscena a que el depredador haga su trabajo.
El partido contra el Liverpool no tuvo intríngulis alguno. Una vez quedó clara la superioridad de un contrincante, quedaba saber la magnitud de la derrota. El Madrid no se acabó de desdibujar y Courtois fue otra vez el gigante que adoran los niños. Un solo gol, resultado corto y muy mentiroso. Los blancos fueron tan inferiores como contra el Arsenal unos meses antes. Ahora ya saben que están en un segundo escalón europeo. Su tránsito por la temporada será la del mascar de cráneos y el rugir de tripas. La táctica de Xabi, los goles de Mbappé y la camiseta blanca servirán para ganar el 90% de los partidos, pero en los encuentros trascendentales, esa misma táctica hará que los jugadores se inhiban y se escondan.
Ancelotti y Zidane, trataban a sus jugadores como adultos. Ellos tejían sus redes y ellos tenían la responsabilidad final. No se podían esconder. Mourinho los trataba como niños. El jugador siempre podía delegar en el banquillo su falta de acierto. Se consiguieron grandes cosas, pero en semifinales hubo un muro. La grandeza del equipo no era tal. Era una copia compulsada en una administración.
Xabi verá el camino que debe seguir. Tiene toda la información y toda la experiencia. Tiene una plantilla más profunda de lo que parece y posibilidad de cambiar inercias dándole la vuelta a ciertas jerarquías que parecen inamovibles.
Pero nunca más el cambio del minuto 70 del jugador sin peso en el vestuario. Este domingo fue Brahim, otras veces ha sido Güler. Eso es la señal de la claudicación. La tierra de nunca jamás. De donde no se vuelve.
El Real Madrid es el mar de la fe. Ha tenido jugadores cosidos a la mitad, otros muy sobrevalorados, un puñado de ellos queridos por la afición que en cuanto salían por Europa eran escupidos en los márgenes; alguno era grandioso y otros estuvieron toda la vida fingiendo serlo. Pero si querían ser jugadores del Madrid, debían poseer una sola cualidad: la fe. Todos esos futbolistas con la camiseta blanca creyeron que en cualquier momento, en cualquier minuto de cualquier partido, iban a ganar.