Un rey prudente ante el éxtasis y los frenazos del VAR: la victoria fundacional de Xabi
El entrenador del Real Madrid acertó con la alineación y el conjunto blanco pudo golear al Barça en la primera parte. En la segunda, la falta de dinamita dejó un 2-1 muy positivo
El Madrid es una religión basada en la esperanza. Da igual las veces que su tierra sea destruida; siempre llegará el día de la reconstrucción. El Madrid puede salir con miedo o con prudencia, pero hay una confianza última en la victoria, en cualquier competición, contra cualquier adversario. Eso a veces lleva a la prensa a manipular a la entidad y a los entrenadores a dejarse llevar por tal deja vu y desguarnecer al equipo cuando todavía está en construcción. A Xabi le están dejando en paz. Es una de las victorias del Madrid de Florentino. Hay un río entre la prensa y el equipo y nadie osa cruzarlo.
Alonso conoce el estado general del equipo. Hay un leve armazón y a la vez, parece que jugamos a lo de siempre. Los cientos de miles de automatismos nunca se van a conseguir. El Real no es una factoría de Seúl ni un puerto de Shanghái, donde los contenedores encajen como en una partida del Tetris. La cuestión es quitarle el peso a los jugadores, fomentar las pequeñas sociedades, ir encontrando los sitios donde los futbolistas son felices y convertir las pequeñas órdenes en un plan general.
Un plan que funcione, algo que se vea desde el aire. Una línea de puntos que una las constelaciones y dibuje un animal agazapado. Los Madrid-Barça desde Guardiola toman una forma diferente. La impresión es que el Barcelona está en un olimpo de juego y valores y es el Madrid el que tiene que ascender penosamente para bajarlo a un terreno áspero y pedregoso, el de los blancos, y desde ahí, plantear la lucha. Siempre contracorriente, sujetando bien los márgenes del partido porque a la mínima que el viento sopla a favor del Barcelona, el resultado es un escándalo.
Los blancos ganaron el primer Clásico de la temporada. (AFP7)
El error de Lamine Yamal
Esto no es del todo cierto. Durante Zidane y después de Messi, el Barcelona estuvo años sin catar la victoria. Pero en los últimos 12 meses se volvió a desatar ese caos geométrico blaugrana que arrasa al Madrid de punta a cabo. Y Lamine, que solo ha ganado algo importante con la Selección y gracias, entre otros, a Carvajal, cometió la imprudencia de creer que el último año marcaba un cambio de tendencia, otro veraneo eterno de los barcelonistas por las autopistas de las goleadas sin fin.
Personas con enanismo, chicas en bikini y diagonales como cuchillos. Lamine soñaba con eso y lo que se encontró fue una jaula donde, sin meter demasiado la pierna, el Madrid lo secó sin muchas contemplaciones. Lamine no fue esa reina de los delfines que cantan los poetas cuando asoman al Mediterráneo. Fue un chico de 18 años, algo cascado, que nunca encontró su lugar en la obra. El Barça se parece a esa cadena de montaje que fue el Hollywood de los años 30: capta a chicos imberbes para sus musicales y los sube al olimpo de las maravillas.
Desde ahí, les ofrece el cielo y les hace jugar temporadas sin fin. Antes de acabar la adolescencia ya están bajando por el tobogán de las lesiones y entonces son sustituidos por otros genios infantiles con habilidades que escapan a la comprensión. Hay que agradecer a Lamine su chulería. Hizo que, por primera vez en mucho tiempo, un Madrid-Barça tuviera previa. Así que comenzó el partido y ya el público lo había jugado en su cabeza. En la alineación no estaba Mastantuono. En su lugar: Camavinga. No fue un ataque de entrenador ni una cobardía, fue Alonso ejerciendo de jefe único de la plantilla y, posiblemente, ganando el partido desde ahí.
Mastantuono es una promesa, un invento de la imaginación de los madridistas. Tiene 18 años y se nota. No son los 18 de Raúl o de Lamine, son los 18 de aquel Vinicius que se resbalaba. Un adolescente al que conviene proteger. Ya le llegarán batallas cuando sus dones se hayan puesto en orden. La alineación era un prietas las filas. Un 4-4-2 donde Camavinga era la densidad extra que hacía impenetrables grandes zonas del campo. El francés llevaba siendo el último año un jugador con una contradicción en su sistema operativo.
Camavinga, vital para encontrar a Bellingham. (AFP7)
Era un futbolista defensivo tan agresivo que sólo servía para ganar, no para aguantar un resultado. Pero ayer agachó las orejas, retrajo su primer impulso homicida y selló todas las partes del campo por donde participó. En los primeros minutos de partido ocurrieron tantas cosas como en todas las películas del cine español de los últimos 10 años. Huijsen salió a comerse el mundo y estuvo cerca de ser engullido por el encuentro. Es un jugador que ha nacido para reinar o para la nada. Se arriesga hasta territorio prohibido y después tarda una temporada entera en volver a su posición. Sacar el balón es para él una forma de sumisión al plan general de lo divino y cuando yerra, se mantiene hierático, asumiendo que su juego está en un plano superior en el que los errores son formas de aprendizaje.
El plan del Real Madrid
Hace una buena pareja con Militao, excepto por alto, aunque hoy no fueron probados. Baten el área con suficiencia y no dejan balones tontos de esos que no paran de chillar hasta que alguien los empuja a la red. En ningún momento se enredaron en las paredes que tejía Pedri con primor en las inmediaciones del área. No van al bulto, esperan y sin ser rapidísimos, los dos saben poner las piernas o el cuerpo ante la pelota enemiga. El Madrid tenía un plan bien aprendido. Presión alta y rápido repliegue hasta un bloque medio-bajo que Xabi aprendió donde Mourinho.
El brasileño firmó un gran partido. (AFP7)
Desde ahí, el equipo se hacía fuerte y cerraba los caminos al Barcelona. Era suficiente una recuperación para poner a correr a Mbappé, siempre en el filo del fuera de juego, danzando al borde de un abismo, y a Vinicius, que tenía un horizonte casi demasiado despejado, como si el Barcelona quisiera probar su neurosis. Las pelotas a Kylian no eran frontales. El balón iba a los laterales y de ahí, pelota cruzada hacia el delantero. En una jugada azarosa, el balón le llega botando a Mbappé, que la engancha de forma fulminante. No entró por la escuadra y fue una pena, porque el gol se tomó como una liberación.
El Bernabéu se incendió por primera vez en mucho tiempo y entonces la ley entró en escena. Tras el éxtasis, llegó el VAR. Funciona como un viejo aforismo argentino. Conculcando la alegría. Se prohíbe la espontaneidad hasta que desde la sala secreta, se dé el visto bueno. El fuera de juego era subatómico o directamente inexistente y el coliseo blanco se lo tomó como una afrenta. El público tomó la función y el Barcelona comenzó a inhibirse.
Militao estuvo muy atento. (AFP7)
El Madrid dominaba como dominan todos los equipos merengues contra el Barça desde tiempos de Cruyff. A espasmos, tomando el partido por los bordes y sacudiéndolo con fuerza. Espesando el centro y cerrando la posibilidad de dos contra uno en las bandas. Haciéndole una pequeña jaula de oro a la estrella rival y montando a partir de la pérdida, pequeñas contras que son como conatos de sabiduría. Un poco Sun Tzu y un poco el espíritu de Raúl trasmutando las piedras en peces.
La grandeza de Bellingham
Bellingham estaba feliz. Sus ideas futbolísticas están desordenadas, no entiende en absoluto lo que pasa en el campo. Es inglés y no hay remedio a eso. Pero tiene coraje, grandeza por toneladas, nunca se vence y tiene el don de la jugada, ya sea el último pase o la llegada desde atrás. Los partidos contra el Barça le vienen bien porque afinan su instinto. Suelen ser de ida y vuelta, no hay tiempo para pensar y su corpachón es indefendible para los endebles cuerpos blaugranas.
El caso es que Bellingham recibió con un rival encima y se dio la vuelta como si fuera un sistema solar en busca de un planeta perdido. Ya de cara a la jugada descubrió a Mbappé corriendo despavorido y le puso un balón perfecto para el rey de los cazadores. Fue gol pero no se celebró tanto. Había preocupación por el Var. La minoría catalana del congreso no puso oposición a que subiera al marcador, y se cantó feliz el 1-0.
Bellingham, protagonista de los goles blancos. (EFE/Sergio Pérez)
En el Madrid todo era felicidad excepto Güler. El turco era un barquito en medio del fragor de las olas. No era capaz de posar la pelota en el suelo y razonar con ella. Andaba tan perdido como algunos niños en sus propios sueños, donde pierden todos los trenes e intentan gritar y se han olvidado de cómo se hace. Güler perdió una pelota en la esquinita del área, allí donde los jugadores del Barça montan siempre sus fiestas de pijamas. Una triangulación después, Fermín, había igualado el marcador.
Fue solo un accidente y así se lo tomaron los blancos. En los siguientes 5 minutos hilvanaron media docena de ocasiones. En una de ellas, Vinicius persiguió una pelota hasta más allá de la razón y el rebote posterior lo marcó Bellingham, quien se quedó muy serio y se fue de la escena con cierto desapego, como si el chico estuviera ofendido de que alguna vez alguien haya dudado de él.
Güler necesita crecer
En la segunda parte el partido tomó visos diferentes. El Real dominó en el principio y ya el Barcelona se veía a sí mismo como un equipo menor, preparando las fantásticas excusas con las que contentar a su parroquia. Y en esto, llegó un penalti. El trámite fue rápido, sin la severidad que demandaba el momento. Mbappé lo tiró como quien hace una gamberrada llamando a un timbre cualquiera. Y el portero se lo detuvo.
Güler, primer cambio de Alonso. (AFP7)
Ahí se pararon los relojes y comenzó un tiempo fuera del partido ideal para pesar el valor de los contendientes: Pasó que el Barcelona dominó durante 10 minutos exactos y fue incapaz de construir una ocasión de esas que hacen gritar de gozo a los comentaristas. Pasó que el Madrid tuvo cientos de contras con media docena de jugadores iluminados. Fede lo estaba, Tchouaméni lo estaba, Vinícius corría por su banda como un profeta por los senderos de la ignorancia. Pero el balón doblaba la esquina y en el último momento, la jugada se hacía banal, obvia, y la ocasión se desperdiciaba de forma lamentable.
Pasó que a partir del minuto 65 se les acabaron a todos las fuerzas. El Barça era un contrincante de opereta y el Madrid tenía a su mejor jugador en un tambaleante Bellingham, que parecía el último pistolero de un duelo de miles de años. Pasó que Xabi cambió a Vini por quedarse un par de veces mirando la jugada y el brasileño hizo una danza para atraerle los malos espíritus.
Tchouaméni, paso al frente
Pasó que el Barcelona tiene actores de tercera fila disfrazados de futbolistas para los recambios. Nombres impronunciables o tan obvios que parecen hijos de una construcción aleatoria. Pasó que ninguno de los dos equipos está ahora en el ritmo europeo. Sea por la caída de nivel de la liga española o porque las dos plantillas —especialmente la del Barcelona— son mucho más escuetas que las de los grandes de la Premier, el Bayern o el PSG.
Pasó que Rodrygo salió de veraneo y Carvajal se citócon Lamine para una sesión de sadomaso. Pasó que tras el pitido final hubo una tangana con jugadores pidiéndose el teléfono, pero estamos en tiempos post-feministas así que el genocidio no se acabó de consumar.
Pasó que el Madrid tiene ahora más certezas que dudas y el Barcelona más dudas que certezas. De los blancos, sólo Güler está —de repente— ante el tribunal de apelación. Hay dudas con su liviandad o con su zurda tan cerrada cuando baja a la zona de creación. El turco no se va en conducción de nadie y eso es un problema para él. Debe pasar rápido la pelota o la pierde. Y muchas veces se necesita un par de segundos para dividir las aguas y que el panorama se aclare.
Y pasó que Tchouaméni fue el mejor del partido. Cortando en las inmediaciones del área con suficiencia —aunque sin crueldad, no es Casemiro— y comenzando las jugadas con un primer pase venenoso. Aurelien sí tiene físicopara jugar un partido entero y en los últimos 20 minutos se adueñó de una parcela tan grande del campo que pareció por momentos un tirano.
El Madrid es una religión basada en la esperanza. Da igual las veces que su tierra sea destruida; siempre llegará el día de la reconstrucción. El Madrid puede salir con miedo o con prudencia, pero hay una confianza última en la victoria, en cualquier competición, contra cualquier adversario. Eso a veces lleva a la prensa a manipular a la entidad y a los entrenadores a dejarse llevar por tal deja vu y desguarnecer al equipo cuando todavía está en construcción. A Xabi le están dejando en paz. Es una de las victorias del Madrid de Florentino. Hay un río entre la prensa y el equipo y nadie osa cruzarlo.