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Un pequeño repaso a los arquetipos que pueblan la imaginación del hincha madridista
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Ángel del Riego

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Un pequeño repaso a los arquetipos que pueblan la imaginación del hincha madridista

Aquí se utiliza otro lenguaje para describir algunos de los arquetipos que pueblan el imaginario del hincha merengue

Foto: Xabi Alonso da indicaciones a sus jugadores ante Osasuna. (AFP7)
Xabi Alonso da indicaciones a sus jugadores ante Osasuna. (AFP7)

El fútbol concita todas las emociones y se enrosca por dentro de nosotros con la palabra del mito. Todo lo que sabemos sobre el balón comenzó en la infancia y en ese tiempo suspendido, el fútbol, el Madrid, se nos aparece delante de una forma salvajemente simbólica. Hay vencidos, héroes, buenos, malos, lugares mágicos y sótanos del horror. Ya de adulto, el hincha le pone palabras gastadas a su pasión, las palabras que utiliza la prensa, que de tanto usarse ya no significan nada. Aquí se utiliza otro lenguaje para describir algunos de los arquetipos que pueblan el imaginario del hincha merengue.

El creador

Es el trabajo más duro que existe. Por eso, quien todo lo hizo, tuvo que descansar el séptimo día. Primero hay que imaginar algo donde no había nada. El cielo y la tierra los damos por hecho, pero en el principio, no existía. No es el trabajo, lo peor es la violencia. El acto creador es feroz. Por eso los profetas se ciñen al lenguaje de la cólera. Instaurar una montaña en la llanura, abrir los mares para que crezca un continente, levantar un estadio donde todo era escombro. Siempre al límite de las reglas o más allá de ellas. Creando el propio tiempo con el que se juzgará a los que vengan detrás. El hacedor se convierte en una montaña. Un trozo de roca gigante que se mueve de forma inexorable. Todo parece caer a su paso, pero de ese reguero, brota lo nuevo, lo que no existía, lo que aún no tenía nombre. Y luego, otros reinarán sobre ese mundo como si estuvieran libre de culpas, porque lo terrible fue el acto de la creación y, al fin y al cabo, ellos no estaban allí.

Foto: rodrygo-goes-real-madrid-venta-culebron-xabi-alonso-dudas

El creador fue Santiago Bernabéu y necesitó de constancia y arrebatos, además de una imaginación a largo plazo que nadie más tenía. Y también necesitó de violencia. Violencia contra el estado de las cosas; violencia contra los enemigos del Madrid; violencia contra los que le rodeaban, como ese momento en el que le enseñó a Di Stéfano la salida sin consideración alguna por lo que habían conseguido juntos. Pero la mirada de Bernabéu fue tan profunda, su ejemplo tan fragoroso, que el Madrid nunca quiso dejar la cima del fútbol al que había dado forma. Como si el reino le correspondiera por derecho divino. Y esa sigue siendo su fuerza, la que se hace carne en los jugadores más allá del minuto 90.

El abandono

Irse del Madrid. Los veranos tienen ese peligro. Tu jugador favorito ya no está. Habías soñado una vida juntos y, ahora, se va con el enemigo. El hincha merengue es, de repente, un corazón pisoteado. Pasó con Özil
Tras una temporada extraña donde Mourinho rasgó los velos del templo, el turco estuvo todo el verano navegando olas por el Mediterráneo de sus antepasados. Llevaba tres años de blanco y era el asistente de corte de Cristiano: sus ojos pasmados, veían siempre la línea recta del portugués en su larga marcha hacia la eternidad. Esa pequeña sociedad era la más lucrativa del fútbol europeo. Y su exquisitez silenciaba el Bernabéu: ningún gesto banal le era permitido. Empezó la siguiente temporada y la imagen de Özil en los medios comenzó a parpadear. Los periodistas saben muchas cosas porque tienen muy buenos amigos. Y Özil, tan liviano en el campo como en los despachos, no tenía quien lo defendiera. El Madrid jugó en Los Cármenes y el turco fue sustituido. Abandonó el campo con el rímel corrido en un larguísimo travelling que lo desnudó hasta los huesos. Se quitó su diadema púrpura por última vez y ya nadie más lo volvió a ver.

placeholder Özil fue un mago en el Santiago Bernabéu. (EFE/Alberto Martín)
Özil fue un mago en el Santiago Bernabéu. (EFE/Alberto Martín)

La ira

Fue aquella vez del 5-0. En el año 2011. Guardiola orquestó una máquina perfecta de piedad y odio que perseguía desbaratar al Madrid para siempre jamás. El Camp Nou burlaba a su opresor mientras se liberaba de las cadenas de siglos. Se luchaba por una causa o eso se creía. Los pequeños artistas de La Masía contra el monstruo centralista que, de cerca, era pequeño, arrugado y algo patético. Era Casillas sacando tristemente un balón tras otro de la portería.

Al final del partido, hubo una tangana. Un jugador vestido de blanco alcanzó al pequeño argentino en una patada tremebunda. El árbitro le sacó la roja. El expulsado la acogió con un gesto altivo. Los azulgranas le hicieron el paseíllo de la vergüenza y el jugador madridista los golpeó a todos, especialmente a Puyol, que en un gesto teatral saltó hacia atrás como si fuera un especialista de una película de serie B.

Era Sergio Ramos, el único madridista que no consintió la humillación. Representó la ira de su afición y, a partir de entonces, su máscara cobró peso y se convirtió en el mejor central que habíamos visto. Dos años después, ganó la Champions a cabezazos y volvió a poner al Madrid en los caminos de la historia.

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La gracia

Todos los hombres la llevamos por dentro, pero solo en algunos se manifiesta. La gracia debe surgir de forma natural y no debe de estar contaminada por el interés. El futbolista dotado de gracia es transparente. Ni celebra demasiado sus goles ni su esfuerzo es obvio. Es como si un espíritu aleteara por ahí y se hiciera presente en algunos cuerpos atravesándolos de punta a cabo. La gracia es espontánea y, por tanto, infantil. Así era El Buitre, parido por la naturaleza hasta que fue desposeído de sus virtudes, se salió del círculo y quedó indemne en nuestra memoria. Özil era otro del club. Sentía cierto rubor al marcar los goles, como Benzema, que pareció durante años un chaval cometiendo una travesura que daba la entrada a la final de la Copa de Europa.

El genio extemporáneo

Son esos personajes que salen en las tapias de los pueblos. Chavales que detestan la norma y necesitan dejar su rúbrica en cada momento para sentirse vivos. Se ha muerto Panero, pero nos queda Guti. Dos genios en minúsculas que afortunadamente no sirvieron para nada. El Madrid necesita de esa esquina improductiva para no convertirse en un acorazado que arponea a las crías de ballena. Para algunos, la de Guti es una estirpe equivocada. Pero son esos genios, los del callejón sin salida, los que convierten el juego en sacramento.

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El guardián

En 1968, Pirri, todocampista formidable, juega una final contra el Barcelona con fiebre y la clavícula rota desde un encontronazo en el minuto diez. El Madrid gana el partido. Fue fundamental el esfuerzo y la solidaridad del jugador ceutí, aquel que guarda la casa con un hacha debajo de la cama. Días después, Santiago Bernabéu entra como un ciclón en el vestuario y le ofrece como premio la laureada: una insignia misteriosa que se entregaba por primera vez.

Esa figura bíblica, la piedra sobre la que se edifica la iglesia, la han representado centrales como Fernando Hierro o mediocentros como Casemiro. Y permite que alrededor de ellos crezcan jugadores impolutos o flores extrañas hechas de espuma y de veneno.

placeholder El medio del campo que marcó una época. (EFE/EPA/Petteri Paalasmaa)
El medio del campo que marcó una época. (EFE/EPA/Petteri Paalasmaa)

El pasmado

Anda a lo suyo, siempre algo detrás de las circunstancias. Sale al campo con la misma ilusión que un reo en su última cena. Es lento. Es parsimonioso. Suele jugar en el centro y cabrea con frecuencia al personal. Los pitos le resbalan. A Gallego le llamaban El Soso y jugaba a la velocidad de un caballo parado. Pero era dueño del tiempo y sus pases se confundían con la exactitud del horizonte. Poco después, apareció Martín Vázquez. Sus entrevistas eran como un libro donde hay una única palabra. Su juego era escueto, grácil y profético: sabía lo que iba a pasar justo antes de que sucediera.

Lo inexplicable

Marcelo es una de esas flores extrañas hechas de espuma y veneno. Marcelo era lo mejor y lo peor de cada partido, casi siempre en la misma jugada. Marcelo nos gritaba desde la banda que había una libertad diferente al campo de concentración meticulosamente delimitado de la clase media. Marcelo vivía en el descampado, detrás del fútbol, donde las cabezas de los niños arden por combustión espontánea. Marcelo se peinaba con una rata y cuando celebraba los goles se ponía muy serio y muy triste, porque su misión en la tierra había terminado para siempre.

El fútbol concita todas las emociones y se enrosca por dentro de nosotros con la palabra del mito. Todo lo que sabemos sobre el balón comenzó en la infancia y en ese tiempo suspendido, el fútbol, el Madrid, se nos aparece delante de una forma salvajemente simbólica. Hay vencidos, héroes, buenos, malos, lugares mágicos y sótanos del horror. Ya de adulto, el hincha le pone palabras gastadas a su pasión, las palabras que utiliza la prensa, que de tanto usarse ya no significan nada. Aquí se utiliza otro lenguaje para describir algunos de los arquetipos que pueblan el imaginario del hincha merengue.

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