El Real Madrid resiste la semana del frío y responde a las preguntas del madridismo
El equipo de Ancelotti tumbó a la Atalanta en la Champions League y sobrevivió al Rayo Vallecano en su visita a Vallecas. El Real Madrid empieza a enseñar de lo que puede ser capaz
Jude Bellingham, durante el partido contra el Rayo Vallecano. (Reuters)
Sábado noche. El campo era el del Rayo Vallecano, con su pared de fondo, muro donde chocan todas las ilusiones imaginables. ¿Cómo se puede correr contra eso? Eso es la realidad. Los otros, los estadios de los grandes, son construcciones megalíticas hecha para cosificar al espectador y encerrarlo dentro de una verdad que es la teatralizada en el césped. Esos campos están hechos para que no entre nada de las afueras en ellos; ni el rumor de la ciudad que tienen alrededor. No son para la vida corriente, sino para la victoria; que es según se mire, lo trascendente o el crimen.
La construcción más altiva, el Real Madrid, visitaba al club más sencillo de los que andan por primera. Despojado de teatro —que no del drama—, desde el césped, se pueden ver las sábanas que cuelgan de los balcones y las antenas en los tejados, y lo que quiere este equipo es mantenerse en la categoría, seguir vivo un día más. La trascendencia para el que se la pueda pagar.
El Real Madrid ha sellado su anfiteatro, le ha puesto un caparazón helado y un techo corredizo. Está preparado para que no entre el polvo de la rutina, incluso tiene un hipogeo donde se guardan en vasijas de plata, los espíritus de los dioses que serán soltados por el campo en los momentos que dicte la competición. Hace un mes cada partido parecía una estación de paso hacia algún lugar irremisible. El fondo de un pantano quizás, o uno de esos desguaces gigantescos de las afueras de la ciudad en el que las berlinas de gran cilindrada se reciclan en montones de acero de uso industrial.
El técnico italiano, en Vallecas. (AFP7)
El italiano se agarra a los pesos pesados
Ancelotti, representante del Antiguo Régimen, con esa pinta de presentador del Festival de San Remo, decidió lo que decide siempre en estos casos: construir una casa con lo que tiene, primando las jerarquías del vestuario. Nada de futurismo. No a las nuevas tesis sobre la proyección del balón en los vectores del 343. Nada de niños. Limpiar las cuadras, someter el caos y dominar lo que se pueda siempre mirando hacia atrás.
En Vallecas y contra la Atalanta, el Madrid volvió a la normalidad Ancelottista. El primer trabajo está hecho. No es ni pronto ni tarde. No es tarde porque todas las posibilidades siguen abiertas y no es pronto porque aunque el equipo se comporta como tal, 11 individuos con la camiseta blanca que luchan duro con destellos de belleza y la tragicomedia de nuestros laterales, no se vislumbra ese proceso geológico que convierte a un Madrid viable en el día a día, en un destructor de mundos; algo que da la impresión que esta plantilla —con todos sus desequilibrios—, lleva dentro.
Jude Bellingham ejerció de líder. (AFP7)
El campo era el del Rayo Vallecano y no hay campo más hostil para la aristocracia que ese.Vallecas es una miniatura donde la falta de espacio busca igualar las calidades. Sus jugadores someten —con armas tomadas de la insurgencia anarquista— al rival durante el tiempo que dura un ataque a comisaría. Así fue desarticulado el Real durante 20 minutos que parecieron el fin del mundo. Se puede hacer una lectura catastrofista de la defensa blanca y de sus laterales sacados del circo de los muchachos, pero realmente, en Vallecas siempre es así, sobre todo cuando arrecia el frío y la dureza de ese césped se hace espina.
La solución del técnico italiano
El ímpetu Vallecano desordena, ciega y aplasta contra la pared del fondo, algo que no consiguió días antes la Atalanta, en el partido más importante de la temporada y en el que el Madrid volvió a ser a la vez marioneta y demiurgo, respondiendo a esa pregunta que se hace el buen ciudadano al observar fijamente la declaración de la renta. ¿Pero quién maneja los hilos? Y la respuesta es el Real Madrid.
En un abrir y cerrar de ojos, el Madrid perdía por dos a cero contra los rayistas. X se llenaba de mensajes insultantes contra todo: contra el orden social, contra la monarquía constitucional, contra el plan torcido del club merengue, contra la plantilla, contra los chavales con altas capacidades y contra la paz mundial. La realidad en el campo es que el Madrid ya tenía el control del partido, eso que hace un mes era una utopía. ¿Y cómo se consigue eso en un campo bajo las bombas, como el rayista?
Ancelotti prefiere a Tchouaméni antes que a Asencio. (AFP7)
Lo primero, bajando a Tchouaménial puesto honorífico de central postizo. Si Ancelotti tuviera un sótano como en la vieja Castilla, donde se guardaba al hijo tonto para que no lo vieran las visitas, metería allí al francés. Como no lo tiene, lo pone de central, donde estorba lo justo y ocupa varios metros cuadrados por los que —según la física clásica— no puede pasar un defensa ni tampoco un balón.
Valverde corre por todos
Lo segundo, tejiendo en la mediapunta una sociedad con tres actores de exquisita máscara: Bellingham, Brahim y Güler. La BBÜ. A esos tres tejedores se les une alegremente Rodrygo, que por la izquierda volvió a recordar lo feliz que fue en su infancia y Modric, forma latente entre la vida y la muerte, desde donde dispara ráfagas de orden mientras va transparentándose en una sublimación programada a largo plazo que ya cuenta como un nuevo estado de la materia.
Rodrygo volvió a marcar. (AFP7)
Tenemos entonces 5 de los 6 chicos de mitad para arriba con un gran pie y la adecuada disposición para la belleza y la muerte; y el otro, el que corre por todos, es Fede Valverde, que harto de las habladurías, disparó desde ninguna parte, colgado en el instante, un misil geométrico que atravesó el campo de punta a cabo y puso al Madrid otra vez en la órbita del partido. Así es Fede, con cara de seminarista, pero sin misericordia. Un madridista de punta en blanco.
Güler todavía no tiene muy claro su sitio en el campo y muchas veces se queda a la mitad. Su protagonismo en los últimos partidos desmiente el odio de Ancelotti a la juventud. Carletto acaba dándole oportunidades a todos. Pero los jóvenes se lo tienen que ganar y no cometer errores. Endrick salió contra aquel equipo francés de titular y el Madrid perdió. Fue un atómo loco sin peso en el resultado. Carlo vio que estaba verde y que se había creído eso que decían sobre él: era Pelé, era Ronaldo y era Tyson con un gusto excesivo por los dulces de leche. Fue castigado y poco a poco está volviendo a los finales de partido. Con Isco pasó lo mismo en el 2013-14 y al final de aquella temporada fue una herramienta primorosa para el equipo que cambió el curso de la historia moderna del Madrid.
Endrick, suplente habitual. (AFP7)
Brahim da un paso al frente
Aquel Isco también empezó de llegador. Carlo pone muy arriba a los nuevos mediapuntas para evitar sus contraindicaciones. Alguien que no es eso, que ya está en el umbral del jugador grande, de la titularidad; es Brahim. Jugador del que nadie se acuerda, que no lleva una narrativa acuestas. Contra los italianos fue simplemente el mejor del encuentro. Tiene un don al darse la vuelta, le da igual recibir de frente, de lado o al revés.
En una décima de segundo ha envuelto al balón como una cuchara y se ha zafado de ese primer defensa pelmazo del que muchos no se van en toda su carrera. Y a partir de ahí, el horizonte está libre. Se asocia, tiene un último pase venenoso y su conducción de hombre-perro zizagueante y tenaz, recuerda a la de Messi. Le falta el gol, pero este es un equipo donde ese don lo tiene media plantilla y muchos en cantidades industriales, así que no importa demasiado.
Brahim fue el mejor contra la Atalanta. (Reuters/Susana Vera)
De esa forma, con esos cinco duendes, el Madrid dominó la frontal del área callecana y así vinieron los dos goles. Una llegada de Bellingham, ya corregido de sus desmayos y de vuelta al cauce grande del juego; y un gol por la escuadra de Rodrygo, con esos pasos dados de puntillas, que cuando ronda el área lo hacen deslizarse por zonas prohibidas con la falsa sencillez de los grandes actores. Rodrygo puso rictus de agonía y reivindicación en la celebración del gol, pero tiene que saber queno hay una confabulación mundial contra él.
Las dudas en defensa
Rodrygo, Kylian, Brahim, Güler, Ceballos, Bellingham. Todos tienen algo que reivindicar. Los jugadores van saliendo del sótano de las torturas a la claridad del buen juego, de la victoria y parece que esa cualidad del Madrid, de tensionar a los futbolistas siempre hacia algún lugar, sabiendo que hay fuerzas atávicas que a la mínima les arrebatan la felicidad, consigue convertir a simples mortales en sujetos de enorme densidad interior capaces de convivir cada día con el miedo y con la pérdida. Y eso luego cristaliza en primavera.
Lucas Vázquez, señalado en defensa. (AFP7)
La segunda parte del partido contra el Rayo Vallecano demostró lo que ya sabíamos. Hay un defensa —Rüdiger— serio e incívico como debe ser un defensa del Madrid. Y otros tres que por diferentes razones se han confundido de oficio. Así que el Rayito (perdonen la condescendencia) empató y los cambios merengues confundieron a un equipo que ya pedaleaba hacia la victoria. Aun así, Vinícius tuvo su resplandor y le hicieron el penalti burocrático de todos los partidos.
Pero la autoridad había decidido que ya es oficialmente Navidad y dio comienzo el programa pagado por fondos europeos "siente un pobre a su mesa", con un empate regalado a los oprimidos de la Villa de Vallecas. Hay que terminar con un recuerdo a Mbappé. El partido contra el Atalanta fue quizás su primer partido de verdad. Volvió por primera vez en año y medio a sus pasos alados, dados solo con la punta de los pies y que son parecidos a los del primer Raúl, pero mucho más rápidos. Casi instantáneos. En su gol hay esa simplificación y esa crueldad de los depredadores exquisitos.
Mbappé enseñó su verdadera cara
También la obsesión por estar en la raya desde donde parten los viajes hacia la portería. Durante 20 minutos todo fue el Madrid alimentándolo. Era una liberación verlo así, con esa estilización del gesto que consigue un artista cuando mira de frente a la realidad. Y entonces se lesionó. ¿Habrá una relación entre este Mbappé renacido, vuelto a sus orígenes, y su lesión? Eso también le pasaba a Raúl a partir del 2003 y cada vez se hizo más pequeño para acomodar su cuerpo herido a su nueva realidad. Quizás esa lesión haya venido solo por exceso de uso. Quizás. Pero la duda existe.
Tampoco está claro que, con Kylian y Vinicius, el equipo pueda jugar con esos tres mediapuntas que hilan entre líneas, que dominan, que nos devuelven la ilusión de un gran Madrid. Eso son cuestiones éticas que Ancelotti las suele resolver de una forma sencilla, pero que solo él imagina. Ancelotti, un campesino que paso a paso, siempre mirando al horizonte, va encontrando las soluciones más sencillas a cada problema que se le presenta.
El delantero francés celebra su gol contra la Atalanta. (Reuters/Guglielmo Mangiapane)
Sin Kylian fue otro el partido contra los italianos. Se fue el miedo y llegó la libertad del ida y vuelta. Poco dominio de ninguno y menos aún del Madrid, que sin un mediocentro claro está a expensas de los vientos. En ese hábitat, Bellingham es feliz. El inglés necesita estar en el cauce del juego para encontrarse. Cuando lo consigue es como Zidane en el British Museum. Un zigurat de medio oriente transportado al país de la lluvia.
El Madrid acabó ganando con Vinicius a la pata coja, quien ya ha conseguido desencriptar los códigos del centro del ataque. Los rivales tuvieron una oportunidad en el último suspiro. Balón roto en el área y puerta vacía. Fuera. Fin de la representación. La suerte como suceso estocástico es un invento de la mecánica cuántica. El Madrid lleva refutándola desde su origen. No es más que la fuerza moral de 11 ángeles de blanco que se alzan por encima del azar. En el primer partido grande de la temporada, jugándose la Champions, Dios no jugó a los dados. Fue merengue, como casi siempre.
Sábado noche. El campo era el del Rayo Vallecano, con su pared de fondo, muro donde chocan todas las ilusiones imaginables. ¿Cómo se puede correr contra eso? Eso es la realidad. Los otros, los estadios de los grandes, son construcciones megalíticas hecha para cosificar al espectador y encerrarlo dentro de una verdad que es la teatralizada en el césped. Esos campos están hechos para que no entre nada de las afueras en ellos; ni el rumor de la ciudad que tienen alrededor. No son para la vida corriente, sino para la victoria; que es según se mire, lo trascendente o el crimen.