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En el Madrid se percibe el origen de algo: juego agreste, defensa caótica y dos bombarderos
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Ángel del Riego

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En el Madrid se percibe el origen de algo: juego agreste, defensa caótica y dos bombarderos

El conjunto blanco continúa dejando dudas en su juego, pero lo cierto es que los resultados siguen saliendo adelante y que es cuestión de tiempo que encajen todas las piezas

Foto: Modric y Vini celebran el segundo gol del Madrid. (EFE/Lavandeira)
Modric y Vini celebran el segundo gol del Madrid. (EFE/Lavandeira)

Hace mucho que en el Madrid no hay origen ni final. Parece que el libro de los acontecimientos siempre se encuentra abierto por la mitad. El último de los principios fue la llegada de Florentino y el desembarco de Cristiano, una génesis que tuvo una introducción larguísima llamada Pellegrini. Entonces, llegó Mourinho. Su época tuvo un principio y un final. Es posible narrarla como se narran las fábulas. Tras Mourinho, que le ponía verbo al caos, llegó Ancelotti, un artesano experto en convertir capillas antiguas en catedrales majestuosas. No quiso explicar su plan ni desdecir a Mourinho, pero el reino encantado del portugués desapareció de una forma absoluta. Al mes de estar el italiano en el banquillo, nada quedaba de la época anterior.

Carletto fue mutando suavemente hasta darse de bruces con el gran juego: unos meses deslumbrantes donde los mediocampistas abrían las puertas para que Cristiano saltase a los espejos. Como siempre que el Madrid juega para el deleite del mundo, no se ganó nada y, para enjugar nuestros pecados, llegó Rafa Benítez con el manual del técnico para enamorados impertinentes. Benítez quiso comenzar de nuevo, pero no tenía el carisma ni el horizonte en la mirada que es necesario para eso. Y, además, el Madrid ya era campeón de Europa y eso todo lo cambia. Los jugadores toman una densidad máxima y se emancipan de lo que hay a su alrededor. No valen nuevos arranques, solo un resbalar entre los icebergs hasta encontrar una isla escondida donde venerar la Champions.

Zidane emergió de entre los niños y supo aprovechar el deslizamiento que había comenzado con Ancelotti. Nada de tácticas automáticas, solo jugadores. Todo el talento, todo el esfuerzo, todo el espíritu. Hubo tres Champions más hasta que Cristiano partió hacia un horizonte que le proporcionara nuevos retos, como por ejemplo, el de no ganar la Copa de Europa cada año. Ese era el final de la saga que había comenzado con Mourinho. Zidane lo supo y nos dejó huérfanos.

Foto: real-madrid-celta-vigo-enfado-carlo-ancelotti-dudas-defensa

Lopetegui intentó volver de nuevo a remontar la corriente, volver a los orígenes. Pero no pudo. No supo. Quizás era imposible. Solari subió de la cantera y sin construir nada apreciable, pero puso a dos jugadores. Vinícius y Valverde, en medio de la danza. Fue una temporada de transición hacia algo desconocido... y ese algo desconocido resultó ser Zidane. Zizou y la pandemia. Otro año barato de pequeños detalles y minúsculas alegrías. Benzema era el nombre que iba perfilándose entre la niebla. Benzema y un balón trazando signos por el césped con la suficiencia de un ingeniero, con la ligereza de un poeta.

Al año siguiente, ya estaba levantada una sociedad secreta de las que derriban tiranos: Karim lanzaba a Vinícius hacia el cosmos y el Madrid se iba trasmutando en algo apreciable. Volvía el fútbol, volvía la belleza y volvía la alta competición. Las semifinales de Champions. No hubo Copa de Europa porque toda la plantilla se lesionó a la vez y Kanté, el hombre ubicuo del Chelsea, necesitaba un título para saciar su humildad desmesurada. Así que llegó Carletto para cerrar la fábula de Karim y ponerle a su juego una estructura llena de sentido común y cristales de sodio en sus esquinas.

La Champions de las remontadas fue algo único. Un cántico espiritual que es la razón de ser de un pueblo, el pueblo madridista, la mitad del mundo, que está a la vez en el corazón de la realidad y en la periferia de las cosas. Esa Champions, por su fuerza simbólica, tan grande que es absurda -y esto no es palabrería, en cada partido estaban al lado de los jugadores del Madrid, las ánimas de todos los mitos que vistieron la camiseta blanca- podía haber significado el fin de una época. Pero no fue así, porque ninguna época comenzó -como creíamos- con la marcha de Cristiano y de Zidane. Fue un barbecho, un tiempo en pausa para ver crecer a los niños y que nos ofreció el deslumbramiento final Benzema, que pasó de culto minoritario a religión mayestática.

placeholder Kroos, el genio que empastaba a los demás. (Reuters/Susana Vera)
Kroos, el genio que empastaba a los demás. (Reuters/Susana Vera)

Kroos y el final de una estirpe

La temporada pasada, fue Kroos el símbolo que juntaba las partes. El alemán marcó el ritmo desde los años de Zidane hasta el último partido que jugó: la final contra el Borussia. No era el mejor jugador del equipo, ese puesto honorífico correspondía (y corresponde) a Vinícius. Pero era el más importante. Y, con la marcha de Kroos, se cierra una época. Ahora sí. Un final que se ha dilatado en el tiempo, porque los éxitos no dejan en el Madrid enterrar como se debe a los muertos.

Estos primeros meses de la temporada no tienen juego reconocible, ni ritmo, ni pausa, ni asociación, pero tampoco armonía, ni control. Con errores y golazos, sin ningún dibujo que parezca definitivo; estos primeros meses son el inicio de algo diferente que todavía está en la fase previa a la estructura. Todo es alquitrán, una mancha pegajosa que solo busca sellar los agujeros para que la embarcación siga a flote.

Entre los misterios desvelados en este inicio de temporada, está el de la ineficacia de Tchouaméni. Contra el Celta, fue central en una defensa de tres, con Camavinga y Valverde en la mitad de la cancha, además de Vinícius, Mbappé y Bellingham comandando el ataque. El francés convirtió cada contraataque del Celta en un pequeño drama, porque no se encuentra en los espacios amplios, ni sabe intuir ni sufrir las jugadas. Las estadísticas mienten con él. Según los números, nunca falla un pase, pero eso es como decir que la esperanza de vida de un funcionario público es mayor que la de los grandes personajes de la historia.

Tchouaméni tiene sangre africana, efigie colosal, rictus severo, coordinación y los pies justo en su sitio. Tiene todo eso... pero no tiene nada más

Tchouaméni parece construido por la IA generativa. Tiene la pinta de un mediocentro histórico. Sangre africana, efigie colosal, rictus severo, coordinación y los pies justo en su sitio. Tiene todo eso y nada más. Su algoritmo está programado para defender hacia adelante, algo que apenas se hace en el Madrid, donde todos los partidos se rompen y los centrales son pillados a contrapié, por lo que tienen que resolver en un instante ecuaciones diferenciales. El galo parece que está siempre en su posición, pero lo que le lleva a moverse lo justo es el miedo. No controla nada de lo que pasa alrededor de él y, por eso, el único pase que conoce es el de seguridad. Miles de pases a 3 metros que son como una charla banal en un ascensor. En los goles del contrario, aparece siempre jadeando detrás del jugador, sin saber por qué le cogieron la espalda. Todo dudas, ningún desgarro, ninguna sabiduría.

Más allá del central postizo, Ancelotti reconocía a través de su dibujo que nada de lo construído servía hasta ahora. El italiano hace lo que todos en tiempos de crisis: se vuelve hacia sus principios fundamentales. Jerarquías de hierro y claridad expositiva por el carril central. Así que Rodrygo, al que había construido una casita formidable en la derecha, volvió al banquillo. Y Güler y Endrick jugaron el partido en su imaginación... y parece que durante mucho tiempo, será así.

El equipo no tenía brillo y la pelota no se deslizaba con lascivia alguna, pero funcionaba en una dirección. Había dudas en defensa (normal, era la primera vez) y de vez en cuando un jugador del Celta (llamémosle X, no estamos aquí para hablar de ellos), se plantaba delante de Courtois entrando por los jardines centrales del Madrid, como si eso fuera una metáfora de la misma España, siempre tan caballerosa con sus enemigos. Para esas ocasiones está Courtois y casi es mejor darle tiempo para pensar al jugador que se enfrenta a él. En esos momentos eternos, el delantero toma conciencia de su diminuta humanidad delante de la diosa Shiva, el pulpo gigante de las profundidades o el conserje de un edificio de clase media. No hay manera de traspasar eso y el delantero lo sabe bien. Courtois convierte en rutina lo que para otros es un instante mágico.

En ataque, el Madrid generaba con sigilo ocasiones a medio cocer. Sobre todo cuando Vinícius se iba hacia el medio, lugar que ya domina plenamente, y Bellingham era capaz de descubrirlo entre la selva. El inglés era un poco el chico más dispuesto, el que juntaba los trozos del ataque e intentaba darle ritmo a la jugada. Demasiado escorado a la derecha, detecta lo que no funciona en el equipo, pero todavía no tiene el poso suficiente para ser el curandero que necesita el juego blanco. Modric surgió en la segunda parte y solo con un rastro de lo que fue, sanó las heridas y dio el pase de gol que mantiene al Madrid un partido más en el alambre. Eso no lo es Bellingham todavía. Si lo será o no, es un interrogante que sigue abierto.

El látigo de Mbappé

El otro es Mbappé. Su potencia sigue intacta, no así su ligereza o su capacidad de escapar de los contrarios saltando por encima de ellos. Sigue rústico en lo técnico como si fuera un depredador con guantes en las zarpas y demasiadas veces está quieto, esperando que la jugada se cierna sobre él como si el árbol buscara que le cayera encima el rayo. Es irritante ver a Bellinghan, Fede y Vinícius moverse alrededor del balón mientras el francés está quieto, mirando, a la espera, no sabemos si por altanería o porque no sabe muy bien qué hacer. Dio igual. Mbappé es uno de los mejores goleadores de la historia del fútbol, entre otras cosas, por su disparo. Así que en un momento cualquiera, Camavinga recuperó alto y Mbappé recibió en tierra de nadie con la portería lejana. Dio un paso al frente y se acomodó la pelota con tranquilidad, como si estuviera tirando un penalti. El balón fue recto, sin efectos raros, curvándose hacia la escuadra y, cuando el portero se percató de lo que ocurría, el gol ya había subido al marcador. Recordaba a los disparos de Gareth Bale, que siempre pillaban al portero a contrapié por los sorpresivo del gesto y la rapidez de ejecución.

Recordó también a esos vídeos terribles que corren por internet de asesinatos a quemarropa que nunca son como los de las películas de Hollywood, con crescendo ambiental, pausas dramáticas y frases estereotipadas. Hay una escena de felicidad normal y, de repente, entra en ella la violencia. Un disparo seco, una víctima que cae y un escenario impoluto que queda desierto en un momento. No hay avisos por megafonía. Así se comportó Mbappé. Como un profesional.

placeholder Dos pulmones en el medio del campo. (Reuters/Susana Vera)
Dos pulmones en el medio del campo. (Reuters/Susana Vera)

Fede Valverde y Camavinga se bastan para dominar el medio campo del Real Madrid. Eso no es un entramado táctico, pero lo parece. Es suficiente con que aprieten ligeramente, para recuperar alto balones que se convertirán de inmediato en ocasiones de gol. Esa va a ser la baza fundamental de este equipo mientras la armonía entre líneas y entre jugadores no se haga presente.

El pase de Modric a Vinícius que significó el segundo gol, no lo había visto nadie en todo el encuentro. Y no es porque Bellingham no posea último pase, de hecho lo tiene en cantidades industriales. Bellingham lo ve, pero no sabe posarse en la jugada como lo hace el croata. No sabe parar mientras está ahí, con toda la naturaleza abriéndose a sus pies como hace Modric. No lleva la pausa integrada y, ese instante minúsculo en el que el pasador está frente al muro, es lo que decanta la jugada. El caso es que fue Luka y no Bellingham el que dio el pase definitivo a Vini. El desmarque del brasileño es como la salida del minotauro del laberinto. Sigue a la luz y la luz no le ciega. Se acomoda con dulzura el balón y bate por bajo al portero. Todo parece fácil, el brasileño anda los caminos más difíciles del fútbol sin esfuerzo.

Después de eso, Vinícius se fue a la banda e hizo un bailecito sexy. Nadie se enojó porque el Celta no tiene deudas contra el Madrid. Y, tras el partido, el astro brasileño firmó autógrafos, siempre con una sonrisa. La grada saludó, él saludó a la grada y nos fuimos a dormir con la impresión de que estamos ante el principio de una ascensión por la cara norte. No hay belleza todavía, pero sí se percibe el origen de algo. Pero es la cara norte. La más áspera, la más expuesta a los vientos.

Hace mucho que en el Madrid no hay origen ni final. Parece que el libro de los acontecimientos siempre se encuentra abierto por la mitad. El último de los principios fue la llegada de Florentino y el desembarco de Cristiano, una génesis que tuvo una introducción larguísima llamada Pellegrini. Entonces, llegó Mourinho. Su época tuvo un principio y un final. Es posible narrarla como se narran las fábulas. Tras Mourinho, que le ponía verbo al caos, llegó Ancelotti, un artesano experto en convertir capillas antiguas en catedrales majestuosas. No quiso explicar su plan ni desdecir a Mourinho, pero el reino encantado del portugués desapareció de una forma absoluta. Al mes de estar el italiano en el banquillo, nada quedaba de la época anterior.

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