Empate a dos goles en Cornellá

Nuevo año, mismo Barça: el Espanyol ajusticia el juego deprimente de los culés

El Barcelona no abandonó sus viejos hábitos y se deja atrapar por el Real Madrid. Wu Lei marcó 'in extremis' el gol del empate para los blanquiazules. De Jong, expulsado por primera vez en su carrera

Foto: Messi, derrotado tras el empate del Espanyol en el último suspiro. (EFE)
Messi, derrotado tras el empate del Espanyol en el último suspiro. (EFE)

Por si algún aficionado culé se pensaba que con las campanadas del año nuevo su equipo iba a mudar los viejos hábitos y convertirse en uno que jugara bien al fútbol, el partido de Cornellà le ha devuelto a la dura realidad: el Barça sigue siendo tan mediocre que no fue capaz de ganar en casa del vecino, colista para más señas. Un Espanyol que le superó en algo tan básico como las ganas y terminó consiguiendo el premio del empate a falta de dos minutos para el final con el gol de Wu Lei (2-2)

Este Barcelona es deprimente por lo rácano de su juego y por su ausencia de ambición. Es inexplicable cómo pueden saltar al césped con las pulsaciones del que se echa la siesta cuando saben, como sabían, que el Espanyol se está jugando la vida y que la visita del vecino rico siempre supone una motivación extra. Ni siquiera el tanto de David López en el 23’ les espabiló y siguieron con el mismo ritmo ramplón y cansino hasta que a falta de cinco minutos para el descanso decidieron ponerle una marcha más al partido. Suárez estrelló el balón al palo, Diego López le paró una a Messi y Valverde decidió dejar a Rakitic en el vestuario y apostar por Arturo Vidal como revulsivo.

Wu Lei celebra con Calleri el gol del empate ante el Barça. (EFE)
Wu Lei celebra con Calleri el gol del empate ante el Barça. (EFE)

La roja a De Jong

La entrada del chileno, que ha demandado al club por impago, surtió efecto. En el 50’ Suárez empató y nueve minutos más tarde Vidal marcó de cabeza. El encuentro parecía sentenciado porque el Espanyol se había vaciado físicamente en la primera mitad y tenía toda la pinta de no dar más de sí, pero los azulgrana volvieron a dormirse en los laureles, encantados de haberse conocido y convencidos de que ya llegaría el tercero. Lo que llegó sin embargo fue la expulsión de De Jong, la primera de su carrera, por doble amonestación. El holandés ha recibido más elogios de los que se merece por su rendimiento desde que llegó al Barça. Es muy bueno, sí, un portento técnico y estético, vale, pero su influencia en el juego es a veces inexistente y en el derbi cometió el error de perder un balón y agarrar de la camiseta al rival cuando ya tenía una amarilla. Su expulsión sirvió de acicate a los de Abelardo y Wu Lei, que ya había avisado a Neto en el 77’, logró empatar en el 88 ante el delirio general de los aficionados, que casi llenaron el estadio.

Lo peor no son los dos puntos perdidos -ya van 15 en lo que va de temporada- sino la sensación entre esto se veía venir y el nada nuevo bajo el sol. Es el mismo Barcelona anodino, ordinario, insípido que clausuró el 2019 empatando ante el Madrid y que sigue líder porque el Madrid tampoco está para tirar cohetes. Entre los aficionados culés cunde el desánimo más que el enfado porque se han contagiado de la energía gris que desprende el equipo y sólo esperan que se espabilen a tiempo para no pegarse el tortazo, ya habitual, en la Champions en el mes de abril. Hasta entonces van descontando los partidos con la parsimonia del que arranca las hojas del calendario recostado en el sofá. La gran cuestión es si podrán sacudirse la modorra, la inercia cansina, cuando suene el despertador.

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