El madrid nunca peleó por el título, en realidad

La evangelización de Zidane hizo creer al madridismo en una Liga perdida

Florentino se hartó de que sus jugadores se llevaran bien con el entrenador y cambió. Desde ese momento, el Real Madrid perdió la Liga y solo el carisma de Zizou (y el Barça) permitió soñar

Foto: Zidane metió en la cabeza de sus jugadores el pelear hasta el final (EFE Kiko Huesca).
Zidane metió en la cabeza de sus jugadores el pelear hasta el final (EFE Kiko Huesca).

El Real Madrid perdió la Liga 2015-16 cuando Florentino echó a Ancelotti. Al presidente nunca le ha hecho ninguna gracia que sus jugadores estén a gusto con su entrenador. Llámenlo iluminado, o innovador, pero el dueño del Madrid es de los que prefiere la disciplina férrea a la amistad complaciente. Si el Madrid no ganó nada el curso pasado fue, según Pérez, porque los futbolistas estaban demasiado a gusto con Carletto. No podía ser que se abrazaran tanto con un técnico que los había hecho campeones de cuatro títulos en un año. A Florentino le entusiasmó la experiencia con Mourinho y como los herederos de la dictadura española, buscó hacer un franquismo sin Franco, un mourinhismo sin Mourinho. Benítez no era el indicado.

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Hay dos maneras de solucionar un problema creado por un niño. Por un lado, tienes la opción de explicarle cómo debe hacer las cosas con sencillez y tranquilidad y premiarle cuando acierta. Por otro, puedes castigarle en los momentos en los que no se comporta como debería, cuando falla en algo. Las reacciones de los infantes pueden ser variadas y dependerá del grado de mimo que hayan recibido. Si este es alto, la reacción natural será la contraria a la deseada, es decir, que lo único que recibamos sean malas miradas, gestos contrariados y renuncia a realizar la tarea impuesta.

La plantilla del Madrid reaccionó de esta manera cuando le pusieron a Benítez. Como la familia Banks se hartó de sus hijos y les puso a Mary Poppins a cuidar de ellos. El primer impulso fue el rechazo. A diferencia de la exitosa novela de Pamela L. Travers, en el Madrid no hubo un segundo impulso. No hubo un viaje al interior de ningún dibujo, ni cánticos de palabras larguísimas. Lo que hubo fue un 0-4 en el Bernabéu ante el Barça que fue más desagradable incluso que comer un kilo de hollín. Después de eso, Benítez, que ejercía de un Poppins con menos salero, se volvió a Inglaterra, donde su temporada ha seguido empeorando hasta el culmen del descenso.

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Zidane no quería entrenar al Madrid. Al menos no la primera vez que Florentino le dijo que era el siguiente en la lista si caía Benítez. Hablamos de noviembre y diciembre, épocas en las que el presidente se hartaba de decir que "Benítez no es el problema, sino la solución" y mientras entablaba contactos con su sustituto a sus espaldas. Zizou sabía que era un momento muy negro para subir al primer equipo. ¿Y si no conseguía enderezar al equipo y se estrellaba? ¿No se quemaría así en su primera experiencia en un banquillo importante? ¿Y si no estoy preparado? Eran muchas las cuestiones que le asaltaban y le hacían dudar sobre la idoneidad del salto. Sabía que lo iba a tener que dar, pero le parecía pronto.

Benítez, mirando cuánto le quedaba como entrenador del Madrid (REUTERS/Marcelo del Pozo).
Benítez, mirando cuánto le quedaba como entrenador del Madrid (REUTERS/Marcelo del Pozo).

Pero le tocó empezar a correr, aunque no tuviera bien puestas las manos en la línea de salida. A Zidane le hacía más ilusión que el día que Di Stéfano le dio la camiseta con el 5, porque sabía que la responsabilidad era aún mayor que en 2001. Y lo primero que hizo fue recordarle (aunque en realidad no hacía falta) a los jugadores que era uno de ellos, que era su compañero, el mismo que estuvo con Ancelotti ganando la Décima. La acogida fue como el regreso de un viejo colega a una reunión de amigos. A Zidane no le hacía falta encajar en el vestuario, porque era una pieza ya colocada en el puzle. 

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Los Cristiano, Ramos, Marcelo, Kroos, Modric y compañía pasaron a sonreír y a olvidar las malas caras. Volvían a hacer lo que les gusta con alegría. Se liberaron. Los resultados iniciales tampoco fueron sobresalientes, más allá de las goleadas en el Bernabéu. En pocas semanas, la distancia con el Barça se multiplicó. Porque la Liga ya estaba perdida desde mayo. Y aun así, Zidane, que es de los que creen que pueden meter por la escuadra un melón de Roberto Carlos en una final de la Champions, les hizo creer que era posible, que por qué no ganar todo lo que quedaba hasta el final y esperar a que la flauta sonase una música celestial. Zidane los evangelizó y sus jugadores se convirtieron en sus discípulos.

Tanto creyeron y creyeron que hasta estuvieron convencidos de que el Barça no solo no les iba a golear en el Camp Nou, sino que, con 10, ganarían. La fe no se acaba hasta que la realidad muestre lo contrario. Y lo mostraría, porque la Liga se perdió en mayo. El Barça regaló 11 puntos de ventaja, porque le sobraban. Total, no iban a perder la Liga. Zidane, igualmente, hizo al madridismo creer que podían ganar la Liga. Y lo más importante, hizo creer a los jugadores que podían ganar el doblete. Marcelo y Ramos estaban convencidos, y les dolió perder uno de los títulos. Ahora, están más convencidos si cabe de que pueden ser campeones de Europa.

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