Sandro Rosell nunca soportó a Guardiola ni su poder dentro del Barcelona
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EL TÉCNICO ESCENIFICA LA RUPTURA CON EL PRESIDENTE AZULGRANA

Sandro Rosell nunca soportó a Guardiola ni su poder dentro del Barcelona

Pep Guardiola estalló ayer. El espectáculo en las salas de prensa, el mismo que él calificaba que era patrimonio de José Mourinho, fue el elegido por

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Sandro Rosell nunca soportó a Guardiola ni su poder dentro del Barcelona

Pep Guardiola estalló ayer. El espectáculo en las salas de prensa, el mismo que él calificaba que era patrimonio de José Mourinho, fue el elegido por el entrenador del Bayern para dejar a Sandro Rosell en su sitio, al que acusó de utilizar la enfermedad de Tito Vilanova para atacarle. El técnico, en el momento del adiós, pidió al presidente que le olvidara, que se iba al otro lado del mundo (Nueva York) para que, entre otras cosas, le olvidara, algo que no ha sido así en forma de filtraciones, con el objetivo de poner en duda el barcelonismo de Pep. Lo dicho en su día respecto a la relación entre ambos se ha confirmado. "Me iré sin hacer ruido, pero si tú y tus amigos no me dejáis tranquilo, hablaré todo lo que tenga que hablar", contó El Mundo y ayer confirmó el  nuevo jefe del campeón de Europa.

Sandro Rosell nunca se sintió cómodo con la presencia de Pep Guardiola. Jamás. Sentía celos y le rondaba la traición constante de su entrenador por cuestión de sus amistades. Sabía de la proximidad del técnico con su otrora compañero Joan Laporta y con el idolatrado para el barcelonismo Johan Cruyff, Uno y otro eran enemigos declarados del presidente del Barcelona, tanto como para repudiar al primero y cuestionar los honores, medalla incluida, recibidos por el entrenador del 'Dream Team'. Rosell sabía que la presencia de Pep era un problema, pero su ausencia elevaría a cuestión de estado las que hasta el momento solo eran diferencias personales con el técnico. Aguantó dos años, justo el tiempo que necesitó para minar la moral y resistencia de un Guardiola que en 2012 dijo basta.

En esos dos años, Rosell rompió con la filosofía y con la manera de actuar que el entrenador había puesto en marcha desde su llegada al banquillo azulgrana allá por el verano de 2008. Uno y otro se situaron en las antípodas. Guardiola no hablaba de los árbitros; el presidente incluso creía en campañas orquestadas en contra del Barcelona. Pep intentaba no hablar de los rivales y menos aún si era el Real Madrid; Rosell cuestionaba a Pep. Para colmo se atrevía a pronosticar un 5-0 a favor del Barcelona en la víspera de un Clásico, algo que sacó de sus casillas al técnico. El remate llegó cuando la directiva decidió demandar a la anterior Junta. Movimiento que fue criticado en público. Guardiola entendió que era una defensa a unos amigos, mientras que Rosell lo entendió como una afrenta directa.

Eran dos maneras de entender el fútbol, la gestión de un grupo y, en especial, de una entidad. Al técnico nunca le gustó el protagonismo del presidente. Guardiola no quería ruido mediático alrededor del equipo e incluso del club, pero la respuesta de Rosell fue la contraria. Uno buscaba la armonía, pretendía que el club siempre quedara por encima, incluso cuando se trataba de hablar de su renovación o de posibles fichajes, tal y como paso con Ibrahimovic al que el presidente calificó 'como una de los peores del historia', el adiós de Chygrynsky o el retraso de un año en la firma de Cesc

El momento crítico fue cuando Rosell filtra que le había ofrecido renovar seis temporadas, movimiento que chocaba de bruces con la idea del entrenador de estudiar año a año la situación antes de dar el paso definitivo. En ese momento, y ya sin Begiristain en el club, el técnico se dio cuenta de que la relación entre ambos tenía fecha de caducidad. No era cuestión de 'feeling', era algo más. No había empatía personal ni profesional. 

El distanciamiento definitivo llegó en el anuncio del adiós de Guardiola. La inseguridad del presidente le llevó a confiar el proyecto a Vilanova. No se rompió la cabeza en búsqueda del relevo. Pep lo entendió. No le gustó el movimiento, pero lo aceptó, pero pidió tiempo antes de que se anunciara el nombre del que iba a ser su sustituto. Rosell no se lo concedió y dejó a Guardiola sin su momento, el de su despedida. A partir de ese momento, guerra y nada fría por cierto. Por el momento se ha escrito un capítulo, pero quedan muchos. 

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