EL PRESIDENTE DEL CELTA PERDIÓ A SU HIJO Y A SU NIETO CON UN MARGEN DE DOS AÑOS EN MÉXICO

El fútbol alivia la tragedia del otro Mouriño

Dice quien lo ha sufrido que sólo hay algo peor que sobrevivir a un hijo: hacerlo también a un nieto. Un dolor doble tan desgarrador que

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El fútbol alivia la tragedia del otro Mouriño
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    Dice quien lo ha sufrido que sólo hay algo peor que sobrevivir a un hijo: hacerlo también a un nieto. Un dolor doble tan desgarrador que cercena cualquier expectativa vital, reduciendo todo a la necesidad de aprender a convivir con la desgracia. Y en esas anda el presidente del Celta. Carlos Mouriño (Vigo, 4 de marzo de 1943), que esta tarde vista el Camp Nou (18.00 horas, GolT y Canal Plus Liga) junto a su equipo, es una de esas personas que han tenido la desgracia de perder a un hijo y a un nieto con un margen de dos años. Dos golpes definitivos de no haber encontrado refugio en el fútbol y en el Celta la motivación para seguir.

    Cuando en 1978 movido por la crisis de Nautrónica, empresa de equipamiento marítimo de la que era director general, Carlos Mouriño decidió emigrar a México para hacerse cargo del emporio hotelero de su suegro, ni en su peores sueño podía imaginar que la tierra que le iba a consagrar como un empresario de éxito -la compra en 1985 de la cadena de gasolineras en Campeche le situó entre los más ricos del país- iba a ser también la encargada de hacerle pagar un costoso peaje vital. En México murió su hijo y también lo hizo su nieto. Dos muertes unidas por la desgracia, pero igual de trágicas con México como escenario de fondo. El México que se lo dio todo a Mouriño también se lo arrebató.

    El orgullo de ver a su hijo menor Juan Camilo ser elegido como secretario de Gobernación de México, cargo equivalente al ministro de Interior en España, por el presidente Felipe Calderón, no ocultaba el temor del presidente del Celta a los peligros que inherentes al cargo. La lucha contra el narcotráfico en México depende de Gobernación y su hijo se iba a emplear con mano dura contra la lacra que empaña la vida mexicana desde hace décadas. Juan Camilo fue un ariete de Calderón contra los capos de la droga, lo que le situó en el punto de mira de los peores sicarios. Por sorpresa, Juan Camilo perdió la vida en 2008 en un accidente aéreo que si bien fue anunciado como una fatalidad del azar por las autoridades, lo cierto es que arrastra la sospecha del sabotaje. Muchos eran los que se habían empeñado verle muerto.

    Arrasado por la noticia, Carlos Mouriño se agarró con más fuerza si cabe al Celta, equipo al que llegó en 2006 tras hacerse con el 39% del paquete accionarial con un pago de cuatro millones de euros. Y eso que la ruina deportiva ha acompañado al conjunto vigués durante estos años de penar en la Segunda División. Un tránsito duro que se hizo casi insoportable cuando en abril de 2011 de nuevo la tragedia golpeo con crudeza a la familia Mouriño. La noticia de que su nieto Carlos, como él, había fallecido electrocutado en un rancho de su propiedad en Campeche (México) parecía el mazazo definitivo para el nuevo regidor celtiña.

    La vida, sin embargo, ha querido que el fútbol le devuelva la sonrisa a Carlos Mouriño, un hombre enjuto e introvertido que no pudo reprimir las lágrimas cuando, por fin, el pasado mes de junio el Celta cerró su penar en la División de Plata logrando el ascenso a Primera. El llanto del presidente era esta vez de alegría y hasta de cierta diversión cuando Balaídos al unísono coreaba: "Sólo hay un Mouriño y no es portugués". Una celebración que devolvió la sonrisa al corazón herido del presidente que, desde entonces, no deja de una frase que resume su penar vital: "Mi familia ha sufrido mucho y ver al Celta en Primera es una compensación".

    Compensación o no, lo cierto, es que Carlos Mouriño gozará esta tarde en el Camp Nou de uno de esos partidos que le han hecho creer todo este tiempo que el fútbol era el mejor bálsamo para sus penas. Su Celta juega ante el Barça, un equipo al que admira profundamente y al que ha recurrido en varias ocasiones para sacar a su equipo adelante. De su mano, no en vano, llegaron al banquillo celeste Hristo Stoichkov y Eusebio Sacristán. Una victoria ante el ex celtiña Tito Vilanova, entonces, sería el regalo perfecto. Y la vida, pese a su crueldad, tiene a veces este tipo de gestos...

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