se coloca segundo tras el city de guardiola

¿Este año sí, Liverpool? Un club perdedor al que Klopp convierte en favorito al título

Klopp quería al Liverpool y el Liverpool quería a Klopp. A partir de ese amor correspondido, los 'reds' se ha transformado de un equipo derrotista a otro que, sin duda, puede ser campeón

Foto: Liverpool manager juergen klopp celebrates with philippe coutinho and daniel sturridge at the end of the match
Liverpool manager juergen klopp celebrates with philippe coutinho and daniel sturridge at the end of the match

"Es mi responsabilidad que estemos preparados para los partidos y hoy vi que no lo estábamos. El lenguaje corporal no era bueno (...) Así que estaba muy molesto. Le dije a los chicos: «Tengo 49 años, por lo que he perdido muchos partidos de fútbol y desgraciadamente perderé alguno más. Pero lo de hoy no tiene sentido, porque no deberíamos perder este partido de fútbol, porque deberíamos haber hecho más en el primer tiempo. (...) No está permitido aceptar un mal día. Incluso en los días malos hay que pelear ante inicios como los de este partido, hay que responder. (...) Es muy importante que aun en los días en los que tengamos una actuación menos brillante podamos ganar". Palabra de Jürgen Klopp tras ganar en el Liberty Stadium de Swansea.

Hace un par de años, y en realidad en las dos últimas décadas, ese encuentro habría acabado en derrota para el Liverpool. El que puede ser el club con más personalidad de Inglaterra (y del mundo, probablemente), olvidó ese temperamento, ese carácter que le hizo ser durante la mayor parte de su larguísima historia el mejor equipo de la isla, y temible hasta hacer que a cualquier rival le temblasen las piernas al escuchar los pulmones de Anfield gritar a los cuatro vientos que nunca dejarían caminar solo al amor de su vida. Ha tenido que llegar un 'gafapasta' alemán con eterna sonrisa para que de verdad nos creamos que el Liverpool puede ser campeón.

Dos tipos de entrenadores conviven pero se bifurcan en dos filosofías muy diferentes: los que se adaptan a lo que tienen y desarrollan un juego acorde a lo que se encuentran, o los que tratan de que nada más mirar un movimiento puntual del equipo veamos su firma pintada en una esquina del lienzo. Klopp es el paradigma del segundo grupo. Cuando veíamos jugar a su Dortmund, entendíamos de inmediato que había hecho que esos jugadores comprendieran su idea de juego agresivo, rápido, agobiante, irrefrenable. El Liverpool es ahora un Dortmund que juega de rojo.

El técnico de Stuttgart se encontró a una plantilla descompensada, que había invertido erróneamente (o eso parecía) los 81 millones que le había dado el Barça por llevarse a Luis Suárez. El proyecto de Brendan Rodgers había sido ambicioso y un año de ilusión acabó con un resbalón que costó una Premier. Esa temporada originó la descomposición del plan de Rodgers. Había división en el equipo, la conexión con la grada se fue diluyendo y, lo peor, no existía una identidad de juego sobre el que asentar a la plantilla. Cuando Klopp se fue del Borussia, su único deseo era entrenar al Liverpool. Esperó el momento y entró con la ilusión de un niño que ve realizado por fin el sueño de su vida. Quería tocar el cartel de 'This is Anfield' cada vez que entrase al césped y que el escudo que en él luce fuera también suyo. Quiere al club y desea más que nadie reflotarlo.

Como buen equipo inglés que es, el Liverpool gastó en fichajes, pero no se le fue la cabeza. Necesitaba algunos elementos clave para apuntalar su alineación y encontró a los idóneos a un precio razonable. Fichó a Giorginio Wijnaldun y Sadio Mané para aportar calidad al centro del campo y velocidad a una de las bandas. Fichó dos defensas y dos porteros. Y ya tenía lo que necesitaba para hacer de unos derrotistas un equipo capaz de todo. Su obligación entonces era convencerlos de que su idea era exigente, pero exitosa. Habría que correr con un sentido específico, como un acordeón mientras emite su característico sonido, y correr hacia el marco contrario como un avión hacia el objetivo a bombardear.

Explica Alberto Egea con gran elocuencia que Klopp, en el Dortmund, jugaba con un '10' claro que era Götze, un mediapunta que sirviera de referencia para el mediocampo y como apoyo a la delantera, pero en el Liverpool ha eliminado esa figura. Juega sin '10' porque cualquiera puede acabar actuando ahí. El que más aparece por esa zona es Firmino, el falso '9' que no permanece entre centrales, sino que se desplaza para hacerles perder referencia, o para arrastrarlos. Puede caer por ahí Wijnaldum al descolgarse, o venirse Coutinho hacia dentro, incluso Mané. La movilidad es indiscutible en el juego del Liverpool, que ataca y defiende de igual manera, a la carrera, persiguiendo contrarios al unísono en una presión a la holandesa y un vértigo ofensivo... a la Klopp. Nadie ataca así, solo él. Solo la precisión y un trabajo profundo en los entrenamientos puede permitir que un estilo tan agresivo funcione.

El 'tuit' anterior refleja a la perfección el impacto que ha tenido Klopp. La instauración de una idea de juego atractiva ha generado seguridad en el Liverpool y lo ha convertido en un equipo ganador. El técnico, siguiendo su línea de Dortmund, ha conseguido lo que se le pide a los entrenadores, que no es otra cosa que hacer mejores a sus jugadores. Hace un año nadie entendía qué hacía Firmino en el Liverpool y ahora es insustituible; se discutía la capitanía de Henderson y ahora se alaba esa decisión; se dudó del fichaje de un veterano como Milner, que ahora rinde hasta de lateral izquierdo; Emre Can está alcanzando niveles de top mundial. Todos estos jugadores se quedaron en Anfield sabiendo que no jugarían en Europa, pero con el convencimiento de que este año sí podían hacer algo grande. ¿Puede disputar el Liverpool la Premier a los gigantes de Manchester? Si está Klopp, sí.

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