el valencia venció al betis 0-1

Marcelino no necesita darse golpes en el pecho para meter al Valencia en la final

Marcelino ha pasado momentos críticos esta temporada, ha estado en ocasiones cerca de ser despedido, pero ha podido rearmarse y meterse en la primera final de su carrera

Foto: Marcelino abraza a Diakhaby en el partido contra el Betis. (EFE)
Marcelino abraza a Diakhaby en el partido contra el Betis. (EFE)

A Marcelino no le sale natural la pose de héroe. Él delante de un micrófono no tiene un relato lleno de filosofía, de esos que parecen que más que un partido de fútbol te están enseñando el camino de la esperanza, casi la entrada a una divertida secta. No, él es más bien seco, distante, con fama de raro. No está cómodo y se le nota, aunque con el paso de los años ha ido desarrollando la capacidad más que suficiente para solventar el paso con solvente. Nadie se le imagina diciéndoles a su jugadores el ya tópico "salid y disfrutar". No ganará el premio a la sonrisa y tampoco tiene el club de fans más nutrido entre sus rivales, pero en el fútbol español se le estima, se sabe que con él se forman buenos equipos y que tantos años de resultados probados no tienen nada de casualidad. Y ahora, por fin, jugará también una final. Por ganar al Betis, por no dejar nunca de luchar.

El prestigio ganado en todos estos años le llevó la temporada pasada a Valencia después de una salida brusca de Villarreal la temporada previa. Marcelino, eso también es cierto, tiene tendencia a cerrar sus etapas con espinas. El caso es que apareció en Mestalla el técnico y se encontró con un ambiente de depresión absoluta. El Valencia, fuera de la Champions, era un equipo con déficit, con una plantilla hecha de retales y unos cuantos jugadores dudosos de su compromiso. Un dueño a miles de kilómetros, una afición en armas y unas perspectivas horribles que incluyen un proyecto cadavérico de estadio. Había pasado el tren.

Es de justicia decir que el Valencia es un grande, un equipo con más recursos que la media, con una afición fiera, pero también estable. Todo es cierto, pero las opciones estaban más en su contra que a su favor. Marcelino, que es valiente, aceptó el reto. Hubo otras llamadas, pero el reto de levantar un cadáver le atraía. Es un banquillo de prestigio, porque el club también lo es. Desde el primer momento se percibió una cosa que, con el tiempo, se demostró clave: había llegado un jefe a la ciudad.

Hay un momento en la eliminatoria de cuartos de Copa, esa que terminó a golpes contra el Getafe, en el que Marcelino casi reprochaba a Bordalás la dureza del equipo. Lo cual no deja de ser una paradoja porque si hubiese que calificar al asturiano sería más bien en el montón de los cartesianos, los que entienen que la fantasía es parte de fútbol pero les encantaría poder administrarla, computerizarla y programarla a su antojo. Todo bajo control, sin mucho espacio para el disenso. Un comandante, de esos que en la tercera temporada suelen fallar porque tampoco es fácil resistir esos niveles de orden durante tiempo indeterminado.

Del cielo a la duda

Su primer año fue sensacional, metió al equipo en Champions, donde casi nadie le esperaba. Le dio a Parejo una dimensión más, aprovechó la contribución del muy talentoso Guedes y, por encima de todo, diseñó un equipo. Solidario, fuerte en defensa, de ida y vuelta, que llegaba a los últimos minutos de los partidos entero y aprendió a competir contra la adversidad. Prácticamente todo lo ocurrido en esa primera temporada fue perfecto, logró incluso que la grada de Mestalla, de exigencia desatada, no encontrase pitos para él y estuviese sumamente satisfecha. Se había salido del desierto.

La segunda temporada ha sido bastante más pedregosa. Desde el principio se vieron algunas lagunas en el equipo, especialmente en lo relacionado con el gol. Se falló en el mercado, que es algo que un equipo con balances económicos difíciles se permite mal. Alguno de los principales jugadores, que el primer año habían brillado, se fueron apagando. Es el caso de Rodrigo, aunque sus goles contra el Getafe y en la vuelta de semifinales, el que certificaba la final de Copa, de algún modo le redime. Es posible que el hispanobrasileño no sea el jugador tan completo de la pasada temporada, pero también es improbable que su versión real sea la apática que se vio en muchos meses de esta temporada.

Algunos de los que cubren el día a día del Valencia dicen que Marcelino se equivocó y que fue un error humano. Acostumbrado a quemar a sus equipos, intentó desde la pretemporada no apretar las tuercas tanto como otros años. Dejar un poco más de libertad, aunque no vaya en su naturaleza, con la idea de que el proyecto fuese viable durante más años. Tantas veces le dijeron que sobrecalentaba al equipo que terminó dando un paso atrás. Uno que, además, no era entendido fácilmente por algunos de los jugadores veteranos, que no veían justo un cambio a más suave de una fórmula de éxito.

Marcelino estuvo cerca de terminar despedido. La grada se le volvió en contra y pasó meses muy lejos de la forma deseada. No marcaba goles, solo empataba partidos, un daño horrible. Desde hace meses, y a pesar de la reciente mejoría, se daba por hecho que este año no entrarían en Champions. Y la UEFA no está sencilla tampoco. Había cierta división entre los que no aceptaban ese nivel y los que pensaban que el primer año de Marcelino bien merecía más crédito. En el Valencia aguantaron, quizá porque no había sustituto, sin duda porque saben que Marcelino es un buen entrenador. Y se puede dudar de su carácter, y puede no ser el más simpático, pero es un buen entrenador.

La emoción imperceptible

"Está siendo un año difícil, ha habido momentos muy muy difíciles y creo que el fútbol nos lo debía", contaba Parejo al terminar el partido. Él es quien manda en el campo y sabe cómo son los años que llegan torcidos. Las conversaciones internas, los jugadores que no creen y las directivas con tendencia a apretar el botón del pánico. Llegó la calma y ahora, a modo de balón de oxígeno, también habrá una final de Copa del Rey.

Será la primera final de Marcelino, que se desenvuelve mejor en la sensatez de la rutina que en los días de eufora. Antes de este partido de Valencia había perdido las cuatro semifinales que había disputado. Cuestión de suerte, se supone, pero cuando un evento se repite en el tiempo hay que pensar que hay algo más detrás. La final de Copa no es automáticamente la continuidad, pero sin duda le acerca. Solo había que escuchar a la grada de Mestalla, radiante de felicidad, para saber que este torneo no es el que se sueña a principio de la temporada, pero cuando te apuntas a la gran final los nervios son a flor de piel y la emoción triuna.

"Me gustaría acordarme de Mateu [Alemany, el director general], que en momentos de dificultad nos aguantó como cuerpo técnico, nos apoyó, todo esto, momentos de dificultad...", empezaba en su conclusión Marcelino. El primer agradecimiento no es necesariamente el típico, a los jugadores, ni a la afición o al dueño. Es al que le ha mantenido en su puesto, que además es un hombre de fútbol y, como le sucede al asturiano, es un líder. Los dos explican esta final, como explicaron que el pasado año se fuese a la Champions. Este no es equipo para pelear por la liga y muchas cosas tienen que pasar para que eso cambie, pero la competitividad sí que está presente.

"Este día va a ser inolvidable", cerraba su primera intervención Marcelino. Si alguien que no sepa el idioma escucha la frase, pensará que está dando el parte del tiempo o el número de la lotería. No, no se dará golpes en el pecho ni gritará de más, no hará del fútbol un juego psicológico ni se dará más importancia de la debida. Pero no ser el más gracioso no le convierte en peor entrenador.

Copa del Rey
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