Aquel abrazo olvidado de Arbeloa y Mourinho: una teoría sobre el palo y la zanahoria en el Madrid
El Real Madrid tiene en sus manos asegurarse la clasificación a octavos y el factor campo en la Champions, pero el morbo estará en el banquillo con el reencuentro de dos amigos
El Real Madrid tiene en sus manos la posibilidad de cerrar el pase a los octavos de final de la Champions. Después de siete jornadas de fase regular del torneo continental, en las que ha sumado 5 victorias y 2 derrotas, sabe que depende de sí mismo para hacer los deberes. Le vale un empate ante el Benfica para clasificarse, pero sabe que si consigue un triunfo, no solo logra el pase, sino la clasificación entre los cuatro primeros, que le otorga el factor cancha en las eliminatorias.
Sin embargo, el morbo no estará solo en el terreno de juego, sino, especialmente, en los banquillos. Será el reencuentro de dos viejos conocidos, Álvaro Arbeloa y José Mourinho. Ambos formaron una de las parejas más conocidas en el fútbol mundial —o trío, pues, de hecho, Xabi Alonso también estaba en la ecuación—, en una época donde el Real Madrid consiguió frenar al todopoderoso Barcelona a base de ese otro fútbol del que hablaba el portugués. Y fue el inicio de una época brillante.
El luso se quedó varias veces a las puertas de la final de la Champions con el Madrid, pero puso la piedra angular de un proyecto que, solo unos años después, vivió una de las épocas más doradas de toda su historia. Tres títulos continentales seguidos y cuatro en cinco años son el mejor ejemplo. Y Arbeloa siempre fue una pieza clave de ese mourinhismo, de ese otro fútbol, de dar la cara por el entrenador, de luchar hasta la última gota de sudor y de pelear contra todo y contra todos.
Mourinho siempre encontró en el salmantino a un futbolista dispuesto a morir por él, un espartano, un verdadero gladiador que hacía lo que fuera necesario por su entrenador. Oro puro en el fútbol moderno. Pero aquella relación se rompió por el lado siempre más débil. Tocaba cambio de cromos y el Madrid cortaba a su entrenador. Era el verano de 2013 y Mou dejaba el Madrid. Arbeloa seguiría tres temporadas más, suficientes para levantar dos Champions. El anhelo del portugués.
Cuatro años después, los dos se volvían a encontrar, pero en una situación muy diferente: uno, Arbeloa, como jugador del West Ham; otro, Mourinho, como entrenador del Manchester United. Al acabar el partido, los dos se fundieron en un emotivo y olvidado abrazo, marchándose agarrados y entre risas al vestuario. Ahora, casi una década después, otro reencuentro, de nuevo, en una situación diferente: los dos como entrenadores. Un estilo similar, pero donde aparece la teoría del palo y la zanahoria.
El miedo al fracaso y ¿un estacazo?
Hace escasas semanas, Arbeloa era presentado como nuevo entrenador del Real Madrid —precisamente, tras la marcha de Xabi Alonso— y, como no podía ser de otra forma, hacía referencia a Mourinho: "No he hablado con José todavía. Fue un honor ser entrenado por él, tengo una gran relación. Fue una persona que influyó mucho en mí, pero yo voy a ser Arbeloa. No tengo miedo al fracaso, nunca lo he tenido, pero tengo claro que si quisiera ser Mourinho, fracasaría estrepitosamente".
Solo unas horas más tarde, el Madrid caía duramente en la Copa del Rey, eliminado por el Albacete de Segunda División. Pero Arbeloa sí demostró algo bueno: lejos de hundirse, de lamentarse y de dar continuidad al drama, supo aprovechar lo sucedido para despertar a sus jugadores. Desde ese momento, tres grandes victorias ante Levante, Mónaco y Villarreal. Y, lo más importante, ha conseguido enchufar a jugadores como Vinícius y Bellingham que, de nuevo, empiezan a brillar.
Pero Mourinho iba a seguir su propio camino. Hace algún tiempo que Guardiola dijo aquello de "es el p*** amo", en relación a que siempre quiere marcar la agenda y tenerlo todo controlado. Pues bien, antes de medirse al Madrid de Arbeloa, dejó una enigmática frase: "Es una sorpresa que entrenadores sin historia tengan la posibilidad de entrenar a los clubes más importantes del mundo". El técnico blanco, inteligente, no entró al trapo: "Cuando José habla, hay que escuchar y analizar".
Solo unas horas antes del partido, Mou, en ese habitual juego, ofrecía su mejor cara con Arbeloa: "Espero que todo le vaya bien. Arbeloa puede entrenar cualquier club del mundo y, por supuesto, también al Madrid. Yo quiero a Arbeloa y al Madrid. Lo importante es que esté feliz. Ser entrenador es una misión difícil porque hay mucha gente que te critica y habla de ti cada día", afirmaba. E iba más allá, afirmando que la frase que dejó días atrás no era para Arbeloa... sino para Spalletti.
El palo y la zanahoria
El propio Arbeloa tuvo buenas palabras para el entrenador portugués: "Sé quién es Mourinho. He intentado molestarle lo menos posible. Es uno de esos amigos con los que puedes estar tiempo sin hablarle, pero si le llamo a las 3 de la mañana, me atendería. Será un partido que, si ganamos, lo recordaré siempre. José siempre fue, es y será 'uno di noi'", explicaba el técnico blanco. Una relación entre ambos que vivirá un nuevo episodio en Portugal.
Un antiguo dicho reza que si quieres conseguir que un burro se mueva, necesitas colocar una zanahoria delante del hocico y un palo golpeando el lomo por detrás. Es un juego habitual de José Mourinho: tratar de lanzar algo inesperado en busca de una respuesta extraña o contradictoria de la otra parte. Pero Arbeloa conocía de sobra lo que debía decir. Y, quizá, esa sea su principal virtud hasta el momento: ser menos mourinhista de lo que afirmaba que era. De momento, le está funcionando.
🤍"QUIERO MUCHO al REAL MADRID y a ARBELOA".
— El Chiringuito TV (@elchiringuitotv) January 27, 2026
😅"Solo mañana quiero que les vaya mal".
🗣️Las palabras de Mourinho antes de reencontrarse con el club blanco mañana. pic.twitter.com/v5TTYXuG3R
Tras una temporada en blanco y seis meses de dudas, con dos títulos perdidos en cuestión de cuatro días, todo el mundo pensaba que la mano dura era la solución: castigos en forma de suplencia, mensajes claros en rueda de prensa o aspavientos desde la banda. Pero nada más lejos de la realidad. Arbeloa se ha colocado del lado de los jugadores, les entiende, les comprende y les da mimos. Alguien puede decir que, incluso, de más, pero ha conseguido enchufar a la plantilla.
La comunión del equipo, la sintonía, remar todos en una misma dirección e, incluso, la pelea de aquellos con menos predisposición al trabajo defensivo, es la mejor medicina de Arbeloa. Y de aquellos pitos del Bernabéu. Quizá no hacía falta mano dura y sí un palo y una zanahoria. Arbeloa lo ha sabido aplicar, siendo menos mourinhista de lo esperado. Ahora queda por ver si el pupilo supera al maestro y firma la clasificación a los octavos de Champions en el reencuentro más esperado.
El Real Madrid tiene en sus manos la posibilidad de cerrar el pase a los octavos de final de la Champions. Después de siete jornadas de fase regular del torneo continental, en las que ha sumado 5 victorias y 2 derrotas, sabe que depende de sí mismo para hacer los deberes. Le vale un empate ante el Benfica para clasificarse, pero sabe que si consigue un triunfo, no solo logra el pase, sino la clasificación entre los cuatro primeros, que le otorga el factor cancha en las eliminatorias.